Capítulo veintidós #3
—No te preocupes por mis ganancias. Céntrate en lo que puedes llegar a perder tú. Piensa en tus seres queridos. —Vaida se apartó y apoyó la espalda en la pared opuesta. Había una determinación escalofriante en su mirada. Retrocedió un paso más—. Y, por encima de todo, piensa en ti.
Dio un último paso y la vela moribunda proyectó su luz en la pared que quedaba tras ella. Montones de rostros con la boca abierta en gritos silenciosos sobresalían de las paredes. Tenían la piel estirada y moteada, y los ojos no eran más que un agujero enorme en los cráneos descoloridos.
Delante de ellos, Vaida sonrió y las sombras extinguieron laluz.
Fui directa a la habitación de Arin.
A pesar de las amenazas de Vaida, la sultana se había precipitado y había cometido un error en el que nunca había caído Arin: había sobreestimado enormemente mi predisposición al riesgo.
Lo que podía ganar al aceptar su oferta era sustancial. Había envuelto su propuesta con la cantidad adecuada de persuasión, tentación y coacción. Perder el Alcalah y tener un hogar en Lukub. Perder el Alcalah o perder mi aldea.
Por desgracia, no tenía interés en redibujar los límites de mi prisión para que coincidieran con los de Lukub.
Asumiendo por supuesto que Vaida no fuera a venderme al mejor postor en cuanto Felix y Arin manifestaran el deseo de colgar mi cabeza en las puertas de su palacio.
Arin se había ganado mi confianza (aunque después de clavarme varias dagas), y eso no era un recurso que llevara por duplicado.
Localizar su habitación me resultó ridículamente fácil. Era la única aparte de la mía que contaba con su propio grupo de guardias.
Wes y Jeru no parecieron muy contentos de verme.
—Ren ha venido a decirnos que no te encontraba —me informó Wes.
—He ido a darme un baño.
—Tienes el pelo seco.
—No me lo he lavado. Dejadme pasar. Tengo un asunto urgente del que hablar con el heredero.
Jeru miró a Wes y se encogió de hombros.
—Nos dijo que ella podía entrar cuando quisiera.
Arqueé las cejas. ¿En serio?
Wes llamó a la puerta dos veces.
—¿Señor?
—Adelante —dijo Arin con voz distraída. Wes suspiró y me abrió la puerta. Arin no levantó la mirada cuando entré y Wes cerró con un portazo resentido.
El heredero de Nizahl me daba la espalda.
Llevaba unos pantalones holgados para dormir atados a la cintura y nada más.
La bandeja con la cena se encontraba abandonada encima de la cama.
Arin estaba inclinado sobre la mesa con la cadera a un lado mientras garabateaba algo en un pergamino.
Observé el pronunciado ángulo de sus hombros y las hendiduras de su columna y me pregunté si su espalda sería más complicada de partir que la del soldado.
—Tu habitación es más grande que la mía —comenté.
Arin tensó los músculos de la espalda. Me dejé caer en la cama y revolví lo que había en la bandeja. Mojé un trozo de pan en la mulujía verde oscura. Hacía rato que se había enfriado y la capa superior se pegó al pan.
Arin se dio la vuelta. Se recostó y se agarró las manos por encima de la mesa.
—¿Quieres cambiármela?
Me tragué el bocado con dificultad. Mi mirada se demoró en su pecho. Las pruebas de nuestro encuentro con el sabueso rubí todavía no se habían curado por completo. El vendaje que llevaba ahora parecía mucho más limpio que el que le había hecho yo improvisadamente con las mangas.
—No. La mía está más cerca de las escaleras.
Por la falda sagrada de Dania, estaba muy pálido.
Como si alguien hubiera extendido un pergamino sobre él y lo hubiese llamado piel.
En otra persona me habría parecido enfermizo, pero Arin tenía un torso largo y esbelto.
Su cuerpo poseía la clase de poder que solo se adquiría con años de combate implacable.
La elegancia de su belleza se reflejaba en la forma marcada de sus caderas y los huecos de sus clavículas.
Arin arqueó una ceja, demasiado divertido para mi gusto.
—¿Pasa algo, Sylvia? Te has puesto lívida.
Puse los ojos en blanco. Por supuesto, él no era ajeno al efecto que tenía sobre los demás. Su atractivo era un arma más de su arsenal, perfeccionado hasta adquirir una excelencia letal.
—Es mi tono natural, te lo aseguro. —El eco de un intercambio que había tenido lugar hacía una eternidad.
Acerqué la bandeja a la mesa para darle privacidad. Arin sacó una túnica del armario y se la metió por la cabeza. Exhalé cuando lo vi vestido de nuevo mientras me presionaba las mejillas ardientes con los nudillos. Maldita fuera Vaida.
Era extraño. Me había pasado mis años de formación sin nada más que un interés pasajero por los hombres de Mahair.
Aunque pudiera llegar a soportar que me tocaran, carecía de las habilidades requeridas para una verdadera intimidad.
Una mano demasiado cerca de mi cuello o cualquier presión repentina y…
era más probable que acabara estampando a mi amante contra la pared que abrazándolo.
El Alcalah no era el momento adecuado para algo tan absurdo.
Eché un vistazo furtivo mientras Arin se ataba el chaleco y me arrepentí al instante.
Si la mente de Arin era como una daga bien afilada, su cuerpo era una armadura.
No podía imaginar a nadie tocándolo y saliendo indemne.
Estar con él sería una dulce aniquilación, demasiado para que un cuerpo de carne y hueso pudiera soportarlo.
Basta. Hice girar los hombros. Lo que me pasaba era que había dormido poco y que estaba demasiado cerca de la muerte.
El heredero se acomodó en una silla de madera.
—¿Esta visita nocturna tiene algún propósito o solo querías comerte mi cena?
—Me gustaría llegar a un acuerdo.
Arin se recostó con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Se lo conté todo. Cómo Vaida me había atraído a su ala del palacio y lo del anillo que presionó contra la pared para abrir el escondite de Baira.
Describir esa oscuridad viviente me resultó más difícil y evité expresar el miedo que había experimentado al apagarse la vela.
Había tropezado por las escaleras al subir a toda prisa y pasar corriendo por delante de los estoicos guardias.
—Hay nombres de las personas a las que mató. Nombres de espías nizahlianos que viven en Lukub. Rostros… Rostros masacrados que podrían pertenecer a esos mismos espías.
La expresión de Arin no varió hasta que hablé de la amenaza de Vaida y la oferta que me había propuesto a cambio de perder el Alcalah.
—Y me cuentas todo esto sabiendo que no puedo impedir que aceptes el trato de Vaida ni evitar que ella te refugie en Lukub.
No a menos que te exponga como jasadí, lo cual me arruinaría, retrasaría el Alcalah y proporcionaría a los Mufsidíes y los Orabi la oportunidad de buscar una nueva víctima.
—Los ojos de Arin relucían con un brillo de aprobación—. Impresionante.
Agité la mano imitando una reverencia.
—He adquirido todo un amplio abanico de habilidades bajo tu tutelaje. Tras considerar los beneficios de la propuesta de Vaida, he decidido que no superan los riesgos. Riesgos como vivir en un segundo reino destrozado por una guerra con Nizahl.
Ante mis palabras, Arin sonrió abiertamente. Mi corazón, que había funcionado de maravilla durante mis casi veintiún años de vida, se estremeció al verlo. Los milagros de esa noche eran infinitos.
—Te preocupaba que la realeza te tendiera trampas invisibles. Y aquí estás, superándolas.
No tan rápido como él, intervino Hanim. Averiguó el plan de Vaida mientras aún estabais hablando.
Tracé las líneas del brazo acolchado del sillón. No pude apreciar el cumplido, esperaba equivocarme. ¿Se había vuelto loca Vaida?
—Si violara los acuerdos de paz de Zinish, Lukub sería arrasada. Omal y Orban unirían fuerzas con Nizahl para defender el tratado.
Arin encogió un hombro.
—No si Nizahl violara el tratado en primer lugar.
Cuando el campeón de Lukub se alzara con la victoria, supongo que ella secuestraría a un soldado nizahliano o a un miembro del consejo para asesinarlo.
El acto de matar al vencedor de un reino es una declaración de guerra en sí misma, y los ejércitos de Vaida, preparados, se moverían hacia Nizahl.
La crueldad del plan de Vaida me provocó una oleada de repugnancia. Daría inicio a una guerra devastadora… ¿para qué?
Arin se mantuvo impasible. Ya había presenciado cómo Nizahl arrasaba un reino entero.
—Nunca ganaría una guerra contra Nizahl —comenté—. Ni aunque se pasara tres vidas preparándola.
—Algo la ha convencido de que sí lo haría.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué arriesgarse?
—Puede que culpe a la Ciudadela del asesinato de su madre. Puede que no le importe que sus soldados mueran en masa. Le da igual. No estoy cuestionando la sabiduría de las acciones de Vaida. —Arin ladeó la cabeza—. Por otra parte, la inteligencia de las tuyas… ¿Con qué quieres negociar, Suraira?
Llevaba todo el trayecto desde el ala de Vaida dándole vueltas a esa cuestión. Solo había una respuesta posible. Había hecho una promesa y tenía la intención de cumplirla.
—La liberación de Marek y Sefa —respondí enseguida—. Si les permites regresar a Omal después de la segunda prueba, permaneceré fiel a nuestro plan.
A diferencia de Arin, mi temperamento no llevaba bien los largos periodos de silencio. Jugueteé con el cojín de borlas mientras trataba de adivinar en qué estaría pensando Arin.
Cuando tenía siete años, uno de mis mentores se puso enfermo.
Soraya había intentado animarme construyendo un laberinto con los libros más gruesos de Niyar.
Habíamos esparcido arroz por los túneles sinuosos y doblado trozos de tela para crear callejones sin salida.
Una vez listo, Soraya cazó unos pocos grillos para que corrieran por el laberinto.
De los veinte que competían, solo uno lo logró.
Había saltado sobre los libros y mirado a su alrededor, estudiando nuestra creación improvisada.
En lugar de descender hacia la masa de grillos que correteaban abajo, había saltado sobre los lomos de los libros y atravesado el laberinto.
«¡Ha hecho trampa!», había gritado yo ahuecándolo en mi falda.
«Puede ser. —Soraya cogió al grillo y lo sostuvo sobre su dedo—. Para ganar un juego, hay que analizarlo desde todos los ángulos, amari. De lo contrario, no podrás superar la conmoción y asegurarte la victoria».
Finalmente, Arin habló.
—Sufriré una pérdida sin ganar nada a cambio. Y tus deberes no varían, independientemente de tus opciones.
El miedo me recorrió los huesos.
—Habla claro. ¿Qué quieres?
—Mata al campeón lukubí durante la primera prueba —dijo Arin—. Si acabas con él, eliminarás la posibilidad de que Vaida lo use para instigar la guerra.
Es un adversario digno, comentó Hanim complacida, muy a su pesar. Ha llegado a una conclusión eficiente para un problema potencial.
Eficiente. Siempre era eficiente. Me levanté de la silla y me acerqué a la ventana que daba al patio. Desde esa altura, podía ver más allá de los límites del Palacio de Marfil, más allá de las nobles ciudades que lo rodeaban. Montañas nevadas salpicaban el horizonte como dientes torcidos.
—Si el campeón lukubí pierde la primera prueba de manera natural, no podrá ser el vencedor. ¿Por qué asesinarlo y provocar aún más a Vaida?
—Vaida no sabrá que lo has matado tú. Solo los campeones entran al Ayume.
Los primeros tres campeones en cruzar el bosque y escalar el acantilado pasan a la segunda prueba.
El campeón de Lukub nunca llegará al acantilado.
Será una tragedia, pero no una sin precedentes en el Alcalah.
—Arin apareció a mi lado para contemplar Lukub junto a mí—.
Vaida no habrá elegido a un campeón débil.
Si no intervienes, lo más probable es que pase la prueba.
Y, si te limitas a sabotearlo, él informará a la sultana cuando llegue.
Arin de Nizahl surgió de la densidad del pandemonio político. Trazaba cada camino invisible hasta el final y se aseguraba así la victoria.
Tragué saliva para disipar el nudo que tenía en la garganta.
—Si lo hago, se les asignarán soldados a Sefa y Marek para escoltarlos hasta Mahair.
—Muchos —confirmó Arin. Podía notar su mirada en un lado de la cara—. Los soldados tendrán la tarea de proteger Mahair por si Vaida busca venganza.
Tracé formas en la ventana empañada. Los lukubíes carecían de la fortaleza para afrontar un destierro de sus hogares y de la magia para integrarse en sociedades extrañas.
—Solo tú eres capaz de presentar un asesinato como la opción lógica.
El aliento de Arin me rozó la cabeza. Me daba la impresión de que, si la giraba, estaríamos a un pelo de distancia.
—¿Estamos de acuerdo?
Aparté la mirada del brillante reino.
—Estamos de acuerdo.