Capítulo diecisiete #2
—No me malinterpretes. No era un ofrecimiento. Mañana te vas a Mahair. Si descubro que has intentado entrenar por tu cuenta…
—Si esto es por Sefa…
—¡Me importa un comino la chica! —bramó Arin interrumpiéndome. El arrebato también lo pilló por sorpresa a él y bloqueó la mandíbula. Nunca había visto al heredero de Nizahl con dificultades para expresarse… Me atrevería a decir que era una imagen que poca gente hubiera presenciado.
Juntó las yemas de los dedos enguantados sobre la superficie de la mesa.
—Los mártires no sobreviven al Alcalah.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre un mártir y un mercenario?
—Creía que había contratado a la segunda, pero ya me has demostrado que me equivoco.
Me froté las sienes para bloquear la migraña que amenazaba con invadirme y las tentadoras almohadas que me rodeaban.
—¿Cómo? ¿Haciendo todo lo posible por cumplir mi parte del trato?
—Como no respondió, continué, decidida a defenderme—.
Hay muchas cosas que no sabes de mí, pero debes comprender algo: lucharé por mi libertad hasta mi último aliento.
Me la arrebataste. y no puedes criticar el fervor con el que intento recuperarla.
Hasta que te hayas sentido perseguido siendo menos que un humano, rechazado desde que naciste por algo que no pediste y que no eres capaz de controlar…
, hasta entonces, no me hables de mártires ni mercenarios.
Me preparé para el discursito que había escuchado en incontables ocasiones.
Todos recordaban con cariño cómo la magia había obligado a los awalín a refugiarse en sus tumbas después de que Rovial devastara sus reinos.
No mencionaban cómo había infundido vida a las tierras áridas en primer lugar.
Hablaban de Jasad en susurros, de la magia acumulada que corrompía hasta las hojas de las higueras.
De la locura mágica que recorría las venas de los jasadíes como una enfermedad, amenazando nuestra cordura.
Olvidaban que, antes de Jasad, los poderes de Nizahl estaban restringidos y que actuaba como árbitro de una paz que se mantenía estrictamente.
Olvidaban que no habían disfrutado de los poderes desenfrenados que les había otorgado la destrucción de Jasad.
El heredero de Nizahl no repitió nada de eso. Me miró fijamente y dijo:
—Entendido.
Rory reaccionó a mi visita con una alegría efervescente.
—Llegas tarde. —Me dio un golpecito en la barbilla con una sonrisa de oreja a oreja—. Hay cuencos de lavanda que deben ser cribados.
Le sonreí como una tonta.
—¿Cuándo no los hay? —Cogí un cuenco vacío y me dejé caer en el banco que le había encargado tallar en la pared a Marek para los ancianos y las mujeres embarazadas que solían frecuentar su tienda—. ¿Cómo estás?
Las gafas que poca gente sabía que llevaba se le resbalaron por el puente de la nariz. Pasó la página que fingía leer.
—Ocupado. Parece que he perdido a una aprendiza.
—Hay montones que estarían encantadas de ocupar mi lugar si las invitaras, anciano. No estoy segura de si te has enterado, pero la gente tiene la impresión de que eres un boticario consumado.
—Ya tengo una aprendiza —dijo Rory mirándome por fin a los ojos—. Es una aprendiza escandalosa, desagradable y totalmente trastornada que esperaba que dirigiera esta tienda después de mi muerte.
¿Después de su muerte? Lo examiné con ojo crítico buscando señales de mala salud. Estaba bien, salvo por su debilidad por el dramatismo.
—Cuando termine el Alcalah, podré comprarte la tienda. Podrás sentarte en una silla fuera y gritarle a la gente hasta que tu corazón marchito se dé por satisfecho.
Rory dejó el libro a un lado.
—¿De verdad crees que sobrevivirás al Alcalah? ¿A un encuentro con el supremo? —Miró hacia la puerta. Wes y Jeru patrullaban por las afueras de la aldea, concediéndome así la privacidad que me había prometido Arin.
Arranqué un manojo de salvia y lo arrojé al cuenco abierto.
—El supremo no me reconocerá.
—El supremo es un hombre mucho más peligroso de lo que podrías imaginar. No hay nada seguro respecto a él.
El único motivo por el que había querido venir de visita a Mahair originalmente era para escapar de mis dudas incesantes, no para que se vieran reforzadas.
—Y aunque adivinara mi identidad, no le haría nada a su propia campeona. Me marcharé de manera rápida y discreta y el resto recaerá sobre el heredero.
—¿Y crees que el comandante dejará que la heredera de Jasad desaparezca como si nada?
¡Piensa, Sylvia! Si descubren tu existencia, todos los jasadíes escondidos se unirán tras tu corona.
Les darás un motivo para alzarse y congregarse.
Eres una gran amenaza para su poder. El supremo no dudará en matarte antes de llegar a los tribunales, campeona o no.
Me temblaban las manos. ¿Se unirían detrás de mí?
—¿Qué corona, Rory? La virtud de la sangre no me hace apta para liderar a nadie.
—La sangre no puede gobernar un reino —confirmó Rory con voz suave—. El sacrificio sí. Un auténtico gobernante es el que pone a su pueblo por delante de sí mismo. Sin importar el coste.
—Esa no soy yo. No forma parte de mi naturaleza…
—Claro que no. El altruismo no está en la naturaleza de nadie. De lo contrario, no sería ni la mitad de extraordinario.
Cogió la lavanda clasificada. El sonido del mortero aplastándola me trajo de vuelta a la tierra. Ordené los tallos en manojos y me perdí en la repetición.
—Tienes un aspecto horrible —dijo Rory.
La próxima persona que comentara mi apariencia se ganaría un puñetazo en la cara.
—Parece ser la impresión general, sí.
—No puede esperar que entrenes como lo haría un soldado nizahliano —empezó Rory preparándose para una discusión—. Una aprendiza de aldea no tiene las habilidades de…
—No soy solo una aprendiza de aldea —lo interrumpí—. El entrenamiento no es problema.
—No me imagino los métodos que estará empleando el comandante para entrenar a una campeona. —Estrelló con fuerza la mano contra el mortero.
—Sus métodos no me dejan delirando ni al borde de la muerte. Es más de lo que se puede decir de muchos otros.
Rory se quedó quieto. En todas nuestras conversaciones, jamás había mencionado los años que habían pasado entre la Cumbre Sangrienta y el momento en el que me presenté ante su puerta.
Quizás, vivir bajo tierra con gente que bailaría alegremente sobre mi tumba me había ablandado. Quería que lo supiera.
Cogí otro manojo de salvia sin apartar la mirada de él.
—Una antigua jasadí, expulsada del reino en desgracia, me encontró en el bosque después de la Cumbre Sangrienta. Sabía quién era. Despertar mi magia se convirtió en su obsesión.
—¿Despertar tu magia?
Ah. Había olvidado que Rory no sabía nada de mis grilletes.
—Mi magia es… complicada. La walima fue la primera vez que se manifestó en más de una década.
Por una vez, Rory no interrumpió mi relato. Cruzó las manos sobre el extremo de su bastón. Después de semanas guardándome cada palabra, me sentí liberada al hablar sin tapujos.
—Vivíamos en el bosque, en un lugar protegido para mantenernos lejos de los demás jasadíes.
Empleaba hechizos horribles para enseñarme a luchar.
Encantaba el agua para que hirviera y comprobaba durante cuánto tiempo soportaba tocar la superficie.
Conjuraba monstruos para que me persiguieran por el bosque.
Mi magia no se manifestó ni una sola vez en todos los años que pasé con ella.
La mataría saber que el heredero de Nizahl está teniendo éxito donde ella fracasó.
Rory se levantó. La tristeza que transmitía su voz me atravesó.
—Ella te hizo esas cicatrices, ¿verdad? Las de la espalda.
Me pregunté brevemente cuándo las habría visto Rory hasta que recordé la noche en que me encontró en su tienda. Estaba empapada con la sangre de Hanim y él me dio una túnica para que me cambiara. Debió de ver las cicatrices antes de darse la vuelta.
Reí en voz baja.
—Hanim quería que sus lecciones perduraran.
Rory levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Qué acabas de decir?
—¿Estoy hablando demasiado rápido? —Se me borró la sonrisa al ver la expresión cada vez más horrorizada de Rory—. ¿Qué?
—Dime que no te refieres a Hanim, la qayida de las fuerzas jasadíes.
—La misma. Rory, ¿qué pasa?
Ayudé a un Rory tembloroso a acomodarse en la silla. No respondió, sino que se limitó a sujetar con firmeza el bastón. Mi preocupación aumentó. Le llevé un vaso de agua. Era evidente que la reputación de Hanim la precedía.
Tras beberse el vaso, carraspeó.
—Esa mujer odiaba a tu familia.
Resoplé.
—¿En serio? No me había dado cuenta.
—No, no, ella… —Tosió con esfuerzo y se le hundieron los hombros. Le froté la espalda hasta que paró. El pobre corazón de Rory debía de latir el doble antes de conocerme.
Me apartó el brazo de un manotazo.
—¿Llegó a contarte por qué la exiliaron Niyar y Palia de Jasad?
—Violó los principios de la guerra. —Mi voz se volvió más aguda al final de la frase y convirtió la afirmación en pregunta.
—Sí, sin duda. Y cometió traición.
Me encogí de hombros. Rory parecía pensar que esa información me haría estallar la cabeza. Yo cometía traición cada día simplemente por existir, la palabra había perdido poder.
—¿Cómo? ¿Con crímenes de guerra?
—La declararon culpable de conspirar contra la corona con un bando enemigo.
Cogí el vaso vacío y lo dejé sobre el mostrador. Con voz plana, dije:
—Bando enemigo.
—El supremo Rawain —confirmó Rory—. Cuando todavía era el heredero, encontraron registros que indicaban que Hanim y él se habían confabulado para derrocar a tus abuelos y apoderarse así de Jasad.
Debía de estar bromeando. Si existía alguien a quien Hanim había odiado aún más que a mis abuelos era el supremo Rawain. ¿Por qué se rebajaría a trabajar con él para ir contra Jasad?
—Creía que odiaba Nizahl.