Capítulo veinte
Capítulo veinte
A rin vino a mi habitación unas horas después.
Prefería sufrir mis heridas antes que empujar a la superficie mi magia ya agitada, pero él permaneció en el umbral de la puerta hasta que salí de la cama.
Me sostuvo el brazo (no la mano) hasta que dejó de parecer que me había estampado repetidamente contra la pared.
La desaparición de mis heridas solo sirvió para aumentar mi asco.
La marioneta debía mantenerse impecable para su titiritero.
Noté la oleada de magia ante su tacto mucho más controlada, aunque vi que Arin cerraba la otra mano en un puño.
Bien. Esperaba que sufriera. Esperaba que la atracción de mi magia lo desollara desde dentro.
En cuanto apartó la mano, me metí en la cama y le di la espalda.
No podía conciliar el sueño. Mi magia estaba activa, presionaba los grilletes de manera desagradable aunque soportable.
Creía que seguíamos luchando, pero en este tipo de lucha no ayudarían las espadas.
No podía cerrar los ojos sin ver muerte: mi familia, Dawoud, Soraya, incluso Adel y Mervat Rayan.
La pérdida era un lastre que siempre arrastraría.
Si dejara de moverme, si dejara que se anclase, nunca reuniría las fuerzas necesarias para seguir adelante.
No era bondadosa. No elegía el bien sobre el mal ni el corazón sobre el cerebro.
Pero era tenaz. Rencorosa. Había cultivado esas cualidades menores alimentándolas con cada migaja que encontraba, porque una persona bondadosa no habría sobrevivido a Hanim.
Una persona bondadosa habría muerto de un modo tan miserable como Adel.
No obstante, cuando ya no tuviera que luchar por mi supervivencia, ¿qué quedaría?
¿Y si mis peores cualidades ya habían canibalizado a las mejores?
Dormí mal y me desperté unas horas después del amanecer, decidida a localizar a Vaun y terminar lo que había empezado.
Quizás los guardias hubieran predicho mi sed de sangre porque esa mañana me encontré en mi puerta a Sefa y Marek.
Me ayudaron a recoger mientras charlaban de todo y de nada.
Lo agradecí. Me lo tomé como una señal para repararme y centrarme al tiempo que reconstruía los muros que había dañado la noche anterior.
—¿Sylvia? —Marek me tocó el hombro y me di cuenta de que llevaba más de diez minutos sin moverme—. ¿Quieres que te dejemos sola?
—No. No, quedaos. —Tragué saliva y le di unas palmaditas en el brazo con cautela.
Se quedó más quieto que un hombre intentando atraer a un ave para que se pose en su brazo.
A pesar de su impulsividad, Marek siempre sabía qué momentos requerían mayor delicadeza.
El hecho de haber sido criado en una familia nizahliana con un gran legado militar no lo había convertido en alguien severo e inflexible, y eso era digno de admirar.
Lo observé y se me pasó por la cabeza una idea intrigante.
Había permitido que la diatriba de Arin sobre Jasad arraigara dentro de mí en silencio.
No tenía a nadie de confianza que pudiera contarme los acontecimientos que rodearon la guerra, pero ahí había dos personas que habían crecido en el corazón de la política nizahliana.
Dos personas en las que confiaba más de lo que podría llegar a confiar en cualquiera.
—¿Qué decía la gente sobre Jasad antes de la guerra? —le pregunté a Sefa.
Ella terminó de guardar sus materiales de costura bajo una capa protectora de faldas. No pareció molesta por la pregunta.
—¿Sobre Jasad en general?
Tenía que andarme con cuidado.
—El malik y la malika, la política de la realeza, la naturaleza de su gobierno… Ese tipo de cosas. —Miré a Marek—. Tú también puedes contestar.
—No recuerdo nada demasiado específico, la verdad.
Recuerdo sobre todo resentimiento —dijo Sefa—.
Mucho resentimiento. Un invierno, las heladas llegaron demasiado pronto, lo que supuso que la mayoría de las granjas florecieran antes de que la gente estuviera lista para la cosecha.
Se desperdició una gran cantidad de comida, podrida por plagas o por el frío.
Fue un invierno de escasez. Ningún reino se libró de las dificultades…
excepto Jasad. La anterior sultana se tragó el orgullo y acudió al malik y la malika en busca de ayuda. Se la negaron.
Me había preparado para una conclusión así y, sin embargo, no pude evitar esbozar una mueca. Me recordé a mí misma que la falta de amabilidad no implicaba necesariamente corrupción.
No obstante, Sefa no había acabado.
—Diez días después, las fronteras del nordeste de Lukub sufrieron un ataque. Las fuerzas jasadíes asaltaron los almacenes de metales preciosos de Lukub y robaron todas sus reservas de plata y cobre. La sultana no pudo contraatacar. Sus ejércitos estaban debilitados y…
—La fortaleza —terminó Marek—. La fortaleza era un tema de conversación recurrente durante la cena en nuestra mesa.
Un nudo de inquietud se había instalado en mi estómago.
Seguía atrapada en el asalto a Lukub. ¿Por qué harían algo así?
Había plata y cobre de sobra en Jasad, no hacía falta robar.
En mi vida nunca había habido nada tan estable como mis ideas sobre Jasad.
Habían comenzado a aparecer grietas en la imagen del Usr Jasad y en mis abuelos, y sentí que empezaba a ponerme a la defensiva para el momento del derrumbe.
—Tu familia servía al supremo. Por supuesto que hablaban a menudo de su mayor obstáculo para la invasión.
—Todo el mundo hablaba de la fortaleza, Sylvia —repuso Marek con frialdad—.
Permitía a Jasad hacer lo que quisiera y salirse con la suya.
Entiendo que odies en qué se ha convertido Nizahl.
Yo también lo detesto. Pero es el único reino creado por la voluntad de tres awalín.
Su función básica era proteger contra la tiranía de la magia y el poder tras el descenso a la locura de Rovial.
Nadie podría haber replicado la fortaleza de Jasad, ni siquiera cuando todos los reinos poseían magia.
Estaban protegidos de las consecuencias de sus actos y Nizahl no podía hacer nada al respecto.
Los latidos me retumbaron en la cabeza. Había sido un error. No debería haber preguntado a nizahlianos para que refutaran las palabras del comandante. Creían que la magia era injusta de manera intrínseca.
—Debió de ser un alivio para Nizahl cumplir por fin su propósito —comenté, incapaz de evitar que se me reflejara el dolor en la voz—. Sin duda, la balanza está equilibrada.
Sefa me gritó cuando salí de la habitación, pero la puerta ya se estaba cerrando detrás de mí.
Me calmé tras esconderme en una de las habitaciones vacías para comer. Sabía que existía el riesgo de que no me gustaran sus respuestas y había decidido preguntar de todos modos.
Dejaron de hablar en cuanto entré. Detesté ver la expresión cautelosa del rostro de Marek.
—Lo siento —murmuré—. Ha sido un comportamiento muy infantil.
Sefa ya estaba negando con la cabeza.
—No, nosotros lo sentimos. Tendríamos que haber sabido que la fortaleza significaba algo completamente diferente para ti. Tenías motivos para estar molesta.
—No estaba molesta.
Marek puso los ojos en blanco y me arrojó un montón de túnicas a la cabeza.
—Termina de hacer el equipaje. Llegaremos tarde.
Puesto que la mayoría de mis pertenencias se las enviarían de vuelta a Raya, no fui tan minuciosa a la hora de guardarlo todo como Sefa. Cuando pasamos por delante del centro de entrenamiento, apoyé una mano en la pared.
—Perdonadme —les susurré a mis abuelos. Tenían muchos defectos, quizás más de los que ya sabía, pero lo habían dado todo por mí. Y yo no podía decir lo mismo.
Sefa y Marek esperaban junto a su carruaje con sus pertenencias ya guardadas. Viajaríamos en dos carruajes. Sefa y yo observamos a Marek afanarse con los caballos y revisar diligentemente el equipo. Intercambiamos una mirada pesarosa. Tenía la energía de diez personas.
—No son demasiado ostentosos, ¿verdad? —comentó Sefa señalando a los carruajes.
En comparación con el artefacto dorado con el que Felix había entrado en Mahair, estos lucían pocos adornos.
Cada rueda tenía un soporte secundario para ayudar a sortear el terreno accidentado y el exterior rectangular estaba pintado de un marrón apagado.
Si nos topábamos con una caravana errante o una camarilla enemiga, no nos prestarían demasiada atención.
—El ego no suele superar a la practicidad de Arin —dije.
Sefa me miró fijamente y me toqué la barbilla, cohibida.
—¿Qué?
—¿Arin?
Me sonrojé al instante. Con el cabello retirado, Sefa se dio cuenta enseguida. Me cogió por el codo y me llevó a un lugar apartado.
—¿Qué relación tienes con el heredero?
Su tono acusatorio me puso los pelos de punta. Una punzada de rabia me recorrió la mandíbula y me crujió entre los dientes. Entorné los ojos en dos rendijas.
—¿Perdona?
—Lo has llamado Arin.
—Es su nombre.
—¡No para ti! —siseó. Dio un paso al frente, ajena o indiferente a la ira que emanaba de mí—.
Para ti es el heredero de Nizahl. O el comandante.
El hombre que te cortaría en más trocitos que hojas hay en el Essam a la más mínima oportunidad.
Me asusta el modo en que os atraéis mutuamente. Eres jasadí.
—No tienes nada de lo que preocuparte.
A juzgar por la tensión de sus sienes, no había quedado en absoluto convencida.
—Espero que no.
Volvimos donde se encontraban los demás subiendo a sus caballos.
Desestimé la ayuda de Marek y subí al carruaje con un bufido.
Aunque por fuera no era nada destacable, en el interior había espacio para dos bancos paralelos bien acolchados, lo bastante anchos para tumbarse y dormir.
Arin ya estaba sentado dentro con una pila de pergaminos cuidadosamente doblados a su lado.
—¿Dónde está Vaun? —Conseguí que la pregunta no se convirtiera en gruñido.