La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Arin
68%

Arin

Arin

E ra ella.

El nombre que había pronunciado Sylvia no era el mismo que le habían dado a él diez años atrás y, aun así, lo supo.

Ya lo había engañado una vez. No volvería a suceder.

El caballo salió disparado con Arin encima. Saltó sobre un abrevadero y espantó a un rebaño de ovejas. La mujer iba dando tumbos intentando disipar los rastros de su magia, pero él la sentía deslizándose sobre su piel como la más fina de las espadas. Esta vez no se le escaparía.

Arin se inclinó hacia delante y espoleó al caballo a velocidades peligrosas.

La mujer se escondería en algún lugar ruidoso.

Había muchas opciones donde elegir. Las aldeas altas de Lukub estaban celebrando el Alcalah junto al Palacio de Marfil, con las calles plagadas de multitudes vestidas de blanco y rojo.

Los artistas giraban sobre plataformas elevadas moviendo los pies descalzos al ritmo del tubluh. Había caos por doquier.

Un caballo apareció junto al suyo.

—Su alteza, he venido a ayudar —dijo Wes. Le faltaba el aliento.

—¿Qué haces aquí? —La alarma le tensó todos los músculos del cuerpo—. ¿Está…?

—No, no. La campeona está viva. Jeru y Ren están con ella y los médicos. Allí no estaba haciendo nada útil, por eso me he marchado.

Arin miró a Wes. Sentía cómo se iba desvaneciendo el rastro de la magia de Soraya. Si pretendía albergar alguna esperanza de atraparla, debía moverse. Cortarle el paso en el callejón detrás del festival y ganar el juego que ella había empezado cuando Arin tenía dieciséis años.

Si perseguía a Soraya, Sylvia moriría.

Era un hecho. Su herida era demasiado profunda. Y era probable que se hubiera roto varios huesos al caer.

Arin necesitaba a Sylvia para capturar a los Muf­sidíes y los Orabi. Atrapar a Soraya satisfaría su ego, pero no contribuiría a su misión.

Una voz razonable le recordó a Arin que podía torturar a Soraya para sacarle la información necesaria. La mujer había estado muchos años con los Muf­sidíes; con la persuasión incentivada por el dolor, Arin podría sonsacarle su ubicación. Y sospechaba que también la de los Orabi.

Lo único que tenía que hacer era espolear a su caballo.

«¿Por qué no debería comportarme como una asesina si voy a sufrir el mismo destino de todos modos?

». El fuego danzaba en su cabello. Vaun gruñó.

Sus ojos oscuros, que tendrían que haber estado iluminados con el dorado y plateado de la magia jasadí, rebosaban dolor.

Una agonía tan intensa que Arin sospechaba que había dejado de verla como lo que era.

Ella lo habría reinterpretado como ira, como una cualidad innata de su carácter.

Arin pensó que era in comprensiblemente volátil, que carecía de dominio emocional.

Era probable que ella creyera lo mismo. Estaba sangrando delante de él, pero la herida mortal no podían verla ninguno de los dos.

—Si Sylvia sobrevive, regresará —le dijo a Wes. Su leal guardia abrió los ojos de par en par.

—Señor, no podéis pretender dejarla marchar. Lleváis persiguiéndola desde…

Arin giró su caballo hacia el Palacio de Marfil y tiró de las riendas.