Capítulo veintiuno
Capítulo veintiuno
M e llevaron a mi habitación sin alardes y vinieron tres mujeres a atenderme. O, al menos, lo intentaron. Les dije con bastante énfasis que podía bañarme y desvestirme sola.
Sefa gimió cuando cerré la puerta ante las desconcertadas sirvientas.
—En Lukub no dan tanta importancia a la hospitalidad como en Omal —comenté a la defensiva—. A la sultana no le molestará.
Tras meses entre los austeros muros y los pasillos polvorientos de los túneles, las caóticas estancias del Palacio de Marfil me pusieron de los nervios.
Tapices teñidos de brillantes tonos rojos cubrían las paredes con sus borlas blancas balanceándose sobre alfombras de piel de zorro.
Fardos de bukhoor mezclado con resina colgaban de los faroles impregnando el aire con un dulce aroma floral.
Había una máscara de marfil delante de cada vela y la luz titilaba detrás de sus ojos tallados.
—Puede que los lukubíes no den demasiada importancia a la hospitalidad, pero sí que valoran en gran medida el servicio —señaló Sefa—. Servir al cuerpo y al espíritu. Encontrar armonía entre ambos.
Pasó por delante de Marek, que se había quedado dormido con un pedazo de meshabek en el pecho. El rollo de masa frita empapado en miel se movía con las subidas y bajadas provocadas por la respiración.
Me escurrí el exceso de agua del pelo.
—¿Se te hace raro visitar Lukub? Eres ciudadana de sangre.
La tristeza tiñó la sonrisa de Sefa. Cogió el pedazo de meshabek del pecho de Marek y lo arrojó a la papelera.
—No soy ciudadana. La ley nizahliana no permite el matrimonio fuera de sus territorios a menos que uno de los integrantes renuncie a su reino de origen. Mi padre renunció a su derecho a la protección de Lukub cuando se casó con mi madre.
Abracé una almohada absurdamente mullida contra el pecho.
Sefa había crecido atrapada entre Nizahl y Lukub, pero yo apenas había pensado en Omal.
A pesar de que la sangre omaliana de mi padre corría por mis venas, mis abuelos habían hecho todo lo posible por que olvidara mi interés por ese reino como si mi valor como jasadí fuera a disminuir si me permitía albergar cualquier noción sobre mi herencia omaliana.
—No nos distraigamos —dijo Sefa con severidad.
Se dejó caer en la enorme cama y pasó los dedos por las mantas de piel de oveja—.
El reino de Baira es una tierra de ilusión.
Construyen bibliotecas descomunales y las llenan de libros vacíos, encargan pinturas gloriosas para decorar paredes en aldeas deterioradas.
Mi padre me contó una historia sobre los festines que organizaban para celebrar el aniversario del sepelio.
Esta tradición de las aldeas bajas exige que cada familia deje una ofrenda a la orilla del Hirun la víspera del aniversario.
Hoy en día, suelen ser baratijas y la comida de la que puedan prescindir.
Pero, en siglos pasados, las sultanas animaban a las aldeas bajas a arrojar al Hirun al niño más fuerte de cada familia.
Si el niño se ahogaba, la familia diría que el río los había bendecido al tomar su fuerza.
Si el niño sobrevivía, se le prohibía a la familia tener más hijos.
—Déjame adivinar —dije—. Había hambruna en las aldeas bajas. Arrojaban al Hirun a los niños que tenían más probabilidades de sobrevivir al invierno y dejaban que los débiles se marchitaran.
—Así, las antiguas sultanas tenían menos bocas que alimentar —confirmó Sefa—. Las sultanas de Lukub no son mujeres con las que se pueda jugar, Sylvia. Sus habilidades para el engaño no tienen comparación.
Si habían conseguido convencer a padres para que ahogaran a sus hijos con una sonrisa, ¿qué siniestros susurros podrían entretejer en mi propio corazón?
El ruido constante de los ronquidos de Marek y el resplandor ambarino del amanecer tras el tapiz me sumieron en un sueño intranquilo.
Soñé con máscaras de ojos rojos sonriendo en la oscuridad y con niños chapoteando en un Hirun hirviente.
Cuando recuperé la consciencia, el sol brillaba en lo alto del cielo y había alguien llamando a mi puerta con insistencia.
—¿Sylvia? —Era Jeru—. ¿Estás bien?
Marek y Sefa se habían ido. Maldije y me tambaleé hacia el armario. Las mujeres de antes habían colocado mis pertenencias en el interior y saqué la primera prenda que toqué.
—¿Qué hora es? —Tiré los vestidos al suelo.
La voz cansada de Jeru atravesó la puerta. ¿Cuánto tiempo llevaba llamando?
—Pasado mediodía.
Me puse el vestido de un salto, oscilando por la habitación.
—¡No, no, no! ¿Cómo has podido dejarme dormir hasta tan tarde?
—¿Yo? —replicó Jeru indignado—. Marek y Sefa han intentado despertarte tres veces antes de irse a comer.
El vestido se deslizó por mi cuerpo en un susurro de seda y se asentó en mis curvas.
El minucioso trabajo de Sefa no había sido en vano.
Era un vestido largo con remolinos en tonos violeta.
Había una raja sobre cada pierna y dos alfileres de Nizahl sujetaban los finos tirantes a la altura de los hombros.
Si no fuera tan horriblemente tarde, habría buscado otro vestido.
Las aberturas me llegaban hasta la mitad del muslo y mostraban kilómetros de piel cuando me movía.
Me fruncí el ceño a mí misma en el espejo y corrí hacia la puerta.
Jeru se sobresaltó.
—¿Vas a ir así vestida?
—Sí. Tal vez. —Toqué la tela—. El banquete es mañana. Nadie se dará cuenta.
Jeru se dispuso a hablar, pero se lo pensó mejor y negó con la cabeza.
—Está claro que Sefa está familiarizada con la moda de Lukub.
Pasamos a toda velocidad junto a sirvientes ocupados y pasillos decorados con elaborados tapices y delicadas tallas.
Giramos una y otra vez y me planteé si tendría que haberle pedido a Arin que compartiera conmigo su mapa del Palacio de Marfil.
Me había dado un montón de lecturas las primeras tres semanas, principalmente planos de edificios a los que entraríamos, textos históricos e instrucciones sobre cómo seguir las costumbres que se esperaban de una campeona en cada reino.
No había prestado demasiada atención porque en aquel momento solo tenía quince minutos libres después de bañarme y antes de caer en un sueño profundo.
Ahora lo lamentaba… La grandeza de este palacio haría que me perdiese.
Las paredes cambiaron de tonalidades rojas a un blanco puro. El arte se redujo a una pequeña colección de marcos incrustados en ellas. Quería pararme a examinarlos, pero Jeru me metió prisa. Habíamos llegado al ala de la sultana.
Una pesada cortina de terciopelo tapaba la entrada al siguiente pasillo. Jeru la abrió y reveló filas paralelas de guardias alineados junto a las paredes. Los de Nizahl a un lado, y los de Lukub, al otro.
—La campeona de Nizahl —anunció Jeru, y me dio un empujoncito hacia delante.
Los guardias de Lukub me fulminaron con la mirada. Los de Nizahl me sonrieron. No sabía qué era peor.
«Ve», articuló Jeru, y me obligué a moverme.
Un soldado de cada lado agarró la barra de una puerta y tiró.
Las puertas se separaron y revelaron una sala de recepción con una decoración aún más suntuosa que la de los pasillos.
Había cintas trenzadas en formas esféricas colgando del techo con tiras de gasa a su alrededor revoloteando junto a las paredes.
Un elegante pájaro con el pico blanco y plumas rojas y llamativas saltaba en una jaula con forma de sabueso rubí.
Arin y una mujer de belleza deslumbrante estaban sentados el uno frente al otro con una bandeja de delicados dulces entre ellos. Ambos levantaron la mirada a mi llegada.
Arin era la viva imagen de la elegancia.
No tenía ni un solo cabello fuera de su sitio y había cambiado su uniforme habitual por un atuendo mucho más regio.
Juntos formaban una pareja impresionante.
Me pasé las manos por el vestido y apenas me contuve de enroscar los dedos en la tela.
Anhelaba el confort de mis prendas habituales.
—Su majestad. —Incliné la cabeza—. Es un honor.
Cuando la sultana Vaida se acercó a mí, me quedé boquiabierta.
Era ágil y elegante, se movía con la seguridad propia de alguien que le triplicara la edad.
Su vestido blanco destacaba sobre su piel suave y oscura.
Montones y montones de intrincadas trenzas le caían hasta la cintura con diminutas flores blancas y rojas entrelazadas.
Era esbelta y de hombros anchos, y me miró con sus astutos ojos marrón oscuro.
—Sylvia de Mahair. El honor es mío. —Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó hacia delante y me dio un beso en la mejilla que me provocó un tic en el ojo, pero conseguí evitar estremecerme con el contacto—. ¿Te unes a nosotros?
—Disculpad el retraso —dije sentándome junto a Arin en el sofá curvo. Para mi sorpresa, no se movió para dejarme espacio. ¿Quería mantenerse cerca por si había que intervenir? Mantuve las manos en mi regazo, consciente de la proximidad del muslo de Arin.
Vaida agitó una mano llena de anillos.
—Detesto los viajes nocturnos por esos bosques. No te culpo. Siempre estaré apegada a mis comodidades.
—Estábamos hablando de lo rápido que habías progresado en el entrenamiento —comentó Arin.
—He tenido una ayuda excelente.
Vaida dejó escapar una risa cantarina.
—No te cortes, querida, y menos conmigo.
Sin pretenderlo, las advertencias de Arin sobre Vaida afloraron a la superficie. Se había pasado horas detallándome lo que podía esperar de todos aquellos a quienes nos encontraríamos en el Alcalah. Su descripción de la sultana me había dejado desconcertada.