La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veinticinco #2
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Capítulo veinticinco #2

—Como herederos, heredamos los enemigos y las deudas de nuestros padres.

Yo soy el único hijo de mi padre. Representaba una moneda de cambio emocional inestimable para sus enemigos.

La Ciudadela estaba bien protegida y mi madre rara vez se apartaba de mi lado.

—Arin se volvió hacia la ventana. Sus ojos se disolvieron en la luz de la luna con los colores difuminados—.

Cuando tenía dos años, mi padre ejecutó a un mercader jasadí declarado culpable de encantar armas de disidentes ni­zahlianos en las aldeas bajas.

El malik Niyar y la malika Palia protestaron.

Querían que fuera castigado en Jasad. Dos semanas después, una musrira se coló entre nuestros guardias como si de bruma se tratara y accedió a mis aposentos.

Fruncí el ceño, tentada de interrumpir. De pequeña, le había suplicado a Dawoud que me presentara a una musrira.

La mayoría de la magia jasadí no mostraba preferencia sobre cómo se expresaba ni exhibía afinidad hacia un uso en particular.

Las musriras eran una de las pocas excepciones.

Estos jasadíes poseían la habilidad de moverse por el espacio en espíritu.

Podían abandonar sus formas físicas en un lugar seguro y trasladarse espiritualmente a donde quisieran ir.

El Usr Jasad estaba protegido hasta los dientes y, aun así, ni nuestras barreras de seguridad más poderosas lograban mantener alejada a una musrira.

—Me maldijo. Creemos que pretendía matarme con esa maldición, pero mi madre la interrumpió y solo tuvo efecto a medias.

Me desperté tres días después con una nueva sintonía con la magia.

Podía percibirla, sentirla. —Apartó la cara de la ventana.

Le caía un mechón de cabello plateado por la sien—. Drenarla de manera temporal.

—Dijiste… dijiste una vez que mi magia era muy fuerte. Ahora te duele con solo tocarme, y eso que apenas puedo usar una fracción de mi poder. ¿Qué sucedería si mi magia fuera libre?

Arin levantó la barbilla, mostrándose impasible ante la pregunta. Debió de pasársele por la cabeza poco después de los eventos que habían tenido lugar en la sala de las reliquias.

—No puedo saber con certeza qué ocurriría si todo tu poder fuera accesible.

Quizás podría drenarlo con normalidad. Quizás nunca podría llegar al fondo de tu pozo mágico, por decirlo de algún modo, y únicamente sería capaz de drenar partes de él de manera temporal —reflexionó Arin—.

Pero, si quieres saber cuál es la teoría por la que más me inclino, sospecho que tocarte cuando pudieras hacer un uso completo de tu magia me mataría.

Lo dijo con calma, como quien informa de la presencia de lluvia en las nubes. Me llevó un minuto recomponerme y cerrar la boca, que se me había abierto sola por la sorpresa.

—Es una teoría interesante. —Aunque dudaba que tuviera la más mínima probabilidad. Mi magia era poderosa, pero no tanto como para que drenarla lo matara. Como para que tocarme acabara con él.

—¿Algo más? —Arin apoyó las manos en los reposabrazos del sillón, claramente dispuesto a terminar la conversación.

Los sueños que me habían invadido tras el ataque de Soraya. Solo eran sueños, pero en uno de ellos…

—¿Antes de la maldición tenías el pelo negro?

Por el asombro que se reflejó en su expresión, bien podría haberle preguntado si lamía los cascos embarrados de su caballo. Por las bestias cornudas de Kapastra, ¿podía haber parte de verdad en esos sueños?

Pensé con rapidez. Arin querría saber cómo lo sabía y «lo he visto en sueños» no sería una respuesta adecuada.

—Sefa me dijo que había oído un rumor en la escuela a la que fuisteis juntos.

La tensión se relajó levemente. Seguía pareciendo desconfiado; no obstante, mi respuesta le habría resultado lo bastante aceptable por el momento.

—Ya veo. —Se levantó de repente y se alisó las arrugas del abrigo—. Deberías dormir. Mañana vendré para escoltarte hasta la prueba.

Un final rotundo para la conversación. Todavía tenía preguntas sobre el alcance de su maldición, pero me había dado mucho en lo que pensar.

—Por supuesto. Sí. Te veré por la mañana. —Me invadió una inexplicable oleada de tristeza. Para bien o para mal, el día siguiente marcaría el inicio del fin. El fin de Essiya y, tal vez, el auténtico comienzo de Sylvia. Lo disimulé con una exagerada reverencia—. Buenas noches.

Arin me observó atentamente. Mi sonrisa se desvaneció.

Había usado mil caras en mis veinte años.

Había engañado a amigos y enemigos con mis nombres falsos y mis sonrisas vacías.

Pero había momentos, como el presente, en los que Arin me miraba de cierto modo y me daba la sensación de que me veía.

Veía mi auténtico rostro, oculto bajo los escombros.

Me pregunté qué aspecto tendría.

Me pregunté por qué, en un mundo repleto de magia y monstruos, él era el único que podía verme.

—Buenas noches, Suraira.

Los campeones estábamos convocados a mediodía.

Desde entonces, teníamos dos horas para llegar al acantilado al otro lado del bosque.

Los tres primeros en cruzar el Ayume y subir a la cima del peñasco pasarían a la segunda prueba.

Seguí a los demás campeones por el túnel húmedo y sinuoso.

Una nueva oleada de ansiedad me invadía con cada paso.

Un poco más adelante, Diya caminaba con los hombros erguidos.

Gotas de agua se le adherían a la cabeza rapada.

Timur y Mehti hablaban en voz baja y observé la nuca de Timur hasta que me devolvió la mirada.

Me saludó y señaló a Mehti poniendo los ojos en blanco con expresión de complicidad. Le devolví la sonrisa.

El campeón de Lukub moriría ese día.

Alguien carraspeó exageradamente. Diya ralentizó el paso para colocarse a mi lado.

—¿Crees que tienen una alianza? —preguntó apuntando a Timur y Mehti.

Me parecía más probable que Mehti hubiera atrapado a Timur en una conversación y que la cortesía del lukubí le impidiera escapar.

—¿Por? ¿Estás sugiriendo que deberíamos formar una?

Diya resopló.

—¿Qué podría sacar yo de una alianza contigo?

—Vaya, Diya, ¿cómo sabías que insultarme era el modo de ganarte mi corazón?

En lugar de responder con sarcasmo, Diya se pellizcó la nariz.

—¿Hueles eso? —Fulminó a Timur con la mirada—. Proviene del lukubí.

Solté un bufido. Su apatía hacia todo lo que proviniera de Lukub no conocía límites. En la penumbra que se extendía frente a nosotras, cinco escaleras ponían fin al túnel. Cinco escaleras para cinco campeones. Dondequiera que fuéramos, Jasad nos seguía.

Diya usó las que quedaban a mi derecha. Mehti las de la izquierda.

—Que compartamos la fortaleza de los awalín y volvamos a vernos con alegría —declaró Timur.

Toqué la fina tela que cubría la apertura y subí el último escalón. Los demás campeones me imitaron y presionaron las palmas contra la tela.

—¡Por Baira! —exclamó Timur, y saltó al otro lado de la tela. Un rayo de sol iluminó el túnel a través de la nueva abertura.

—¡Por Kapastra! —gritó Mehti, y se marchó tras él.

Diya y yo nos miramos en un silencio comprensivo. Aparté una esquina de la tela y atisbé a mi alrededor. Como no vi ningún animal ni amenaza acechante, le asentí a mi rival.

—¿Quieres salir dramáticamente o lo hago primero yo?

—Espero que al Ayume le guste el vacío —comentó—. Encontrará mucho entre las orejas de los chicos. —Diya flexionó las rodillas y salió disparada por el hueco.

Apreté el estómago y salté. El sol brillaba en lo alto, quemándome las mejillas.

El buen tiempo contrastaba con el olor a descomposición empalagosa con un toque de podredumbre que me invadió la nariz.

Había rociado muchos paños con una sustancia con un aroma idéntico a lo largo de mi vida, incluido el que había usado para dormir a la madre de Zeinab.

El ataque del Ayume empezaba por el propio aire.

Solo se nos permitía llevar una pequeña daga encima.

Conteniendo el aliento, saqué la mía y corté un triángulo de la parte inferior de mi túnica.

Me até los dos extremos detrás de la cabeza y me cubrí la nariz y la boca con una mascarilla improvisada.

La protección que me brindaba iría disminuyendo cuanto más tiempo pasara en el bosque. Racionar la respiración era crucial.

El paisaje era idéntico al de los dibujos que había estado estudiando la primera semana.

La colina descendía hacia un lago que recorría el perímetro de los árboles.

El bosque se extendía como un remolino de oscuridad, denso y letalmente silencioso.

Más allá, las nubes se cernían sobre nuestro objetivo final: el acantilado.

Di un paso hacia abajo y estuve a punto de perder el equilibrio.

La colina era empinada y estaba cubierta de tierra suelta y sedimentos.

Intenté entornar los ojos a través del resplandor del sol para analizar las dimensiones del lago.

Si me desviaba demasiado hacia esa zona, tendría que retroceder.

Cualquier error me haría desperdiciar un tiempo muy valioso y me acercaría a tener que deambular por el Ayume en la oscuridad y a que ese aire de olor agridulce me confundiera los sentidos.

Clavé la daga en el suelo para hacer palanca y bajé la pendiente a trompicones. El sol proyectaba deslumbrantes diamantes blancos sobre el agua del lago. Remolinos parecidos a arañas se adentraban en la masa de agua principal y la superficie reluciente desaparecía entre los árboles.