La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veinticinco #4
75%

Capítulo veinticinco #4

«¿Por qué haces eso? ¿Por qué siempre te apartas?», preguntó el viento con la voz de Fairel.

Me ardían todas las partes del cuerpo. Quería desplomarme, descansar solo un momento en la tierra mullida. Giré hacia la derecha. Tras un grupo de nidos abandonados, apareció un tramo del lago.

Unos instantes más y habría llegado. Pero en mi afán me había acercado demasiado a un arbusto raquítico.

Se me enganchó una rama en el tobillo y estuvo a punto de derribarme.

Tiré y la rama se tensó. Intenté trepar al árbol que había detrás del arbusto y me corté la palma con la áspera corteza. Me atraparon enseguida.

Los perros irrumpieron por la derecha, seguidos de cerca por Timur. Tenían los hocicos abiertos en una sonrisa macabra y Timur giró la cabeza.

—Adiós, Sylvia.

Se me calentaron los grilletes.

—Si vas a matarme, ten la decencia de mirarme a los ojos —siseé.

Chasqueé los dedos.

Los perros se congelaron a mitad del salto con los ojos índigo rebosantes de odio a la altura de los míos. La magia arrancó la rama de mi tobillo, pero el sufrimiento de mi cuerpo también afectó a mis poderes. Me tambaleé cuando quedé libre y me apoyé en un árbol.

—T-tú… —jadeó Timur. Cayó de rodillas y el efecto de su carrera detrás de mí se hizo evidente en sus facciones desencajadas. La atmósfera lo adormecería antes de que pudiera llegar al peñasco, mucho menos escalarlo—. Jasadí.

Una parte de mí insistía en dejar que se durmiera.

El olor que repelía a los perros no duraría demasiado y acabarían devorándolo vivo.

Era el mismo destino espantoso que él pretendía que sufriera yo.

Con mi magia ardiente dentro de mi cuerpo debilitado, obligué a las imágenes de Sefa y Marek a reemplazar a los perros.

Ignoraba el mal que acechaba en ese bosque y me rodeé de los meticulosos frascos de la tienda de Rory y de la calidez del refugio de Raya.

Eran las excepciones a mi regla de dolor, rabia y miedo; pero su efecto sobre mi magia era el mismo.

—Te concederé un final más dulce que el que tenías reservado para mí.

Chasqueé los dedos. Una roca le golpeó la cabeza a Timur, y sus ojos, abiertos de par en par, se pusieron en blanco. A uno de los perros le tembló la pata. No podría contener la magia durante mucho tiempo más.

Esquivando a los perros, busqué el pulso en el cuello de Timur y gemí cuando mis dedos lo encontraron. La cola bífida de uno de los perros se agitó.

Le quité a Timur el abrigo de los hombros y me lo puse. Debería conservar aroma suficiente para impedir que los perros me siguieran. Invoqué los últimos restos de mi magia cada vez más escasa y extendí la palma.

El cuerpo inconsciente de Timur flotó, pasó junto a los perros y por encima del matorral. Me temblaba el brazo por el esfuerzo de sostener la magia. Tenía que bajarlo en el ángulo correcto o todo este empeño sería en vano.

El calor abandonó los grilletes y el cuerpo de Timur cayó como una piedra. No salpicó con el impacto. El agua lo cubrió con avidez, centímetro a centímetro. El lago se tragó al campeón de Lukub con un suspiro. La superficie ondulada se alisó. Otra vida engullida por las entrañas del Ayume.

El mundo giraba y me daba vueltas mientras me tambaleaba hacia el peñasco. Apreté los puños y gemí ante la punzada de dolor que noté en la mano derecha. Algo húmedo y pegajoso me caía por la manga. Levanté el brazo y esquivé por poco otra rama serpenteante.

Tenía una especie de lodo de color ámbar en la palma de la mano que goteaba sobre mi puño. La piel de debajo burbujeaba con gotas rosadas de sangre.

La advertencia de Arin: «En el futuro, intenta evitar tocar los árboles al correr. En el Ayume, hasta la savia podría matarte».

—Que te pudras en tu tumba por toda la eternidad, Dania —espeté.

Ser aprendiza de Rory incluía una larga enseñanza sobre maldiciones.

Aunque Rory elaboraba curas para males que contaban con pocas soluciones, rara vez se molestaba con el veneno.

Por el dolor que me trepaba por el brazo, calculé que me quedaban menos de veinte minutos antes de que la savia me inmovilizara el cuerpo por completo.

Una cuerda colgaba del peñasco, pero el extremo deshilachado me rozaba el hombro.

La escarpada pared rocosa me miraba con desdén.

El acantilado se recortaba contra el cielo nocturno como una espada de oscuridad.

Presioné la frente contra la piedra desmoronada y cerré los ojos.

Los dedos de la mano derecha ya me dolían al doblarlos.

Si el brazo me abandonaba a mitad de la subida, podría quedarme colgando de la cuerda el tiempo suficiente para que la atmósfera terminara su tarea y me durmiera.

Al menos, no estaría consciente en el momento de mi muerte.

Me quité el abrigo de Timur y me agarré de la cuerda.

Flexioné las rodillas, me impulsé desde el peñasco y aproveché el empuje para empezar la escalada.

Me aferré a la cuerda con una mano abajo y la otra arriba.

Envolví los nudillos de una mano en la parte inferior de la cuerda para hacer palanca conforme tiraba de mi cuerpo hacia arriba con la otra.

Era un viejo truco de Hanim para evitar resbalones.

Mantuve la secuencia: me impulsaba desde el peñasco y subía un pie mientras intercambiaba cada pocos minutos la mano de arriba por la de abajo.

Intenté pensar en Fairel o Rory, en Sefa o Marek.

Cualquier cosa que alimentara mi magia. Pero me dolían los brazos y me costaba mantener los ojos abiertos.

La savia bombeaba su veneno a través de mi cuerpo, compitiendo con la fatiga para ver cuál de ellas acababa conmigo primero.

En lugar de en algún ser querido, pensé en Soraya.

Había llegado a adorarla profundamente. Había llorado su muerte mucho tiempo después de que se me hubieran secado las lágrimas por mis abuelos.

Ella también me había querido. Pero el odio…

el odio que emponzoñaba más que cualquier savia había corrompido a Soraya y la había transformado en la mujer que me había apuñalado en Lukub.

Un viento repentino me empujó hacia un lado.

La cuerda me catapultó hacia el acantilado.

Me golpeé contra las rocas, perdí el agarre y me deslicé hacia abajo durante unos segundos vertiginosos antes de recuperarme.

La fricción de la cuerda me desgarró las palmas de las manos y se me cubrieron los antebrazos de sangre.

Balanceándome suavemente, intenté calcular cuánto me quedaba por escalar.

—Ni siquiera has llegado a la mitad —dijo una niña a mi derecha. Me sobresalté y las fibras de las cuerdas se me clavaron en las palmas en carne viva. La pequeña colgaba de una segunda cuerda y me miraba con desprecio.

No es real, me advirtió Hanim. Es la magia del bosque.

—No soy la magia del bosque, soy la tuya —protestó—. Date prisa. Te queda poco tiempo.

—Essiya —murmuré.

—Essiya —repitió—. O Sylvia, supongo, que no es un nombre que yo haya elegido. Nos pusiste el nombre de la madre de Soraya. Un poco raro, ¿no? —La niña giró alrededor de la cuerda—. ¿Por qué me mantienes atrapada? Vamos a morir.

—Yo no te mantengo… —Tosí y apreté la cuerda con las rodillas para no deslizarme más—. Unos grilletes bloquean mi magia.

Essiya resopló. Se retorció y se quedó colgando boca abajo.

—¿Me usarías sin los grilletes? Nunca lo haces en sueños. Solo nos limitamos a ver cómo arden nuestra madre y todos los demás.

—Claro que lo haría.

—Creo… —continuó Essiya y, por la tumba mancillada de Rovial, ¿de verdad era tan insufrible de pequeña?

—. Creo que, aunque tu magia fuera libre y lo tuvieras todo a favor para reclamar nuestro reino, seguirías sin salvar Jasad.

Te conformas con vivir a las afueras de las tierras de otros pueblos, una vagabunda en todo menos en el nombre.

Culpas a Hanim de endurecer tu corazón, pero ella está muerta.

Tu corazón te pertenece de nuevo a ti y te niegas a entregárselo a Jasad. Por eso Soraya nos quiere muertas.

Demasiado tarde, me di cuenta de que los grilletes eran como tenazas alrededor de mis muñecas. La magia se extendió sobre mi piel y adormeció los efectos del veneno. Reanudé el ascenso.

—Eres muy atrevida para ser una alucinación —espeté—. Hay otros capaces de liderar Jasad mucho mejor que yo. ¿Qué tengo aparte de un nombre de la realeza?

Essiya mantuvo el ritmo y escaló al mismo tiempo que yo. Tenía las manos en carne viva, pero el cosquilleo de la magia impidió que la agonía detuviera mi ascenso.

—¿Qué más necesitas? —insistió Essiya—.

Los Muf­sidíes y los Orabi juntos no poseen ni una décima parte del poder que tú tienes.

Y, sin embargo, ellos luchan. Los jasadíes ocultos en Lukub, Orban, Omal e incluso en Ni­zahl…

luchan. El poder es una elección, Sylvia.

Cuando eliges por quién estás dispuesta a luchar, eliges quién eres.

—¿Aunque no gane? ¿Aunque sea una ola insignificante en un mar de resistencia?

Hay muchas probabilidades de que pueda vivir una vida tranquila y mundana como Sylvia.

Essiya no tiene nada garantizado. Ni una buena vida, ni la victoria ni nada.

—El borde saliente del acantilado apareció ante mis ojos.

Gruñí y apreté el estómago mientras me balanceaba hacia el peñasco.

Golpeé la dura superficie con fuerza e hice que las rocas cayeran rodando—.

¿Debería renunciar a la certeza, renunciar a Sylvia, por una legión de jasadíes sin rostro?

Alargué el brazo hacia el borde del peñasco, pero me faltaron unos centímetros.

Un balanceo más, un impulso más. Un ligero roce en la muñeca me sobresaltó y me apartó de mi destino.

Essiya se materializó delante de mí y nos agarramos a la misma cuerda.

Unos ojos negros de kitmer se clavaron en los míos.

—Todas tus decisiones requieren sacrificio. La pregunta es: ¿qué estás dispuesta a perder?

Essiya soltó la cuerda y cayó hacia la penumbra.

Mi magia se ralentizó con su desaparición y se me escapó un grito al recuperar la sensación en las manos.

Con un chillido gutural, me impulsé lo poco que quedaba y enganché el brazo por el borde del acantilado.

Clavé la daga en la tierra y me arrastré hasta el suelo firme.

En cuanto mis rodillas tocaron el suelo, me alejé a rastras del precipicio y solté la daga. Mi sangre había manchado la empuñadura.

Un latido. Exhalé y me quité el paño de la cabeza. Mis poderes se desvanecieron aún más y me dejaron expuesta a un torrente de agonía.

Incontables faroles me quemaban los ojos. Miles de rostros se movían en mi visión periférica, pero no estaba el que yo quería. La multitud reunida me observó, boquiabierta.

—¡La campeona de Ni­zahl pasa a la segunda prueba junto con los campeones de Orban y Omal! —bramó el presentador.

La multitud estalló.

Los vítores se apagaron, los colores de los espectadores se redujeron a puntos en movimiento en un paisaje que se oscurecía con rapidez. Una alta silueta emergió entre esos puntos.

—¿Sylvia? —preguntó Arin. Su voz grave fue el sonido más hermoso que había oído nunca. El comandante maldijo—. ¡Traed la lona!

Junté las palabras que necesitaba y levanté la mano.

—Salvia —grazné—. Durante veinte minutos.

Los últimos retazos de mi magia se desvanecieron y me desplomé sobre el pecho de Arin. El heredero ni­zahliano me rodeó con los brazos y capté vagamente que estaba gritando, pero ya no me importaba. Estaba caliente, era fuerte y olía a la lluvia que nunca caía en el Ayume.

Inhalé a Arin con la cabeza apoyada en el hueco de su brazo mientras el aire del Ayume me sumía por fin en el sueño.