Capítulo veintidós
Capítulo veintidós
S in el agotamiento necesario, mi cuerpo se negó a conciliar el sueño en un lugar desconocido.
Me puse a dar vueltas por la habitación abriendo cajones y sacando el vestido para el Banquete.
La noche se volvió más profunda y, aun así, el sueño seguía evadiéndome.
Me cambié el camisón por unos pantalones holgados de lino y una túnica sencilla.
Si pretendía dormir en algún momento de la noche, necesitaba andar.
Ren se sobresaltó cuando abrí la puerta. Miró mi ropa y frunció el ceño.
—No.
—Necesito ir al baño —le dije.
—Te acompaño.
—No me parece muy apropiado.
Someter a Ren a mi voluntad me resultó más fácil de lo que esperaba.
Su apatía por mí era del tipo aburrido: no era tan fuerte como la de Vaun ni tan maleable como la de Wes.
Tras unos minutos discutiendo sobre lo insultante que sería para Vaida enterarse de que me sentía lo bastante insegura para necesitar que un guardia me acompañara al baño, Ren se hizo a un lado con el descontento claramente reflejado en la tensión de sus hombros.
—Date prisa.
En el silencio de la oscuridad, los ojos del Palacio de Marfil me siguieron mientras cruzaba el pasillo.
El Usr Jasad también era grande, con alas separadas y multitud de habitaciones sin explorar muy tentadoras para una niña aburrida.
Pero, para mí, siempre había sido un hogar antes que un palacio.
La amenaza y la magnificencia latían al unísono en el Palacio de Marfil.
El palacio de la sultana Vaida transmitía un mensaje contundente: «Cuidado con el abrazo de la belleza, pues sus entrañas son codiciosas, y sus dientes, afilados».
Aunque, a decir verdad, es posible que el Usr Jasad representara lo mismo. El único punto en común que había descubierto entre los nizahlianos y los jasadíes era su odio a mis abuelos.
Doblé la curva y me detuve ante un tapiz de Baira.
La awala de Lukub descansaba en su trono con un hombre humano ligero de ropa arrodillado a sus pies.
La rodeaban montones de sabuesos rubí. Baira tenía la mano en la cabeza de un sabueso gruñón y sus dedos relucían con magia contra los rubíes rojo sangre.
Me estremecí al ver la desesperación en los ojos del hombre en el suelo.
Ser mortal en tiempos de los awalín… No podía imaginar una peor maldición.
La escena se desarrollaba a lo largo del pasillo.
Mis pasos eran silenciosos sobre la alfombra.
El hombre arrodillado a los pies de Baira se levantó y se movió por el tapiz.
Se agarró la cabeza y abrió la boca en un grito ahogado cuando una mujer llegó hasta él entre sollozos.
Entrelazaron las manos. Los colores del tapiz cambiaron cuando el hombre cayó al suelo, muerto, y la llorosa mujer se desvaneció en el aire. Una ilusión.
El pasillo giró una vez más y el nuevo lado reveló una emboscada.
Baira le rodeaba el pecho a Rovial con los brazos, sujetándolo.
Dania le dibujaba runas en la frente mientras Kapastra alzaba las relucientes palmas en su dirección.
Estaban en el puente Sirauk. Las nubes se arremolinaban por debajo, reaccionando a la magia que vertían los awalín.
Su poder había colapsado el mismo cielo.
—El sepelio —murmuró una voz dulce. Me giré buscando una daga que no tenía. La sultana Vaida levantó los brazos en un gesto apaciguador—. Tranquila, tranquila. ¿Te he asustado?
Era una pregunta estúpida, así que le di una respuesta estúpida.
—No.
—¿Te preocupa Felix? El contingente de Omal duerme en el ala norte.
—Ante mi mirada inexpresiva, Vaida se tocó uno de los cristales rojos que le colgaban de la oreja.
Me guiñó el ojo—. Las noticias corren rápido, querida.
Maldito Felix y su horrible temperamento.
Condenó a esa niña a un destino terrible.
—¿El sepelio? —repetí optando por no satisfacer su curiosidad.
Señalé el tapiz. El Sirauk había sido tejido con minucioso detalle.
El puente maldito se adentraba en la niebla blanca tras la refriega entre los hermanos.
Rovial tenía los ojos abiertos y desorbitados. Estaba preso de una locura mágica.
Vaida pasó las yemas de los dedos por el rostro de Baira.
—Todos los awalín se sumieron en su sueño eterno de manera voluntaria excepto Rovial. Someter al awal de Jasad los debilitó lo suficiente para caer desde el Sirauk hasta las tumbas que los esperaban debajo.
Escuchar el nombre de mi reino de los labios de Vaida me devolvió la consciencia. Había sido un horror con Arin presente. No tenía ningún deseo de descubrir dónde trazaría los límites en su ausencia.
—Me disculpo por importunaros, sultana. —Me dispuse a marcharme, pero una delicada presión en el hombro me retuvo.
Los ojos de la sultana Vaida brillaban tan oscuros como los míos. Niphran solía decir que eran ojos de kitmer. Nos quedamos nariz con nariz, algo que me resultó irritante porque me había acostumbrado a ser la mujer más alta del lugar.
—Mi palacio posee mucho más que este tapiz. Permite que te lo muestre. —Dejó caer la mano que me había puesto en el hombro con una sonrisa deslumbrante que no cuadraba con la dureza de su mirada—. Insisto.
Echó a andar sin esperar respuesta. Me planteé ceder a la tentación de ignorarla y volver directa a mi habitación. No era súbdita suya y no tenía ningún derecho sobre mí.
La advertencia de Arin me hizo replanteármelo. «No la desafíes ni destaques de ningún modo».
Vaida ya había girado la curva. Maldije entre dientes y me apresuré a seguirla.
La sultana de Lukub se dirigió al ala este del Palacio de Marfil.
Una hilera de cabezas de sabuesos rubí sobresalía de la pared a nuestra derecha.
En lugar de dientes, tenían velas titilantes que proyectaban sombras alargadas sobre el pasillo.
El vestido con pedrería de color cereza de Vaida creaba patrones a su paso, con las largas mangas de encaje arrastrándose tras ella.
Giró a la derecha y estuve a punto de tropezar. Había montones de guardias a ambos lados del pasillo. No reaccionaron a mi presencia, sino que mantuvieron la atención fija al frente.
Me detuve en el extremo del pasillo.
—Los guardias del heredero se inquietarán ante mi ausencia.
Me miró por encima del hombro.
—¿Dudan de la seguridad de mi palacio? ¿De la eficacia de mis guardias?
—Por supuesto que no, pero…
—Pues no deberían tener motivos para preocuparse.
Sin darse la vuelta, encogió los dedos indicándome que la siguiera. Por las profundidades malditas del Sirauk, ¿estaba a punto de permitir que esta mujer me matara por el sentido del decoro?
Quizás tenga información. La presencia de Hanim me sobresaltó. Detesta Nizahl. Podría ser útil.
Hice una mueca. ¿Por qué no le había pedido a Ren algo para dormir?
En cuanto atravesé el umbral de los aposentos privados de la sultana, las puertas se cerraron con un gemido lastimero.
Mientras que los de Arin eran una muestra de austeridad, Vaida llenaba los suyos con todos los colores existentes en los reinos.
Una pared era de un índigo intenso; otra, de un sobrio esmeralda.
Faroles de todos los tamaños y formas colgaban del techo a dos aguas y sumían la enorme estancia en un cálido resplandor.
Su cama era más ancha que la tienda de Rory entera y tenía edredones de diferentes diseños y grosores apilados a los pies.
Era una extraña mezcla de caos y estilo que había llegado a asociar con la sultana de Lukub.
—¿Qué hago aquí? —pregunté olvidando los modales. La vivacidad de los aposentos de Vaida era inquietante, más que si hubiera entrado en una habitación con cortinas rojo sangre y armas oxidadas.
—Cuando me enteré de que Arin había elegido a una huérfana omaliana de una aldea baja, no me sorprendí como los demás —señaló Vaida.
Cogió una muñeca de cristal y le ajustó las extremidades antes de volver a colocarla en su mesilla de noche.
Se dio un golpecito en la nariz con una uña pulida—.
Arin… es capaz de ver a través de las personas.
Calcula el potencial y el riesgo como un arquitecto evaluando un terreno prometedor.
Ve valía donde los demás podrían ver desperdicio.
Y tiene éxito… El campeón de Nizahl ha ganado los tres últimos Alcalah.
Fruncí los labios intentando discernir si me estaba insultando o alabando.
Vaida sacó un ornamentado anillo del cajón de debajo de su mesilla de noche. Lo sopesó brevemente con los ojos cerrados.
—Pero en tu caso, Sylvia, hay más motivos por los que te ha seleccionado como su campeona.
—Si estáis sugiriendo que tengo algún tipo de relación amorosa con su alteza… —Hablé con una voz tan afilada que podría cortar acero.
Vaida resopló y sus aires de realeza se desvanecieron temporalmente y mostraron a una joven solo unos años mayor que yo.
—Querida, si Arin de Nizahl te amara, puedes estar segura de que el Alcalah sería la menor de tus preocupaciones.
Arin no es la clase de hombre que priorice el corazón antes que el cerebro.
Sus enemigos son numerosos, y concibe todas las formas posibles en que podrían atacarlo.
Estoy convencida de que has visto el control que tiene, la mano dura con la que somete su propio temperamento.
Aunque fuera capaz de preocuparse por otra persona, dudo que pudiera llegar a ser lo bastante egoísta para permitirse enamorarse.
Conoce su propia naturaleza y los rincones oscuros a los que podría llevarlo el amor.
Ese pensamiento me inquietó por razones que no habría sabido explicar. Había descrito esencialmente a Arin como una bestia con la capacidad de volverse salvaje en cualquier momento.
—Dijo que lo conocíais bien. Es evidente que se equivocaba —espeté con mordacidad—. No está… roto. Sería capaz de amar igual que cualquier hombre.