La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo diecinueve #2
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Capítulo diecinueve #2

La gente que se movía en las paredes que nos rodeaban no significaba nada para él. Había amenazado a mis amigos y aprovechado cada oportunidad que encontraba para atormentarme. Innumerables jasadíes habían perdido la vida bajo su odiosa espada.

—Voy a disfrutar mucho esto —comenté.

Me lancé hacia delante la primera apuntando a su estómago. Tirarlo al suelo y dejarlo desorientado era lo único que necesitaba para alzarme con la victoria. Desde ahí, sería tan sencillo como sacarle los ojos. Arin estaba entrenando a una campeona; Hanim entrenó a una superviviente.

Vaun se apartó de mi alcance y me dio un puñetazo a un lado de la cabeza. Me tambaleé, parpadeé para contener las chispas blancas que veía y me reí.

—¿Eso es todo? Venga, Vaun. ¿Dónde está tu pasión? —Ataqué de nuevo. Mi golpe acertó en el blanco y él hizo una mueca.

Vaun luchaba bien. Casi demasiado bien. Cuando me estaba limpiando la sangre de la barbilla, supe que había estado prestando atención.

Había escuchado las conversaciones de los demás guardias sobre mi progreso y memorizado mis debilidades.

Caímos en una dinámica violenta: yo arremetía, él lanzaba un ataque y yo debía retroceder o asestar un golpe certero.

Contaba con que mi impaciencia creciera y me hiciera cometer un error.

Su estrategia podría haber funcionado si mi oponente hubiera sido cualquier otro. La paciencia de Vaun rivalizaba con la mía en materia de fragilidad. Era cuestión de quién se rompería primero.

—¿Todo esto por tu preciado heredero? Admitiré que no es la espada más afilada de la armería, pero no es un completo inútil. Puede librar sus propias batallas. —Balbuceé la pulla porque me había partido el labio de un codazo hacía unos segundos.

Vaun ensanchó las fosas nasales. Los insultos a Arin siempre lo afectaban de manera desproporcionada. Salté hacia delante. Su nariz crujió bajo mi puño. Me tiró del brazo con fuerza suficiente para partírmelo y me dio una patada en el pecho que me dejó despatarrada en el suelo.

Me incorporé como pude. Apreté los dientes y me recoloqué el brazo en su sitio.

—Sinceramente, su incompetencia me resulta fascinante. Estoy aquí solo porque no puede cumplir con su único deber como comandante y capturar jasadíes. —Era demasiado fácil. Seguro que Vaun descubriría mis artimañas de adolescente.

Se puso rojo de rabia.

—Mantén su nombre lejos de tu sucia boca.

Entonces vi el camino más rápido para llegar al final.

—Pero a él le gusta mi boca —ronroneé.

Por la reacción de Vaun, cualquiera diría que acababa de tragarse un puñado de frascos de veneno de rochelya. Lo invadió una inquietante indiferencia.

—Te lo advierto…

Hablé más rápido todavía.

—Tu gran líder, degradándose con una abominación. Tolero sus torpes muestras de afecto. ¿Qué otra opción tengo? Es tan incompetente en la ca…

No llegué a terminar la frase. Vaun me abordó. La rabia no lo había vuelto descuidado, solo había hecho que abandonara toda cautela. Forcejeamos, pero él mantenía la ventaja. Preso del frenesí, me golpeó una y otra vez hasta que mi cuerpo se quedó inerte. Notaba un zumbido penetrante en los oídos.

—Nunca más —gruñó. Me cogió el pelo con el puño y me echó la cabeza atrás—. Ramera mentirosa. Él no… no. Jamás.

Me presionó la tráquea con el antebrazo. No necesitaba al espectro de Niphran para saber que pretendía matarme. Lo arañé y le dejé líneas sangrientas en las mejillas.

Ese no sería el fin de mi familia.

—Tendría que haberte aniquilado el primer día —espetó—. Las alimañas como tú no deberían vivir tanto tiempo.

Tras él, un conejo saltaba en el aire, fuera del alcance de los niños.

El árbol se mecía sobre la cabeza de Niyar, que, desde su asiento en la base de este, pasó una página del libro eternamente abierto en su regazo.

Palia entornó los ojos hacia los escalones del palacio en busca de Niyar.

Había presenciado esa escena un millón de veces desde que había llegado.

—Tienes razón —jadeé.

Estallaron puntos negros en mi visión. Se me tensaron los grilletes.

Tendría que haber muerto en la Cumbre Sangrienta con todos mis seres queridos.

Habría sido un final honorable, digno. Nunca habría conocido el ardor de la sangre al llenarme la boca, el chasquido de un látigo al cortarme la carne.

No se habría puesto a prueba mi potencial para la grandeza.

No le habría fallado a Jasad de una manera tan catastrófica.

Sin embargo, había sobrevivido como una rata que se escabulle en la oscuridad.

En la pared, Palia se puso las manos en las caderas como si estuviera esperando.

Reuniendo el último vestigio de mis fuerzas, extendí los dedos.

Estallamos en llamas.

Brotaron a mi alrededor sin lastimarme, pero Vaun bramó y retrocedió. Había pequeñas llamas enroscadas por todo mi cuerpo, entrelazadas en mi trenza.

Me esforcé por ponerme de pie ignorando las protestas de mi cuerpo.

Vaun reculó. Disfruté de su miedo, lo absorbí.

Enrosqué los dedos y la espada curva que había sobre el cofre salió disparada.

La punta se detuvo justo delante de su corazón.

Estreché el puño y le atravesó la ropa. Vaun se pegó a la pared, pero la espada lo siguió y lo inmovilizó en el sitio.

Matar a Vaun resolvería muchos problemas. Dejarlo vivir sería permitir que murieran más jasadíes.

Se me erizó el vello de la nuca.

—Suelta la espada, Sylvia —dijo Arin en voz baja y apaciguadora. No lo había oído entrar, aunque no importaba. Sería capaz de percibirlo a kilómetros de distancia.

Las palabras me salieron roncas a través de la garganta destrozada.

—¿Por qué debería hacerlo?

Arin entró en mi campo de visión y me tapó a Vaun. Estaba cubierto de polvo desde los hombros hasta la cintura y tenía un moretón en la parte alta del pómulo.

—No eres una asesina.

—En realidad, sí que lo soy. —Me reí. El fuego se alzó e impidió que el heredero se acercara más—. No hacéis esa distinción al matar jasadíes. ¿Por qué no debería comportarme como una asesina si voy a sufrir el mismo destino de todos modos?

Arin observó mi aspecto, mi rostro destrozado y el extraño ángulo de mis huesos rotos. Cuando lo comprendió todo, mostró una sombría resolución.

Se hizo a un lado.

El sonido estrangulado que emitió Vaun casi bastó para satisfacerme. Casi.

Me era indiferente que eso fuese otra prueba. Vaun suponía una amenaza para mí y para todos aquellos que me importaban. Me latían los grilletes. Empezaba a acumularse sangre alrededor de la punta de la espalda.

Quería hacerlo. Desesperadamente. Mi magia se estremecía por el ansia.

Una vez más, mi mirada se encontró con Niyar y Palia.

Los niños pasaron corriendo junto a Niyar por la hierba, persiguiendo al conejo que volaba por los aires.

Justo cuando la escena iba a desvanecerse, una hoja flotó sobre la cabeza de Niyar.

Había visto esa hoja y el árbol en el que mi abuelo se apoyaba en incontables ocasiones.

Seguí con la mirada la hoja mientras subía. En lo alto del árbol, colgaba la pierna de una niña. Tenía la sandalia mal atada, suspendida precariamente de los dedos. Unos instantes más y caería de lleno sobre el libro de Niyar.

Palia había mandado confeccionar esas sandalias para mi séptimo cumpleaños. No estaba buscando a Niyar…, me buscaba amí.

La chica prodigio de Hanim lo atravesaría sin dudarlo. Nadie me culparía. Al menos, nadie vivo.

La hoja siguió flotando mientras la niña balanceaba la pierna.

Chasqueé los dedos. El grito de Vaun reverberó en la estancia cuando la espada le atravesó el muslo con precisión y lo inmovilizó contra la pared.

No merecía lo que me quedaba de alma.