Capítulo veintisiete #3
—No tanto como tú —dijo cuando se detuvo a respirar y limpiarse la boca grasienta.
Diya se encogió de hombros con modestia.
—Yo hice muchos agujeros a dos personas. ¿Hablamos de cantidad de agujeros o de personas?
—Está bien —los interrumpí en voz alta—. Me gustaría disfrutar de la comida, por favor.
—Nadie te lo impide —respondió Diya.
—Tenía pensado preguntarte algo. —Mehti apoyó el codo sobre la mesa y se giró hacia mí—. ¿Por qué tardaste tanto en salir del Ayume? Yo estaba al otro lado del lago. No me viste, pero lo cruzamos al mismo tiempo.
Arranqué de raíz la alarma antes de que floreciera. No había nadie cerca cuando maté a Timur. Mehti se movía como un oso, lo habría oído a kilómetros de distancia.
—Se me enganchó el tobillo en un arbusto —respondí—. Y la daga quedó fuera de mi alcance.
Soplé mi sopa de pollo y orzo. En Mahair la llamaban «sopa de lengua de pájaro», lo cual me asustó hasta que Raya me explicó que se refería a la forma del orzo y no al contenido de la sopa.
Marek, haciendo gala de su infinita madurez, se pasó meses señalando cada pájaro que veíamos y preguntándome si tenía hambre.
Los dos campeones se estremecieron mostrando compasión ante mi mentira.
—Uno de los árboles intentó arrastrarme mientras corría —contó Diya. Se arremangó para enseñar un fino arañazo rojo desde la muñeca hasta el codo.
—Yo esquivé una de esas ramas y acabé en un remolino en el lago. Me costó muchísimo salir —dijo Mehti—. ¿Creéis que los awalín agradecen lo que hacemos por ellos?
—Los awalín están dormidos en sus tumbas. No escuchan plegarias ni les importan nada los honores —contestó Diya—. El Alcalah es un concurso de fanfarronería para la realeza, y nuestras vidas son las monedas de cambio.
Un grave zumbido me distrajo de la respuesta de Mehti.
Nadie más parecía oírlo. Seguí la fuente hasta que divisé a una sirvienta apoyada contra la pared que había detrás de Sorn.
Había interrumpido bruscamente su conversación con otra sirvienta y tenía la mirada apagada.
Se metió la mano en el bolsillo con la misma expresión soñadora que tenía yo unas horas antes.
La cabeza de Sorn me impidió verle la mano, aunque el misterio de lo que sostenía desapareció cuando un cordel negro cayó de entre sus dedos.
Estallaron gritos a nuestro alrededor mientras una nube blanca y retorcida se extendía sobre la mesa.
Algunos, Mehti incluido, intentaron ocultarse debajo de la mesa, pero la gaiba expandió su neblina blanca y se introdujo en sus narices.
La criatura se dividió en pequeños pedazos para atacar a todos los presentes en la mesa.
Los alaridos se desvanecieron cuando echó raíces dentro de sus víctimas.
Diya se desplomó en su silla. La cabeza de Mehti aterrizó en el mumbar.
Una ráfaga corrió hacia mí y una sensación de quemazón me llenó la nariz. Tosí y la gaiba salió de mi boca en bocanadas grises, disipándose tristemente. Detenida por mis grilletes.
Al otro extremo de la mesa, los miembros de la realeza yacían boca abajo, gimiendo sobre el mantel.
Todos excepto Arin, que cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz como si la gaiba no fuera más que una molesta migraña.
Aunque no perdió el conocimiento, ni siquiera él pudo evitar por completo los efectos de la gaiba.
Observé la mesa inerte y eché la silla hacia atrás. Era la oportunidad que esperaba. Durante el viaje a Omal, había conspirado con Sefa y Marek para colarnos en la habitación de Vaida y robarle el sello. Necesitábamos una garantía por si iba contra Mahair por la pérdida de Timur.
Si llevaba el anillo puesto en ese instante, podría quitárselo del dedo sin que opusiera resistencia y regresar a mi asiento en pocos segundos.
Y solo serían segundos porque Arin atravesaría la neblina de la gaiba que tenía dentro y recuperaría el sentido antes que los demás.
No había compartido con él el plan de robar el anillo, a pesar de que Sefa quería que lo hiciéramos.
Había momentos en los que mi amiga parecía olvidar que el estratégico comandante era también el manipulador heredero de Nizahl.
El sello podría ser una herramienta útil en mis manos; en las de Arin, sería un arma letal.
Ninguno de los anillos que llevaba Vaida era el que había presionado contra la pared en Lukub. Rebusqué en sus bolsillos y comprobé el colgante que le pendía del cuello, pero no llevaba el anillo encima.
Vaida se lanzó a un lado y derramó un cuenco de bissara sobre el regazo de Felix. Intentaban luchar contra la minúscula cantidad de gaiba que había en su interior. Se estaban despertando, lo cual significaba que Arin abriría los ojos en cualquier momento.
Corrí a mi asiento mientras el heredero me lanzaba una mirada inquisitiva. Me había descubierto volviendo a mi sitio, pero no había visto de dónde venía.
Arin le quitó la muñeca a la sirvienta, que no dejaba de gemir, y volvió a envolverla con el cordel negro.
Sin la concentración de la gaiba en un solo lugar, la compulsión de la muñeca actuó rápidamente sobre cada individuo y surgieron volutas blancas de las bocas y narices inertes.
Arin enrolló la muñeca en un trapo blanco, la dejó de nuevo en la mano de la sirvienta y regresó a su asiento mientras los demás se recuperaban.
Estallaron los murmullos. Los guardias se llevaron a una sollozante reina Hanan. Algunos empujaron a la sirvienta llorosa hacia Vaida y esta dejó la muñeca sobre la mesa.
—Sultana, esto estaba en mi bolsillo. No sé cómo llegó ahí. Por favor, lo lamento mucho. —Se tapó la cara, desconsolada.
Se me separaron los labios. La había tomado por una sirvienta omaliana, pero era lukubí. Arin había metido la muñeca de Felix en el bolsillo de una de las sirvientas que viajaban con Vaida.
Al ver la muñeca, Felix se puso morado. La rabia invadió el rostro de Vaida y ambos se levantaron de un salto. Las secuelas de la gaiba los habían dejado dispersos, menos atentos a su audiencia.
—Idiota —gruñó Vaida—. Te las entregué en una caja de piedra reforzada, ¿y tú se las das a una sirvienta?
—¡Las dejé exactamente donde dije que lo haría! ¡Mis sirvientes son lo bastante competentes para evitar objetos que no reconocen!
—Si hubiera desenrollado esa muñeca en cualquier otra parte, ahora estaríamos los dos muertos —espetó Vaida.
Una voz suave y mesurada irrumpió su disputa.
—No sabía que la magia se había convertido en un problema tan importante en vuestros reinos —dijo Arin.
Cerró la mano enguantada alrededor de la muñeca.
Una palidez mortal inundó el rostro de Felix cuando se dio cuenta de su error.
Los ojos delineados de blanco de Vaida se abrieron de par en par.
Toda la mesa contuvo la respiración. Había pronunciado la palabra que pocos se atrevían a pronunciar.
«Magia». Lanzó la muñeca frente a Vaida.
Los que estábamos fuera del ojo de la tormenta permanecimos quietos y callados.
—Nizahl ayudará con gusto a Omal y Lukub a erradicar el azote de la magia. Mis ejércitos están listos en todo momento.
Arin se levantó. El heredero nizahliano de lengua afilada se transformó ante nosotros. El hielo envolvía sus rasgos severos, y cada movimiento sereno de su cuerpo susurraba peligro. La mirada del comandante era la fría caricia de la muerte y les arrebató el aliento a Vaida y a Felix.
Imaginé la escena que estaba teniendo lugar en las mentes de la realeza.
Soldados de negro y violeta invadiendo sus reinos como una plaga de langostas, destrozando aldeas y asaltando pueblos en busca de magia.
Los jóvenes problemáticos serían etiquetados como posibles usuarios de la magia y detenidos.
Los jasadíes atrapados emplearían magia ofensiva para evitar que los capturasen y destruirían pueblos enteros.
El comandante se deslizaría entre la devastación como propulsor del caos.
Nizahl no entraba en un reino si su pretensión era dejarlo intacto.
La sonrisa escalofriante de Arin pondría de los nervios incluso a las letales profundidades del Sirauk. El mensaje era obvio: no saldrían indemnes de un segundo ataque a su campeona.
—¿Será necesario?
—No, no —dijo Felix tropezando con sus palabras por las prisas—. Aquí ha habido un malentendido. Nosotros no… Vaida trajo las muñecas para…
Vaida habló por encima del heredero de Omal con voz clara y firme.
—No será necesario.
La sultana bajó la barbilla y se pasó las trenzas con flores entrelazadas por encima de los hombros. El espectro de un horror indescriptible se retiró y dejó al heredero de Nizahl inclinar la cabeza en señal de aceptación. La estancia respiró hondo por primera vez.
Entre la confusión de guardias y sirvientes, Arin se escabulló. Yo lo seguí, aunque titubeé en la puerta. Vaida le dijo algo en voz baja a su guardia. Felix me dirigió una mueca de desprecio. Lo saludé con la mano disfrutando de su odio.
Le había dado un zarpazo a la criatura equivocada.
Sufriría las consecuencias de lo que le había hecho a su orgullo si fracasaba en el Alcalah, pero no me importaba.
Ver a la sultana y al heredero de Omal experimentar por un momento lo que soportaba mi gente cada día bajo el cementerio de la sombra de Nizahl compensaba lo que pudiera hacerme el heredero.
Seguí a Arin y subí corriendo dos tramos de escaleras. Me detuve ante él antes de que girara hacia nuestro pasillo. Arqueó una ceja cuando vio que me quedaba frente a él en silencio.
—¿Sí?
¿Le había resultado fácil meter la muñeca en el bolsillo de la sirvienta de Vaida?
Ella tendría que haberse azorado y abrumado por su proximidad con el heredero; tanto que no se habría dado cuenta del peso de la muñeca en su bolsillo.
Había elegido a una sirvienta de Vaida y no de Felix porque la culpa debía recaer en ambos.
Era consciente de la cantidad de gente que habría en el comedor, de cuántas veces se dividiría la gaiba para atacarlos a todos, de cuánto tiempo le llevaría a él librarse de la criatura y de lo que tardarían los demás.
Sabía que la influencia de la gaiba desorientaría a Vaida y a Felix y les provocaría una rabieta infantil que podría usar para condenarlos.
—Si fuera una mujer sensata, te rajaría la garganta mientras duermes.
Sus ojos azul pálido brillaron en la penumbra.
—¿Eso es una amenaza?
La misma hambre feroz contra la que había luchado en el Palacio de Marfil floreció en mis venas. Anhelaba acción. Era un anhelo que exigía que asumiera, que ejerciera mi derecho sobre él en carne, sangre y poder. Que grabara mi nombre en sus huesos para que el mundo lo viera.
La mirada de Arin se oscureció. Éramos como dos espadas que se encuentran en un sangriento campo de batalla. Algo inevitable. Algo envuelto en violencia.
—Todavía no lo he decidido —susurré.