Capítulo veintitrés #3
—Así es, pero tienen la peculiar necesidad de elegir con quién vivir esa aventura. —Timur se encogió de hombros—. Solo espero que no sientan también la necesidad de quejarse de ti a Vaida.
Mehti no movió las manos durante lo que quedaba de comida. Timur me guiñó el ojo y me arrancó una sonrisa auténtica.
Por el hacha sangrienta de Dania, no disfrutaría nada matándolo.
Los estómagos llenos fomentaron la cordialidad entre el grupo.
Tras devorar el fetir desmenuzado y bañado con miel y mermelada, nos dirigimos todos al patio.
Me apoyé contra el marco de la puerta para observar la celebración.
Felix apareció junto a mi hombro con una copa en la mano y una sonrisa falsa estampada en la cara. Ambos miramos al frente.
—¿Te lo estás pasando bien?
—De maravilla —respondí—. ¿Has empujado a alguna niña delante de un caballo últimamente?
Tensó el agarre de la copa, aunque siguió hablando en tono ligero.
—La noche es joven.
Si Niyar y Palia no hubieran asesinado a mi padre, habría sido Emre el que hubiese asistido al banquete como heredero de Omal. Felix, sobrino de Emre, no habría sido más que otro miembro de la realeza olvidado en el palacio.
—Cuando pierdas el Alcalah, ¿tienes alguna preferencia sobre cómo te gustaría ser ejecutada? Yo me inclino por el desmembramiento, aunque estoy abierto a sugerencias —dijo mi primo mirando con lascivia a una sirvienta que pasaba cerca.
—Cuando me convierta en vencedora, ¿cuán suntuoso quieres que sea el festival que se celebre en mi honor?
Quizás organizar un festival después de la pérdida de Mehti sería demasiado vergonzoso.
El heredero de Nizahl vino a Omal y eligió a una campeona digna, mientras que el heredero de Omal fracasó al hacer lo propio.
No pienses en mi éxito como una humillación, sino más bien como un regalo necesario para Omal.
Felix se bebió lo que le quedaba en la copa y juntó los labios.
—Creo que la mejor parte del año será clavar tu cabeza en mi jardín privado.
Me llevé una mano al corazón. Hacer enfurecer al heredero de Omal mientras las leyes de amnistía le prohibían ponerme un solo dedo encima era demasiado divertido.
—Ah, qué triste. Espero que el año que viene te resulte más gratificante.
Sorn le hizo un gesto a Felix para que se acercara. El odio del heredero de Omal quemaba el aire nocturno, y había demasiados dientes brillantes en su sonrisa.
—Ojalá sobrevivas a la primera prueba. Estoy deseando recibiros a ti y a las ratas de tu aldea en el palacio de Omal. —Tras su ominosa promesa, tiró la copa a los pies de un sirviente y se unió a Sorn en el otro lado.
—Cortesanas —dijo una voz cerca de mi hombro. Diya observaba a Mehti descansando en el césped con un cuenco de uvas y fresas apoyado en el pecho—. ¿Sabes cómo llaman a una casa de putas en Lukub? —La campeona de Orban no esperó a que respondiera—. Una casa.
La miré.
—Tienen costumbres diferentes. No deberíamos juzgar tan a la ligera.
Diya se rio. Representaba los colores de Orban con un sencillo vestido verde musgo hasta la rodilla atado a la cintura con un cinturón de ante marrón. Los brazaletes de batalla de Dania tintineaban alrededor de sus muñecas bronceadas.
—Qué diplomática.
Arin querría que conversara educadamente con ella para recabar toda la información posible sobre la misteriosa campeona.
—Orban tiene unas tradiciones peculiares.
La recopilación de información podía esperar. Felix me había dejado con ganas de provocar.
Levantó la barbilla.
—Somos una cultura del honor fundada en tradiciones longevas. Lukub es el lugar al que acuden los adolescentes desobedientes a saborear el libertinaje. No pretendas compararnos.
La chica de Sorn parecía estar excavándole la boca con la lengua mientras que otra le besaba el hombro. Quería preguntarle si consideraba que ese tipo de exhibicionismo era honorable. Tratándose de su heredero, seguro que lo veía como una demostración de virilidad.
—Tu heredero no es inmune —señaló.
Arin y Vaida compartían un banco con las cabezas juntas.
Era evidente que estaban manteniendo una conversación privada, y el modo en el que Vaida se inclinaba hacia él sugería intimidad.
Sabía que Vaida quería destruir su reino con la misma convicción con la que sabía que Arin le partiría el cuello sin pensárselo dos veces.
Aun así, se me formó un nudo en la garganta.
Intenté reprimir la ira desconocida que me había invadido las entrañas.
—¿Cómo fuiste elegida campeona?
Una sirvienta nos ofreció una bandeja de makroudh en forma de diamante.
Levanté uno de los dulces rellenos de dátiles y le di las gracias.
Diya rechazó la bandeja con un gesto de la mano.
La felicidad estalló en mi lengua con el primer bocado mantecoso.
Tras casi dos meses de comidas nizahlianas, estaba lista para enterrarme en manjares.
—Apuñalé a mi madre y a mi padre cuarenta y tres veces a cada uno —espetó Diya como si nada. Me atraganté con el segundo mordisco y tosí migas. Prosiguió—: Su alteza Sorn me salvó de la horca. Tenía una cualidad que él buscaba para el campeón de Orban. Tienes pasta de dátil en el vestido.
Me sacudí el vestido evaluando de nuevo a la pequeña campeona.
—¿Ochenta y seis puñaladas sin ningún calambre de muñeca? El Alcalah no te supondrá un gran problema.
Diya resopló y su indiferencia altiva me recordó mucho a la de Rory.
—No era un cuchillo muy pesado.
Antes de que pudiera pensar una respuesta a sus palabras, Timur se acercó soplando sobre la superficie humeante de su té de menta.
—Me parece que este es el mejor rincón del Banquete —comentó—. Sobre todo, porque no está Mehti.
El campeón de Omal estaba deleitando a unas cortesanas demostrando lo rápido que podía arrastrarse hacia atrás con los codos.
—Arrastrarse sobre los codos es una habilidad crucial para los campeones —bromeé—. Y para los cangrejos.
Diya parecía haber alcanzado el límite de compañía que toleraba. Se marchó hacia el estanque de los cisnes sin despedirse. Timur se apoyó en una pared a mi lado, sumergiendo y sacando la hoja de menta de su té.
—¿Te ha contado cómo fue elegida? Tienes la misma expresión que yo cuando me enteré.
—¿Debería asustarme que esté más intrigada que otra cosa?
Me metí el resto del makroudh en la boca. Era muy fácil conversar con Timur. Seguro que a Marek y Sefa les caería bien el campeón lukubí.
—Por supuesto.
—Maldita sea. —Me sacudí las migajas de dulce del vestido y relajé los músculos con fingida indiferencia—. ¿Y qué hay de ti, Timur? ¿Por qué la sultana Vaida eligió a alguien de las aldeas bajas como campeón?
—Ah, me temo que la historia no es tan interesante.
Llevo años frecuentando festivales por todo Lukub y gané todos los combates que se celebraban en nuestros pueblos.
El general del ejército de la sultana Vaida me invitó al Palacio de Marfil para que me reuniera con ella.
Me propuso ser su campeón y le dije que no.
Lo miré de reojo esperando que soltara una carcajada y apoyara las manos en las rodillas.
—¿Disculpa?
Timur se bebió el resto de su té de menta.
—Le dije que no la primera vez. Mi madre y mis dos hermanas dependen completamente de mi salario y no podría permitirme el lujo de trabajar mientras recibía la formación necesaria.
La sultana me aseguró que ella misma me pagaría el salario.
Me ofreció más, pero yo no quería que se esparcieran rumores de que la corona de Lukub necesitaba comprar a su propio campeón, no después de la amabilidad de la sultana Vaida.
Cuando me haga con la victoria, mi familia tendrá mucho más de lo que puedo ganar como cantero.
—Veo que en Lukub tenéis un pequeño problema de ego.
Timur golpeó la pared que tenía detrás al impulsarse. Se balanceó sobre los talones.
—¿Vas a decir que a ti te preocupa perder el Alcalah?
Imité su sonrisa. Su muerte sería dulce. Sería tanto una disculpa como una muestra de piedad.
—Claro que no.
Todo el peso de Mehti se abalanzó sobre Timur y lo tiró al suelo. El campeón de Omal se sentó a horcajadas sobre el campeón de Lukub y levantó los brazos entre una oleada de aplausos.
—La clave de un ataque sorpresa… —empezó Mehti.
Timur le puso un pie en el torso y lo lanzó al otro lado del patio. Mehti rodó pendiente abajo y se detuvo a los pies de Diya. Ella le pisó el pecho y siguió andando.
—¿Cómo es? —preguntó Timur sentado con las piernas cruzadas sobre el césped. No me hizo falta seguir la línea de su mirada para saber a quién se refería. No había muchos hombres a los que un campeón pudiera reverenciar.
—Eficiente. —Miré de reojo y vi a Vaida acercándose a Arin, juntando sus cuerpos desde el hombro hasta la cadera. Le dijo algo a Sorn mientras acercaba la mano hacia la rodilla de Arin. Este cogió una copa de una sirvienta y apartó sutilmente la mano errante de la sultana.
Timur gimió.
—¿Has estado meses entrenando con Arin de Nizahl y lo mejor que se te ocurre es «eficiente»?
—¿Qué quieres saber, Timur? —pregunté sorprendida por el segundo intento de Vaida de tocarle la rodilla a Arin.
Disfrutaba de su resistencia—. Es brillante.
Frío, astuto. Come demasiado despacio, tiene una obsesión insana por los mapas y, si pasa tiempo suficiente entre el caos, acabará matándote y organizándolo u organizándolo y matándote.
—Mucho mejor —dijo Timur—. No consigo comprender cómo has logrado entrenar con el comandante de Nizahl.
Yo no soy capaz de mantener una conversación con él sin deshacerme en un charco de sudor.
—Un sirviente pasó con vasitos de mahalabía y captó la atención de Timur.
El campeón de Lukub corrió tras ély se despidió de mí con la mano.
No me di cuenta de cuánto tiempo llevaba observando a Arin y a Vaida hasta que apareció Jeru.
—No te preocupes. Ella no puede jugar con su alteza —me tranquilizó—. Ya lo han intentado voluntades más fuertes que la suya.