Capítulo veinticuatro #2
—La cicatriz —susurré. Se me revolvió el estómago. Había estado muy cerca de lograrlo.
Asintió.
—La desarmé, aunque no sé cómo logré sobrevivir. No tendría que haberlo hecho.
Me invadió una oleada de odio. Al menos, no era la única que había sufrido la deshonestidad de Soraya.
—Tengo las manos manchadas con la sangre de todos aquellos a los que Soraya ha hecho daño —dijo—. Mi mayor error fue permitir que escapara de la Ciudadela.
Pensar que Arin lucía su cicatriz como una barrera entre él y el mundo era subestimar al heredero.
Ya tenía muchas barreras. La cicatriz le servía como recordatorio.
Era una deuda que saldar. Su relación con Soraya explicaba algunas discrepancias, la manía que me tenía Vaun y la reacción visceral de Arin al comentario sarcástico de Marek sobre la pelea de amantes.
También la conversación que había escuchado una eternidad antes entre Jeru y Wes.
—¿Cómo escapó? —No podía concebir que un ataque que había estado a punto de acabar con la vida del heredero de Nizahl se hubiera tratado con tanta indiferencia.
Arin se levantó.
—¿Tú qué crees? Alguien masacró a los guardias que custodiaban su celda.
Eran soldados altamente entrenados, apenas mayores que tú.
No tenían ninguna marca y dudo que tuvieran oportunidad de gritar siquiera.
—La ira tensó la mandíbula del heredero de Nizahl al responder a la pregunta que no me había atrevido a formular.
El cariño que pudiera albergar hacia Soraya murió junto con sus soldados.
Una antigua conversación se abrió pasó. Mi voz salió marcada por el horror.
—Espera. Hani. Por las manos sangrientas de Kapastra. Por favor, no me digas que Soraya mató al hermano de Marek.
Me agarré a la cómoda para estabilizarme. ¿Aceptar que la chica que me había ahorrado una infancia solitaria quería matarme? Vale. Había disfrutado de su compañía. Pero ¿esto? ¿Qué habían hecho mis abuelos para romper a Soraya hasta tal extremo?
—El hermano de Caleb estaba entre las víctimas, sí —confirmó Arin—. No significa nada bueno que Soraya se haya rebelado contra los Mufsidíes para matarte.
No era consciente de que los Mufsidíes llevaban tanto tiempo operando.
No derramaría ni una lágrima por ningún soldado nizahliano, pero la cantidad de jasadíes a los que habrían hecho daño durante tantos años…
No alcanzaba a comprenderlo. ¿Acaso no habíamos sufrido ya suficiente?
Los Mufsidíes y Soraya no tenían ningún derecho a exigir lealtad, ningún derecho a tomar lo que no se daba por voluntad propia.
Alguien tendría que haberse dado cuenta. Alguien debería haberse preocupado.
Unos oscuros hilos de culpa se extendieron en mi interior.
El pánico, su omnipresente compañero, me trepó por la garganta.
Conocía esta sensación. Era como si hubiera suspendido una prueba que estaba destinada a aprobar.
La culpa me había estrangulado cada día que había pasado viviendo con Hanim y me había esforzado enormemente por dejarla atrás.
Nizahl arruinó nuestro reino; sin embargo, tú le robaste la dignidad, dijo Hanim . Ahora no finjas que te importa.
—Soraya no sobrevivirá al Alcalah —prometí. No le había dado gran cosa a mi pueblo, pero les daría mi promesa. Me clavé las uñas en la palma de la mano—. Lo juro.
Hacer el equipaje y preparar los caballos me llevó menos de media hora. Arin salió de la tienda mientras me cambiaba de ropa. Sefa y Marek entraron poco después y les aseguré que estaba bien.
Puesto que la brigada de soldados que nos acompañaba imposibilitaba el anonimato, Arin decidió que no nos subiéramos a los carruajes.
El grupo adoptó una formación dispersa. Nuestros caballos avanzaban a paso firme por el desierto que se extendía entre Lukub y Orban.
Estábamos rodeados por una tierra amarilla y agrietada que se expandía a lo largo de varios kilómetros a la redonda, interrumpida únicamente por montañas cubiertas de blanco en el horizonte.
Era un extraño paisaje de estaciones combinadas.
Prefería el ambiente árido al frío húmedo del Essam, pero detestaba estar tan expuesta.
Más adelante, dos soldados conversaban con Arin. O, al menos, lo intentaban. El más delgado parecía incapaz de alzar la mirada por encima de la barbilla del heredero.
¿Por qué Soraya trataría de matar al heredero de Nizahl en lugar de al supremo?
—¡Aparta! No permitiré que la toques —gritó Niphran. Levantó en brazos mi pequeña silueta y se alejó. Estiré el cuello y vi a Dawoud acercándose a mi madre con las manos en alto.
—El malik y la malika quieren que la segunda heredera cene con ellos. No le harán daño. Lo prometo.
Me goteaba sudor por los brazos, con los que rodeaba el cuello de mi madre. Su susurro transmitía un miedo visceral.
—Sé lo que quieren hacerle.
Wes chasqueó los dedos a pocos centímetros de mi rostro y me sobresaltó.
—¿Sylvia?
Por las bestias cornudas de Kapastra, ¿qué era eso? ¿Un recuerdo o un sueño?
Las palabras de Soraya resonaron en mis oídos.
«Tu mente es un laberinto de espejos que únicamente reflejan los recuerdos que tú decides guardar».
Me dolían las sienes.
—¿Cuánto queda? —le pregunté a Wes.
—No mucho —respondió—. ¿Cómo te encuentras?
—Tengo hambre. Espero el mayor de los festines al llegar.
Wes sonrió con superioridad.
—Los campeones no vuelven a reunirse después del Banquete. Os llevarán las bandejas a vuestros aposentos.
Gruñí.
—¿Quién iba a decir que añoraría ese pan tuyo tan duro que podría partir dientes, Wes?
—Puedes masticar los arneses del caballo. Seguro que están más tiernos.
Cabalgamos en un silencio cómodo. Los soldados que rodeaban a Arin se desplazaron a los límites del grupo y lo dejaron solo en el centro.
Estaba rodeado por gente dispuesta a morir por su heredero que, sin embargo, no conseguía reunir el valor para hablarle.
Su cabello brillaba casi blanco bajo la luz del sol, retirado pulcramente detrás de la cabeza.
—Regresó —murmuró Wes con la voz tan apagada que casi no lo oí. Tiré de las riendas y reduje el ritmo de mi caballo para adaptarlo al suyo, para poner distancia entre nosotros y los agudos oídos de Arin.
—¿Regresó a dónde?
—Cuando su alteza se marchó para perseguir a la fugitiva, te dejé con Ren y Jeru y lo seguí —explicó Wes—. La persiguió a través del pueblo y se topó con un festival. Ella se desvaneció entre la algarabía.
»Pero, Sylvia, su alteza tiene memorizados todos los mapas de todos los reinos existentes. Ha conseguido atrapar a delincuentes en condiciones mucho más complicadas. Podría haber encontrado un atajo alrededor del festival y haberle cortado el paso.
Se detuvo y emití un sonido de impaciencia.
—¿Qué se lo impidió?
La mirada que me lanzó Wes tenía tanta insolencia que habría avergonzado a Vaun.
—En ese momento, se puso a calcular el tiempo que le llevaría capturar a la chica y el que te quedaba a ti. Tomó una decisión.
Volvía a estar en la walima, enfrentándome a los guardias de Felix.
«La elijo a ella».
—No lo entiendo —espeté con la voz teñida de desesperación—. ¿Por qué regresaría por mí? Es un hombre muy práctico. Lleva años tras ella. —¿Qué más le daba que mi muerte fuera una posibilidad? También lo era en el Alcalah.
—No fue una decisión basada en la practicidad —contestó Wes, y su tono dejó entrever que estaba pecando de ingenua.
Ren acercó su caballo hasta nosotros.
—Hemos llegado. Sylvia, irás con el comandante.
Fruncí los labios, aliviada por la interrupción. Demasiada información para alguien que se había pasado dos días enteros durmiendo.
Los soldados se desplegaron en formación mientras yo galopaba hacia delante.
Ante nosotros se alzaba el Paso Meridiano, una gigantesca formación rocosa de un marrón rojizo que descendía hacia un desfiladero escarpado.
El Paso Meridiano ocultaba el sol en una tierra por lo demás árida.
El cañón que partía el Paso por el centro no era lo suficientemente ancho para que cruzaran más de dos jinetes uno al lado del otro.
La mitad de la comitiva pasó el estrecho cañón por delante de Arin y la otra mitad se quedó atrás con los guardias.
Crecía musgo en franjas sobre los escarpados riscos rojos. La sensación de que algo iba mal se intensificaba en mi columna a medida que nos acercábamos a la amenazante grieta.
—Recuerdo la masacre —dijo Arin. Me sobresalté. La primera flota desapareció en el Paso. Le di palmaditas en la cabeza a mi asustadiza yegua—. Tenía diecisiete años y acababan de nombrarme comandante.
Nos acercamos a la estrecha abertura. Los caballos se asustaban con facilidad y apreté las rodillas por si intentaba derribarme.
—Yo no la autoricé —continuó Arin en voz baja—. Había niños. Los soldados actuaron tal y como les había enseñado el anterior comandante.
El anterior comandante. Su padre. Los peñascos proyectaban sombras alargadas sobre nosotros. El cañón estaba envuelto en un silencio impenetrable, roto por el sonido de los cascos de las monturas contra la roca. Flotaba polvo en la penumbra y me costaba ver a los soldados que tenía delante.
—¿Qué habrías hecho de otro modo?
Mi pregunta fue un duro golpe. La respiración de Arin cambió y empezó a salir en jadeos agitados. Se le pusieron los nudillos blancos alrededor de las riendas.
—Yo no…
Inhaló bruscamente y se inclinó con una presión repentina. Finalmente, me giré hacia él.
—¿Qué pasa? —pregunté. Busqué algún atacante oculto—. ¿Qué te ocurre?
Se le vació la mirada. Unas venas azules se tensaron bajo su piel. Dudaba que pudiera oírme.
—No soy mi padre —susurró.
Ren se acercó desde la brigada que avanzaba cerca de nosotros y colocó su caballo junto al de Arin.
—Señor, nuestros exploradores no han regresado con el informe. Creo que podríamos haber perdido el con…
Una flecha atravesó el ojo de Ren.