La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticuatro

M e hundí entre nubes de niebla y ceniza, esforzándome por encontrar un punto de apoyo.

Estaba en la enfermería con otras dos sombras. Había un bebé durmiendo en un rincón.

—¡No puedes hacerle esto! —jadeó una mujer frágil. Un escalofrío me recorrió el cuerpo tembloroso al reconocerla. Isra de Ni­zahl. La madre de Arin—. No sobrevivirá. Por favor, Rawain, tienes que esperar.

La segunda sombra tomó forma. Retrocedí y golpeé la cuna del bebé. El supremo no reaccionó, ajeno a mi presencia. El supremo Rawain observó a su esposa llorosa con desdén.

—¿A ti qué más te da lo que le suceda a mi hijo?

—Es tan mío como tuyo. Por favor, te lo suplico. Cuando tenga dos o tres años. Entonces podrá soportarlo. Imagina el poder de tu ascenso con un heredero sano a tu lado. Tu padre te tenía a ti. ¡Y mira cómo prospera! Cuando te conviertas en supremo, Arin será tu heredero. Tu legado.

Rawain palmeó el orbe de cristal que había en el extremo de su cetro. Al verlo, su esposa alcanzó al bebé y lo sujetó en sus brazos.

—Dos años, tres no —gruñó Rawain—. No puede recordar la pérdida.

Ella meció al niño en sus brazos acariciando sus mechones negros.

¿Pelo negro?

Unas voces flotaban en la nada pronunciando mi nombre. Mi nombre falso.

Las voces discutían en voz alta. Una de ellas, melódica a pesar de la ira, hizo que la consciencia se abriera paso a través de la neblina.

Tenía mucho frío.

La voz cambió y se acercó. La voz rítmica habló en un ni­zahliano suave. Miré el espacio en el que solía estar mi mano, sobresaltada por una presión fantasmal.

Aterricé en un vacío de oscuridad. El agua me lamía las piernas.

La negrura se retorció y se fundió en cuatro tronos ante mí. Retrocedí tambaleándome. Se me enganchó el pie en una piedra escarpada. Si hubiera tenido cuerpo, podría haber sangrado.

Todos los tronos tenían ocupante menos uno. Brillaban con la gloria de las estrellas y el sol, la única luz en ese yermo páramo. Eran el tiempo, la vida y la muerte hechos magia, existiendo más allá de los reinos de las almas terrenales.

Unas lágrimas reverentes me cayeron por la barbilla y se unieron a las aguas superficiales que se movían bajo los awalín.

—Una eternidad de sueño no garantiza su seguridad —dijo Kapastra, la amada madre de Omal—. ¿Y si nos despertamos?

—¿Y si no? —susurró Baira. Su belleza me abrasó a tal profundidad que no pude levantar la mirada por segunda vez—. ¿Y si moramos eternamente entre los límites de la vida y la muerte?

—No podemos permanecer en la superficie —intervino Dania—. Nuestros hijos necesitan paz.

—Rovial los arruinó. ¿Por qué deberíamos castigarnos con él? —preguntó Baira con voz áspera—. Sobre todo, teniendo en cuenta que él ni siquiera…

—Fortalece tu fe en mi profecía, hermana —dijo Dania. La mirada de la awala de Orban se demoró en el trono vacío con un dolor más antiguo que la estructura de nuestro mundo reflejado en sus rasgos—. El sueño infinito no es nuestro destino. Cuando…

Dania se detuvo y giró la cabeza lentamente.

La oscuridad palpitó y Dania tomó forma delante de mí.

—No deberías estar aquí. —Su poder hacía ondular el vacío a nuestro alrededor—. Todavía no.

Me colocó dos dedos en las sienes. El calor reemplazó al frío invasor y lo persiguió hasta echarlo. Los colores llenaron el contorno sombrío de mi cuerpo. La niebla se arremolinó.

—Pronto, Essiya —prometió Dania.

Me desperté con un grito ahogado.

Poco a poco, mi corazón acelerado se fue calmando. Parpadeé y vi el techo de una tienda de campaña mucho más grande que la que había usado durante el viaje a Lukub.

Me incorporé con cuidado, esperando sentir el dolor desgarrador de la herida. No pasó nada. Me palpé el pecho y encontré piel suave.

Un movimiento a mi derecha me distrajo de mi enorme desconcierto. Arin dormía profundamente a un brazo de distancia de mi catre improvisado. No se había despertado. Tenía unas grandes ojeras debajo de los ojos, tan intensas que eran moradas.

Me levanté con cuidado, me tambaleé al marearme un poco y bajé la mirada hacia mi cuerpo.

Me habrían cortado el vestido. Llevaba un largo traje de lana nuevo que me quedaba demasiado estrecho en las caderas.

Había descansado sobre varios sacos de dormir apilados, pero Arin solo tenía una fina colcha debajo.

Abrí la solapa de la tienda.

El amanecer todavía no asomaba por el horizonte. El aire era cálido, mucho más que en Lukub. Las plantas de mis pies tocaron la tierra agrietada y removieron pequeños guijarros de arena seca. Era un paisaje orbaniano. ¿Habíamos atravesado la frontera?

Me empapé de esas pequeñas maravillas, agradecida de estar viva para verlas. Nueve tiendas más reducidas rodeaban la de Arin. Una imponente procesión de caballos relinchaba golpeando el suelo con los cascos.

¿Cuánto tiempo había dormido?

Vi a los guardias a los que les había tocado ese turno. Me metí en la tienda porque no estaba lista para que me vieran o me hablaran.

Arin se incorporó de golpe con la espada en alto antes de despertar por completo de su letargo. Levanté los brazos.

—Estás despierta —dijo dejando caer la espada al suelo.

—Sí, y tú no deberías estarlo. —Fruncí el ceño—. Una hoja caída de un árbol podría derribarte. Ven, duerme en mi catre.

Sin poder moverse por el agotamiento, el heredero de Ni­zahl se limitó a mirarme. Señalé el catre y obedeció sin rechistar. Por la barba ardiente de Rovial, ¿cuánto le había costado curarme?

Nos sentamos el uno frente al otro.

—Tienes la desagradable costumbre de casi morir —comentó Arin.

—Dos veces no lo convierten en una costumbre. —Me toqué el pecho recién reparado que Soraya había atravesado—. Supongo que tengo que darte las gracias por esto.

Arin exhaló.

—Solo podía sanar la herida poco a poco. Tuve que esperar a que despertaras lo suficiente para que tu magia respondiera. Me pasé dos días estrechándote la mano y aguardando.

¿Dos días? Un escalofrío me recorrió los brazos. Soraya había estado a puntísimo de tener éxito.

Arqueé las cejas.

—¿Cómo? ¿Eso no te animó a rematarme?

—Cada segundo que pasé tocándote —respondió llanamente— fue… mucho más duro de lo que había previsto. Te infligió un daño considerable.

Temblando, decidí olvidar lo cerca que había estado de saborear la muerte.

—Pues supongo que te debo mi gratitud. Gracias.

—No… —Arin se interrumpió, más agitado de lo que lo había visto nunca—. Guárdate tu agradecimiento. Solo la suerte te salvó.

La suerte no me había curado el agujero del pecho, pero lo dejé estar. Me atreví a plantearle la pregunta más importante de todas.

—¿La atrapaste?

Arin miró fijamente un punto por encima de mi hombro.

—Escapó.

Apreté los dientes para reprimir una retahíla de maldiciones. Decidí no reconocer la diminuta parte de mí que se relajó de alivio. Soraya estaba tan muerta para mí ahora como antes del Banquete.

—La atraparemos en el Alcalah. La detendremos a ella y al resto de los Muf­sidíes.

—¿Por qué no estás enfadada? —espetó Arin—. Estuviste a punto de morir para darme tiempo para que la atrapara y yo fra­casé.

Un buen día, podía sacarle una o dos emociones visibles al heredero de Ni­zahl. Una sonrisita, una expresión de exasperación. Siempre estaba tenso, como una cuerda estirada. Las ojeras que tenía bajo los ojos no eran la única señal de su fatiga.

—Supongo que ya te habrás castigado lo suficiente. Si hay que culpar a alguien, es a mí. Permití que una sirvienta me clavara una daga en el pecho. Escondió bien su glamur y no se me ocurrió comprobarlo.

—Para que quede claro, ¿tu frustración es porque no detectaste las intenciones ocultas de una sirvienta cualquiera a la que dejaste entrar en tus aposentos porque yo te lo pedí? —recapituló, incrédulo.

Iba a abrir la boca para corregirlo, pero me detuve. Tendría que andarme con pies de plomo al revelar información sobre Soraya. Cualquier detalle insignificante podría ser clave para que Arin encajara las piezas y descubriera mi verdadera identidad.

Decidí cambiar de tema.

—Soraya quería saber si seguías enfadado. ¿Enfadado por qué?

Arin se recostó y apartó la mirada una vez más. La consternación me hizo levantarme.

—¿Qué escondes?

La advertencia que se reflejaba en su ceño fruncido era evidente.

—Déjalo.

¿Que lo dejara?

Caminé de un lado a otro de la tienda deseando que mi magia se calmara.

No entendía mi propia reacción. No había cambiado nada, nada esencial.

Arin tenía secretos. Había dos grupos jasadíes que querían restablecer Jasad.

Yo estaba trabajando con Arin para detenerlos.

Él nunca había fingido ser nadie que no fuera él mismo.

Era yo quien carecía de sentido de la identidad.

Hanim, Arin… estaban al tanto de mis debilidades, sabían que podía convertirme en un arma en las manos adecuadas.

—Yo no la conocí como Soraya —confesó Arin.

Su estratagema (y sé que era una estratagema porque el heredero no tenía la costumbre de entregar información a cambio de nada) funcionó. Dejé de caminar y el pánico se transformó en curiosidad. Crucé los brazos sobre el pecho.

Los rasgos de Arin parecían tallados en piedra.

—La conocí en nuestra academia cuando yo tenía dieciséis años. Decía ser hija de una noble viajera. Su fortuna y su encanto le abrieron puertas en Ni­zahl. En pocas semanas, se ganó mi amistad y mi confianza. La admiraba en todos los sentidos.

La conmoción resonó en las profundidades de mi cuerpo. ¿En cuántos sentidos la había «admirado»?

Se le heló la mirada.

—Nos hicimos amigos íntimos. No percibí su magia…

Supongo que la usaba con regularidad. Tenía planes más allá de la seducción, por supuesto, y buscó hacerlos realidad una noche después de que me durmiera.

Llevábamos semanas compartiendo cama. Todavía no sé cómo se atrevió a probar suerte con mis guardias al otro lado de la puerta.

Me desperté con su cuchillo en el cuello.