La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintisiete #2
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Capítulo veintisiete #2

Soraya había dicho que mis grilletes resistían los hechizos de rastreo más fuertes.

Había asumido que era simplemente porque los hechizos no encontraban mi magia.

¿Y si mis grilletes desviaban ciertos tipos de hechizo?

Si las runas servían para mantener mi magia dentro, también era posible que mantuvieran otras clases de magia fuera.

Felix debía de tener la esperanza de que no reconociera esa terrible muñeca.

Se decía que provenía de Lukub, de la época del reinado de Baira.

La gaiba era una entidad antigua que se manifestaba como una nube cruel e informe.

Cuando se introducía en su víctima, le desgarraba la mente distorsionando la realidad y mostrándole visiones de cada arrepentimiento, agonía o duda secreta que mantenía ocultos en su interior.

Si permanecía mucho tiempo dentro, la gaiba podía dejar a su anfitrión muerto o catatónico.

Tras el sepelio, los lukubíes descubrieron un modo de atrapar a una gaiba en estas muñecas y sellarla con cordel negro.

Hanim se había pasado meses intentando encontrar una para probar si mi magia podría expulsarla una vez se me hubiera metido dentro.

¿Por qué la dejaría en mis aposentos? Si trataba de intimidarme sin alertar a Arin, los objetivos más fáciles eran…

Salí a toda prisa de mi habitación, pasé por delante de Wes y eché a correr. El pasillo era eterno, y estuve a punto de llorar de alivio al ver a Jeru. Una sinfonía de terror explotó en mi pecho cuando abrí la puerta de golpe.

Jeru y Wes se estrellaron contra mí por detrás y el segundo profirió una maldición en voz baja.

—¡Traed al comandante ahora mismo! —bramó Jeru.

El guardia intentó entrar después de mí, pero lo empujé.

—La gaiba puede dividirse entre varias personas. No entres.

Cerré la puerta con un portazo.

Sefa y Marek levitaban en mitad de la habitación con las pupilas dilatadas girando desesperadamente, persiguiendo las pesadillas que les plagaban la cabeza.

Sus extremidades colgaban hacia delante, retorciéndose.

El olor a huevos podridos me invadió la nariz.

En el suelo, debajo de ellos, había una muñeca idéntica a la que yo había encontrado.

El cordel negro pendía flácido de los dedos de Marek.

Sefa puso los ojos en blanco y se sacudió con violencia. El brazo de Marek se contorsionó hasta adoptar una posición antinatural y se le escapó un gemido gutural de la boca abierta.

La puerta se abrió de golpe. Arin irrumpió con la lluvia empapándole el abrigo y oscureciéndole el cabello. Observó la espantosa escena y cerró cuando sus guardias intentaron seguirlo.

Cogió la muñeca.

—¿Cuánto hace?

—No lo sé, yo he encontrado la mía hace cinco minutos. —Marek echó el hombro atrás bruscamente y chillé—. ¿Cómo se la sacamos?

Le arrebató el cordel a Marek.

—Átalo alrededor de la muñeca.

Atar el cordel maldito en torno a la muñeca invertiría su compulsión y expulsaría a la gaiba de su víctima. Envolví la muñeca con él de arriba abajo.

—¡Cada uno ha absorbido la mitad de la gaiba! ¡La muñeca tardará horas en sacarla!

—Soy consciente —dijo Arin. Se quitó los guantes y el abrigo—. Quizás sea mejor para ti esperar fuera. —Apretó los dientes ante mi ceño fruncido—. Pues prepárate para cogerlos.

—¿Qué vas a hacer? —Tenía una corazonada, pero no podía ser eso. No podría estar considerando…

El comandante se movió con la rapidez de una serpiente y agarró la palma expuesta de Marek con una mano y la de Sefa con la otra. El peso muerto de Marek cayó sobre la cama y corrí hacia Sefa al desplomarse. Caímos junto a Marek. Comprobé la respiración de ambos: superficial pero constante.

Un fuerte estruendo me hizo levantarme. Las puertas del armario se estrellaron contra el suelo y Arin tensó los músculos de la espalda mientras la gaiba lo atacaba. Se inclinó y se sujetó a un estante del armario con el rostro contraído por la agonía.

Lo recorrió un potente estremecimiento. Se le pusieron los nudillos blancos alrededor del estante. ¿Qué dudas tenía Arin que la gaiba pudiera alimentar? ¿Qué arrepentimientos?

Le agarré el antebrazo y estreché los tendones tensos. Tocarlo en ese estado era una tontería; sin embargo, no soportaba quedarme de brazos cruzados sintiéndome inútil. Tras otro interminable momento, Arin exhaló y abrió los ojos.

Apartó el brazo y la palidez de su rostro se transformó en ira.

—¿Es que tu limitado sentido común te ha abandonado? Apenas aguanto que me toques en las mejores circunstancias. Bastan unos segundos para perder el control y partirte el cuello.

—¿Mi limitado sentido común? ¡No soy yo la que está absorbiendo una gaiba! ¿Cómo sabías que esto iba a tener éxito?

Arin se apartó el pelo de la frente e ignoró deliberadamente mi pregunta.

Levanté los brazos en alto.

—Era una teoría, ¿verdad? Calculaste las probabilidades de que tu habilidad para percibir la magia atrajera a la gaiba lo suficiente para dejar en paz a Marek y Sefa.

—Casi —respondió Arin, pero no me ofreció ninguna explicación. Se sentó con la espalda pegada al armario—. Cuanto más fuerte es una mente, mayor desafío supone para la gaiba. Creo que le he parecido tentador.

—No vuelvas a hacerlo. —La brusquedad de mi voz nos pilló a ambos por sorpresa.

Seguía arrodillada a su lado, presa de un temblor persistente.

No quería volver a ver la imagen de Arin doblegado de dolor—.

Algún día, tus cálculos fallarán. No puedes probar una teoría exponiéndote a ti mismo, ¿entiendes?

Eres un heredero, ¡hay ciertos riesgos que no puedes permitirte correr!

Ha sido una locura, una irresponsabilidad…

—Respira. —Con una mueca, recogió sus guantes y se los puso. Su mano enguantada se colocó sobre la mía en mi rodilla.

—No.

Los pájaros llevaban generaciones practicando sus dulces cantos, pero ni siquiera su música podía compararse con el sonido de la risa de Arin.

Nos miramos mutuamente hasta que las sombras se alargaron en la habitación.

—¿Por qué sigues intentando salvarme? —preguntó en voz tan baja que no lo habría oído de no estar a centímetros de él.

—¿Por qué sigues necesitando salvación?

Ay, niña tonta, gruñó Hanim.

Arin pareció darse cuenta en ese momento de que su mano continuaba sobre la mía. Se enderezó y carraspeó.

—¿Has dicho que también había una muñeca en tu habitación? —cambió de tema.

Me moví intentando sacar torpemente la monstruosidad que llevaba envuelta en el bolsillo de la capa. Se la pasé evitando su mirada. El heredero se levantó con cuidado. Lo seguí a cierta distancia y me acerqué a Sefa y Marek.

—Todavía no se han movido.

—Probablemente, no lo hagan hasta mañana. —Señaló el equipaje aún por deshacer—. El chico ha desenrollado la muñeca poco después de entrar en la habitación.

—Detesta que lo llames «el chico» —añadí.

—Sí, así es —confirmó Arin.

Puse los ojos en blanco y eché una manta sobre la pareja durmiente. No podía decirse que el comandante estuviera por encima de toda mezquindad.

—Felix lo intentará de nuevo —dije—. No podemos acusarlo directamente de sabotaje, y es una rata conspiradora.

La sonrisa de Arin parecía sacada de alguna pesadilla.

—Déjame eso a mí.

El salón comedor omaliano me dejó sin aliento, al igual que el resto del opulento palacio.

Una hilera de lámparas de araña titilaba en el centro del techo, iluminando la amplia y lujosa mesa repleta de comida.

Se me hizo la boca agua al ver el pato asado, la calabaza rellena y la bissara humeante.

La comida que aquí estaba destinada a veinte personas podría haber alimentado a toda Mahair.

Los sirvientes se alineaban en las paredes alrededor de la larga mesa. Me senté entre Diya y Mehti en el centro. La reina Hanan cenó a la cabeza de la mesa con Felix a su izquierda y Arin a su derecha.

No levantó la mirada de la comida y aproveché la oportunidad para examinar a mi abuela materna.

Aunque tanto ella como Palia eran reinas, diferían en todos los sentidos.

Una extensa melena castaña enmarcaba el delgado rostro de la reina Hanan y ocultaba sus penetrantes ojos.

Ella no dominaba la habitación con una sola palabra como hacía Palia.

Más bien al contrario. La gobernante omaliana parecía decidida a encogerse en el espacio más reducido y a pasar desapercibida.

¿Qué diría si supiera que estaba compartiendo mesa con la hija de Emre?

Diya me dio un codazo y señaló a Mehti con la cabeza cuando la miré. El campeón de Omal estaba mordisqueando otro anillo de mumbar dorado. El intestino frito relleno de arroz, cebolla y garbanzos era uno de los platos estrella de Omal.

—¿Cuántos te has tomado? —pregunté.

Mehti hizo una pausa y me observó con la incertidumbre de alguien cuyo gato doméstico empieza a ladrar.

—¿Quieres uno?

Hice una mueca.

—Ayudé a preparar mumbar en mi refugio una vez. Agujerear esas delgadas bolsas de carne y rellenarlas hasta reventar suele quitar el apetito.

El campeón de Omal se encogió de hombros, indiferente a la descripción.

—Yo he agujereado humanos y no he perdido el hambre de batalla.

Mientras que nadie entendía por qué Diya había sido elegida campeona de Orban, no se podía decir lo mismo de Mehti.

A pesar de haber nacido entre riquezas, Mehti carecía de estatus noble, y sus padres habían rechazado las ofertas de la corona para atraerlos al rebaño.

Arin me había explicado que la elección de Mehti había sido un modo más de imponer el título de nobleza a la recalcitrante familia bajo la máscara de honor de un campeón.

Si Mehti se alzaba con la victoria, sería ascendido a noble, y su familia con él.

—¿Has practicado mucho agujereando humanos? —preguntó Diya arrastrando las palabras.

Mehti resopló, se llevó un tazón de sopa a los labios y bebió a sorbos. Los nobles omalianos del otro extremo de la mesa lo observaron con desconcierto.