Capítulo veintidós #2
—Ay, mi dulce Sylvia… —Vaida sonrió mostrando los dientes—.
El modo en el que aman la mayoría de los hombres es muy aburrido.
Su amor es recurrente, voluble y completamente ordinario.
Arin amaría hasta la obsesión. Hasta la locura.
Pero ¿quieres saber cuál es el motivo por el que nunca se permitiría amar a otra persona?
—Vaida dio un paso en mi dirección y su perfume floral me hizo cosquillas en la nariz—.
Arin se consume por aquello que ama. Si se lo pidieras, se arrodillaría y dejaría que lo mataras.
Protege su corazón por mero instinto de supervivencia.
La imagen me vino sin que pudiera evitarlo.
Arin de rodillas, firme y resuelto. Con la barbilla inclinada hacia delante para aceptar lo que el destino le deparaba.
O quizás se volvería salvaje por primera y última vez en la vida, buscando con la mirada desesperada.
Me mordí el labio inferior por dentro hasta que noté el sabor de la sangre.
No tendría que haberla seguido hasta aquí y darle la oportunidad de llenarme la cabeza con su veneno.
—Basta de hablar del heredero. Tengo algo que enseñarte.
Vaida se deslizó el anillo por el dedo y lo presionó contra la pared esmeralda.
Un silbido de aire liberado me arrojó polvo a lanariz cuando el centro de la pared se abrió hacia dentro y reveló una escalera que conducía al vacío.
Me aparté, descolocada, buscando cualquier cosa que pudiera empuñar como arma.
—¡Eso ha sido magia!
—Mía no. La magia de Baira sigue manipulando ciertas zonas del palacio. —Levantó el anillo y el sabueso rubí gruñó en su superficie—. Ven. Conmigo estás a salvo.
No esperó mi respuesta, sino que se introdujo en el agujero y descendió hacia la oscuridad. Tiré de las puertas de sus aposentos. Estaban cerradas. Puse el pie en la puerta y empujé. Nada.
Va a matar a la campeona de Nizahl en su propio palacio, murmuró Hanim. Ve. Mira a ver qué quiere enseñarte la sultana.
Maldiciendo tanto las puertas como a los guardias y la realeza, me adentré en la abertura con cautela. El olor a moho se fue intensificando conforme bajaba hacia el vacío. Pasé los dedos por la pared húmeda intentando oír a Vaida. ¿Y si me mataba y dejaba las pruebas aquí encerradas?
Solo tu cuello ya es más grueso que sus dos brazos juntos. Si consigue vencerte, es que mereces morir, dijo Hanim. Fruncí el ceño resistiendo el impulso de comprobar la circunferencia de mi cuello.
Las escaleras desembocaron en un pequeño rellano.
Apareció una luz y reveló a Vaida sosteniendo una vela.
Solo podía ver a unos pocos metros en su dirección.
La oscuridad se agitaba en los extremos.
Estaba viva. Hambrienta. Se me erizó la piel.
Me sentía como una intrusa violando la santidad de un espacio destinado únicamente a ser ocupado por la mujer que tenía delante.
—Este escondite pertenecía a Baira. Después de ella, todas las sultanas hemos ido heredando la cámara, y la oscuridad se adapta a la voluntad de su nueva propietaria.
Si ahora te parece intimidante, tendrías que haberlo visto cuando pertenecía a mi madre.
—Levantó la vela más arriba y me fijé en el anillo.
Un anillo que, en esencia, también servía para acceder al escondite más privado de la sultana.
La semilla de una idea arraigó en mi mente.
—¿Qué hago aquí?
Las luces parpadearon sobre su sonrisa. Detrás de su cabeza, había pergaminos en las paredes. Montones y montones de pergaminos con nombres garabateados en tinta negra.
—Necesito que me hagas un favor, Sylvia. —Pronunció mi nombre con una familiaridad que estaba reservada a los amigos de toda la vida—. Tienes que perder el Alcalah.
Me quedé paralizada. ¿Me había arrastrado hasta una mazmorra rebosante de malicia para pedirme que renunciara al Alcalah? Sopesé las posibles respuestas buscando la versión más respetuosa de «preferiría atragantarme con una sandalia embarrada».
—¿Sabes leer? —preguntó abruptamente. Acercó la vela a la pared, proyectando sombras sobre los nombres garabateados.
Hablaba con fluidez las lenguas nativas de todos los reinos, incluso aquellas que ya casi ni se usaban.
Era una capacidad que Arin había descubierto al engañarme haciéndome leer el pergamino de su mesa.
Nuestras lenguas se habían fusionado un siglo antes y solo quedaban unas pocas aldeas que hablaran algo diferente.
—No. —Una huérfana de pueblo habría priorizado el trabajo sobre la alfabetización.
Miró por encima del hombro evaluando mi sinceridad. Al parecer, Arin era el único que no se dejaba engañar por mi estoicismo, porque Vaida se dio la vuelta sin discutir.
—Estos nombres pertenecen a miembros del consejo de la sultana Bisai. Personal del palacio. Todos aquellos que participaron en el asesinato de mi madre aparecen en esta pared.
La sultana Vaida dio un paso a la izquierda e iluminó un nuevo conjunto de nombres.
—Estos se sospecha que son espías nizahlianos en Lukub.
Hay muchos que no consigo localizar. Son espías enviados durante el reinado del supremo Munqual y que llevan décadas en Lukub.
El supremo Rawain instauró una práctica poco después de subir al poder: los huérfanos de Nizahl eran entrenados y enviados a reinos extranjeros.
Podían crecer allí y convertirse en parte de la comunidad.
Rawain infiltró a niños en nuestros reinos para vigilarnos, dejó que esas semillas traicioneras echaran raíces y drenaran nuestros recursos.
La luz cambió durante un instante y reveló hileras e hileras de nombres diferentes antes de que Vaida se diera la vuelta.
—¿Crees que yo maté a mi madre? —Lo preguntó con un cierto toque de diversión, como una niña pidiendo a sus padres que adivinaran un número.
—Vi los pozos en el bosque Essam —espeté—. La gente que abandonasteis para que se pudriera en su interior. Si me estáis preguntando si os creo capaz de matar a vuestra madre, me temo que no os gustará mi respuesta.
Vaida soltó una carcajada cuyo eco rebotó por las paredes cavernosas.
—Vaya, ya veo por qué le caes tan bien a Arin. Tienes el odio ardiente de una plebeya y la lengua de un miembro de la realeza.
La oscuridad canturreó y se acercó. La vela en la mano de Vaida era la única barrera que impedía que las sombras nos envolvieran con sus dedos. Quería retirarme rápidamente, pero la penumbra había engullido incluso las escaleras.
—No puedo perder el Alcalah, sultana. Me disculpo si Nizahl os ha causado problemas, pero tengo un deber.
La sultana Vaida se acercó. La vela se interpuso entre ambas y, en el vacío que se extendía a espaldas de Vaida, surgieron hileras e hileras de mujeres con sendas coronas de pedrería de Lukub en la cabeza.
Desaparecieron en un instante, aunque la oscuridad quedó impregnada de su presencia.
Las sultanas de Lukub. La voluntad de Vaida se manifestó en la mazmorra de Baira.
—No le debes ningún tipo de fidelidad a Nizahl.
Si pierdes, Nizahl te abandonará. El ego de Felix te ha privado de tu refugio en Omal, y en Orban tampoco estarás a salvo, puesto que la relación comercial de Orban con Omal le otorga a Felix el derecho de devolver a cualquier ciudadano omaliano a su reino legítimo para juzgarlo. O, en tu caso, para ejecutarte.
Las líneas angulosas del rostro de Vaida se agudizaron en la penumbra. Hinchó el pecho y colocó la vela entre ambas.
—Puedo proporcionarte un hogar, Sylvia. Señala cualquier edificio de Lukub y será tuyo. La patrulla de Felix no podrá tocarte dentro de las fronteras de mi reino. Cualquier puesto de liderazgo en mi ejército estará disponible para ti antes que para nadie más.
La traición despreocupada de su oferta me intrigó. ¿Iría contra sus compañeros gobernantes y se ganaría la ira tanto de Omal como de Nizahl solo para vencer en el Alcalah?
La oscuridad se cerró a nuestro alrededor y no supe qué peligro evaluar, si el que tenía a la espalda o el que me estaba sonriendo. Me rodeé las muñecas con el índice y el pulgar, tranquilizándome con el frío metal de los grilletes.
—¿Por qué me pedís algo así? Existe la posibilidad de que pierda de todos modos sin ningún tipo de incentivo.
Vaida desestimó la pregunta con un giro de muñeca.
—Los tres campeones escogidos por Arin en los últimos nueve años se han alzado con la victoria. Nizahl no ha perdido ni un solo Alcalah desde que Arin era pequeño. Estoy segura de que ha elegido a otra ganadora.
Se me aceleró la respiración mientras luchaba contra la presión de la noche por todos los costados. La oscuridad olía a fruta olvidada bajo el sol, dulzona y podrida. Me metí los nudillos en la boca para reprimir una arcada.
—Sí, los aposentos de Baira son poco acogedores con quienes no poseen el anillo.
Yo sufría la misma reacción cuando mi madre me traía aquí.
—La vela se estaba consumiendo, la mecha no era más que un nudo.
Tras unos instantes, la luz se desvaneció—.
Piensa bien en lo que vas a hacer, querida.
Piensa en tu boticario cojeando por su tienda.
En el refugio destartalado y sus huérfanas desaliñadas.
En la joven parlanchina y sus sillas. Si sales vencedora del Alcalah, no podré hacerte daño.
Pero Arin no es el único capaz de orquestar la destrucción de sus enemigos.
Felix me debe un favor, se le puede convencer de que olvide ciertos accidentes trágicos en una aldea baja.
Mis grilletes se calentaron. Parte de la oscuridad se disipó cuando mi magia se acercó a la superficie en respuesta a sus amenazas. Dolor. Rabia. Miedo.
—¿Qué ganáis si pierdo? ¿Por qué estáis tan decidida a conseguir el triunfo de vuestro campeón?
Las sombras se desvanecieron y el zumbido de mi magia resonó en el vacío.