La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Capítulo veintiséis

–L a verdad es que agradecería mucho que dejaras de intentar matarme —dijo Sefa cuando me desperté.

El médico se levantó de la silla y corrió a mi lado.

Tenía las palmas vendadas, pero la peor sensación era el mal sabor de boca.

Todavía estaba en mis aposentos en el pabellón, así que no habría dormido demasiado.

Un día a lo sumo. Encogí y estiré los dedos de los pies y me sentí aliviada al ver que los músculos obedecían.

Habrían extraído el veneno antes de que mi cuerpo lo absorbiera.

—¿Sabes? Le dije lo mismo al Ayume —contesté apartando las manos del médico de un manotazo y sentándome. Ofendido, el hombre cogió su maletín y salió de la habitación—. ¿Dónde está Marek?

—Se ha ido a patrullar con algunos soldados —respondió Sefa—. Para ser alguien que odia con tanta vehemencia al ejército de Ni­zahl, sin duda es capaz de ganarse el cariño de los soldados.

Le sonreí a Sefa hasta que vi que la angustia se apoderaba de su expresión. Seguro que pensaba que había sufrido algún daño mental.

—Marek y tú no entraréis en Ni­zahl. Me aseguré de ello —dije—. Vaida se disgustará, pero tengo una idea para conseguir que no tome represalias.

—¿Cómo te aseguraste de ello? —Como era de esperar, frunció el ceño y se le formaron seis arrugas de preocupación en la frente.

—No he matado a ningún bebé, Sefa. —Timur era un hombre adulto cuando lo ahogué—. Ahora lo único que importa es que Marek y tú podréis quedaros en Omal una vez termine la segunda prueba. No es necesario que nos acompañéis a Ni­zahl.

Sefa, encajando mentalmente la muerte del campeón lukubí y su libertad recién conseguida, no compartía mi entusiasmo.

—¿Y cómo tienes pensado exactamente evitar que Vaida cumpla su amenaza? El perdón no es una virtud demasiado extendida entre la realeza.

—Su sello —espeté. La semilla se sembró cuando descubrí que el anillo de la sultana abría las puertas de su inquietante habitación subterránea.

Mi trato con Arin no estaba mal, pero ningún plan estaba completo sin una contingencia—.

Necesitaré que Marek y tú me ayudéis a robar el sello de la sultana en el palacio de Omal.

Podemos usarlo para negociar nuestra seguridad.

Alguien llamó a la puerta e interrumpió la respuesta de Sefa. Ella se enderezó y su mirada pétrea se cruzó con la mía.

—¡Adelante! —grité—. Sefa, ¿qué pasa?

La puerta se abrió de golpe y se me erizó el vello de la nuca. La sensación inquietante llegó unos segundos antes de que oyera su voz.

—Por fin se despierta nuestra campeona —exclamó el supremo Rawain.

Mi mundo se detuvo bruscamente. Un estruendo silencioso retumbó en mi cabeza.

Un hombre con un cetro con cabeza de cuervo se sienta junto a una mujer que se está ahogando con un atuendo ni­zahliano.

Una mujer mayor con unos dulces ojos marrones no deja de mirarme y apartar la vista.

Tita Palia dijo que era la reina de Omal y que no debía hablar con ella.

Al otro extremo de la mesa de roble, yeddo Niyar me da un caramelo de semillas de sésamo.

Tita me pone una mano en la rodilla para detener mis piernas inquietas.

Quiero irme a casa. Dawoud prometió que me llevaría a Har Adiween para que pudiera escalar los árboles danzarines.

Paso la mirada por la mesa. Probablemente estén discutiendo sobre algo importante.

Me fijo de nuevo en el cetro con cabeza de cuervo. Me pregunto si me permitirían cogerlo.

El hombre vestido de violeta y negro capta mi mirada. Me guiña un ojo.

La mesa explota.

Colgar de la cuerda en el Ayume no era nada, absolutamente nada, en comparación con la guerra que se estaba librando dentro de mí.

Los grilletes se convirtieron en anillos de fuego alrededor de mis muñecas, reprimiendo la magia que reclamaba sangre en mi interior.

Lágrimas de ira se me acumularon en los ojos.

El sabor a hierro me llenó la boca cuando me mordí el labio inferior. No estaba preparada.

Giré la cabeza.

Miles de jasadíes ensombrecían al supremo. Sus contornos difusos se deformaron colmados de lamento y se disolvieron en el cetro que tenía a su lado.

Mi recuerdo le había hecho un flaco favor al supremo Rawain. La edad había añadido un toque conservador a sus atractivos rasgos y su constitución imponente. Era más bajo que su hijo, pero más alto que yo. El gris le teñía el pelo de las sienes.

Sus ojos. Eran del mismo tono antinatural que vieron los míos el día en que lo perdí todo. El día en que me arrebató mi mundo entero. Tan inmaculados y exentos de piedad o compasión como lo habían estado en la Cumbre.

Mi estado de postración tenía una ventaja: no se preguntaría por qué no me arrodillaba y no tendría que explicarle que preferiría cortarme las piernas antes que inclinarme ante él.

El supremo Rawain entró en la habitación. Desde el marco de la puerta, la mirada indescifrable de Arin siguió a su padre.

—¿Y bien? ¿Cómo está? —preguntó el supremo.

El médico reapareció por detrás con un carraspeo.

—Magnífica, su alteza. El veneno ha pasado sin efectos secundarios y los mayores daños están en las palmas de las manos.

Rawain dio una palmada.

—Maravilloso. Nos diste un buen susto, Sylvia.

Admito que tenía mis reparos sobre la elección de campeona de Arin, pero sin duda has estado a la altura de su visión.

—Se rio y el sonido se deslizó como aceite viscoso por mi piel—.

Mi hijo se ha mostrado reacio a presentarnos, le preocupaba que te intimidara.

—Arqueó las cejas ante un Arin impasible—. ¿Lo ves? Es de una estirpe más fuerte.

Temblaba por el esfuerzo de reprimir la magia.

Me golpeaba una y otra vez como un rayo carbonizando a su frágil recipiente.

El sudor me perlaba la frente. Necesitaba hablar.

Tenía los dientes pegados y me daba la sensación de que me estaban protegiendo de lo que pudiera salir de mi boca si se me desencajaba la mandíbula.

Rawain no se mostró preocupado por mi silencio o mi incapacidad por levantar la mirada de su pecho.

—Como parece que te encuentras mejor, debo insistir en que cenes conmigo y con Arin esta noche.

—Partiremos hacia Omal al amanecer —dijo Arin por fin—. Debería descansar.

—Y descansará —aseguró el supremo Rawain—. Después de cenar.

Mis grilletes se estrecharon y se tensaron con desesperación para frenar el embate de mi magia. En un instante, Arin se interpuso entre nosotros.

—Les pediré a los guardias que la traigan. Deberíamos irnos, el rey Murib nos está esperando.

Quería apartar a Arin de un empujón y arremeter. Arrancar esa garganta que no hacía más que escupir veneno, aplastar la cabeza que lucía una corona sobre los restos calcinados de mi reino. ¿Cómo se atrevía a ir hasta allí y a hablarme? ¿A elogiar los esfuerzos que había hecho por él?

Dolor. Rabia. Miedo. Un pozo de oscuridad alimentaba mi magia e incluso elegía a qué mano ayudar… y qué mano ignorar. Se preocupaba por Jasad y por mis seres queridos, pero me vería gritar felizmente bajo las fauces abiertas de una bestia o el látigo de Hanim sin inmutarse.

No era de extrañar que mi magia nunca me ayudara. Me odiaba tanto como yo a mí misma.

—Pues vámonos. No soporto la idea de otra visita a su vulgar armería —dijo el supremo. Levantó la barbilla con desdén—. ¿Quién robaría de las chozas y tugurios orbanianos?

La voz de Rawain se movió hacia la puerta. Yo tenía los puños apretados alrededor de la colcha.

—Recupérate pronto, Sylvia. Me muero de ganas de conocer a una campeona tan digna.

En cuanto la puerta se cerró tras ellos, salí de la cama. Me doblé por la mitad sujetándome la cintura con los brazos. El huracán de mi magia rugió, reduciéndome a cenizas como al resto de mi reino.

¿Acaso no es lo que querías? La voz dulce pero severa de Niphran reemplazó a la de Hanim. Deseabas ser olvidada. Desconocida, irreconocible. Lo has conseguido. Ahora no eres más que Sylvia, la campeona de Ni­zahl.

—¿Sylvia? —Sefa me colocó una mano con cautela entre las escápulas.

—¡No me toques! —Me ardía cada centímetro de la piel como si pudiera mudar y dar paso a una nueva y mejorada versión de mí misma.

Se aproximaron varios pasos. El murmullo de los guardias me invadió. El médico, o quizás Jeru, se acercó a mí, pero se detuvo en seco al ver que me apartaba.

—¡He dicho que no me toque nadie!

—Dejadla —dijo Marek.

—Ahora —añadió Sefa.

El ruido se apagó y la puerta se cerró con un chirrido tras ellos. Me arranqué las vendas de las manos y dejé al descubierto unas palmas perfectamente curadas. Esta vez no había necesitado que Arin me tocara para atraer mi magia a la superficie.

Bien. A Rawain le gusta que sus propiedades estén impecables, espetó Hanim con desprecio.

Me abracé el torso y me mecí.

«En la raíz de todo el caos hay razón». Era un consuelo que Dawoud compartía conmigo cuando tenía mucho miedo o estaba especialmente enfadada. Él creció en Ahr il Uboor, un vilayato con una población de setecientas personas y, según él, más historias fantasiosas que sensatas.

Pero el error de mi existencia era un caos que mi mente no alcanzaba a razonar.

Cuatro reinos que habían vivido en armonía con Jasad durante miles de años habían decidido invadirnos y reducirnos a cenizas.

Algo tendríamos que haber hecho para merecerlo.

Nos habríamos ganado el destino que se nos vino encima. ¿Verdad?

Me quedé temblando en un rincón con la frente apoyada en la pared.

«Durante cientos de años, Jasad extrajo su gloria de las vidas que arruinaba».

«Todo el mundo hablaba de la fortaleza, Sylvia. Permitía a Jasad hacer lo que quisieran y salirse con la suya».

«… ha llegado el momento de que el sol se alce sobre Jasad, Essiya».

Porque si no merecíamos nuestro destino, no podría seguir soportando la alternativa mucho tiempo más.