Capítulo veinte #2
—Ha sido despedido de mi servicio —dijo Arin mientras subrayaba una frase.
Me quedé boquiabierta. Arin se llevaba a Vaun prácticamente a todas las salidas de caza. Por lo que habían comentado los otros guardias, los dos llevaban juntos desde críos.
—De nada me sirven los guardias que se dejan provocar con facilidad.
Si hubiera sido una mujer más caritativa, podría haber sentido una chispa de compasión por su devoto guardia. ¿Qué haría Marek si Sefa lo echara de su vida de un modo tan cruel?
Encontraría una forma de volver, me advirtió Hanim.
Con el rubor en las mejillas, me pregunté si Vaun lo habría informado acerca de lo que le había dicho para burlarme durante la pelea.
—¿Te contó con detalle lo que pasó entre nosotros?
Arin entrelazó las manos sobre el regazo y se recostó.
—Estoy abierto a cualquier sugerencia sobre cómo mejorar mis torpes muestras de afecto.
Le lancé una colcha doblada, muerta de la vergüenza. La apartó de un manotazo.
—Vaun tenía un punto débil. Tú lo explotaste. Donde vamos, deberás aprovechar cada ventaja que puedas obtener.
—Puede que los demás campeones no sean tan sensibles a mis insultos sobre tu virtud.
—Es la cuarta vez que mencionas mi virtud —dijo Arin, y juraría por el Sirauk que parecía estar divirtiéndose—. Tal vez sea mejor que te ocupes de otros asuntos.
—Yo no… No he… —Como prefería colocar la cabeza bajo las ruedas del carruaje que continuar con esa conversación, decidí cerrar la boca.
Mucho más animada por la ausencia de Vaun en mi futuro próximo, estiré las piernas y toqué el otro lado del carruaje con los dedos de los pies.
Wes me miró desde su caballo hasta que corrí la cortina de la ventana y quedamos sumidos en la oscuridad.
El contorno de Arin en el banco de enfrente desapareció. El carruaje se puso en movimiento.
El balanceo funcionó en gran parte para calmar mis nervios. Me estaba planteando la posibilidad de echarme una siesta cuando Arin me sobresaltó al decir:
—No huiste cuando el sabueso me atacó. Si hubieras usado tu daga para hacer más profundas las heridas ya existentes, habría perdido el conocimiento y me habría desangrado hasta morir.
Podrías haberle echado la culpa al sabueso.
Los guardias te habrían creído. Mi cuerpo habría sido llevado a Nizahl, habrían pospuesto el Alcalah y habrías quedado libre.
Me había acostumbrado al escalofriante laberinto que era su mente, pero sus palabras me hicieron detenerme a reflexionar.
—Tienes razón. —El sabueso le había clavado las garras a bastante profundidad.
No habría llamado la atención que hiciera los cortes un poco más profundos.
Unos cuantos arañazos y cortes en mi cuerpo y nadie habría puesto en duda la veracidad del encuentro—.
Jeru habría disipado las sospechas de Wes y Ren.
Habrían considerado culpables a los Mufsidíes…
, quizás también a Lukub por el sabueso.
Entre todo el caos, se habrían olvidado de mí.
Era un buen plan.
No había tenido en cuenta la gran muestra de confianza que me había mostrado Arin al permitirme acceder a sus heridas.
Se había quedado ahí sentado, rígido, reflexionando sobre su posible asesinato.
Aunque no podía confirmarlo en la penumbra, el cosquilleo que sentí en la nuca me indicó que me estaba observando. Me encogí de hombros.
—No se me ocurrió —respondí con sinceridad—. Tengo que planificar los asesinatos a sangre fría con más antelación.
El carruaje se sacudió y se balanceó hacia la izquierda. Wes golpeó la ventana en señal de disculpa.
—Eres una mujer peculiar —reflexionó Arin.
El carruaje siguió traqueteando hacia el corazón del bosque Essam.
El viaje hasta Lukub nos llevó tres días.
Tres días de sobresaltarnos ante cada ruido, de bañarnos en el río y de dormir en la base del árbol que menos hormigas tuviera.
A medida que nos acercábamos a Lukub, Arin tenía los ojos cada vez más inyectados en sangre.
Dudaba que hubiera dormido más de una hora.
El entorno abierto y fuera de su control debía de ponerle de los nervios.
La brigada de Nizahl se reunió con nosotros a una hora de distancia del palacio. Cincuenta soldados, rígidos con sus uniformes de Nizahl, se arrodillaron cuando Arin bajó del carruaje. La marea negra y violeta me inquietó profundamente.
—Mi señor, si me permitís —dijo Jeru señalando el carruaje que habían traído los soldados.
El nuevo carruaje se parecía más a la pesadilla dorada de Felix.
Innegablemente nizahliano, se apoyaba en unas enormes ruedas negras, con el cuerpo pintado de obsidiana y delineado en violeta.
Era elegante y amenazante. Dos alas brotaban de ambos lados del carruaje con las plumas de hierro relucientes bajo la luz de la luna.
Sefa, quien poseía la necesidad imperiosa de experimentar el entorno a través del tacto, intentó tocar un ala. Wes le atrapó la muñeca.
—Si aprecias tus dedos, deberías pensártelo mejor.
A los lados estaba pintado el emblema real de Nizahl: un cuervo flotando sobre dos espadas entrecruzadas. La mirada penetrante del ave me siguió.
Observé con desprecio a los nuevos soldados que seguían a Arin hacia el carruaje. ¿De verdad necesitábamos cincuenta soldados para el Banquete?
Dos paneles de la ventana se entreabrieron hacia afuera y Arin no me impidió que los abriera de golpe. Asomé la cabeza.
—Saludos, viajero —le dije a Wes, quien se sobresaltó a lomos de su caballo.
Su cabeza estaba al mismo nivel que la mía, así de ridícula era la altura del carruaje.
La línea de árboles a nuestra espalda había perdido densidad hacía varios kilómetros, lo cual dejaba más espacio para que el carruaje pudiera maniobrar.
Los soldados se desparramaron detrás de nosotros como podredumbre goteando de una fruta olvidada y el golpeteo de los cascos de los caballos resonó a mi alrededor.
—¡Métete dentro! —exigió Wes.
Miré a Arin.
—¿Puedes ordenarle que sea más amable conmigo? ¿O al menos que no sea tan rígido?
Arin desplegó un mapa del Palacio de Marfil en su regazo.
—No.
—Supongo que eso sería hipócrita viniendo de ti.
Wes soltó un largo y fuerte gemido. Por fortuna, todos los demás cabalgaban fuera del alcance del oído.
—Sylvia, vas a tener que pensar más antes de hablar —sugirió Arin destapando un tintero de bolsillo. Rodeó un punto en el mapa—. Puede que el resto de los soldados no se tomen demasiado bien tus intentos de hacer gracia.
—¿Intentos? —conseguí decir, ofendida, antes de perder el hilo.
El carruaje se tambaleó cuando la tierra dura y compacta del suelo fue reemplazada por otra más blanda.
A nuestra izquierda, el manto de árboles se despejó y reveló seis pozos idénticos cavados en el suelo.
Me asaltó un hedor repugnante al pasar junto a ellos.
Bajé la mirada y… retrocedí rápidamente.
—¿Por qué hay gente en esos pozos? —susurré.
Tendrían unos seis metros de profundidad y eran lisos por los lados, pero había ocupantes en todos menos uno.
Un anciano, con la barba enmarañada por la suciedad, se giró para fulminarnos con la mirada al pasar.
Un agua fétida le llegaba hasta los tobillos.
Los demás estaban demacrados, encogidos en posición fetal.
Los pozos eran demasiado estrechos para que pudieran tumbarse.
Si no estaban muertos ya, lo estarían pronto.
—Traidores —dijo Arin. Pasamos por el último pozo y me obligué a apartar los ojos de la ventana—. La sultana Vaida los mandó cavar tras la muerte de su madre. Se abandona ahí a los traidores a Lukub para que mueran de hambre. La mitad de su consejo pereció ahí.
—¿Nadie se lo impide?
La tortura solo estaba limitada por la imaginación, y podía adoptar incontables formas.
Sin embargo, yo creía que una regla, un edicto insalvable, le ataba las manos a la crueldad.
La tortura debería ser algo privado. Estaba destinada a las mazmorras y las celdas de piedra.
A la quietud del Essam. A los árboles que te veían desangrarte y a la silenciosa tierra que mojabas con tus lágrimas.
—Deberías ver lo que les hacen a los traidores en Orban. —Arin se dio golpecitos en la rodilla con los dedos—. Vaida prefiere un enfoque más sutil.
Odiaba entender a la sultana. Había pocas armas que atormentaran de un modo tan profundo como el miedo.
Los lukubíes pasaban junto a los pozos escuchando los gemidos lastimeros de los prisioneros y rezaban por no ser los siguientes.
Habitantes de todos los reinos huían a Lukub por su glamur y su estilo.
Escalaban los Hombros de Baira, el acantilado más alto del reino, para contemplar la belleza de una tierra fundada por una awala cuyo rostro podría lograr que un enemigo se clavara su propia espada.
Una belleza deslumbrante. Atraía la mirada hacia ella… y la alejaba de los horrores que se escondían en su sombra.
—La malika Palia y el malik Niyar hacían que sus soldados levantaran a los ladrones y los traidores por los aires.
—Arin dejó a un lado su ordenado fajo de pergaminos—.
Una vez suspendidos sobre la multitud, cada soldado encontraba maneras creativas de ejecutar a su prisionero.
Un soldado ahogaba a su prisionero con tierra seca, otro separaba la tierra con un gesto de la mano y enterraba vivo al suyo…
Creo que un soldado particularmente imaginativo decidió partir a su prisionero por la mitad y bañar a los espectadores en vísceras.
Me clavé las uñas en las palmas y me dejé marcas en forma de medialuna en la piel.
—¿La magia es peor arma que un pozo?
—El pozo no es ascendido después.
Los grilletes palpitaban con mi magia punzante.
—¿Dónde estaba esa compasión cuando tu padre saqueó nuestras aldeas?
¿Cuando los soldados nizahlianos destruyeron siglos de costumbres y cultura?
¿Cuando Lukub, Omal y Orban ayudaron a dejar nuestras tierras completamente vacías?
¿Cuando los jasadíes fueron violados, despedazados o vendidos?
—Una ira ardiente colmó el carruaje y abrasó el escaso espacio que nos separaba—.
No me insultes fingiendo que la invasión de Jasad fue un acto de misericordia.
—«Nuestras». —Arin inclinó la cabeza—. Has dicho «nuestras aldeas». No las de los jasadíes.
Fruncí el ceño intentando encontrar la trampa. Siempre hablaba en primera persona. ¿Qué iba a decir si no?
La velocidad del carruaje cambió y me arrojó al otro lado del banco. Arin apoyó el codo contra la ventana y usó el otro brazo para evitar que se le desparramaran los pergaminos.
Jeru se asomó por la ventana.
—Disculpad, mi señor. Estamos en los terrenos del palacio.
Ansiosa por alejarme, abrí la puerta del carruaje y me asomé pasando un brazo por encima del techo mientras avanzábamos a toda velocidad. El viento me agitó la trenza contra la barbilla.
Tan magnífico como la awala responsable de su nacimiento, el Palacio de Marfil brillaba con fuerza contra el cielo nocturno.
Pilares en ascenso trazaban espirales carmesíes dispuestas entre impresionantes paredes de marfil.
Detrás de la puerta, un obelisco de rubí atravesaba el cielo.
En las juntas de los muros crecían flores blancas cuyos pétalos eran más afilados que las alas de nuestro carruaje.
Seguí el camino de piedras preciosas soldadas a las imponentes puertas blancas que formaban un gigantesco sabueso rubí que gruñó a nuestro carruaje.
El sabueso brillaba con un siniestro resplandor rojo oscuro bajo la luna creciente.
A diferencia de Arin, a mí me importaba poco la sofisticación de la simetría y los significados ocultos detrás del diseño.
El Palacio de Marfil dejaba de lado la sutileza a favor de un mensaje que nadie podría malinterpretar.
Tras esas paredes, acechaba algo hermoso, y había las mismas probabilidades de que te atacara que de que te comiera vivo.
Volví a mi asiento cuando nos detuvimos en la puerta de entrada y dejé que se cerrara el carruaje.
Un par de guardias lukubíes se acercaron a Jeru y Wes.
El corazón me tamborileaba en el pecho. Estaba a punto de entrar en Lukub como campeona de Nizahl.
Iba a sentarme entre herederos que habían liderado con alegría sus tropas contra Jasad, se habían manchado las botas con sangre jasadí a cambio de conseguir la aprobación de Nizahl.
¿Qué tipo de libertad compensa esto?, pensé agitada. ¿Puedo cortar mi propia alma y vender las partes jasadíes?
Se abrió la puerta del carruaje.
—Alteza —saludó el guardia lukubí—. La sultana Vaida os da la bienvenida a vos y a vuestra campeona al Palacio de Marfil.
Arin respondió. Yo no estaba escuchando, centrada en controlar mi magia y mi respiración frenética. La verja se separó con un crujido.
—La lealtad alza su cabeza amotinada —dice Arin en voz baja—. Mervat Rayan.
Observé sus invernales ojos azules, tan parecidos a los de su padre. El aire se detuvo a nuestro alrededor. El heredero de Nizahl y la heredera de Jasad. Bajaría de este carruaje para entregarle al supremo la victoria más completa sobre mí. Sobre Jasad.
Algún día, sería juzgada ante los espíritus de mi muerte. Algún día, los cuerpos que nunca había enterrado me pedirían rendir cuentas por mis pecados.
Algún día, pero no hoy.