La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintitrés #5
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Capítulo veintitrés #5

Era la tercera vez que alguien difamaba el honor del régimen de mis abuelos.

«Una Jasad construida sobre la igualdad» me recordaba inquietantemente a «muros corruptos del Usr Jasad» y a «no han existido dos monarcas más pérfidos desde ellos».

Hanim odiaba al malik y la malika con cada fibra de su horrible ser, pero siempre había asumido que sus historias eran solo eso…

historias. Si la mitad de lo que me había contado sobre mis abuelos y el trono de Jasad era cierto…

Hanim me había explicado que los vilayatos habían intentado derrocar a mis abuelos.

Me había hablado de rebeliones y levantamientos desde Yanub Aya hasta Laf il Rud.

Los vilayatos superiores se unían detrás de la corona mientras que los más bajos quemaban cosechas a modo de protesta.

Pero los Mufsidíes pertenecían a los vilayatos altos y la mujer Mufsid con la que me había topado había dejado claro que me querían por mi magia y mi nombre.

¿A quién le habían mentido? ¿A mí o a Soraya?

—Mis abuelos te dieron un empleo. Te confiaron a la heredera de su hija. ¿Por qué aceptaste si tanto los odiabas? —Me temblaba la voz. ¿Por qué fingía preocuparse por mí si no lo hacía en realidad?

Soraya dio un paso en mi dirección. Tenía los ojos húmedos. No me creí su ternura ni un instante. Ya había demostrado ser una gran intérprete.

—Tenía mis motivos, Essiya. No tenía planeado encariñarme de ti.

Intenté odiarte con todas mis fuerzas, ver la podredumbre de la realeza en tu dulce carita.

Pero me rodeabas la cintura con los brazos, apoyabas los piececitos sobre los míos y me pedías que te dejara acompañarme a hacer los recados.

Eras una criatura de lo más cariñosa e inteligente.

Apenas podía concebir una época en la que pudiera abrazar a alguien sin que el pánico me clavara sus garras. Y… ¿cariñosa?

Las palabras se abrían paso a través del anillo de agonía que me ardía en el pecho. No me quedaba mucho tiempo.

—Deja de distraerme. ¿Por qué los Muf­sidíes consideran que había corrupción en Jasad cuando eran quienes más se beneficiaban? ¿Por qué odiáis tanto el trono?

La mirada de Soraya se endureció.

—Ya sabes por qué.

—Pues no.

Soraya me agarró la cabeza antes de que pudiera reaccionar. Me clavó las uñas en los rizos mientras acercaba mi rostro al suyo.

—¿Por qué se convocó la Cumbre? Antes de que impulsara la Guerra de Jasad, antes de convertirse en la Cumbre Sangrienta… ¿Por qué se reunieron los reinos? ¿Qué estaban discutiendo?

Intenté que apartara las manos sin mover el torso.

—¡Era una niña! No me acuerdo.

Me apretó dolorosamente con los dedos.

—Amari, ¿sabes por qué permití que los Orabi descubrieran tu existencia a pesar de que odio a esos mocosos débiles de carácter?

¿Por qué me separé de los Muf­sidíes, un grupo que he liderado durante media vida, cuando decidieron reclutarte en lugar de enterrarte?

—Los iris de Soraya, salpicados de dorado, se clavaron en los míos—.

Tienes la capacidad y el poder para ser peor que todos lo que te preceden.

Puedes transformarte para sobrevivir en cualquier condición en la que te encuentres.

Somos de donde estamos. De donde venimos.

Las generaciones de nuestra sangre y nuestras raíces.

Pero tú… le rompiste el brazo a una niña por no subirse contigo a un árbol y te olvidaste de ello al día siguiente.

Prendiste fuego a la colcha más preciada de Dawoud solo porque no te dejaba jugar con ella en el patio y luego le preguntaste por ella cuando no habían pasado ni dos horas.

Tu mente es un laberinto de espejos que únicamente reflejan los recuerdos que tú decides guardar.

Lo mejor que hicieron el malik Niyar y la malika Palia por Jasad fue ponerte esos grilletes.

Respiré contra su frente. ¿De qué estaba hablando? Me pusieron los grilletes cuando tenía seis años. Antes de la llegada de Soraya. ¿Cómo se había enterado?

—Se lo pregunté dos veces. Si no iba a usar los brazos para trepar conmigo, no le hacía falta tener los dos sanos. —Esas palabras vacías brotaron de un lugar lejano y… Oh, recordé. Mervat Rayan con la cara roja, sus gritos estridentes y el hueso asomando a través de la manga.

Pero no. Essiya era buena. ¿Lo era? Essiya era amable y compasiva, no tenía nada que ver con la joven que crio Hanim. ¿Cómo podría hacer algo así?

Soraya me soltó con una carcajada seca.

—Recordarás lo que hicieron tus abuelos cuando tu mente refleje el espejo adecuado.

Suspiró y se puso a juguetear con las joyas que había sobre la mesa.

—Lamento haber tardado tanto en encontrarte.

Estuviste extremadamente bien protegida tras la Cumbre Sangrienta y nadie te buscó con demasiado ahínco.

Te creíamos muerta hasta que un nuevo recluta nos sugirió que buscáramos de nuevo a Hanim.

Esa vez, el hechizo nos guio directamente a su tumba.

En cuanto la vi, supe que estabas viva. Creí.

Te buscamos, incluso cuando los demás nos llamaron ingenuos.

Tus grilletes resistían los hechizos de rastreo más fuertes y pasaron años hasta que localicé ese horrible pueblo omaliano.

¿A cuántos jasadíes había masacrado durante su persecución? ¿Cuánta sangre de nuestro pueblo habían derramado sus manos?

Mis grilletes se estrecharon. ¿Cuánta sangre habían derramado las mías?

—Tú guiaste al comandante hasta Mahair.

—Ah, sí. Nos preocupaba que te matara él primero. Pero, por supuesto, Arin no puede dejar pasar una oportunidad. —Pronunció su nombre con familiaridad, con un cariño exasperado—. Me imagino que sigue enfadado.

Antes de que se gire, Essiya, dijo Hanim. ¡Ahora!

Todavía tenía muchas preguntas, pero Soraya no mataría a otra jasadí esa noche.

—¿Quién te crees que eres para decidir qué jasadíes deberían vivir o morir? —gruñí—. No eres mejor que el supremo.

Mi magia latía perezosamente. Tiré más del hilo, abriendo los dedos contra el grueso cristal.

Soraya giró la cabeza hacia mí, pero era demasiado tarde. El cristal explotó y llovieron fragmentos a nuestro alrededor.

Me lancé por la ventana.

La caída no duró mucho. Un silbido en el aire y aterricé con fuerza en un macizo de flores.

El impacto me dejó temblando y sentí que tenía las extremidades rotas y descuartizadas.

Se me aflojó la mano con la que sostenía la empuñadura de la daga.

La sangre fluyó despacio hacia mi garganta desde esa nueva posición.

Fui consciente de unos gritos resonando en la lejanía.

Me fijé en Soraya. Me gruñó desde la ventana, rodeada por el cristal roto. Se giró y desapareció en la habitación.

Escapará. Va a escapar.

Había aterrizado sobre las amapolas que había visto por la tarde. Para mi disgusto, goteaba sangre sobre los pétalos aplastados. Vi puntos negros bailando ante mis ojos y mezclándose con las estrellas. Si moría, al menos el Palacio de Marfil sería una última visión hermosa.

Se congregó una multitud a mi alrededor. ¿Qué hacían agolpándose ahí? ¡Tenían que buscar a Soraya!

Por fin, Arin se abrió paso entre ellos. Me invadió el alivio. Arin la encontraría. Él no permitiría que Soraya escapara. Al verme, palideció y se volvió hacia los presentes.

—¡Que traigan a un médico! —rugió. Jeru y Wes alejaron a los curiosos.

Se dejó caer de rodillas a mi lado.

—Quédate conmigo, Sylvia. Ya viene la ayuda.

—Está escapando —susurré. Arin me apartó el pelo de la cara y se acercó a mí. Giré la cara hacia su mano, cambiando temporalmente el pensamiento por consuelo.

—¿Qué? —Su preocupación me inquietó. ¿Por qué parecía perturbado? La Mufsid rebelde andaba cerca. Era la persona a la que había intentado encontrar prácticamente cada día durante el entrenamiento.

—Está cerca. La Mufsid… Soraya. Ve.

Mis palabras no daban lugar a equivocación. Arin retrocedió negando con la cabeza.

—No. No, te ayudaré yo mismo —gruñó. Empezó a tirar de su guante. Jeru y Wes se quedaron atrás. Les hice una señal invisible para que intervinieran, para que lo detuvieran.

—¡Arin! —Con el último vestigio de mis fuerzas, le agarré la manga. Ese movimiento hizo que se me derramara más sangre por el pecho.

«Está escapando», articulé una y otra vez.

Si me curaba delante de todos esos testigos, estábamos acabados. Mi secreto quedaría al descubierto, y sus planes, arruinados. Pero si la atrapaba, si yo aguantaba lo suficiente hasta su regreso… Si, si, si… Podría haber terminado.

Un sonido áspero escapó de la garganta de Arin, una singular expresión de devastación que alteró sus hermosos rasgos.

Me relajé. Había tomado una decisión.

Con una maldición en voz baja, el heredero de Ni­zahl se levantó de un salto.

—Mantenedla con vida —rugió con un tono tan amenazante que Jeru y Wes retrocedieron.

Desapareció y varios brazos se alargaron hacia mí. Agradecida, renuncié a mi control sobre la consciencia.