La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veinticuatro #3
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Capítulo veinticuatro #3

Los gritos cortaron el aire a nuestro alrededor. Llovieron flechas sobre el cañón. El cuerpo de Ren cayó de su caballo.

Un jadeo murió en mis labios. Tiré de las riendas de mi caballo para evitar que pasara por encima de Ren. ¡Sefa y Marek! ¿Dónde estaban Sefa y Marek?

No podía dejar a Arin en esas condiciones. Tenía la mirada vidriosa, ajeno a cualquier evento que sucediera fuera de su cabeza. Magia. Tenía que ser cosa de magia. Pero ¿por qué solo a él?

La cantidad de poder necesario para atrapar a Arin en ese estado era asombrosa. Tendría que haberlo traspasado rápidamente, a través de esa brecha de su biología que le permitía percibir la magia en primer lugar.

Una flecha se clavó en el cuello del soldado que iba delante de nosotros.

El Paso Meridiano titiló y, de repente, era mi padre el que iba en el caballo de delante.

Sus rasgos se relajaron al morir mientras la sangre se derramaba en una V invertida alrededor de la flecha que le atravesaba la garganta.

—¡Despierta! —grité sacudiéndole el brazo a Arin—. ¡Por favor!

Mi magia presionó los grilletes, agitada. Tenía que detener las flechas. Se trataba de un ataque jasadí, no hacía falta ser adivina para saber qué pretendían. ¿Cómo podía permitir Arin que nos arriesgáramos a cruzar el Paso Meridiano? Ahí abajo éramos objetivos fáciles.

Los soldados protegerían a su heredero. Sefa y Marek solo me tenían a mí.

Dolor. Rabia. Miedo. Esta vez no me cabía duda de cuál de esos sentimientos estaba alimentando mis poderes.

Cuando dirigí la magia hacia él, obedeció. Solo esperaba que no lo dañara aún más. No tenía la habilidad ni el tiempo para crear un escudo adecuado.

Con gran dificultad, aparté el caballo de él y lo espoleé. Si alguien iba a matar a Arin de Ni­zahl, debía ser yo.

Un torbellino de polvo y guijarros giraba sobre el cañón y me obstaculizaba la visión.

Perfecto. Los soldados no me verían torcer las riendas de mi caballo a un lado y saltar hacia un costado del Paso Meridiano.

La lisa pared rocosa se deslizó bajo mis botas, pero había escalado por lugares peores.

Con un empujón de mi magia, trepé rápidamente.

Subí hasta la cima del cañón. Unos brazos me sujetaron y una docena de arcos me apuntaron a la cara.

—Tenéis que parar —jadeé—. Haced lo que queráis con los soldados, pero tengo amigos ahí abajo.

—Sois vos. —Un hombre bajó el arco con incredulidad. Me observaba como si pudiera desaparecer en cualquier momento—. Malika Essiya.

El grupo del otro lado del cañón seguía disparando flechas. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron cuando reconocí un grito.

—¿Sois los… Orabi?

Asintió y se llevó una mano al pecho. Uno a uno, los demás arqueros bajaron las armas.

—Me llamo Efra, maulati. Hemos venido a rescataros.

La próxima vez que viera a Soraya, la obligaría a hacer gárgaras con los dientes que pensaba arrancarle por haber filtrado la noticia de mi supervivencia a los Orabi.

Me buscaban con una adoración que no merecía y me atribuían un título que había abandonado entre las cenizas junto con los cuerpos de mis abuelos.

Ella había hecho realidad mi pesadilla. Mi corazón latía con fuerza entonando una canción que me resultaba familiar: «Corre, corre, corre».

Estaba viendo a Niphran arder en un lago.

El kitmer se paseaba a mi alrededor, esperando.

Me temblaban las rodillas bajo el peso de la multitud de sombras que aguardaban en la orilla.

—Me está usando para atraeros al Alcalah —dije—. Tenéis que huir.

Efra me miró fijamente.

—¿El heredero de Ni­zahl sabe que sois jasadí? —A continuación, con una acusación mordaz, preguntó—. ¿Y accedisteis a ayudar a esa serpiente plateada a atraernos hacia la muerte?

—¡Que alguien la atrape! ¡Tenemos que irnos! —vociferó una arquera desde el otro lado.

La expresión de asco de Efra me llenó de vergüenza, una vieja amiga. Se me ralentizó el corazón.

El Paso Meridiano retumbaba. Unos gritos renovados alertaron a los Orabi. Algunos levantaron los arcos. Otros, las manos. Tiraban del suministro de magia limitado que tenían a su disposición.

Como una nube negra acercándose por el horizonte, cientos de soldados ni­zahlianos marchaban hacia el Paso Meridiano. Un objeto con tres puntas de lanza afiladas aterrizó a mis pies. La cuerda del otro extremo se tensó y arrastró al gancho de tres púas hasta el borde del acantilado, donde se ancló.

Se me separaron los labios. Arin no nos había conducido a una posición vulnerable al elegir el Paso Meridiano. Era una trampa calculada. Una pieza moviéndose en su tablero de juego. Sabía que un enemigo sería incapaz de resistirse a un ataque en el Paso Meridiano.

—¡Están escalando!

En pocos segundos, estuvieron sobre nosotros. Los jasadíes serían masacrados. Habían cometido crímenes contra otros jasadíes, sí, pero no les correspondía a los ni­zahlianos castigarlos. Mi magia presionaba los grilletes, ansiosa por ayudar.

Nubes de polvo se arremolinaban por el cañón, proporcionándome la cobertura perfecta. Levanté las manos y las retorcí en el aire como quien escurre un trapo mojado. Mis poderes se tensaron esperando mis órdenes.

—¡Es una trampa! —grité. Miré a Efra desesperada—. ¡Van a mataros!

Saber que Arin tenía intención de capturar a estos jasadíes no mitigó el horror que me provocó verlo con mis propios ojos. La cabeza del primer soldado apareció por el borde del acantilado. A los Orabi se les había acabado el tiempo.

No podía ver morir a otro jasadí. No me había sentido responsable por lo de Adel, pero los Orabi estaban aquí por mí. Por mi culpa.

«“Nuestras”. Has dicho “nuestras aldeas”. No las de los jasadíes».

Abrí los brazos en cruz. Un agudo gemido resonó en mis oídos. La magia brotaba de mí en oleadas, cada una más fuerte que la anterior. El suelo tembló bajo nuestros pies. El polvo explotó mientras caían rocas en cascada por la pendiente temblorosa.

Vi a Efra a través de la neblina. Se había quedado paralizado por la conmoción y el Orabi que le tiraba del brazo parecía incapaz de moverlo.

El suelo tembló. Con un rugido de escombros y polvo, ambos lados del Paso Meridiano se alejaron. Me toqué los grilletes. Me quemé los dedos. Mi magia… estaba separando más el cañón.

Cuando volví a mirar atrás, Efra había desaparecido. Los soldados ni­zahlianos del cañón tropezaban con los cuerpos de sus compañeros caídos y se tambaleaban con la fuerza de los temblores de la tierra.

Me invadió el alivio. Los Orabi habían escapado.

Examiné los cuerpos caídos con el corazón en la garganta. No vi ninguna cabeza rubia ni rizos negros.

El Paso Meridiano por fin dejó de moverse. Cogí la cuerda que había lanzado el soldado y fijé al suelo el extremo afilado. Mis pies se deslizaron por la ladera del cañón.

—¡Sylvia! —gritó Sefa.

Marek y ella estaban más adelante, apenas visibles al otro lado del cañón. Jeru me saludó a la derecha de Marek. Se habría encargado de ponerlos a salvo.

Ay, gracias a las tumbas. Exhalé y me presioné la frente con la mano. Estaban vivos.

A continuación, encontré a Arin. En lugar de estar rodeado por sus soldados, estaba completamente solo a lomos de su caballo, inclinado hacia delante en la misma postura de agonía en la que lo había dejado. ¿Cómo era posible? Los Orabi se habían marchado y se habían llevado su magia consigo.

Tenía que tratarse de una fuerza diferente, de una magia proveniente de los propios riscos, indetectable para todos excepto para Arin.

Había mencionado a su padre. ¿Y si se trataba de restos de magia de la masacre?

Ese tipo de remanentes eran raros, pero la violencia de las muertes que habían tenido lugar ahí podría ser suficiente para dejar rastro.

Wes pasó junto a Arin con el cuello estirado, buscándolo.

—¿Dónde está el comandante? —bramó.

No lo veía. Por los cuernos tuertos de Kapastra, le había dicho a mi magia que lo protegiera y lo había vuelto invisible.

Una leve sensación de alarma me recorrió el cuerpo. Había usado más magia que todos los atacantes Orabi juntos. Tendría que estar agotada. Medio muerta.

Corrí hacia Arin sin el menor atisbo de fatiga. Me agarré a su abrigo y subí al caballo. Le arrebaté las riendas y puse el caballo al trote. Arin no reaccionó, atrapado en su tormento.

—Dejadlo en paz —le gruñí a la nada. Mi magia latió. No sabía cómo repeler los riscos, pero tenía un modo aceptable de bloquear su influencia. Me ardían los grilletes mientras mi magia cortaba el horrible poder que estaba asaltando a Arin.

Se le aflojaron ligeramente los músculos. No lo había bloqueado todo.

Le pasé un brazo por la cintura y el otro cruzado sobre el pecho, de manera que junté las manos a la altura de su hombro en un abrazo diagonal desde atrás. Su corazón latía desbocado bajo mi muñeca.

—Uno, dos —conté—. Estás vivo. —Estreché el agarre cuando noté que se le empezaba a acelerar la respiración—. Tres, cuatro. Estás a salvo.

No sabía si me oía. ¿Serviría de algo una distracción? Tenía pocas herramientas a mi disposición, así que empleé la más rá­pida.

—Era una niña horrible y un incordio constante para mis cuidadores.

Los higos y los dátiles a veces crecían en un solo árbol.

Los jardineros entretejían esos árboles híbridos en creaciones que no imaginarías.

Un laberinto de ramas casi tan alto como el obelisco del palacio de Vaida.

Solía buscar el punto más elevado de esos árboles y me pasaba horas dibujando desde allí.

Encantaba a las cigarras para que molestaran a grupos de niños o creaba monstruos de hojas para que se escondieran detrás de los fruteros y les asustaran a los clientes.

Una vez, un niño me dijo que las manchas negras de las fresas eran huevos muertos de araña y no he vuelto a probar una fresa desde entonces.

Su respiración empezó a estabilizarse. Animada, continué:

—La mujer que me crio tras la caída de Jasad es el motivo de que no tolere el contacto.

—Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta y se negaron a salir, avergonzadas—.

A veces la echo de menos. Oigo su voz regañándome, burlándose de mí o guiándome en el peligro.

La oigo más que a mi propia madre. Cinco años de terror y dolor y aún tengo el descaro de extrañarla.

Una mano enguantada se deslizó sobre la mía. Me sobresalté y me apresuré a retirar los brazos. Arin estrechó su agarre.

—No.

Tras unos minutos, me relajé. Apoyé la mejilla en su abrigo. Olía a él, a esa deliciosa amalgama de tinta y lluvia. Se me cerraron los párpados.

Ah, el agotamiento. Al fin y al cabo, no era inmune. Me alegró compartir una experiencia jasadí tan pequeña pero universal.

Debí de dormirme apoyada en la espalda de Arin. Cuando abrí los ojos, habíamos salido del cañón y montones de soldados nos rodeaban. Arin se mostraba cuidadosamente inexpresivo. El miedo me revolvió el estómago. Nada bueno acompañaba nunca la indiferencia de Arin.

Agitó la muñeca sin girarse. Los soldados se alejaron y se dispersaron como hormigas en el desierto. Desmontamos.

—La magia de los atacantes ha movido el cañón. Lo ha ensanchado y ha derribado a mis soldados, permitiendo así que los Orabi escaparan. —Hablaba con voz plana—. He pensado que quizás tú sabías algo.

—Si piensas lanzar un anzuelo al agua, harías bien en informar al cebo —respondí con vehemencia.

—Tenemos un acuerdo. —Su amenaza prácticamente quedó eclipsada por la condescendencia con la que la pronunció.

—Sigo aquí, ¿verdad? —Abrí los brazos en cruz—. Si hubiera querido marcharme con ellos, lo habría hecho. Dije que competiría por ti, no que te ayudaría a atraparlos.

Había bajado la guardia tontamente, olvidando la rapidez y la agudeza con las que podía cortar la frialdad de Arin. Agitó mi dolor y lo convirtió en un frenesí. Di un paso al frente para acercarme al heredero.

—Tienes razón. Tú no eres tu padre. Rawain es cruel por naturaleza, pero ¿tú? —Levanté la barbilla para atravesarlo con toda la fuerza de mi ira—. Tú eres cruel por elección.