Capítulo veintiuno #2
«Vaida debe creer que eres insignificante, una simple aldeana huérfana con aires de grandeza.
No la desafíes ni destaques de ningún modo —me había advertido—.
La sultana juega con la gente, manipula a las personas por mero entretenimiento.
Pero si te juzga digna de mayor consideración, su misión vital se convertirá en destripar tus secretos y apoderarse de tu alma».
Arin no era un hombre dado al melodrama.
Vaida se echó una cucharada de azúcar en la bebida.
—Es magnífico que tu fortuna haya cambiado, querida Sylvia.
No podía creer la noticia. ¿Una aprendiza de boticario de las aldeas bajas de Omal elegida para el Alcalah?
¿Seleccionada ni más ni menos que por el heredero de Nizahl?
Debo confesar que es de lo único de lo que se habló en mi reino durante un tiempo.
A mi pobre campeón no le hizo demasiada gracia perder el foco de atención.
—Me acercó un cáliz salpicado de rubíes.
Me atreví a mirar a Arin, quien me dedicó un leve asentimiento. Cogí la bebida roja y tomé un sorbo.
Karkadé. El sabor seco y penetrante atravesó el exceso de sirope que había vertido en el té de hibisco.
Era una bebida de origen jasadí, pero no me alarmé.
Tras la caída de Jasad, los buitres habían arrasado con la cultura jasadí, llevándose los pedazos más selectos a sus propios nidos.
Había descubierto pruebas de ello en Mahair, cuando vi a los panaderos metiendo aish baladi en sus hornos como si llevaran generaciones haciéndolo.
Aunque, a decir verdad, probablemente fuera así en el caso de Adel.
—Estoy muy agradecida —dije cuando me quedó claro que Vaida esperaba una respuesta.
—Ah, gratitud. —La sultana arrugó la nariz—. Córtala con el más afilado de tus cuchillos y deshazte de ella. La gratitud baja más la cabeza de las mujeres para un yugo de lo que la alza para la batalla. Te ganaste tu lugar, ¿correcto?
—Correcto. —Diría cualquier cosa si eso significaba que iba a dejar de hablarme.
—Dime, Sylvia, ¿tu marido espera ansioso en casa a que vuelvas sana y salva?
Parpadeé.
—¿Mi qué?
Capté la inquietud creciente de Arin.
—Vaida…
La sultana habló por encima de él. Era la primera persona que veía con el coraje de hacerlo.
—¿Una esposa, pues? ¿O un amante? —Ante mi continuo desconcierto, Vaida se recostó en su asiento. Parecía muy molesta—. Han pasado años desde mi última visita a Omal, pero ¿acaso todos sus ciudadanos han perdido el aprecio por la belleza?
Mi fachada se quebró levemente y entorné la mirada.
—No os preocupéis, alteza, mi vida no carece de plenitud.
A mi lado, Arin estaba rígido, aunque hacía un trabajo fantástico ocultándolo. Vaida y yo nos contemplamos mutuamente. Pensé en la gente de los pozos, languideciendo en su propia inmundicia. Sufriendo una muerte lenta e indigna.
Arin la había definido como inquietante. Debía apartar la vista para sonrojarme y tropezar con mis propias palabras. Para mi consternación, emergió un remanente de arrogancia real aullando para responder a su desafío.
—¿Quién te proporciona esa plenitud? —preguntó con voz ronca. Miró significativamente a Arin y ambos nos tensamos como si nos hubiera golpeado.
—Basta —gruñó Arin. Incluso su férreo control flaqueaba ante esta mujer—. No enojes a mi campeona. Somos invitados en tu casa.
La atmósfera cambió al instante. Vaida cogió su plato.
—¡Sylvia sabe que solo estoy bromeando! De todos modos, me cae muy bien. La curiosidad es una amante tentadora. Nadie lo sabe mejor que tú, Arin.
A pesar de que la atención de Vaida permaneció en Arin el resto del tiempo, no dudé de que estaba atenta a cada uno de mis movimientos.
Demasiado nerviosa para probar los dulces esparcidos sobre la mesa, me quedé en mi lado del sofá hasta que nos retiramos de la sala de recepciones.
Arin me condujo por los patios del palacio hacia un deslumbrante jardín de flores.
—Uno de los lugares favoritos de Vaida —señaló.
Había guardias con los colores de los distintos reinos pululando por ahí. Los sirvientes pasaban corriendo a nuestro lado, preparándose frenéticamente.
—Agáchate junto a las amapolas y finge admirarlas.
Arin se sentó en un banco de cemento.
Reprimí una punzada de vergüenza.
—¿Cuáles son las amapolas?
En Mahair no se desperdiciaba tierra fértil para plantas que no se podían consumir o usar con fines medicinales. Las únicas flores que reconocía a simple vista eran las que Hanim me había advertido de que podían envenenarme.
Arin no mostró ni una pizca de desprecio cuando señaló un grupo de flores rojas con pétalos finos como pergamino alrededor de un centro negro y velloso.
Con una leve sonrisa de agradecimiento, me agaché flexionando las piernas.
—Sé lo que vas a decir.
—¿Sí?
—No tendría que haberla mirado así.
—Lo has hecho muy bien, Sylvia.
Fingí arrodillarme de lado junto a las amapolas. Torció la boca con pesar.
—Es cierto que preferiría que no la hubieras mirado así, puesto que Vaida se enorgullece de su provocación. Le pareces interesante, pero no te desafiará si te mantienes cerca de mí. No puede permitirse avivar viejas rencillas entre Lukub y Nizahl.
Se me vino a la cabeza la muñeca de la vitrina de la sala de guerra y su bandera manchada.
—La batalla de Zinish —recordé—. Debe honrar los acuerdos de paz.
—En parte es por los acuerdos de paz, sí. Sin embargo, con tratado o sin él, no querría hacerme enfadar.
Mi vestido se enganchó con una espina de otro grupo de flores.
—Te tiene miedo.
—No es la única capaz de jugar a este juego —comentó con un toque de desdén aristocrático—. Conozco a Vaida desde que éramos pequeños. Tenemos una mente muy similar.
—Vaya. Eso es aterrador. —Recoloqué las piernas en una postura más cómoda. La abertura me dejaba el muslo al descubierto, pero desistí de intentar ocultarlo—. ¿Nos iremos pasado mañana a la hora del crepúsculo?
Arin tardó un instante demasiado largo en responder.
Parecía haberse fijado en mi vestido por primera vez en ese momento.
Me recorrió con la mirada en un lento escrutinio que me dejó la boca seca.
Por normal general, su atención era tan eficiente como él.
No se demoraba y, por supuesto, nunca se detenía.
—Te quedan bien los colores de Nizahl.
Algo peligroso se me instaló en la boca del estómago.
No pude evitar imitarlo y examinar el cambio de atuendo que había captado antes.
Los cordones de la camisa le llegaban hasta la clavícula.
Me resultó extraño ver la longitud de su cuello tan expuesto.
Se había soltado el pelo en algún momento entre el encuentro con Vaida y nuestra llegada al jardín, y le caía como una nube plateada alrededor de la mandíbula.
Arin de Nizahl poseía una elegancia exasperante.
Me entraban ganas de abrirlo de arriba abajo y comparar nuestros huesos para comprender por qué los suyos le proporcionaban ese refinamiento y los míos solo me daban dolores de espalda.
Me entretuve con las flores. Me había pasado tanto tiempo inhalando polvo de los túneles que había acabado trastornada.
—Al crepúsculo, sí —respondió con demora—. Nuestro trayecto hasta Orban es más largo que el de los demás.
Los otros no viajarían a través del Paso Meridiano.
El Paso Meridiano era un cañón llano y estrecho alojado entre dos peñascos rojizos.
Aunque solo tenía unos cinco kilómetros, eran muchos los jinetes que encontraban allí su final, aplastados por rocas que caían rodando desde lo alto o perseguidos por los vagabundos y fugitivos que acampaban junto a la entrada.
El Paso también fue el escenario de una masacre. Diez familias jasadíes que huían de la captura en Omal quedaron atrapadas allí con los guardias de Omal a un lado y los de Nizahl al otro. Sufrieron un desenlace espantoso.
La mayoría de los campeones tomarían la ruta que usaban los mercaderes para viajar de Lukub a Orban después del Banquete.
Arin no quería arriesgarse a que los Orabi o los Mufsidíes me secuestraran entre la multitud de carruajes, así que seríamos el único contingente que atravesaría el Paso Meridiano.
Estaba a punto de preguntarle a Arin si montaríamos de nuevo en el mismo carruaje cuando un gato naranja se restregó contra la mano que tenía apoyada en el suelo.
Me aparté enseguida, aplastando tres flores.
Había oído que los gatos callejeros eran comunes en Lukub.
Parecía que ni siquiera el Palacio de Marfil podía librarse de ellos.
Un gatito me dio con la pata en el vestido y agitó la cola gris entre una pila de pétalos de color rubí.
Otro más mayor y presuntuoso se dejó caer en el regazo de Arin y me miró fijamente desde su rodilla. Rascándole las orejas, Arin dijo:
—Deja que te ayuden las sirvientas. Los guardias registran a cualquiera que entre en tu habitación, así que el personal del servicio es terreno seguro. Da mala imagen del servicio de Vaida que tus sirvientas vayan merodeando por ahí.
Reanudamos el paseo cuando los gatos se escabulleron.
—¿Tú permites que tus sirvientes te ayuden a desvestirte y bañarte? —pregunté.
Me sonrojé al instante, arrepentida de haberlo planteado.
No me imaginaba a Arin consintiendo que nadie le quitara el abrigo de los hombros o le desabrochara los tirantes del uniforme.
¿Los miraría fijamente mientras lo desnudaban con dedos temblorosos?
¿O contemplaría la pared del fondo con una indiferencia absoluta en cuerpo y actitud?
Fruncí el ceño para mis adentros. Las tonterías de la sultana sobre los amantes me habían trastornado los sentidos.
Arin era atractivo, una realidad tan evidente e indiscutible como el sol.
Pero me había pasado casi veintiún años siendo capaz de reconocer el atractivo de alguien sin sentirme realmente atraída por esa persona.
Nunca había deseado a nadie, jamás había anhelado tener una relación física como las que buscaba Marek.
Por fin empatizaba con las chicas del refugio. Sobre todo con Gana. La fantasiosa pupila se ponía los mejores vestidos de Raya cada semana y cantaba baladas gorjeantes mientras se aplicaba perfume en las muñecas y detrás de las orejas.
«Hay un gran poder en conquistar lo inconquistable», dijo un año después de rechazar las insinuaciones de otro hombre.
Todo el refugio había ido a casa de Zeila a tomar té y ahwa como celebración tras un mercado muy exitoso.
Zeila había desplegado alfombras de juncos en el suelo y nos habíamos sentado sobre cojines de cuentas con una mesa de madera tambaleándose a nuestros pies.
Yo estaba a unos cojines de distancia con Sefa y Marek, tomando ahwa amargo de una taza agrietada. La conversación de Gana con Daleel había llegado a mis oídos.
«Los hombres no ven a las mujeres, querida Daleel. Solo ven poder. Buscan quién tiene más y con qué facilidad pueden arrebatárselo».
Al parecer, no era un rasgo reservado únicamente a los hombres, porque me recorrió una oscura emoción al pensar en conquistar al heredero de Nizahl, en robarle una parte de poder a Arin en su rendición.
La brisa le agitó el vello del brazo. Se rio y me trajo de vuelta al presente.
—El personal de servicio no tiene permitido entrar en mis aposentos. Hace mucho que Vaida se resignó a mis excentricidades.
Perturbada por la dirección que estaban tomando mis pensamientos, me alejé de él.
—Debería prepararme para el Banquete.
Sin mirar atrás, caminé a través de la sombra de un sabueso rubí que sobresalía del contrafuerte y me metí a toda prisa en el palacio.