La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo dieciocho
52%

Capítulo dieciocho

Capítulo dieciocho

N o me hacía el ánimo de visitar el refugio.

Raya intentaría que me comiera de una sentada los alimentos de diez días y criticaría el estado de mis ojeras, las niñas me suplicarían que les contara historias sobre el heredero y el entrenamiento y Fairel…

Fairel se esforzaría por ocultar su dolor para no hacerme sentir mal.

Podría ser que se pusiera a hablar por los codos como de costumbre, o podía ser que no.

Quizás se quedara mirando el techo y fingiendo estar sola como me había visto hacer a mí en mis peores momentos.

Era débil y egoísta, pero no soportaría ver cómo Felix la había alterado de manera permanente. Al menos, no todavía.

El aliento se me condensó en nubecitas blancas. Me ajusté la capa. ¿Dónde estaban Wes y Jeru?

El ruido de los cascos de los caballos llegó desde el otro lado del camino. Me di la vuelta, temblando, con un comentario borde en la lengua.

No eran Jeru y Wes quienes se acercaban a lomos de dos monturas. Arin me tendió unas riendas y observó la calle detrás de mí con atención.

Reprimí una sonrisa. Siempre en busca de alguna amenaza.

—¿Qué haces aquí? No me digas que tienes más asuntos pendientes en Gahre.

Subimos a los caballos. Arin pasó la mirada por los árboles. Estaba segura de que su oído fino se aguzaba para captar cualquier sonido extraño.

—La precaución es un área en la que soy propenso al exceso —admitió Arin—. Mi fe en mis guardias ha sufrido un duro golpe.

—¿Tú? ¿Paranoico? Sujétame, señor, podría caer de mi montura de la impresión.

Elevó las comisuras de los labios. Una pequeña victoria. Me pregunté si algún día llegaría a ver al heredero de Ni­zahl sonreír sin comportarse como si fueran a multarlo por ello.

—Tendrías que haber enviado a Wes y Jeru. Verte asusta a los aldeanos.

—No he hecho nada para asustarlos.

Le dirigí una mirada seca.

—Existir.

—A pesar de tus múltiples esfuerzos.

Lo miré sorprendida. El heredero de Ni­zahl bromeaba como un pajarillo que extiende las alas por primera vez. El milagro de los milagros.

Los cascos de los caballos se silenciaron al pasar por el muro que separaba Mahair del Essam.

Me relajé sobre la yegua sujetando las riendas a la altura del muslo.

Faroles blancos y azules colgaban de la línea de árboles más cercana al muro.

Había miniaturas de las adoradas rochelyas de Kapastra rodeando las bases de los troncos.

Las protectoras de escamas azules de Omal.

—Arriesgado. —Arin miró la cortina de piel de oveja teñida que cubría las ramas más bajas. Cosidas en la piel, se leían las letras « Mehti» . El campeón de Omal.

—Festivo.

—Ya estás discutiendo conmigo otra vez. Debe de ser que estás mejor.

Nuestros caballos se habían acercado en algún momento.

—Me encuentro mejor. —Aparte de esa vez en la tienda de Rory, no había experimentado mareos ni náuseas. Apenas un día antes dudaba de si podría mantenerme erguida sobre el caballo—. No diré que tuvieras razón, solo que no estabas tan equivocado como de costumbre.

Un brillo de diversión iluminó los ojos de Arin. Al parecer, pasar unas horas lejos de mí lo había puesto de un humor maravilloso.

—Me tomaré tu renovado entusiasmo por las faltas de respeto como una buena señal.

Mi rodilla chocó con la suya antes de que levantara las riendas para dejar más espacio entre nuestros caballos.

Pasamos por el lugar en el que el espectro disecado de Hanim me había quitado varios años de vida.

Cuanta más distancia poníamos entre nosotros y Mahair, más sentía que no volvería nunca.

Las posibilidades de fallecer en el bosque Ayume de Orban durante la primera prueba eran increíblemente altas.

Respiraba de manera rápida y entrecortada, formando nubes blancas.

Moriría en el Alcalah como campeona de Ni­zahl.

Me reuniría con mi familia caída vistiendo los colores del enemigo.

—Me gustaba la arquitectura —espetó Arin de golpe—. De pequeño. Memoricé bocetos de la Ciudadela y los demás palacios.

Me sonrojé avergonzada. El heredero mantuvo la mirada al frente.

—¿Arquitectura? —Una obsesión minuciosa a la altura de un hombre que una vez pasó cuarenta minutos tallando todas las flechas del cofre para que fueran idénticas.

—Usr Jasad era mi preferido. —Arin desvió a su caballo para evitar a un ave muerta—. Era una maravilla. Sin magia, el ala sur se habría derrumbado. —Negó con la cabeza—. Su pérdida fue una auténtica lástima.

No podía creer lo que acababa de oír.

—Que se te rompa la rueda de la carreta es una lástima. Llegar a casa y ver que no queda fruta buena es una lástima. Lo que sucedió en Jasad fue una atrocidad.

—Lo que sucedió en Jasad fue bien merecido —replicó con la voz tensa.

Tiré de las riendas de mi yegua para detenerla.

—¿Merecido? Tu padre se deleitó con las ruinas de Jasad. Arrasó con lo que quedaba del palacio. Tendrías que haberle mencionado que le tenías cariño, quizás te habría guardado un trozo del ala sur. —La ira me oprimía los grilletes y me clavaba las garras en el cráneo. Dolor. Rabia. Miedo.

A tres metros de distancia, Arin hizo girar a su caballo, con los labios fruncidos en una mueca de resignación. Nos bajamos al mismo tiempo.

Un pájaro solitario graznó sobre nosotros, flotando en la brisa.

—No tienes ni idea de lo que sucedió en Jasad.

Apreté los puños.

—¿De verdad? Pues ilumíname. ¿Hubo un segundo reino que tu padre destruyó?

Ni la noche más oscura del invierno podía igualar el frío de la voz de Arin.

—Ya te he permitido insistir en tus delirios de persecución el tiempo suficiente. No somos verdugos amorales, y los jasadíes distan mucho de ser inocentes.

Esta vez lo había presionado demasiado. La leve irritación que Arin mostraba cada vez que insultaba a su padre o a Ni­zahl finalmente se desbordó.

—¿Sabías que el malik Niyar dirigió una incursión a través del Essam hacia el sur de Lukub durante una disputa territorial y usó magia para estrangular a los jóvenes soldados lukubíes que dormían en sus tiendas?

¿Has oído hablar del encantamiento que la malika Palia lanzó sobre los campos omalianos para pudrir sus cosechas y hacer enfermar a su ganado? Pueblos enteros murieron de hambre.

—Basta —espeté—. Mentir no es digno de ti.

Eso solo sirvió para enfadarlo aún más y tuve que reprimir el instinto de alejarme.

—Durante cientos de años, Jasad extrajo su gloria de las vidas que arruinaba.

Es suficiente con recordar al último malik y la última malika, quienes asesinaron al amante de su propia hija, al padre de la hija de esta, solo porque tener una alianza con Omal implicaba terminar con su sangrienta prosperidad.

Encerraron a la heredera de Jasad en una torre para silenciarla cuando ella exigió que cesaran sus operaciones mineras en los vilayatos de Jasad.

Los jasadíes trabajaban en condiciones pésimas, morían en masa, ¿y por qué?

Porque el rey y la reina deseaban tener más oro y plata para amueblar su maravilloso palacio.

Acumulaban artefactos mágicos y volvían a las demás cortes las unas contra las otras.

No han existido dos monarcas más pérfidos desde ellos.

Arin nunca había hablado tanto de una sola vez. El pulso me latía con fuerza en las sienes, la presión de los grilletes se había trasladado a mi cabeza. Tenía que ser mentira. Como lo que decían Hanim y aquella Mufsid. Todos habían sido cortados por el mismo patrón de odio inherente hacia Jasad.

—Basta —repetí, esta vez más débil. En alguna parte, una amenaza acechante cobró vida. Podía sentir sus dedos subiéndome por la columna.

—Alguien usó magia para atacar durante la Cumbre Sangrienta, un tipo de magia que solo un jasadí podría haber empleado.

Se perdieron cientos de vidas. La magia conduce de manera inevitable a la tiranía y el abuso.

Te devora desde dentro, y no podemos consentir que vuelva a florecer.

Mi padre no actuó solo a la hora de desmantelar Jasad.

Todos los reinos enviaron soldados para asegurarse de que nadie pudiera reclamar de forma legítima el trono de Jasad.

Puedes opinar lo que quieras de sus acciones, pero no permitiré que sigas viviendo bajo la ilusión de la pureza de Jasad.

La agonía abrasaba grandes áreas de mi cabeza, alimentada por mi magia enjaulada. Se me nubló la visión. Podía sentirla, mi cuerpo me enviaba impulsos frenéticos de advertencia. Él malinterpretó mi silencio y suspiró.

—Entiendo tu postura…

—Arin —jadeé. Era la primera vez que mis labios pronunciaban su nombre—. Basta, por favor.

Funcionó. Se tensó y ladeó la cabeza. Abrió los ojos de par en par.

La criatura se abalanzó sobre nosotros, lanzándose directamente hacia Arin.

En los dos segundos que transcurrieron entre el salto y el aterrizaje, evalué a ese nuevo monstruo.

Tenía un cuerpo precioso, compuesto de afilados cristales rojos que centelleaban y brillaban en la penumbra.

Una capa de rubíes tallados con puntas letales lo cubría desde unas patas más anchas que mis caderas hasta las largas orejas. Era demasiado grande para ser un lobo.

Sin embargo, lo más importante eran los dientes. Se clavarían en Arin y lo desgarrarían.

¡Bien!, gritó Hanim.

Chasqueé los dedos y la criatura se ralentizó.

No se congeló, pero el aire que la rodeaba sí que lo hizo, provocando que sus movimientos se volvieran pesados y engorrosos. Tenía menos de un minuto antes de que se liberara. Mi yegua salió disparada siguiendo a la montura de Arin, ambos corriendo sin jinete.

—Aguántalo todo lo que puedas. —Arin se sacó un objeto circular de la bota. ¿Una brújula, quizás? Se quitó los guantes—. Si te falla la magia, corre. No mires atrás ni reacciones a nada de lo suceda a tu espalda. Llega hasta la barrera que hay sobre los túneles. El sabueso no podrá atravesarla.