La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veinticinco #3
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Capítulo veinticinco #3

Mi reflejo me dirigió una mirada nerviosa.

Tras el ataque de los Orabi en el Essam, me había pasado una semana practicando cómo subir el río a contracorriente.

Forcé a mi cuerpo a seguir adelante a pesar de la indomable resistencia del Hirun por lograr lo contrario.

Oí la firme advertencia de Arin como si me la estuviera dando en ese momento.

«Hay magia oscura arraigada en el Ayume, sobre todo en el lago.

El lago es un vacío, y sus aguas son más espesas que la arena.

No debes permitir en ninguna circunstancia que el agua te cubra por completo.

Mantén la cabeza fuera. Si te hundes, el lago nunca te liberará».

Si no fuera por la escasez de luz natural, podría rodearlo y abstenerme de atravesarlo.

El Alcalah ponía a prueba más que la capacidad de llegar hasta el final.

La destreza física de un campeón quedaba relegada ante su aptitud para tomar decisiones.

Arin lo llamaba «criterio». Me llené el pecho de aire contaminado, sellé los labios y me adentré en el lago.

El agua estaba sorprendentemente fría y me succionaba las piernas, obligándome a sumergirme más.

Entrelacé las manos detrás de la nuca y levanté la barbilla.

El agua me abrazaba la cintura y subía con cada paso.

Cuando ya me llegaba por los hombros, el suelo desapareció debajo de mí.

Bajé los brazos y pataleé en el agua alquitranada.

El peso del lago se rebelaba contra toda lógica y, hacia la mitad, los pulmones me ardían pidiendo aire.

Algo largo y resbaladizo se me enrolló alrededor del muslo y me bajó por la pierna.

Se marchó, pero no antes de que el pánico llenara la capacidad limitada de mi pecho.

¿Has olvidado nuestra primera lección? El pánico anula cualquier habilidad o entrenamiento. Mantén la cabeza despejada y haz lo que hay que hacer, me ordenó Hanim.

Incliné la cabeza hacia atrás manteniendo la cara hacia el sol mientras el agua se tragaba mi cuello. El agua se endureció. Mis piernas se movían inútilmente contra la resistencia. El lago me acariciaba las mejillas y se deslizaba por mi labio inferior.

¿Así era como se había despertado Fairel después de que los caballos le destrozaran las piernas?

Fairel, que solo quería proteger las sillas de Nadia.

Nunca se uniría a las jóvenes que mantenían ollas en equilibrio sobre sus cabezas mientras se paseaban por Mahair.

Jamás perseguiría a los patos que escapaban de la granja de Yuli ni escalaría los árboles del Essam.

Fairel tendría una vida plena porque su espíritu así lo exigiría, pero no sería la vida que habría tenido de no ser por Felix de Omal.

El dolor me punzaba los brazos entumecidos.

La magia fluyó por mi cuerpo y resollé cuando recuperé la sensación de las extremidades.

El agua se aflojó a mi alrededor y se volvió maleable de nuevo.

Nadé saboreando la incomodidad de los grilletes y estuve a punto de llorar al tocar tierra firme.

Salí del lago tambaleándome. Cualquier intento de no respirar se esfumó mientras jadeaba como un perro durante un verano orbaniano.

Tenía que encontrar a Timur. El sol se ponía en el cielo y los árboles proyectaban sombras alargadas. Me habían parecido minutos, pero habría estado en el lago cerca de una hora.

En cuanto me levanté, un pájaro se lanzó hacia mí con un chillido.

Me cubrí la cara cuando me desgarró la manga, arañándome el brazo.

Lo ataqué con la daga y corrí hacia los árboles saltando sobre matorrales llenos de enredaderas que se retorcían como serpientes.

A mi alrededor, llovían hojas más afiladas que cristales.

Timur ya tendría que haber terminado de atravesar el lago, a menos que hubiera intentado hacerlo por una parte más ancha.

Si Mehti y Diya llegaban al peñasco antes que yo, Timur perdería la oportunidad de participar en la segunda prueba.

Si no intervenía, no podría quejarse de sabotaje ante Vaida. No moriría en el Ayume.

Me arranqué una rama que se me había enganchado en el chaleco y me esforcé por escuchar a los demás campeones.

Una bandada de pájaros graznó al volar hacia las hojas afiladas.

Se me llenó el campo visual de plumas ensangrentadas y tropecé con un remanso de agua separado del lago.

Un conejo yacía de lado en el charco poco profundo, envuelto en el vacío excepto por un ojo abierto.

La batalla del Ayume había deformado ese territorio hasta convertirlo en una burda y grotesca imitación de la naturaleza.

La magia retorcida de Dania saturaba cada poro del Ayume.

El bosque orbaniano sobrevivía como una reliquia, una masacre viviente que mantenía la consciencia gracias a la sangre de los soldados caídos de Kapastra que corría por las venas de la propia floresta.

Perdí la noción del tiempo mientras atravesaba el bosque.

Cuando los árboles escasearon, relajé los dedos con los que sostenía la daga y jadeé.

El acantilado blanco se alzaba ante mí, con su contorno como una línea torcida contra el cielo.

El atardecer ya asomaba por el horizonte.

¿Habría llegado ya alguno de los otros campeones? ¿Habrían subido ya el peñasco?

Me apreté el paño contra la boca, sorbiendo el aire y recorriendo la vasta línea del Ayume con la mirada. ¿Dónde estaban?

—Has llegado la primera.

Me giré. Timur se pasaba una roca de una mano a otra. El sudor le perlaba la frente y hablaba con voz pastosa. Había inhalado demasiado aire tóxico.

—Ojalá no lo hubieras hecho. Ojalá su majestad se hubiese equivocado solo por esta vez.

Essiya, retrocede, dijo Hanim con una urgencia repentina. Apártate de él.

—¿A qué te refieres? —pregunté. Saqué de nuevo la daga y coloqué el pulgar en la base—. ¿Estás bien, Timur?

Ya lo había entendido. Si no hubiera tenido la mente confundida, me habría parecido extremadamente obvio. Vaida necesitaba a su campeón para ganar. Yo era su mayor obstáculo. Si no accedía a rendirme, tendría que detenerme.

—¿Qué te ofreció? —El cielo se aferraba al sol poniente mientras el crepúsculo teñía el horizonte de naranja—. ¿Riquezas? ¿Protección? —Recordé la conversación del patio—. ¿Ha amenazado a tu familia?

Los brazos musculosos de Timur temblaban. Tosió y escupió sangre en el suelo.

—Mi hermana se está muriendo. Los suministros que necesitan los boticarios para preparar la cura son limitados y no tenemos los medios para pagarlos. La sultana Vaida… me prometió que, si me aseguraba de que perdías el Alcalah, Maram estaría a salvo.

—¿Y qué hay de las riquezas otorgadas al vencedor? Seguro que con ellas podrías permitirte una cura para tu hermana.

Timur ya estaba negando con la cabeza.

—No hay tiempo. Ahora mismo, solo hay un vial disponible con la cura y, si no pasas a la segunda prueba, mi hermana lo recibirá esta misma noche.

Quería lanzarle a Vaida todas las hojas del Ayume, desgarrar sus capas de artificio y manipulación y arrojar lo que quedaba para los carroñeros.

—¡Ella creó el problema y ahora te chantajea para solucionarlo!

La realeza nos tiende trampas a la gente como nosotros.

Nos observan mientras nos retorcemos y esperan gratitud cuando se dignan a liberar una pequeña parte de su red.

Fui aprendiza en Omal del boticario más destacado de todo el reino.

Puedo ayudar a tu hermana, Timur. Prepararemos más viales.

No tienes que cumplir la voluntad de Vaida.

—Saber que estás en una trampa no hace que escapar sea más fácil. —Los ojos de Timur brillaban con lágrimas contenidas. Cambió el peso de lado y reveló una cavidad en las rocas grises tras él. Arrojó la piedra a la cueva—. Perdóname, Sylvia.

Tres pares de ojos índigo se materializaron desde la cueva y un gruñido gutural sacudió la tierra.

En algún momento, seguro que las tres pesadillas que surgieron al instante habían sido perros callejeros corrientes.

Los perros sarnosos a los que adoraba Fairel, los que solían estar cubiertos de hollín y husmeaban en la basura de Mahair.

El Ayume había extendido su maldad sobre ellos.

Babas negras goteaban de sus mandíbulas del tamaño de rocas.

Sobresalían garras de sus patas deformes y chasqueaban unos dientes largos y puntiagudos.

No miraron a Timur ni una sola vez, permanecieron pendientes de mí.

—Diya lo olió —comprendí. Los perros se desplegaron en un semicírculo a mi alrededor. No lo había pensado demasiado y había considerado su comentario otra pulla contra los lukubíes—. Te rociaste con algo antes de entrar en los túneles. Eso los mantiene alejados de ti.

Aparté la vista de los perros el tiempo suficiente para gruñirle a Timur.

—Sígueme, Timur. Más te vale cumplir tu misión porque, si sobrevivo, me aseguraré de que tu hermana muera antes de que cualquier enfermedad acabe con ella.

Los perros aullaron y saltaron. Hui hacia los árboles. Los remansos del lago se extendían hacia el bosque. Si pudiera encontrar uno lo bastante profundo para ahogar a tres perros, estaría a salvo.

Timur se abrió paso entre los matorrales detrás de mí. El sol se despidió del cielo con un beso y los últimos zarcillos de luz se desvanecieron con las prisas del atardecer.

Los instintos que había entrenado durante mis carreras a ciegas por el Essam se agudizaron con el rencor. Arin me había preparado para triunfar cuando todas las condiciones estuvieran en mi contra. No moriría asesinada por una manada de perros en Orban.

Mis músculos se aletargaron cuando respiré profundamente. Los perros me mordisquearon los talones y sus estridentes ladridos me arañaron los oídos.

—¡Essiya, baja de ahí! ¡Vas a hacerte daño!

Apenas pude evitar tropezar con una raíz demasiado grande.

—¿Dawoud? —exclamé.

Las voces resonaron a mi alrededor. ¿Era cosa del Ayume o de mi magia?