La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

Miré a Arin entrando en pánico. No me había preparado para la posibilidad de sentarnos separados.

Yo carecía de su agilidad de palabra y de su carácter equilibrado.

Me estrechó los dedos con la mano enguantada una vez antes de dirigirse al lado opuesto de la mesa.

Un sirviente me guio más allá, donde vi el emblema de Ni­zahl grabado en la vela que titilaba ante mi plato.

Miré a mi alrededor y contuve un gemido. La campeona de Orban y el de Lukub se situaron a mis lados, y el de Omal, enfrente.

Supongo que podría haber sido peor. Podría ser Arin, atrapado entre Vaida y Felix. Los campeones estábamos sentados en un extremo de la mesa, y la realeza, en el otro. Los doce nobles que había invitado Vaida ocuparon sus lugares en el centro; su animada charla resonaba por todo el salón.

Unos pocos sirvientes se afanaron por llenarnos las copas con un vino floral.

Al otro extremo de la mesa, Felix me miró con el labio fruncido.

Levanté el cuchillo sin filo del plato y le sostuve la mirada mientras me golpeaba la parte plana de la hoja contra la mano.

Se estremeció y oculté una risita detrás de la muñeca.

La idea de no tener que fingir me resultó embriagadora.

Fingir que me costaba cargar cajas porque tenía que parecer débil.

Fingir que sonreía cuando quería gritar porque una aldeana debería sentirse agradecida por cualquier destino que fuera más allá de un marido y seis hijos.

La oferta de libertad de Vaida nunca podría haberme proporcionado eso. A mí misma.

¿Y quién eres tú?, preguntó Hanim con desprecio. ¿Crees que puedes arrancarte como una flor del jardín que te crio, de las raíces que te formaron? El pasado es nuestro sol, Essiya. Solo lograr ás florecer si dejas que te ilumine.

—Hola —dijo una voz profunda a mi derecha que me devolvió al presente.

El campeón de Lukub me sonreía. Era un hombre atractivo con la piel unos tonos más oscura que la de Sefa y un brillo en la mirada que deslumbró a varias sirvientas, que le echaron vino de más.

Era alto, de una estatura parecida a la de Arin, y con un cuerpo robusto de esos que solo se consiguen con años de trabajo—. Sylvia, ¿verdad?

—¡Sí! ¿Timur? ¿O era Mehti? Discúlpame, no he comido en todo el día preparándome para el Banquete.

Apenas puedo pensar. —Extendí la mano para tocarle el brazo y reprimí el escalofrío que me provocó el contacto.

Era más fácil de soportar si lo iniciaba yo.

Tal y como era de esperar, la cautela se desvaneció de los ojos de Timur.

Sonreí y le estreché el brazo una vez más antes de soltárselo—.

¡Me ha encantado tu presentación! Lo del fuego ha sido…

—Gesticulé exageradamente como si me costara encontrar las palabras adecuadas en mitad de la tormenta de admiración.

Timur se rio. Bien. Los campeones no se sentirían cómodos con la campeona de Ni­zahl si pensaran que me parecía en algo a mi heredero. Necesitaba que se relajaran.

—Gracias —dijo—. Es un placer conocer a otra campeona de las aldeas bajas.

La campeona de Orban, Diya, se giró hacia nosotros.

Llevaba vigilándola por el rabillo del ojo desde que se había sentado.

Arin no tenía mucha información sobre ella.

Y ese hecho lo estaría atormentando enormemente, estaba segura.

Diya de Orban no poseía ningún talento distinguido.

Era bajita y curvilínea y sostenía su bebida como si alguien fuera a intentar envenenarla.

Arin me había contado que la decisión de Sorn de elegirla campeona había desconcertado a Orban.

Y, a primera vista, compartía la confusión.

—Creo que la campeona de Orban también proviene de una aldea baja de su reino —comenté con magnanimidad.

—Qué interesante que hayas recordado un detalle así pero hayas olvidado el nombre de Timur —señaló Diya sin mirarme.

La campeona le frunció el ceño al sirviente que trató de vertir vino tinto en su copa. Llevaba el pelo rapado por ambos lados y los largos mechones del centro alisados hasta la nuca. Se metió los dedos entre la ondulada melena castaña y se la echó a un lado.

Timur golpeó mi plato con la cuchara.

—Ignórala. Pretende ganar el Alcalah a base de puros de­saires.

La sultana Vaida hizo tintinear su copa para silenciar las conversaciones.

Llevaba los ojos delineados de blanco y destacaban bajo la corona.

Los rubíes brillaban en el ajustado corpiño de su vestido color marfil.

Una capa de flores blancas ondeaba tras ella con un aroma dulce y penetrante, casi empalagoso.

Dos horas más y tendría que reemplazarla.

Los dignatarios lukubíes miraban a su sultana con una devoción que solo había visto destinada a los awalín.

—Hace miles de años, nuestros awalín tomaron la desgarradora decisión de salvar los reinos que habían fundado purgando al mundo de su magia.

Baira, Kapastra y Dania se reunieron en el Sirauk para planear cómo detener a su hermano.

El awal de Jasad no podía ser encerrado ni asesinado.

La magia que le corría por las venas había devorado todo rastro de humanidad, y a lo que quedaba le importaban poco los destrozos que causaba.

Nuestras valientes awalas, temiendo que su magia pudiera llevarlas por un camino similar, decidieron confinarse en la misma trampa que contendría a Rovial.

Rovial siguió a Dania hasta el Sirauk, conspirando para atacar a la awala de Orban.

Pero ella tenía intenciones ocultas. Como sabéis, sus hermanas estaban esperando.

La adorada Baira de Lukub se acercó por detrás y rodeó a Rovial con su abrazo inquebrantable.

Dania le dibujó unas runas en la frente que garantizarían un sueño eterno.

Kapastra de Omal levantó las manos y activó la magia que habían tejido alrededor del puente.

Los eruditos creen que Rovial gritó con tanta fuerza que los cielos se estrellaron contra la tierra.

Nubes y truenos envolvieron a los hermanos mientras se precipitaban por el puente hasta quedar atrapados en las tumbas que los esperaban abajo.

Vaida alzó su copa. A mi alrededor, todos la imitaron rindiendo homenaje a su sórdido relato. La magia de Rovial, la locura de Rovial. En su mente, eran sinónimos. El destino de Jasad se había sellado en ese puente, y me repugnaba el hecho de brindar para celebrarlo.

Se me erizó el vello de la nuca. Arin me estaba mirando. Tenía que interpretar un papel, y la dignidad no formaba parte de la actuación. Levanté la copa. Mis grilletes brillaron bajo la luz roja de la lámpara.

Esta es la libertad que buscas, dijo Hanim. No vas a burlarte de los estúpidos herederos de Omal, gritar ni ser fuerte, sino mantenerte callada. La libertad es la verdad, y hace falta valor para hablar con ella.

—Por nuestros campeones. El Alcalah os convertirá en rivales, pero debéis recordar que los awalín a los que rendís homenaje en estas pruebas fueron familia y nos salvaron a todos trabajando codo con codo.

—¡Por nuestros campeones! —exclamaron los comensales alrededor de la mesa.

Timur hizo chocar su copa contra la mía y mi sonrisa se tensó como una rama bajo una rodilla, capaz de romperse en cualquier momento.

—Tu sultana es una oradora muy elocuente —comenté.

—Pues tendrías que oír sus discursos durante el Sedaín. Con solo levantar el dedo, las masas la siguen a donde vaya.

El Sedaín era la realineación lukubí anual de la mente, el cuerpo y la sangre.

Ayunaban durante tres días. El primero lo dedicaban al estudio académico; el segundo, a actividades físicas, y el tercero, a hacer sangraduras.

Usaban sanguijuelas, espinas o dientes de animales para drenar la «mala sangre» y quedar cada vez más y más puros.

Por supuesto, la mala sangre era cualquier rastro de magia.

¡Ja! Vaida sería capaz de preparar caldo con cabezas de bebés si eso significara que su reino podría tener la ventaja definitiva sobre Ni­zahl: magia y preparación para la guerra. A Jasad le faltaba una de esas cosas.

Cuando nos trajeron sopas humeantes, panecillos de mantequilla y bandejas rebosantes de pato y cordero asado, olvidé la ira y me llené el plato.

El campeón de Omal se atiborró tanto de pato como de cotilleos. Para desgracia de quienes estaban sentados cerca, Mehti disfrutó haciendo ambas cosas al mismo tiempo. Corpulento y bronceado, el campeón de Omal se parecía a los trabajadores de la granja de Yuli.

Me inquietaba que Felix le hubiera ordenado que me saboteara de algún modo.

A medida que avanzaba la comida, se hizo evidente que no tenía de qué preocuparme.

La inteligencia de Mehti cabía en uno de los dedales de Sefa.

La cuarta vez que le dio una palmada en el trasero a una sirvienta que pasaba no pude seguir conteniendo la lengua.

—Mehti, ¿verdad? —pregunté. Fingí mirar a Vaida—. Yo tendría cuidado si fuera tú. He oído que la sultana le cortó el brazo al último hombre que osó tocar a una de las chicas de su palacio sin permiso.

Mehti se limpió la boca con la manga y frunció el ceño con desconfianza.

—¿Es eso cierto? —le preguntó a Timur.

Timur parecía la personificación de la sinceridad.

—Muy cierto. Le habría cortado la cabeza directamente si no se hubiera tratado de un noble.

A Mehti se le cayó en el plato la grasienta ala de pato que se estaba comiendo.

—¿Le cortó el brazo a un noble?

Apreté los labios para contener un resoplido. Hasta Diya dejó de masticar para escuchar.

Timur partió una zanahoria por la mitad.

—Hasta el hombro.

El campeón de Omal no se molestó en ocultar su consternación.

—¿No se supone que las mujeres lukubíes son más… —gesticuló intentando fallidamente mostrar decoro— dadas a la aventura?