La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo diecisiete #3
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Capítulo diecisiete #3

—Al principio no. —Rory hizo una mueca—.

Cuando la descubrieron, Rawain y su padre, el supremo Munqual, denunciaron su engaño.

Tus abuelos no querían entrar en guerra, así que aceptaron los intentos de reconciliación de Rawain.

Supongo que la qayida Hanim no se tomó bien la pérdida de su puesto a cambio de nada.

—¿Cuánto tiempo estuvo conspirando con él?

—Llevaban años en contacto. Su traición no fue una gran revelación para tus abuelos. Eran conscientes desde hacía tiempo del desdén de la qayida Hanim por la corona.

Me pasé las manos por el pelo y tiré de los rizos de mi trenza.

Nada tenía sentido. No me había parado a pensar en que Arin había dicho que Jasad había sido el arquitecto de su propia ruina.

Él de verdad creía que la magia destruía todo aquello que tocaba.

Pero ¿por qué la Mufsid había dicho que existía corrupción dentro de los muros de Usr Jasad?

Mantener a una qayida poco fiable era poner a todo el reino en el punto de mira y esperar que no colapsara.

A pesar de sus defectos, siempre había confiado en el amor de mis abuelos por Jasad sobre todo lo demás.

Eso había aliviado la angustia de perder mi magia de niña, el hecho de saber que Niyar y Palia habían encerrado mis poderes para proteger al reino.

Rory detectó la confusión en mi rostro.

—Me parece que ellos tenían la sensación de que el papel de Hanim era superfluo. Pensaban que solo dependían de su propia magia y la fortaleza.

—¡El deber de la qayida era reforzar la fortaleza!

Las náuseas se me acumularon en el estómago cuando se me estrecharon los grilletes. Dolor. Rabia. Miedo.

—La fortaleza. ¿Crees que ella… podría?

Los frascos que había detrás de Rory vibraron y la campana de la puerta sonó violentamente.

Si Hanim había colaborado con el supremo para derrocar a Niyar y Palia, era muy posible que también hubiera conspirado con otras personas dentro del propio reino.

Todos me habían mentido. Mis abuelos, Hanim, mi madre.

¿Qué más me habían ocultado sobre Jasad?

—Hanim no es el motivo de que la fortaleza cayera —dijo Rory tocando un frasco de hierbas flotantes con el bastón—.

Hanim fue expulsada de Jasad dos años antes de que tuviera lugar la Cumbre Sangrienta.

La fortaleza se renovaba anualmente. La renovación fue siempre un deber de Niphran; tus abuelos decidieron, en cuanto nació su hija, nombrar qayida a su heredera, siguiendo la tradición ni­zahliana, con la esperanza de que eso demostrara el poder de la sangre real.

Muchos vilayatos desaprobaron la pérdida de esa costumbre creyendo que deshonraba la memoria de la qayida Hend.

El problema se resolvió por sí mismo después de… —Rory carraspeó.

Después de que una flecha atravesara el cuello de Emre y dejara a Niphran incapaz de salir de la cama, mucho menos de actuar como qayida de Jasad.

—Los vilayatos lo desaprobaban. —Me paseé de un lado a otro de la tienda, con la presión aumentando en mis grilletes—. ¿Qué más desaprobaban?

—No estaba especialmente involucrado en la política de Jasad en aquel momento, pero tus abuelos tenían un largo historial causando disturbios.

¿Y si los Muf­sidíes existían desde antes del asalto a Jasad? ¿Y los Orabi? ¿Y si ambas facciones llevaban conspirando contra la corona de Jasad desde mucho antes de que tuviera lugar la Cumbre Sangrienta?

Pero ¿por qué querrían que cayera la fortaleza? No podrían controlar un reino que no existía, y no había posibilidades de vencer a los ejércitos de Ni­zahl sin fortaleza, qayida o un solo miembro de la realeza.

—Sylvia…, ¿de qué te ríes?

¡Qué ironía! ¡Qué deliciosa ironía! Todo ese tiempo, el odio de Hanim hacia Ni­zahl había sido algo personal.

Quería tener un peón en su lucha por reclamar una tierra que consideraba legítimamente suya.

¡Cómo debió de dolerle ver a Rawain alzarse sobre Jasad mientras ella se pudría en el bosque!

¿Qué le habría prometido él a cambio de su traición? ¿Qué le habría ofrecido?

Rory me clavó el bastón en el costado con una expresión que se debatía entre regañarme y consolarme.

—No es para reírse. Hanim no es una mujer indulgente. Te estará buscando —me dijo. Qué adorable.

—No me estará buscando. —Me sequé la última de las lágrimas. Necesitaba reírme con ganas.

—No puedes saber…

—Hanim está muerta —lo interrumpí—. Aunque si hay alguien capaz de buscar venganza desde el más allá seguro que es ella.

Miré a Rory con los ojos muy abiertos, y lo que debió de atisbar en ellos le drenó todo el color de la cara.

—Essiya —murmuró—, ¿qué hiciste?

Se me pasó todo por la mente en un instante. Una daga rebanando una garganta que nunca había pronunciado una palabra amable. Un corazón tan roto y feo como el mío apagándose. Un cuerpo arrojado en un agujero, en una tumba minuciosamente excavada en la tierra congelada.

«¿Hasta dónde puedes cavar, Essiya?».

Me sacudí la lavanda de los puños y sonreí.

—Te encontré a ti, Rory.