La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

Capítulo veintisiete

E n los cinco años que había pasado en Omal, no me había aventurado ni una sola vez en la ciudad palaciega.

El palacio de Omal estaba en el centro del reino, una presencia sólida alrededor de la cual fluía la vida de la ciudad.

Sefa y yo nos asomamos por la ventana del carruaje ignorando las bromas de Marek.

Pintado de un primaveral azul cielo, el palacio deslumbraba en el núcleo de la ciudad alta.

Unas puertas de ágata blanca lo rodeaban, opacas bajo la luz del sol.

Las puertas se abrieron de par en par para nuestro desfile.

En comparación con los jawaya y sus perros, la patrulla omaliana era una imagen agradable.

Cuatro largos pilares se alzaban en las esquinas del edificio, coronados por un cono brillante de zafiro y unas cúpulas relucientes que separaban las plantas del palacio.

Siete arcos de medio punto, compuestos por azulejos azules y blancos alternados, conducían a una fuente que manaba a borbotones hasta la escalera principal.

La piedra caliza sobre los arcos estaba decorada con patrones geométricos entrelazados.

—No me extraña que la gente se muera de hambre en las aldeas —murmuró Marek.

—Me entran ganas de sentarme en algún sitio solo para contemplarlo —dijo Sefa con aire soñador.

Unos impresionantes azulejos de cerámica componían el camino de entrada. Olvidé momentáneamente que estábamos adentrándonos en la casa de un hombre que había mostrado interés en clavar mi cabeza en su jardín.

La entrada al palacio casi logró que Sefa cayera al suelo.

Extendiéndose a mayor altura que el arco, una rochelya de relucientes cristales azules y blancos nos observaba.

La preciada mascota de Kapastra, el símbolo de Omal.

La cola escamosa de la criatura reptiliana se enroscaba alrededor de sus patas terminadas en garras.

Sefa le dio un golpecito en la parte plana de la oreja.

—Da buena suerte —explicó.

Las puertas ya estaban abiertas y nos esperaba un grupo de sirvientes con libreas omalianas. Habíamos llegado más tarde de lo planeado y ni Felix ni la reina estaban presentes para recibirnos.

—La reina Hanan y su heredero aguardan con ansias vuestra presencia en la cena de esta noche —dijo el encargado del servicio con una reverencia. Los soldados de Arin nos rodearon y cogieron nuestras pertenencias antes de que pudieran hacerlo los sirvientes.

Nuestras pisadas resonaban por el vestíbulo de la entrada. Sefa me dio un codazo y señaló por encima de nosotras.

Círculos sinuosos y líneas diagonales se ondulaban en niveles decrecientes desde la cúspide del palacio hasta las barandillas decoradas y las paredes ornamentadas de abajo. La luz que reflejaba cada triángulo era de una opulencia que rivalizaba con el propio cielo.

—Es como una colmena —comentó Sefa.

—Se llaman mocárabes —dijo Arin—. No son originarios de Omal.

—Son de Jasad —murmuré. La mitad del palacio de Omal poseía aspectos típicos de la arquitectura de Jasad—.

Lo único que proviene de Omal es la audacia.

Los mocárabes se remontan al awal de Jasad.

Rovial los diseñó para su reino. Cada mocárabe tenía como propósito albergar un pequeño foco de magia que iluminaba a los más vulnerables de Jasad.

Los moribundos acudían a sanar bajo los mocárabes y los desconsolados encontraban la paz.

Ante la mirada entornada de Arin, añadí con inocencia:

—Había uno en mi villa en Ahr il Uboor. —Por lo que sabía, la villa de Mervat Rayan podía haber estado repleta de ellos. Seguía sin estar segura de que Arin se hubiera tragado la historia de Mervat, pero su atención parecía haberse desviado temporalmente gracias a Soraya y Vaun.

Los salones amplios me recordaban los retorcidos tapices que se extendían por el Palacio de Marfil de Lukub.

Personalmente, me parecía que la economía de espacio de Orban era más adecuada para la seguridad, aunque al menos aquí la asamblea de Ni­zahl contaba con una planta completa para ellos.

Había sillas junto a las puertas, un gesto considerado con los guardias apostados fuera de nuestros aposentos.

Sefa y Marek habían compartido habitación en todos los reinos en los que habíamos estado y Omal no iba a ser una excepción.

El encargado del servicio señaló una estancia a la derecha y Sefa entró con alegría, seguida por Marek con el equipaje.

Jeru cerró su puerta y se colocó ante ella, ignorando la silla.

Los aposentos de Arin se abrían en el centro del salón, donde cualquier asaltante tendría que pasar por delante de un mar de guardias, pero no lo bastante lejos como para que no se le oyera gritar desde la escalera. Arin no entró, sino que me acompañó hasta la última habitación.

—Estos serán los aposentos de la campeona de Ni­zahl —dijo el encargado.

Su cortesía severa me recordó a Dawoud—.

Hay sirvientes disponibles para ayudaros con los preparativos para la cena de esta noche o para guiaros por el palacio.

Por favor, no dudéis en solicitar los servicios de Omal, y gracias una vez más por honrarnos con vuestra visita.

Arin le hizo un gesto a Wes.

—Su puerta debe estar supervisada cada minuto que pase en el interior. Dos soldados pueden reemplazaros a Jeru y a ti, pero prefiero que haya al menos uno de los dos en todo momento.

Wes se colocó ante mi puerta. No mencionó que eso dejaba a Arin sin guardias en la suya propia. Al parecer, era más probable que Felix buscara actuar contra mí y mis compañeros que contra el heredero de Ni­zahl.

—No podemos dejarles ningún margen ni a ella ni a los demás para atentar contra ti, no sin perder la oportunidad de capturarlos —había dicho Arin.

¿La ventaja de que hubiera tanta gente intentando atraparme o asesinarme? Que se habían acabado las sirvientas.

Arin recorrió el pasillo a grandes zancadas, seguido por su séquito de soldados. Pasó por delante de sus aposentos y unos cuantos soldados se separaron para colocarse delante de la puerta. Ahuyentaron a los sirvientes que se ofrecieron a deshacer el equipaje del heredero.

—Supongo que Felix no está tan familiarizado con las «excentricidades» de Arin como Vaida.

—Ante el ceño fruncido de Wes, levanté las manos en señal de rendición—.

Son sus propias palabras. Si quieres entrar y descansar los pies, puedes hacerlo.

No creo que Felix pudiera atacarme en un salón lleno de soldados de Ni­zahl.

—Tú no lo crees —dijo Wes—. Yo tampoco. Pero el comandante sí, así que minimizaremos los riesgos.

Puse los ojos en blanco y cerré la puerta detrás de mí.

Tras la sobriedad del Pabellón de los Campeones de Orban, estas habitaciones rebosaban extravagancia.

La luz entraba a raudales por las ventanas abiertas en forma de medialunas y triángulos.

Una lámpara de araña con muchas capas sostenía montones de velas sobre una mesa redonda.

El largo cuello de una rochelya esculpida la rodeaba, y su cola se enroscaba alrededor de la pata.

La cama era tan grande que podrían caber en ella todas las niñas del refugio, estaba repleta de almohadas de volantes y contaba con un cabecero blanco estampado.

Me subí al mullido diván azul y me asomé por la ventana, apoyando los codos en el cristal abovedado.

El cielo se abría dejando paso a una fina llovizna.

Estábamos en casa de mi padre. ¿Leía sus libros junto a la fuente? ¿Encandiló a alguna muchacha en esos jardines bajo las estrellas?

La reina Hanan era mi abuela, y Felix, su sobrino.

Se rumoreaba que la reina apenas salía de su ala del palacio desde que había perdido a su hijo en Jasad y a su marido en la Cumbre Sangrienta.

Felix controlaba Omal en todo menos en nombre, y las pruebas de su incompetencia eran evidentes por todas partes.

El palacio de Omal había extraído la riqueza de su reino para quedársela.

Lukub era el reino más rico porque cada ciudadano tenía un hogar propio, la barriga llena y un oficio que ejercer.

Orban rechazaba el concepto de aldeas y ciudades jerárquicas, y solo se podía obtener un título o un estatus de nobleza al ganar alguna distinción en el ejército orbaniano.

Sus aldeas sureñas seguían estando en peores condiciones que el resto, y me pregunté si la determinación de Orban de reclamar igualdad en su reino les impedía ver aquellos lugares que se estaban derrumbando.

Mientras tanto, Omal contaba con la mayor población, la nobleza más adinerada y los mercados más rentables y, sin embargo, sus aldeas bajas sufrían hambruna cada invierno.

Me dejé caer en la cama y aparté a un lado todas las almohadas innecesarias. Una pasó volando junto a la mesilla de noche y derribó algo al suelo con estrépito.

Alejé la almohada mullida de una patada y cogí una muñeca de barro gris. El juguete me llegaba desde la muñeca hasta la yema del dedo más largo. Un rígido cordel negro la envolvía de pies a cabeza.

El cordel. Debía desatar el cordel. ¿Qué hacía ahí? La muñeca necesitaba respirar. No podía respirar con el cordel a su alrededor.

Con aire soñador, metí la uña por debajo de una hebra y tiré. La muñeca se me resbaló y se me escapó entre las manos antes de que pudiera agarrarla.

En un instante, se me despejó la mente. En cuanto separé la muñeca de mis grilletes, la neblina me envolvió de nuevo y fruncí el ceño al ver el cordel. No tendría que estar ahí. La muñeca no podía respirar. Tenía que devolverle el aire.

Dejé caer la muñeca y me alejé a toda prisa.

—Una gaiba —jadeé.

No había mucha gente capaz de dejar algo así en mis aposentos. Usé una túnica para recoger la muñeca. Vacilante, acerqué su cabeza a mi grillete izquierdo y me preparé.

Nada.