Capítulo veintiséis #2
Cuando se volvió a abrir la puerta, me encontré ante una hilera de vestidos. Sentí un hormigueo en el cuello mientras me ajustaba la toalla alrededor del cuerpo.
—¿Qué vestido preferiría el supremo que llevara su campeona? —pregunté con una voz tan vacía como mi interior—. No quisiera disgustarlo.
Cuando el silencio se prolongó, miré por encima del hombro.
Arin estaba a un paso de distancia, mirándome la espalda.
Cerré la boca de golpe. Había olvidado cubrir las pruebas del pasatiempo favorito de Hanim.
Hasta ahora, Rory y Raya eran los únicos que habían tenido la desgracia de contemplar mi cementerio de cicatrices.
—¿Quién te hizo esto?
Me moví para mirarlo, pero un guante en mi hombro me impidió girarme.
—Eso no es asunto tuyo.
—Son cicatrices antiguas —murmuró—. Acumuladas unas sobre otras.
Cuando su mano me rozó la piel, no pude evitar un escalofrío. Recorrió la escarpada piel de mi espalda examinando el estado defectuoso de su campeona. Apoyé la frente en el armario para calmar mi respiración agitada. No estaba en condiciones para tratar con el heredero.
—Son de un látigo yalda —supuso. La presión se movió a mi lado derecho—. Una vara.
Aflojé el nudo de la toalla lo suficiente para revelar la parte inferior de mi espalda, presa de una curiosidad mórbida. ¿Sería capaz de nombrar todos los instrumentos que Hanim había usado contra mí? Yo no.
—¿Esto es de un arakin? —jadeó abriendo las palmas en la base de mi columna. Me sobresalté.
—¿Un qué?
—Se prohibieron hace décadas. Tus cicatrices… No tendrías más de seis o siete años. —Parecía furioso—. Estas fustas causan mucho daño. Podrías haber muerto.
Me envolví con la toalla y me di la vuelta.
—¿El arakin es el que tiene púas de metal envenenadas? Sí, quien lo inventara estaba muy inspirado ese día. El veneno justo para hacerte gritar tanto como para estar una semana afónica, pero no lo suficiente para acabar con tu miseria.
—¿Qué…? —Se detuvo. Cerró los ojos brevemente intentando reunir las palabras. El hombre más elocuente del reino se había quedado sin habla ante las artimañas de Hanim—. ¿Qué te pasó, Sylvia?
Me reí. Y me salió una risa alarmantemente ahogada.
—No eres el primero que me usa para sus propios fines. He decepcionado a mucha gente a lo largo de mi vida, ¿sabes?
Mantuve la atención fija en el hombro de Arin mientras extendía el brazo. Me puso un vestido negro con mangas abotonadas y el cuello violeta en los brazos.
—Sigo esperando —dijo Arin.
—¿Esperando?
Había aprendido a defenderme de todas las versiones de Arin.
Había ideado estrategias para resguardarme de su mente retorcida y su lengua afilada, pero nadie me había enseñado a protegerme del heredero de Nizahl cuando me contemplaba de ese modo: amable, humano, con la mirada fija clavada en la mía. Condenándome.
—A que me decepciones.
A diferencia del Palacio de Marfil, el castillo de Orban presentaba un aspecto más modesto.
Pintado de un color canela poco llamativo, tenía apenas tres pisos y se extendía desde el final del Pabellón de los Campeones hasta la frontera con el bosque Essam.
Lo que le faltaba de encanto lo doblaba en protección.
Los jawaya orbanianos eran una versión más letal y menos disciplinada de las patrullas omalianas.
Resolvían las disputas con sus propios y rigurosos criterios y las historias de abusos en las aldeas bajas se habían extendido.
Había cincuenta rodeando el palacio, con sus dagas jambiya colgadas de los cinturones.
En la entrada principal, un jawaya sujetaba por el pescuezo a un perro que no dejaba de gruñir e intentar morder.
Lo observé mientras Wes se acercaba al jawaya.
¿Los perros del Ayume habrían husmeado la orilla del lago en busca del cadáver de Timur?
Timur, un chico que amaba tanto a su familia como para matar por ellos.
El único adorno del apagado castillo se encontraba en la puerta doble que daba paso al interior.
Un toro de cuernos verdes nos fulminaba con la mirada conforme nos acercábamos, elevándose sobre nosotros.
Mi cuerpo entero habría cabido en una de sus fosas nasales.
Las tres colas del toro se extendían de una puerta a la otra.
Tres jawaya se lanzaron contra la puerta, que se abrió de par en par a regañadientes para dejarnos entrar.
—El supremo se aloja en la segunda planta —gruñó el jawaya mirando a los guardias—. No deambuléis.
Las alfombras de juncos crujieron a nuestro paso mientras nos dirigíamos a las escaleras. El rey Murib claramente se había adherido al espíritu de la frugalidad de Orban. No había ni un solo tapiz o joya decorando las paredes. Las escaleras gruñeron bajo nuestros pies.
Jeru y Wes ocuparon sus puestos a ambos lados de la puerta.
En el interior de la habitación, doce sillas rodeaban una mesa rectangular.
Los faroles tenían la forma del toro de Orban, con la mitad del cuerpo saliendo de la pared y una vela titilante en la boca abierta.
Los sirvientes iluminaron los cirios que envolvían la mesa, sumiendo la estancia en un resplandor anaranjado.
—Campeona —me llamó un sirviente. Señaló una silla a tres asientos de distancia de la cabeza de la mesa—. Aquí.
Ocupé mi asiento y me mantuve quieta mientras los sirvientes se movían a mi alrededor colocando bandejas de hojas de parra enrolladas, rabo de buey sazonado y pezuñas de buey grasientas.
La cultura orbaniana no se centraba en la agricultura creativa como la omaliana.
Comían lo que producían sus tierras, principalmente cereales densos y verduras de primavera.
La carne en Orban era una delicia que muy pocos podían permitirse.
—Sylvia.
Levanté la mirada del plato vacío. Arin se había sentado frente a mí. La puerta se abrió antes de que el heredero de Nizahl pudiera hablar.
—Excelente. Ya estáis aquí los dos —dijo el supremo Rawain.
Unos lazos violeta tejían un intrincado patrón en la parte delantera de su túnica ondulante y las mangas terminaban con el emblema real de Nizahl estampado en el puño.
Cerró los dedos llenos de anillos alrededor del cetro.
Su atuendo no encajaba en absoluto con el humilde entorno orbaniano.
Ocupó el asiento del extremo de la mesa.
Un sirviente se apresuró a cerrar la puerta.
—Deja abierto. Espero a otro invitado —ordenó Rawain—.
Menudo día. Para tener tan poco que decir, Murib habla por los codos.
Vaida podría tirarlo por un precipicio con solo dos notas.
—El sirviente colocó un miswak junto a cada uno de nuestros platos.
El supremo Rawain golpeó la mesa con el mondadientes—.
Si algún campeón no sale del Ayume durante la primera prueba, Murib suele mantener a un jawaya esperando junto al acantilado toda la noche.
Si al amanecer nadie ha tocado la cuerda, el jawaya encuentra un mejor modo de pasar el tiempo que aguardar a un campeón muerto.
¿Viste al campeón de Lukub en el Ayume en algún momento, Sylvia?
—No, mi señor. —Me concentré en un punto más allá del hombro del supremo Rawain.
Mi señor, repitió Hanim asqueada.
Rawain negó con la cabeza y apoyó el cetro en la silla.
—Vaida le está insistiendo a Murib para que deje a un jawaya en el acantilado un día más. Y Murib se ha sometido a su voluntad. Estúpido. Cualquier cosa que se acerque al borde de ese acantilado será asesinada enseguida.
Un golpe en la puerta le arrancó una sonrisa a Rawain.
—Ah, ha llegado el último comensal para la cena de hoy.
Se abrió la puerta y distinguí una expresión idéntica de alarma en los rostros de Wes y Jeru unos segundos antes de que Vaun entrara en la estancia.
El guardia nizahliano hizo una profunda reverencia.
—Alteza. Comandante.
Un rápido vistazo a Arin me confirmó que él se había sorprendido tanto como Wes y Jeru al ver a su antiguo guardia entrar en la sala.
—Vaun, siéntate. Sylvia y tú ya os conocéis bien, ¿verdad?
Una pronunciada cojera ralentizaba el paso de Vaun, quien se sentó con cuidado entre Arin y el supremo con una mueca.
—Sí, señor. Nos conocemos.
El guardia nizahliano me miró por fin. En lugar del odio que esperaba, lo vi animado por una alegría vengativa.
Esto no está bien, intervino Hanim. Rawain no recuerda los nombres de los guardias. No los invita a una cena privada a dos reinos de distancia.
—Sylvia iba a contarnos cómo terminó la primera prueba —dijo Rawain. Observó su copa y tomó un sorbo titubeante. Hizo una mueca—. Siento especial curiosidad por saber cómo trepaste por una cuerda con savia venenosa coagulada en la palma de la mano.
El plato de Arin permaneció intacto. Le sostuve la mirada mientras mis grilletes se estrechaban y mi magia perseguía el vacío de vuelta a su rincón oscuro. Solo un tipo de información podría llevar a Rawain a invitar a Vaun en contra de la voluntad de Arin.
Rawain sospechaba de mi origen jasadí. ¿Por qué si no iba a preguntar algo tan concreto sobre la primera prueba?
Extrañamente, me pareció una perspectiva emocionante.
Dejaría que intuyera que era su enemiga.
Permitiría que la acusación de Vaun se abriera paso en su mente y le tallara mi nombre en el cráneo.
Había vivido en las fauces del descubrimiento casi toda la vida, esperando a que cerrara los dientes.
Pero ahora… el miedo había agotado sus fuerzas y un poder más peligroso allanaba el camino.
Le sonreí con alegría al supremo Rawain.
—Trepé del mismo modo en el que lo habría hecho sin la savia envenenada, solo que con más gritos. Señor.
Ah, echaba de menos la mirada furiosa de Vaun. Su presencia, siempre tan terrible, calmó parte del daño que me había provocado la visita de Rawain.
El supremo rio, lo cual provocó que Arin y Vaun se giraran hacia él.
—Perdón por plantear una pregunta tan ridícula. —Desenrolló una hoja de parra y examinó el arroz especiado del interior. Intentó enrollarla de nuevo—. Estabas en un estado lamentable cuando llegaste a nosotros. Mi hijo hizo llorar a varios médicos.
—Su alteza me ha preparado de manera muy diligente para el Alcalah. —Podía hacerme la simpática si eso ayudaba a que Vaun quedara de mentiroso—. Habría sido una lástima desperdiciar todos sus esfuerzos en la primera prueba.
—Sí, es bastante particular en esos asuntos. Demasiado, a veces. Pero no podría haber imaginado un comandante más implicado.
Arin inclinó la cabeza a modo de reconocimiento. Su incomodidad era evidente, al menos para mí… Había tallado el miswak hasta dejarlo puntiagudo.
—¿Cómo se te pegó la savia? —preguntó Vaun—. Recuerdo expresamente que su alteza te advirtió sobre tocar los árboles.
Me encogí de hombros. Vaun quería que diera una respuesta incriminatoria de la que poder aprovecharse.
—El miedo a veces eclipsa la memoria. Reaccioné de manera instintiva y sufrí las consecuencias.
—Fuiste la última campeona en salir. Tardaste una hora más que el campeón de Omal. ¿Cómo es que la atmósfera no te adormeció? —insistió Vaun.
Arin giró despacio la cabeza para observar a su guardia. Vaun se encogió en su silla como un niño que recibe una reprimenda.
—Me até un paño alrededor de la boca y la nariz para frenar sus efectos. Soy aprendiza de boticario —informé a Rawain—. Reconocí el olor.
—Absolutamente impresionante. —Rawain se recostó en su asiento.
Cogió el cetro y pasó el pulgar por el delicado orbe de cristal del centro—.
Me recuerda al Alcalah de hace doce años.
El campeón de Jasad encantó la cuerda para que lo levantara hasta el peñasco.
Los demás campeones se enfadaron por la injusticia, por supuesto.
El Alcalah es mucho más interesante con cuatro competidores, ya que el vencedor se decide por la fuerza y no por su lugar de nacimiento.
Mis grilletes se convirtieron en tenazas en cuanto la palabra «Jasad» salió de sus labios. Apreté los dientes para protegerme del exceso de magia.
—Yo habría compartido la ira de los demás campeones —comenté—. El honor del Alcalah no debe ganarse con atajos.
—Eso es —alabó Rawain—. En la magia solo hay trampas.
Si seguíamos tirando de ese hilo, mi magia contenida se saldría de los grilletes y lanzaría la mesa contra Rawain. Su cetro relucía bajo la luz de las velas y desde el orbe de cristal brillaban diamantes blancos.
—Este cristal es inquebrantable —dijo Rawain siguiendo la dirección de mi mirada—. No puede agrietarse ni astillarse. Fue un regalo de mi querida y difunta esposa tras el nacimiento de Arin.
Un dolor punzante me atravesó la cabeza y el recuerdo floreció como una gota de sangre carmesí.
Isra de Nizahl sentada junto a Rawain en la Cumbre Sangrienta, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Tenía el aspecto de una mujer que siempre se prepara para lo peor y cruzamos la mirada un breve instante antes de que la fijara en un punto lejano.
En aquel momento, pensé que las mujeres nizahlianas eran muy tímidas y me distraje con las borlas de la manga de tita Palia.
Ella sabía lo que iba a pasar. Sabía que iba a matarla junto a todos los demás, dijo Hanim.
—Es precioso.
El cetro rezumaba malicia. Unas garras de acero se cerraban alrededor del orbe de cristal y un cuervo violeta fulminaba con la mirada desde el yelmo de hierro. No entendía por qué mi yo de diez años había querido tocarlo.
Cada minuto de la cena se alargó como un milenio, y cuando los sirvientes retiraron los postres, me sentía más tensa que la cuerda de un laúd.
Las tácticas de interrogatorio de Rawain distaban de las de Arin en casi todos los aspectos.
El supremo disimulaba sus cuidadosas maniobras con encanto y buen humor.
Cuando se terminó la comida, el supremo Rawain se acercó a mí.
Me temblaban los dedos, ansiosos por aferrar la daga que llevaba en el bolsillo de la capa.
Mis grilletes eran como anillos de fuego alrededor de mis muñecas; si permitiera que mi magia ardiente se desatase, le clavaría el cetro por la garganta sin moverme del sitio.
—Estoy impaciente por ver tu éxito en la segunda prueba, Sylvia —dijo. Me quedé paralizada cuando me agarró la barbilla y me dio un suave beso en la frente—. Presiento que traerás un gran honor a Nizahl.