Capítulo veinticinco
Capítulo veinticinco
L os soldados llevaron los cuerpos de sus caídos a Orban al anochecer.
Wes y Jeru me guiaron directamente al Pabellón de los Campeones.
Cinco casas, construidas a unos cuatrocientos metros las unas de las otras, formaban un semicírculo.
Cada una contaba con una cocina, un baño y dos dormitorios.
Los miembros de la realeza se alojaban en el castillo del rey Murib.
El Pabellón se preparaba para los campeones una vez cada tres años el resto del tiempo servía como granero para Orban.
A diferencia de los lukubíes, los orbanianos rechazaban toda extravagancia. Al principio de la historia del Alcalah, intentaron que los campeones se instalaran en tiendas.
El musgo había cubierto por completo la quinta casa. La antigua morada de los campeones jasadíes estaba envuelta en enredaderas. Para algunos, la casa era una mancha en el Pabellón de los Campeones. Para otros, un recordatorio incómodo.
Guardias de Omal y Lukub pululaban por el estrecho círculo que rodeaba el Pabellón.
Los soldados de Nizahl se separaron de nosotros para unirse a las filas.
El intento de asesinato de Soraya durante el Banquete había motivado a Arin a reforzar mi protección.
Pasé junto a no menos de veinte soldados apostados en la fachada de la casa.
Soraya y los demás tendrían que atravesar capas y capas de seguridad para llegar hasta mí.
En el interior de la casa destinada a los campeones de Nizahl, colgué la ropa que iba a necesitar para los próximos días.
Sefa me había confeccionado un vestido espectacular para el Baile de la Victoria.
La celebración de élite en honor al campeón vencedor tendría lugar la noche posterior a la tercera prueba.
¿Tendría ocasión de ponérmelo? Cualquiera de las pruebas podría ser la última. Pese a asegurar que la muerte no era el estándar en el Alcalah, los resultados de los años anteriores indicaban lo contrario.
Algo se rompió en el exterior. Antes de que pudiera pensar, me pegué a la pared y me agaché detrás del armario. Me llevé la mano al corazón.
«Uno, dos. Estoy viva. Tres, cuatro. Estoy a salvo. Cinco, seis. No dejaré que me atrapen».
—¡Lo siento! —gritó Jeru desde la distancia. Exhalé con fuerza y me dejé caer. La Mufsid, Soraya, los Orabi… Tantos encuentros cercanos a la muerte por fin me estaban afectando. ¿Estaba destinada a pasarme la vida esperando a que me apresara la siguiente red?
Conté mis latidos y me atreví por fin a salir de detrás del armario cuando iba por el número sesenta y siete.
Sefa y Marek entraron poco después con bandejas para la cena.
Se alojaban con el resto del personal itinerante de los campeones, así que no volvería a verlos hasta después de la primera prueba.
Eso asumiendo que sobreviviera, por supuesto.
Apenas podía escuchar su conversación.
—Creo que debería dormir —dije interrumpiendo la diatriba de Marek sobre la falta de coordinación mano-ojo de Jeru. Al parecer, el vaso que se había roto era su favorito.
Sefa arrugó la frente.
—Marek, danos un momento.
Me recosté en el duro colchón. Ya echaba de menos los lujos del Palacio de Marfil, con sus mullidas almohadas y la cama de plumas.
—Sefa, si vas a soltarme otro discursito sobre la aventura…
—No es por elección.
Dejé de preocuparme por la atrocidad a la que consideraban almohada en Orban. Sefa había hablado con una solemnidad poco propia de ella.
—¿El qué?
—Te oí en el Paso Meridiano. Le dijiste a Arin que era cruel por elección. Pero, Sylvia, no es por elección.
Qué comentario más nizahliano por su parte.
Mi ceño fruncido debió de delatar mis pensamientos. Resopló.
—Fui a la escuela con el heredero. Nos llevamos unos años y apenas lo veía, aunque en la escuela todos tenían un padre o una madre que era clave en la Ciudadela y los niños escuchan.
El heredero siempre tenía alguna lesión.
Su madre era una mujer muy nerviosa y obsesionada con proteger a su hijo, así que ninguno entendíamos cómo era posible que siempre tuviera algún hueso roto.
El hermano del amigo de un amigo me contó que Arin se había recuperado de su primera puñalada con diez años.
—¿Primera puñalada? —pregunté en voz baja. Por el corazón bendito de Rovial, ¿qué sucedía entre los muros de la Ciudadela?—. ¿Quién?
—¿Asesinos, tal vez? Solo podíamos especular.
—Sefa suspiró—. Un pasado doloroso no es excusa.
Nunca defendería al heredero de Nizahl ante ti, pero quería que lo supieras por…
por el modo en el que te mira a veces. Como si fueras un acantilado con una caída letal y cada día lo acercaras más al precipicio.
—Cree en la locura mágica. Los jasadíes jamás serán personas para él. Siempre pensará que es solo cuestión de tiempo.
Sin embargo, mientras lo decía, una conversación diferente me vino a la memoria.
«Construimos nuestra realidad sobre los cimientos que nos proporciona el mundo».
Sefa dio una palmadita junto a mi mano y se marchó.
Me tumbé en la losa de tortura que el rey Murib consideraba una cama y me entregué a mis pensamientos, algo que normalmente evitaba con todas mis fuerzas.
Mi mente no era el mejor lugar en el que detenerse a contemplar las vistas, pero el discurso de Soraya sobre los espejos y los recuerdos seguía atormentándome.
Me había mentido sobre muchas cosas. Tendría que estar escarmentada y no creerme todo lo que me decía.
Alguien llamó a mi puerta. Reconocí los golpes cautelosos y me incorporé.
—Adelante.
Le hice señas a Arin para que entrara cuando vi que se quedaba en el umbral y cerré la puerta tras él.
Nos miramos mutuamente durante un instante infinito, ambos evaluando la atmósfera.
Me saqué de la cabeza lo que me había comentado Sefa.
Ojalá me importara, pero no era así. No podía juzgar a un Arin que no conocía.
Esta versión era el único Arin que tenía a mi disposición y la única que juzgarían mis ojos.
Él habló en primer lugar.
—Tendría que haberte dicho que esperaba una emboscada. Era consciente de los límites de tu lealtad y decidí forzarlos de todos modos.
Entorné la mirada. ¿Se estaba disculpando? ¿Conmigo?
—Mis soldados no los habrían matado. Tenían instrucciones de llevárselos a Nizahl para juzgarlos.
—Por favor —le dije—. Te respeto demasiado para pensar que puedes llegar a ser tan ingenuo como para creer que son dos destinos diferentes.
No me atrevía a avivar las mismas llamas de furia. Esa podría ser mi última noche y no quería pasarla enfadada como pasaba el resto de mis días. Una disculpa era más de lo que había esperado.
—Lamento lo de Ren. —Aunque el guardia no me cayera bien, le había sido leal a Arin.
—Yo también.
Arin cerró los ojos por un instante. Me pregunté si estaría visualizando a los otros soldados muertos a manos de Soraya y añadiendo a Ren a la lista de sus fracasos.
—No lamento haber intervenido. No puedes pedirme que te ayude activamente a capturar jasadíes. Mi única función en esto es competir en el Alcalah.
Arin frunció el ceño.
—No te pedí ayuda. Se suponía que debía hacerlo sin tu intromisión.
Se me separaron los labios por la sorpresa de ese golpe.
Esperaba que hiciera lo que mejor se me da: quedarme de brazos cruzados.
Tal vez lo habría hecho si las flechas no hubieran puesto en peligro a Marek y Sefa.
La mayoría de las personas tenían miedo de lo que eran capaces de hacer, pero yo…
empezaba a tener miedo de lo que era capaz de ignorar.
—Entonces, ¿ya no estás enfadado?
Se encogió de hombros.
—El poder que mostraste animará a los Orabi a utilizar todos sus recursos para capturarte. Cuando vuelvan, estaré preparado.
No dio más detalles y tampoco se los pedí. No importaba lo que me dijera mi voz interior, no era mi batalla. No permitiría que lo fuera.
—Sylvia. —Había un extraño matiz en el modo en que pronunció mi nombre—. Me ayudaste en el Paso. La magia podría haberme hecho perder la cabeza si tú no lo hubieras impedido.
—Arin. —Pronuncié el suyo del mismo modo—. Eres más tacaño aún con la gratitud que con los elogios. Puedes darme las gracias simplemente.
Arin me regaló una de sus escasas sonrisas. Se me encogió el estómago y me llevó demasiado tiempo apartar la mirada de sus labios. Tendría que saber que no debería compartir sus sonrisas conmigo. Y yo tendría que saber que no debería desearlas.
—Gracias —dijo en voz baja.
La fortuna rara vez me colocaba en una posición ventajosa y no quería desperdiciar la oportunidad. No había olvidado la agonía que había sufrido Arin en el Paso.
—¿Cómo percibes la magia?
En palabras del propio Arin, la información era una transacción.
No la regalaba así como así y, por supuesto, nunca la malgastaba.
Probablemente, su información tuviera un precio muy alto.
No tenía nada con lo que negociar. Y tampoco tenía un motivo mayor para ayudarlo en el Paso, pero él dormiría mejor si pensaba que lo había ayudado porque había previsto este momento.
No era más que un intercambio material no relacionado con los caprichos de las emociones.
Asintió para sí mismo como si estuviera preparado para la pregunta.
—Satisfaré tu curiosidad, Suraira.
Se sentó en la silla que había frente a la cama. Con la luna proyectando la mitad de su rostro en la sombra, la espalda recta y las manos enguantadas sobre los brazos de la silla, sería el sueño decualquier artista.