Capítulo dieciocho #2
—¿Y qué hay de ti? —pregunté. Las garras de marfil de la criatura se cerraron alrededor del aire. Treinta segundos.
El objeto se abrió y se extendió y unas pequeñas púas de metal brotaron de ambos lados de los dos discos planos.
—Esto va a doler —dijo Arin y me estrechó la mano con la suya desnuda.
La reacción fue inmediata. Mi magia se abrió paso rugiendo hasta la superficie de mi piel y golpeó los grilletes. La agonía de la sala de las reliquias se renovó. Mi magia me desnudó hasta los huesos desde dentro hacia afuera.
El agarre de Arin se volvió aplastante y, si no hubiera sido por el monstruo que teníamos a un metro de distancia, podría haber prevalecido un miedo muy diferente.
Mi control sobre la criatura se hizo añicos.
Arin se abalanzó hacia delante justo cuando la enorme criatura blandió las garras y se metió su brazo en la boca. ¡¿Había perdido el juicio?!
Esta vez, cuando lancé mi magia, fue más fuerte.
Forcé la mandíbula de la criatura a abrirse mientras Arin, que claramente había sufrido un ataque de locura, empujaba el objeto contra el paladar del monstruo.
Cerca, una roca estalló en pedazos y llovieron ramas sobre nosotros desde los árboles temblorosos.
«Por una vez en la vida, ¡compórtate!», le grité a mi magia.
La criatura atacó a Arin y gruñó.
—¡Apártate! —chillé.
Mi magia flaqueó. Arin sacó el brazo justo cuando los dientes de la criatura se cerraron. El objeto parecía haberla confundido. Sacudió la cabeza intentando despejarse.
Traté de lanzarle un tronco lejano. Mi magia lo empujó, indiferente, y decidió hacer estallar otra roca.
Los ojos rojos de la criatura pasaron por encima de Arin y los entornó hacia mí.
A estas alturas ya deberías ser capaz de reconocer cuándo han enviado a una criatura a por ti, dijo Hanim. Esto no es casualidad.
Observé a la bestia sin parpadear.
—Espera —le pedí a Arin—. No te muevas.
Él se levantó de un salto con la clara intención de ignorarme. Esta vez no. Dirigí la magia hacia él y el comandante se quedó inmovilizado.
—¡Sylvia! —Abrió los ojos como platos y los fijó en la criatura que avanzaba hacia mí—. ¡Corre!
Si me equivocaba, sería un modo ridículo de morir.
Alargué los brazos hacia la cabeza de la criatura, enmarcando cuidadosamente sus enormes fauces entre las manos. Arin emitió un sonido ahogado, pero la criatura no se abalanzó sobre mí, sino que se sentó sobre sus cuartos traseros y jadeó.
Unos ojos hechos de las mismas gemas de color rojo sangre que componían su cuerpo irregular me sostuvieron la mirada.
—¿Me veis? —susurré.
Un solo jasadí no podía encantar a una criatura como esta para que cumpliera sus órdenes, viera a través de sus ojos… Esto era obra de varios jasadíes. Y de los poderosos.
—No lo entiendo. ¿Intentáis matarme o poneros en contacto conmigo?
Me armé de valor, pasé el brazo entre sus dientes y encontré el objeto de Arin adherido al paladar de la criatura. Rocé el contorno.
—Permitid que me presente como es debido —murmuré para que solo lo oyeran la criatura y sus amos—. Soy Sylvia, pupila de la aldea y aprendiza de boticaria. No se me puede reclutar y no me dejaré intimidar.
Algo hizo clic y el objeto se tensó. Arin no había activado el interruptor. Casi sentí lástima por la desdichada criatura. En cuanto la magia que lo mantenía con vida se extinguiera, volvería a ser el polvo del que lo habían creado.
—Se acerca el momento de nuestro encuentro, amigos míos, pero aquí tenéis un adelanto de lo que está por venir.
Accioné el interruptor.
La criatura aulló y me arrancó un trozo de tela de la túnica. Retrocedí tambaleándome mientras se retorcía sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Sus patas delanteras se doblaron en otro aullido lastimero.
Cuando dejó de patalear y se quedó inmóvil en el suelo, me atreví a acercarme. Tensó la pata y un destello blanco atrajo mi mirada. Un fragmento de pergamino había caído de sus extremidades.
—Está muerto —dijo Arin sobresaltándome.
Se agachó y arrancó el objeto de la boca de la criatura.
Giró los extremos en sentidos opuestos y las púas desaparecieron.
Permaneció en cuclillas examinando el cuerpo enjoyado.
Desplegué la nota dándole la espalda. Estaba escrita en resar.
Ojeé rápidamente las palabras con el corazón acelerado.
No se mencionaba mi verdadero nombre. Se la pasé a Arin, quien leyó en voz alta:
—«Aquí ofrecemos una muestra de nuestro poder.
Juntos, podemos lograr que Jasad resurja de entre las cenizas y llevar la guerra a aquellos que quieren exterminarnos.
No confíes en los demás. Los primeros enemigos de Jasad provienen del interior».
—Pasó el pulgar por el borde del pergamino, donde se extendían unas alas de kitmer a ambos lados—. Es el sello de los Orabi.
«Los primeros enemigos de Jasad provienen del interior».
¿Se referían a Hanim o a los Mufsidíes?
¿Hasta qué punto se habían infiltrado los Mufsidíes antes de la Cumbre Sangrienta?
Quizás todos esos horribles acontecimientos que Arin había descrito los perpetraron los Mufsidíes.
Era más fácil acusar a mis abuelos de incompetencia que de corrupción.
Estiré el cuello en busca de los caballos que habían huido.
—Tenemos que irnos.
Arin se guardó la nota en el bolsillo y observó la vasta naturaleza que nos rodeaba.
—Habrán descubierto que los Mufsidíes contactaron contigo y habrán estado vigilando el camino a Mahair.
Echó un vistazo nervioso al bosque. Todavía podrían andar cerca.
Arin se agachó para recoger los guantes y esbozó una mueca. Fue apenas perceptible, y la habría ignorado en cualquier otra persona, pero una mueca de Arin era el equivalente a los gritos de doce soldados. Se inclinaba hacia el lado derecho, donde lo había atacado el sabueso.
—¿Qué habías dicho sobre los mártires? —pregunté—. ¿Estás enfadado porque he usado mi magia contigo? Ha sido medio minuto.
Se puso los guantes fingiendo que no existía. Tenía la ropa apelmazada en la parte derecha y mostraba un color ligeramente más oscuro que el resto.
Levanté los brazos en alto.
—Si quieres sangrar en silencio durante la hora siguiente, no voy a impedírtelo. Pero no esperes que te arrastre hasta los túneles si te desmayas.
Se detuvo.
—No me desmayaré.
—Sé que eres un poderoso hombre inmortal, inmune a las aflicciones de los plebeyos. Si su alteza me permitiera atender la herida… no soy capaz de explicar lo honrada que me sentiría…
—Está bien —cedió con el ceño fruncido—. A menos que tu magia incluya habilidades médicas secretas, no confío en que no vayas a hacerme más daño.
—Me ofendes. —Me llevé una mano al corazón—.
De algún modo, encontraré fuerzas para vivir un día más.
Tú puede que no, y no me apetece en absoluto verme implicada en el asesinato del heredero de Nizahl sin disfrutar del auténtico placer de asesinarte.
Quítate el chaleco, por favor. Prometo proteger tu virtud.
Por su oscura mirada, diría que no apreciaba demasiado mi consideración. Arin se desató los cordones del chaleco de un tirón. Sentí un calor intenso en la nuca y decidí mirarme las uñas.
Se quitó el abrigo, el chaleco y la túnica. Inhalé entre dientes. La criatura lo había herido en el costado. Tenía algunos arañazos lo bastante superficiales para poder ignorarlos temporalmente, pero había cuatro cortes del tamaño de mi antebrazo. ¿Cómo podía seguir consciente?
—¿Y bien? —Se sentó en la base de un tronco con la espalda recta y el brazo izquierdo apartado del lado herido. Me agaché frente a él y recogí la túnica.
Era una tela de mayor calidad que cualquier otra que hubiera pasado por mis manos y no se rasgaba con facilidad.
—Mi aprendizaje con Rory no consistía solo en perseguir ranas. —En realidad, la mayor parte sí, pero Arin no necesitaba saber que había aprendido a vendarme mis propias heridas con el trapo y el cubo de agua sucia que Hanim solía dejarme para que me curara.
Finalmente, conseguí arrancar la manga. La rasgué en largos pedazos, evitando su rostro.
—No me has dicho si estás enfadado.
—Tú no me habías dicho que tenías una habilidad oculta para percibir sabuesos rubí.
—¡Sabuesos rubí, así se llaman! ¿No eran los perros guardianes de Baira? —comenté—. Creía que se habían extinguido.
Tras el sepelio, la magia se había ido apagando como una vela moribunda por todos los reinos.
Los sabuesos rubí tardaron tres siglos más en morir que las rochelyas de Kapastra.
En su época, los deslumbrantes sabuesos solo obedecían a las sultanas de Lukub.
Habían cargado en batalla junto a las monturas más feroces de Lukub, rondando los terrenos del Palacio de Marfil por las noches.
Un siglo antes de la batalla de Zinish, los sabuesos rubí empezaron a enfermar y morir, a pesar de los muchos esfuerzos de la sultana vigente.
La magia ya había desaparecido en Omal y, con el rápido declive de la de Lukub, los sabuesos rubí se pudrieron como frutos plantados en tierra contaminada.
Orban los siguió treinta años más tarde.
—Así es. Resucitar a uno es inaudito. Los Orabi estarán debilitados después de emplear tal cantidad de magia. —La mirada de Arin, aunque envuelta en incomodidad, seguía fija en el entorno—. Deben de tener muchas ganas de impresionarte.
Até las tiras que había hecho con la manga.
—Esto va a doler —lo advertí y me coloqué el extremo de una tira entre los dientes.
Arin tensó los músculos del estómago, pero no emitió sonido alguno mientras le envolvía el torso con fuerza con el vendaje improvisado.
Tuve que presionarle la cadera con la rodilla para llegar por detrás de su espalda.
Rocé con los nudillos todo lo que vendé.
Su pecho, su cintura y la parte baja de la espalda.
El efecto que tenía sobre mi magia era significativamente menor que cuando me agarraba la mano.
Cometí el error de levantar la vista y me encontré a pocos centímetros del rostro de Arin. La curiosidad le marcaba la mirada, demasiado atenta para alguien en su condición.
—Deja de mirarme —exigí—. No voy a cometer ningún fallo.
Se le escapó una suave risita y el sonido retumbó por la palma que le había apoyado en el pecho. Era la primera vez que lo oía reír de verdad. Por el pelo bendito de Baira, ¿cuánta sangre había perdido?
—¿Sabías que tienes cinco pecas debajo de la mandíbula? —Me transmitió esa observación totalmente serio, como si acabara de salir de una bóveda llena de secretos.
Resistí el impulso de tocarme la mandíbula.
—En Jasad las llamamos «hasanas», no «pecas». —Maldije el calor que noté en las orejas, indicativo de que se estaban volviendo del mismo color que el sabueso muerto, y me centré de nuevo en la tarea que tenía entre manos.
—Te colgaste sobre la ribera rocosa del río, venciste a mis guardias y has metido el brazo en la boca de un sabueso y, aun así, te sonrojas ante mi pecho desnudo.
Evidentemente, eso consiguió que el rubor de mis orejas se extendiera a las mejillas. Até la tira siguiente con más fuerza de la necesaria, lo cual le arrancó un rugido de dolor al heredero.
—No estoy sonrojada. Me temo que estás delirando.
Arin apoyó la cabeza contra el tronco del árbol.
—Es posible.
Mi broma sobre tener que arrastrar a un Arin desmayado por los túneles podía estar más cerca de la realidad de lo que pensaba. Lo había obligado a resistir mi magia. ¿Cuánta sangre había perdido al luchar contra la barrera?
—Lo lamento —le digo—. No tendría que haberte atrapado. Es solo que… habrías interferido y habrías perdido una extremidad de manera innecesaria. Sabía que venía a por mí.
—No vuelvas a hacerlo. —El buen humor desapareció de su voz. Estaba totalmente serio—. Si te hubieras equivocado, no habría quedado libre hasta que hubieras muerto y se hubiese roto el control de tu magia.
—Habrías tenido tiempo para correr si me hubiera matado a mí primero.
Terminé de atar el vendaje. Aunque apostaba a que Arin caminaría sobre un charco de su propia sangre antes de rendirse, la tenacidad no otorgaba habilidades sobrehumanas, ni siquiera a sus discípulos más fervientes.
—Sí, supongo que lo habría tenido —dijo apartando la mirada.