La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Capítulo veintitrés

C omo una buena campeona, permití que las sirvientas me ayudaran a vestirme para el banquete.

Zizi, Mirna y Ava charlaban sin parar mientras me desenredaban el pelo y me arreglaban el vestido.

Hacían comentarios sobre la comida, los invitados y los guardias errantes.

Intentaron frotarme el cuerpo con aceites aromáticos, pero les aparté las manos de un manotazo. Mi cortesía tenía sus límites.

Como estaban ahí en calidad de personal del heredero, Sefa y Marek cenarían con los soldados. Cuando las sirvientas se marcharon, saqué los guantes dorados de Rory del equipaje. Necesitaba algo que me anclara a casa, una línea que seguir hasta la orilla en el mar de lo desconocido.

Apoyé la palma de la mano en el espejo. La mujer del reflejo tenía una silueta imponente con un vaporoso vestido negro.

Un fino encaje violeta la cubría desde las caderas hasta los pechos y dejaba al descubierto franjas de piel.

La falda era más corta por la parte de delante, lo cual permitía entrever unas botas de tacón, y caía en una sedosa cascada por detrás.

Llevaba un colgante con el emblema de Ni­zahl expuesto debajo de las clavículas.

El cabello le descendía en brillantes mechones alrededor de la cara.

Majestuosa. Imponente. Como una reina falsa.

Apreté el colgante y cerré los ojos. Me permití imaginarme arrancándomelo del cuello y aplastándolo bajo la bota. Me visualicé quitándome el vestido y prendiéndole fuego, borrándome la mancha de Ni­zahl del cuerpo con agua hirviendo.

Con un vestido ni­zahliano bajo un techo lukubí me sentía como la heredera de Jasad más que nunca. ¿Era posible echar de menos a alguien a quien apenas había visto? La persona en la que me habría convertido de no ser por un tropiezo de las arenas del destino.

Inexplicablemente, la rana que hacía guardia saltó a mis pensamientos. El frenético croar que avisaba a sus compañeras de que se acercaban mis manos a pesar de que se estuviera poniendo en peligro a sí misma. ¿Qué hacía que esa rana fuera más valiente que las que habían huido?

Abrí los ojos. Me froté el suave metal de los grilletes, centrada en mi objetivo. Sería casi Essiya hasta el final del Alcalah, cuando me convertiría por fin en Sylvia. Yo misma era mi fantasma más persistente, y estaba harta de que me atormentara.

Abrí la puerta. Las cejas de Wes casi desaparecieron en su cabeza de tanto que las elevó.

—Ah.

Qué elocuente. Caminé a paso rápido por el pasillo abarrotado.

Teníamos que reunirnos en la enorme escalinata del segundo piso.

Todos los gobernadores, excepto Vaida, descenderían con sus campeones.

Si llegaba tarde dos veces e interrumpía la entrada triunfal de Vaida, Arin podría decidir empujarme por las escaleras.

Había un grupo de guardias, miembros de la realeza y campeones en lo alto de la escalinata, conversando.

Un murmullo de expectación vibraba en el aire.

Busqué a Arin con la mirada y lo encontré camuflado en un rincón con los brazos cruzados sobre el pecho.

El único color que presentaba su conjunto negro era un cinturón violeta alrededor de la cintura estrecha y unos detalles a juego en su abrigo.

Se había cepillado el pelo, pero un mechón rebelde y plateado le caía sobre la sien.

Con los hombros anchos y su elegancia característica, Arin observaba a los demás fingiendo aburrimiento.

Un depredador aparentando ser dócil, probablemente considerando todos los modos creativos en los que podrían intentar matarlo.

Era la amenaza más hermosa que había visto en mi vida.

Arin levantó la vista y se quedó paralizado. En sus rasgos se reflejó todo un despliegue de emociones. Demasiadas y demasiado complicadas para nombrarlas.

Se enderezó y recorrió mi vestido con la mirada.

—Sefa ha hecho un trabajo espectacular con tu vestido. —Parecía aturdido. Lo había visto a punto de morir desangrado e incluso en esas circunstancias se había mostrado mucho más sereno—. Aunque así no te vas a ganar el aprecio de Vaida.

—¿Cómo? —conseguí preguntar.

—La costumbre es que la anfitriona eclipse a sus invitados. —Los ojos de Arin destilaron buen humor y algo más tranquilo e íntimo. Algo que solo era para mí—. Se lo has puesto impo­sible.

Apenas lo escuché. Una sensación rarísima me recorrió todo el cuerpo, una violencia que no logré reconocer. Violencia…, no era esa la palabra adecuada.

En contra de mi voluntad, le toqué el mechón suelto de la sien.

Arin se quedó quieto como una estatua mientras se lo colocaba detrás de la oreja.

Mis dedos se demoraron de más en la fuerte línea de su mandíbula.

Deseé de la manera más irracional que mis guantes se disolvieran en cenizas.

Aunque, de todas formas, sin ellos, él no me habría permitido tocarlo.

Menudo giro irónico del destino. Yo buscando un contacto que se me negaba.

—Ya está —dije acercándome la mano temblorosa a la falda.

Quería seguir adelante, burlarme de su implacable dominio, hundir mis manos codiciosas en su sedoso cabello y ver cómo el hielo de sus ojos se convertía en llamas líquidas.

Mi control se estaba resquebrajando bajo una presión que era incapaz de reconocer; no podía fiarme de mi propio cuerpo—. Ahora nos odiará a ambos.

El ritmo constante de un tubluh atravesó el escándalo.

La multitud guardó silencio y se giró hacia la escalera.

El personal de servicio, ataviado con delicados vestidos rojos o túnicas de color marfil, abrió las imponentes puertas del banquete.

Todos se apelotonaron en el extremo de la amplia escalinata, agarrándose a la barandilla o inclinándose hacia delante.

Yo me quedé atrás con Arin. Ya había visto más que suficiente de las ostentosas exhibiciones de Vaida.

—El rubí de Lukub. El campeón de nuestra brillante sultana Vaida. Alzad la voz por el próximo vencedor del Alcalah, ¡Timur de Lukub!

Los pasillos se quedaron a oscuras cuando se apagaron los faroles a nuestras espaldas.

Un resplandor rojizo iluminó las paredes y proyectó sombras ardientes sobre nosotros.

Los sirvientes esparcieron un polvo en las antorchas y los invitados chillaron cuando el fuego se elevó en nubes rojas y anaranjadas.

Las llamas rugían entre las fauces de los sabuesos rubí que sobresalían de las paredes y de los balaustres a ambos lados de la escalinata.

Nos vimos envueltos en carmesí mientras el atronador crepitar del fuego se fundía con los murmullos de emoción.

—¿Cómo crees que se sentiría si supiera que vimos un auténtico sabueso rubí? —susurré.

Un exquisito destello de rencor atravesó fugazmente el rostro de Arin.

—Tendría impulsos homicidas.

—Nada nuevo, en ese caso —respondí, y Arin se mordió el labio tratando de contener una sonrisa.

—¿Están mejorando mis intentos por ser graciosa?

Controló sus rasgos casi al instante, pero era demasiado tarde.

Había revelado algo que no pretendía, un detalle que no cuadraba con la impresión que yo tenía de él.

Arin de Ni­zahl era un hombre de veintiséis años con el hastío de quienes se consideraban por encima de todos los presentes, esforzándose por no reírse con la chica que tenía cogida del brazo.

Quizás Arin también fuera su propio fantasma.

El heredero de Omal y su campeón estaban a nuestra izquierda.

La mirada fulminante de Felix se me clavó en un lado de la cara.

Esperé a que Arin se distrajera ajustándose las mangas para guiñarle el ojo a Felix.

El niñato enrojeció y ensanchó las fosas nasales.

Nadie debería llegar a su edad sin recibir una buena paliza.

Eso forjaba el carácter. Me encantaría ser quien le metiera la humildad en la cabeza a base de puñetazos. ¿Acaso no estaban para eso los primos?

Arin me ofreció la mano.

—¿Vamos?

Mi guante dorado se deslizó sobre el suyo negro. En un arrebato de nervios, dije:

—Vamos combinados.

En vez de aprovechar la oportunidad que le había brindado para burlarse de mi absurdo comentario, Arin suavizó la mirada.

—Por supuesto.

Empezamos el descenso en perfecta sintonía con las demás parejas.

El dramatismo le sentaba bien a Vaida, quien se había puesto la corona para la ocasión.

Ella y su campeón bajaron los escalones en primer lugar.

Cuando llegó nuestro turno, una extraña grieta se abrió en mi interior.

Fue como si mi polvorienta mitad omaliana se quedara en lo alto de la escalinata observando a la decorada mitad jasadí descendiendo del brazo del heredero más poderoso de los reinos.

Él va del brazo de la reina más fuerte desde los awalín, dijo Hanim. O, al menos, de su fantasma.

—¿Debería vigilar lo que como? Felix no parece muy contento de verme.

Arin inclinó la cabeza para hablarme al oído.

—Está Ren en la cocina supervisando a los cocineros. Y tenemos a sirvientes probando la comida. No te preocupes. Vaida jamás permitiría que algo tan vulgar como un intento de asesinato le arruinara el banquete.

El salón comedor me dejó sin aire. Colgaban faroles de cadenas blancas atadas al techo abovedado de cristal.

Iluminaban los pétalos blancos que florecían por la pared este y las enredaderas de color marfil que se entrelazaban entre los seis sabuesos rubí.

Los sabuesos rodeaban la sala en distintas poses de movimiento.

No podía haber una mesa más extravagante en todos los reinos.

Los sirvientes acercaron unas sillas de respaldo alto mientras entrábamos.

—Los emblemas de vuestro reino indican vuestro asiento —anunció Vaida. Ella ocupó su lugar a la cabeza de la mesa y dejó su copa sobre el reposabrazos en forma de garra—. Mis invitados lukubíes, podéis sentaros donde haya sitio.