La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintitrés #4
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Capítulo veintitrés #4

Arin suponía un desafío imposible y a la sultana no había nada que le gustara más que esforzarse en algo condenado al fra­caso.

—¿Crees que es demasiado pronto para que me retire a mis aposentos?

—Me parece que su alteza quería que…

Pasé por delante de Jeru levantándome las faldas y subí los escalones.

—Su alteza está ocupado. —Jeru hizo ademán de seguirme, pero me giré y puse la mano entre ambos—.

Puedo ir sola a mi habitación. Me quedaré dormida en cuanto me quite el vestido.

Nos espera un largo viaje y estoy cansada.

Ven a vigilar mi puerta solo cuando se termine la fiesta. Tu desaparición alertaría a los demás.

Aunque claramente desconcertado, Jeru se quedó atrás.

Me abrí paso entre los sirvientes que retiraban los restos del Banquete.

Mis botas resonaron al subir por la escalera, donde pude descansar de la multitud escandalosa.

Cerrar la puerta que me separaba del resto del palacio permitió que la tensión de mis hombros se relajara.

¿Por qué debería molestarme que Arin y Vaida se pasaran la noche charlando? Si ella decidía tocarle la rodilla y susurrarle al oído, ¿qué más me daba? Era una descarada por seguir acercándose y deleitarse con la elegancia con la que él la rechazaba.

Unos golpes en la puerta interrumpieron la batalla que se estaba librando en mi interior.

—¿Quién es? —pregunté.

—Ava, mi señora. Me han dicho que podría necesitar ayuda para quitarse el vestido. —A la joven sirvienta le temblaba la voz. Probablemente, estuviera nerviosa por tener que ocuparse de una campeona ella sola.

Había olvidado la cantidad de ataduras que tenía el vestido.

Ganchos entrecruzados en la espalda cubiertos por una capa de delicado encaje.

Bendito fuera Jeru por haberse dado cuenta de que no podría llegar a los enganches sola.

Para ser justa, podría simplemente cortar el vestido para quitármelo, puesto que no tenía intenciones de ponérmelo nunca más.

Abrí la puerta e invité a pasar a Ava. El cabello le caía en cortinas largas a los lados de la cara y mantenía la cabeza gacha. Era la lukubí más recatada que había visto hasta el momento.

—Cierra la puerta, por favor. No necesitaré ayuda con nada más esta noche —le dije. Le di la espalda y lancé los guantes sobre la cama—. Diles a Zizi y a Mirna que no se molesten.

Al menos, estaría descansada para el viaje del día siguiente. Si Arin preguntaba por mi marcha repentina del patio, podía inventarme cualquier indisposición.

Me quedé quieta, pero Ava no se acercó a las cintas. La miré. Rebuscaba algo en su bolsa dándome la espalda. ¿Quería calmarse antes de manipular los ganchos?

Me giré hacia ella con un suspiro.

—Puedo hacer…

Una daga se clavó en mi pecho.

El tiempo se ralentizó hasta detenerse. Un suspiro después, estalló el caos.

Actué sin pensar, el instinto fue más rápido que las sensaciones y agarré la empuñadura antes de que Ava pudiera retirarla.

En la fracción de segundo que estuvimos lo bastante cerca para compartir respiración, distinguí los contornos cambiantes de un glamur. Parpadeé, tiré de las comisuras y el glamur se desva­neció.

—Hola, amari —susurró Soraya.

No. No, no, no. No era posible. No podía ser real.

Me alejé tambaleándome y sujetando con fuerza la empuñadura. El mundo me daba vueltas y la daga que me atravesaba el pecho no era nada en comparación con la tormenta que se había desatado en mi corazón.

—Estás muerta —jadeé.

Los largos rizos de Soraya habían desaparecido, reemplazados por un peinado corto y recto. Las ondas negras enmarcaban un rostro joven envejecido antes de tiempo. En ese momento tendría quizás unos veintisiete años. Unas pequeñas cicatrices recorrían los dedos de mi antigua asistenta.

—¿Te duele? No debería. Lo siento. Tenía que hacerlo rápido —dijo Soraya mirando la daga con preocupación, como si se hubiera materializado en mi pecho durante una conversación casual—.

Si vacilaba, habría perdido los nervios.

—Se dejó caer pesadamente sobre la cama—.

Matarte es lo más difícil que he hecho nunca, y lo peor.

Eso era demasiado. No podía concebirlo. No podía procesarlo.

Soraya estaba ahí. Estaba viva.

Y había acudido a matarme.

Repasé mis opciones rápidamente. Su posición me obstaculizaba el camino a la salida. Asumiendo que las otras sirvientas no estuvieran involucradas en su plan, no sabrían que debían venir a ayudarme tan temprano.

—Tu glamur debe de ser excelente. —Apoyé una mano en la pared luchando contra mis rodillas, que querían ceder. Un dolor abrasador me invadía el pecho—. Para colarte entre el personal de la sultana…

Los ojos de color miel de Soraya se suavizaron. ¿Cómo se atrevía? No tenía derecho a mirarme como si le importara después de… después de…

—La verdad es que no. Me mantenía oculta y el glamur distorsionaba cualquier destello que alguien pudiera ver.

Nos miramos mutuamente y el sentimiento de traición venció a la ira. Me tembló la voz.

—¿Por qué me haces esto?

Los ojos de Soraya se llenaron de lágrimas de inmediato.

—No quería hacerlo, Essiya. Recé por que hubieras tenido una muerte rápida durante la Cumbre Sangrienta.

No quería que te enteraras de esto. —El rostro de Soraya se endureció y una rabia aterradora se apoderó de sus facciones.

Nunca había visto en ella una expresión que no fuera de paciencia o de diversión discreta—.

Tendría que haberme imaginado que la qayida Hanim lo estropearía todo.

—¿Lo estropearía todo al no asesinarme? —Dejé escapar una carcajada—. Todos estos años creía que el destino no podía maldecirme con nadie peor que Hanim y, todo este tiempo, tú…

La indignación la hizo erguirse.

—¡Si ella hubiera hecho lo que tenía que hacer no habría sucedido nada de esto! ¡Todos nuestros esfuerzos no estarían en peligro porque la reina legítima de Jasad sigue viva! —Soraya caminó de un lado a otro en mis aposentos—. Tendría que haberlo sospechado. Ya arruinó nuestros planes una vez.

El dolor de mi pecho se intensificó y se convirtió en una agonía que apenas me permitía pensar. Mi mente obstinada trabajaba a máxima velocidad intentando encontrar el sentido a las palabras de Soraya.

—Eras tú —jadeé—. Tú eras la Mufsid rebelde. Tú me atacaste en el bosque con el espectro de Hanim.

Tosí y salpiqué las sábanas de rojo. La sangre me empapaba la pechera del vestido y me manchaba los dedos. Suponía que me quedaban unos diez minutos antes de que el daño causado fuera irreversible.

—Sí, y si Arin se hubiera quedado durmiendo, podríamos haber evitado toda esta farsa de los campeones.

Los demás están desesperados por atraparte antes que los Orabi y traerte a nuestras filas.

Para empezar, han olvidado por qué se fundó nuestro grupo.

Yo no. —La mujer que me miraba no tenía piedad.

Era peor que Hanim porque al menos la antigua qayida intentaba ocultar su odio—.

No hay lugar para la realeza en el Jasad que planeamos revivir.

Tus abuelos trajeron la destrucción a nuestro pueblo, y no resucitaré el sistema que nos falló una y otra vez.

Los Mufsidíes fuimos creados para forzar el cambio, para reclamar el poder de Jasad y aplastar a todos los reinos que buscaban aniquilarnos.

—Le temblaban los labios mientras recogía los guantes de Rory de la cama—. Por mucho que te quiera.

Palpé a tientas detrás de mí en busca de cualquier cosa que pudiera usar como arma. Se me deslizaron los dedos al chocar con una protuberancia curva. El cristal de la ventana.

—¿Querer? —susurré. Pensé en Sefa y en Marek siguiéndome al Essam en mitad de la noche para enterrar a un soldado ni­zahliano.

Arriesgándose a morir para encontrarme después de la walima, abandonando sus vidas en Mahair para volver a ser fugitivos—.

Ahora sé lo que es el amor y no se parece en nada a esto.

Soraya estrechó los guantes contra su pecho.

—¿Sabes por qué te he llamado «amari»? No significa solo «bonita mía».

«Amari» significa «luna mía». Eso es lo que fuiste para mí.

Algo constante y auténtico. Lo único que quería era hacerte feliz.

—Soraya arrojó mis guantes a un lado y exhaló con determinación—.

Sin embargo, ha llegado el momento de que el sol se alce sobre Jasad, Essiya.

Llevamos demasiado tiempo viviendo en la noche oscura.

—¿Estáis matando jasadíes, pero soy yo el sistema que trae la destrucción a nuestro pueblo?

La Soraya frustrada no me miraba con tanta atención como la melancólica.

Envió mi silla hacia el armario de una patada y aproveché la oportunidad para apoyar la mano en la ventana.

Me incliné sobre el cristal. Solo necesitaría mi magia durante una fracción de segundo; sin embargo, vacilar supondría la condena.

Dolor. Rabia. Miedo.

Todos esos sentimientos me recorrían el cuerpo, pero ¿cuál necesitaría para despertar mi magia?

—Solo matamos a los jasadíes que son demasiado débiles para unirse al movimiento por recuperar nuestra tierra.

Es una bendición para ellos morir bajo nuestra espada y no bajo la de un soldado nizahliano.

—Una energía febril se apoderó de Soraya mientras hablaba—.

Piénsalo, Essiya. Una Jasad construida sobre la igualdad, sin realeza ni nobleza.

Nada de aldeas bajas. Los abundantes recursos de Jasad disponibles para cualquier ciudadano que los desee.

Eso es lo que construirán los Muf­sidíes.

A los Orabi no les importa el tipo de reino que se alce siempre que sea suyo.