La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

Capítulo diecinueve

E n cuanto Marek se presentó cinco años antes, todo encanto, extremidades larguiruchas y dientes brillantes, supe al instante lo que representaba: problemas.

Caos con un rostro hermoso. Esa impresión se afianzó a lo largo de las primeras semanas con su incesante coqueteo.

Mis ceños fruncidos y mis desaires no lo disuadían.

Arrancarle los ojos del cráneo no era una opción si quería mantener mi apariencia de fragilidad, así que opté por la segunda mejor alternativa: lo delaté ante Sefa.

Ahora que golpear a Marek sí que era una opción, me resultaba bastante complicado resistirme para no estrellarle la cabeza contra la mesilla de noche.

Lo había estado evitando a conciencia desde el incidente en el centro de entrenamiento.

Saber cuánto lamentaba su comportamiento no aliviaba mi propia frustración.

«Pelea de amantes». Tres palabras descuidadas que podrían haber acabado con la vida de Sefa.

El día después del ataque del sabueso rubí, Marek me acorraló en mis aposentos.

—Si estuviéramos en Mahair, podría ganarme tu perdón con una cesta de higos chumbos o caramelos de semillas de sésamo. Aquí no sé qué hacer, Sylvia.

Abrió los brazos de par en par.

Miré a Marek deseando una vez más tener el talento de Arin para ver a través de las personas, para descartar el ruido y llegar al corazón de la bestia.

Lo que hubiera causado su arrebato estaba vinculado al mismo impulso que lo había llevado a aceptar su agotador puesto de trabajo con Yuli y a su odio visceral hacia Ni­zahl.

En muchos sentidos, entendía a Marek mejor que a Sefa.

El corazón de Sefa era la fuerza que propulsaba todas sus acciones.

Categorizaba cada decisión en columnas distinguiendo el bien del mal.

La rabia necesitaba que le dieran espacio para arder, y Sefa había decidido mucho tiempo atrás que no se dejaría llevar por ella.

No era el caso con Marek y conmigo. Lo que sentíamos lo sentíamos con total violencia. No obstante, donde yo mantenía mis sentimientos bajo un férreo control, Marek experimentaba y expresaba sus emociones con toda su intensidad.

Me urgía entender qué estaba pasando en su cabeza. Otro comentario superficial como ese fuera de estos túneles podría acabar en desastre.

—Esta vez, usemos la verdad como moneda de cambio. ¿Qué dejaste atrás en Ni­zahl, Caleb?

Su arrepentimiento se transformó en una mueca. Marek se llevó los nudillos a las sienes y se masajeó la frente.

—Nada bueno.

Me crucé de brazos.

—Si quieres mi perdón, debes ganártelo.

Marek se dejó caer sobre la cama. La resistencia lo abandonó en un instante.

—¿Qué quieres oír? La gente como tú y como yo guardamos nuestros secretos por un motivo.

—¿La gente como tú y como yo? —repetí con un asco más propio de un cubo lleno de cabezas de pescado. ¿Quería que le diera palmaditas en la mano y me quejara con él de nuestro sufrimiento compartido?—. ¿Tú también eres jasadí, Marek?

—No me refería a…

—No me importa.

Suspiró.

—¿Quieres una historia, Sylvia? Soy el menor de una familia de cinco hijos con un infame legado militar.

Mis padres habían servido en el ejército del supremo Munqual.

Mis abuelos, en el del supremo Tairal. Y así sucesivamente.

La familia Lazur era sinónimo de la excelencia militar ni­zahliana.

Se esperaba que nosotros también nos uniéramos al servicio militar cuando tuviéramos la edad suficiente.

Mi hermana Amira murió con veintiún años en un enfrentamiento entre las aldeas bajas de Ni­zahl.

Los graneros estaban bajo mínimos y el suelo de Ni­zahl era hostil para casi todos los cultivos.

El supremo Rawain era el comandante por aquella época y envió a sus soldados a sofocar la violencia con más violencia.

Marek levantó la cabeza para comprobar que estuviera escuchando y la dejó caer de nuevo sobre la cama.

El cabello dorado le enmarcaba el rostro.

Me senté a su lado manteniendo una expresión cuidadosamente neutral.

Consideré esta revelación sobre el linaje de Marek con el escrutinio que dedicaría a un corte en mi mano.

Palpando los bordes, probando la intensidad del dolor.

—Darin murió en las batallas fronterizas contra Orban.

Los jawaya lo abrieron y le llenaron las entrañas de cerveza barata para que lo olieran los animales.

Lo dejaron seis días al sol. Mi último hermano, Binyar, ascendió rápidamente en las filas bajo el mando del supremo Rawain.

Fue uno de los elegidos para liderar el asalto a la fortaleza de Jasad tras la Cumbre Sangrienta. Nunca regresó.

Una lágrima resbaló hacia el cabello de Marek. Se la secó.

Se colocó un brazo encima de la cara.

—Hani tenía dos años más que yo. Quería ganarse la confianza del supremo Rawain, forjar un lugar para nuestra familia entre las mesas más altas del reino.

Se pasó años intentando conseguir invitaciones a las fiestas más exclusivas y llamar la atención de los más ricos y poderosos del reino.

Lo que Hani no comprendía era que el interior de la Ciudadela era mil veces más letal que cualquier cosa que pudiera encontrarse en el campo de batalla.

Cuando yo tenía trece años, metieron a una prisionera en la mazmorra más segura de Ni­zahl, una prisionera jasadí de alto riesgo que había estado a punto de asesinar al heredero.

Hani y una docena de soldados que custodiaban las celdas fueron masacrados por un grupo de jasadíes esa misma noche.

La prisionera desapareció y enterramos a Hani junto a Binyar y Amira.

Cuando llegó la hora de mi reclutamiento, hui.

Me enderecé.

—¿Un grupo de jasadíes mató a tu hermano?

Marek se incorporó y me dedicó una media sonrisa.

—No siento animosidad hacia los jasadíes en general, si es lo que te preocupa. El grupo que rescató a la prisionera y acabó con la vida de mi hermano estaba compuesto por hábiles criminales.

Que un grupo de jasadíes se colara en una prisión ni­zahliana de alta seguridad tendría que haber sido una noticia que estuviera en boca de todos.

Hanim, que viajaba regularmente a través de los reinos en busca de suministros, seguro que se había enterado.

Por no hablar de la jasadí que había estado a punto de matar al heredero de Ni­zahl.

Arin tendría unos… ¿dieciséis años? El supremo Rawain se habría esforzado mucho por ocultar esa información.

Una antigua conversación entre Wes y Jeru afloró a la superficie.

«Me asignaron a su guardia cuando él tenía dieciséis años».

«Creía que solo Vaun estaba presente en aquel momento».

¿Cómo debió de ser ese ataque contra Arin para seguir atormentando a sus guardias una década después?

Intenté tragar saliva con la garganta seca.

—Marek, ¿recuerdas qué nombre tenía ese grupo jasadí?

Marek dirigió la mirada a la puerta y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Sí, pero no puedes decírselo a nadie. Solo lo sé porque Hani me lo mencionó unos días antes de que lo mataran y me hizo jurar que guardaría el secreto.

Un presentimiento me recorrió la columna.

—Lo prometo.

—Creo que se hacían llamar Muf­sidíes.

Como era de esperar, Arin solo venía a los túneles para dormir y cambiar a los guardias.

Nos quedaban pocos días para tener que partir hacia Lukub, pero había decidido dedicar al menos uno de ellos a perseguir a los Orabi que habían enviado al sabueso.

Dejó instrucciones detalladas sobre lo que debía lograr en cada sesión de entrenamiento, aunque los guardias podían ponerse creativos con los métodos.

Unos pasos pesados se acercaron a la estera de entrenamiento mientras estiraba.

Deseé de todo corazón que ese día fuera Jeru.

Wes se centraba más en estrategias defensivas y evitaba mi magia por completo.

Ren prefería hacerme correr por la parte más fangosa del bosque y me obligaba a arrojar lanzas a objetivos en movimiento hasta que apenas podía moverme.

Pero la persona que entró en la estera de entrenamiento no era ninguno de ellos. Era Vaun.

—¿Qué haces aquí? —pregunté ocultando mi preocupación con una máscara de indignación. Llevaba ropa holgada de entrenamiento en lugar de uniforme—. No entreno contigo.

—Te equivocas. Su alteza dijo que no deberías entrenar conmigo si había otra alternativa disponible —contestó Vaun—. Los demás no están.

Me alarmé. Vaun y yo nunca habíamos estado realmente a solas. Su odio hacia mí no había hecho más que incrementarse con el tiempo, y tampoco es que yo lo admirara demasiado.

Vaun había crecido con el heredero. Era el mejor de los guardias. Rápido, fuerte y brutalmente eficiente. No saldría indemne de un enfrentamiento contra él.

Si me oponía, se retractaría. Tenía que hacerlo.

—¿Asustada? Siempre puedes marcharte —se burló Vaun. Esperaba que tuviera una reacción así. Seguro que había ideado él las tareas que mantenían a todos los demás ocupados.

Había llegado el momento del ajuste de cuentas y no pensaba ceder.

—Elige un arma —le dije—. Vamos a acabar con esto.

Vaun sonrió ampliamente con un brillo malicioso en los ojos.

—Ah, ahí está. Cuánto orgullo para no ser más que una huérfana harapienta. —No dedicó ni una mirada a las armas alineadas sobre el cofre—. Combate a puño limpio. No siempre habrá un arma para salvarte, ¿verdad?

—Hablas demasiado para ser alguien cuya misión es ser visto y no escuchado.

Nos rodeamos mutuamente. Reboté sobre las esteras elásticas observando las siluetas de Palia y Niyar en el muro. El pájaro sobrevoló nuestras cabezas con las alas abiertas al viento mientras la magia se reiniciaba y la escena se repetía una vez más.

—¿Condiciones?

—Intenta no morir. —Vaun hizo girar los hombros—. Los planes de su alteza dependen de tu existencia.