Capítulo diecisiete
Capítulo diecisiete
D os semanas antes del Banquete de los Campeones, mi magia seguía presentándose como un obstáculo insalvable.
Arin quería que funcionara. Me había asegurado en numerosas ocasiones que la muerte me encontraría con facilidad si competía contra los otros campeones sin la ayuda de mis poderes. Así que nuestros entrenamientos habían aumentado, tanto en cantidad como en intensidad.
El sexto día antes de partir hacia Lukub, entré en el centro de entrenamiento enrollándome la trenza en un moño en lo alto de la cabeza. Noté inmediatamente un ambiente extraño. Mis sospechas aumentaron al ver las armas del día esparcidas de manera descuidada delante del cofre.
Arin lanzaba hacia arriba y atrapaba una daga familiar. Era la daga de Dania, de la sala de guerra. Lo hizo de nuevo varias veces y la cogió por la empuñadura cada vez que cayó.
—¿Qué pasa?
Siguió lanzando la daga. Cogí las herramientas intentando recordar cómo le gustaba ordenarlas. ¿La lanza de tres puntas iba junto al arpón o al lado del martillo?
Cuando el silencio de Arin se prolongó, me froté el puente de la nariz y espeté:
—¿Por qué insistes en torturarte?
Eso captó su atención y cerró las manos alrededor de la empuñadura de la daga.
—Torturarme. —Ese tono apagado y repleto de condescendencia tendría que haberme advertido.
—Sé lo que haces cuando te marchas a la superficie. Los Mufsidíes y los Orabi se han cobrado vidas por todos los reinos. Han esquivado a tus soldados más competentes. Por eso estoy aquí, ¿verdad? Soy tu anzuelo. Quieres atraerlos en lugar de perseguirlos constantemente.
La risa seca de Arin resonó por toda la estancia.
—Un cebo cuya magia no es capaz de hacer volar a un pájaro.
Apreté los dientes.
—Lo intento.
Su mal humor era palpable, se había apoderado del centro de entrenamiento y había dejado un rastro a su paso.
—Nadie puede decir que no lo hayas dado todo. Pero es una lástima que todo lo que tienes no sirva de nada.
Enfrentarme a él en ese estado no serviría en absoluto.
Arin podía cincelar el hielo con una crueldad insoportable y abrir de raíz a quienes se interpusieran en su camino.
Era impredecible. El sadismo de Hanim era tosco, brusco y diseñado para tener un impacto rápido y fuerte.
Me gustaba pensar que yo estaba hecha de una fibra más dura, pero no era una teoría que quisiera poner a prueba.
Antes de que pudiera marcharme, se abrió la puerta del extremo contrario del centro de entrenamiento. Entraron Sefa y Marek enfrascados en una acalorada discusión.
Sefa notó la tensión y calló. Pasó la mirada de Arin a mí varias veces.
—Disculpad. No pretendíamos interrumpir.
Por otro lado, Marek, que tenía el instinto de supervivencia de una pulga, arqueó una ceja rubia en nuestra dirección y espetó:
—¿Pelea de amantes?
Más tarde, recordaría cómo palideció Arin. Cómo esas dos palabras parecieron asestarle un golpe fatal. Me plantearía si la estupidez de Marek no era también una especie de intuición. En ese momento, solo vi a Arin girando la muñeca y lanzando la daga.
Le habría atravesado el corazón a Sefa en un corte limpio y eficiente. Habría muerto antes de que su cuerpo tocara el suelo.
Sin embargo, antes de que el filo impactara en su objetivo, una potente oleada de náuseas me hizo caer de rodillas y el mundo se congeló.
Me llevé el dorso de la mano temblorosa a la boca, esforzándome por mantener el desayuno dentro. Estaban todos antinaturalmente quietos. La punta de la daga se había detenido a cinco centímetros del pecho de Sefa.
Apoyándome contra la pared, conseguí levantarme entre tambaleos.
No había modo de predecir cuánto aguantaría mi magia.
Los rasgos de Marek se habían congelado en una expresión de horror, y los de Sefa, en una de irritación, todavía atorada por el estúpido comentario de Marek, completamente ajena a los cinco centímetros de aire que se interponían entre ella y las puertas de la muerte.
Envolví la empuñadura de la daga con la mano y tiré. Para mi alivio, pude apartarla. Una vez eliminada la amenaza inmediata, se desató la rabia.
Me giré. Arin estaba inmóvil, con el brazo aún en el aire.
—Debería matarte en el acto —gruñí colocando la punta de la daga justo debajo de su barbilla—. Hacer que te desangres aquí mismo.
Arin y yo habíamos alcanzado un punto muerto. Ya no soñaba con atravesarlo con la espada tan a menudo. En ocasiones, cuando se mostraba contemplativo o fingía ignorarme, incluso llegaba a tolerar su compañía. Pero ¿matar a mi amiga en un arrebato? ¿Qué sentido tenía eso?
Le presioné un poco la piel con la daga.
—Has apuntado a Sefa —murmuré—. No a Marek.
Cuatro semanas antes, mi voluntad podría no haber superado al impulso de clavarle la daga en la cara. Ese día, lo logró apenas.
—Otra prueba. —Mi risa ronca me raspó los oídos—. Era más seguro apostar a que mi magia intervendría por Sefa antes que por Marek.
La mirada de Arin se deslizó hacia mí. ¿Mi magia lo había afectado? Su humor peligroso no había cambiado, y tuve que armarme de valor para resistir el impulso de escapar.
—¿Y si te hubieras equivocado? ¿Y si hubieses calculado mal?
—Es mejor dejar las preguntas sin sentido para los poetas —repuso él. Me obligó a dar un paso atrás. Tensé la mandíbula y le dediqué una mirada asesina.
Un movimiento en mi visión periférica me indicó que Marek y Sefa habían vuelto a la vida. Arin atacó con un gesto repentino y estrelló la mano contra el interior de mi muñeca para arrojar la daga bien lejos.
Los ojos del heredero de Nizahl reflejaban una promesa letal.
—Apúntame otra vez con una daga y será lo último que hagas.
La frágil paz que se había establecido entre Arin y yo desapareció.
Para mi consternación, su apuesta dio resultado.
Ahora que sabía que mi magia reaccionaba ante amenazas contra Sefa o Marek, encontró modos creativos de asegurarse de que sintiera un miedo auténtico por ellos en cada sesión.
Hizo que Vaun se los llevara de paseo al Essam y mi magia arrojó una pala contra el tablero.
En otra sesión, describió con exactitud cómo condenaría un tribunal a Sefa por atacar al alto consejero y los métodos que podría elegir para condenarla a muerte.
Consiguió hacer levitar uno de los cofres de guerra.
Había sido solo un segundo, en el que el miedo por Sefa me había encogido las entrañas y mi magia había quemado los grilletes.
Ese día, el cofre de guerra atravesó la estancia por los aires y se estrelló contra la imagen de Niyar. Parpadeó y reveló la pared blanca que había detrás de la ilusión animada antes de restablecerse.
En lugar de alegrarse por ese acontecimiento, Arin parecía cada vez más furioso.
—¿Estás comiendo?
—¿Sí? —contesté desconcertada. A pesar de que la calidad de la comida había mejorado desde esa cosa lechosa de cereales de la primera semana, el talento culinario de los guardias seguía igual. Un día incluso había usado el pan de Wes como arma.
—La magia jasadí es un pozo que se rellena a velocidades impredecibles. Si llegas demasiado rápido hasta el fondo del pozo, es posible que te quedes sin poderes hasta que se reponga. Estás rascando piedra.
—Estoy moviendo los cofres. —Lo demás era irrelevante. Había estado débil y agotada antes, podía con ello.
Pensé en el fuerte cuerpo de Marek colgado sobre las puertas de la Ciudadela. Esta vez no me dolió el pulso en las muñecas. Las armas que Arin había dispuesto encima del cofre flotaron en el aire durante un milisegundo y se estrellaron contra la pared del fondo con una precisión letal.
Se me nubló la visión. Cuando abrí los ojos, me recibió el cielo falso.
La cabeza de Arin me tapó el sol y vi su mirada fulminante.
—Creo que necesito un momento —comenté con aire casual.
—Necesitas más que un momento. —Se agachó y la habitación empezó a darme vueltas de nuevo mientras me levantaba. Mis piernas traicioneras se doblegaron y Arin me sostuvo con un brazo alrededor de la cintura y el ceño fruncido.
Presionada contra su costado e ingrávida, abrí la boca para gritarle obscenidades directamente al oído, pero me lo pensé mejor. ¿Por qué molestarme? No tenía energías para una rabieta respetable.
Notaba su cuerpo sólido contra el mío. Era lo más cerca que había estado de un hombre al que no hubiera intentado apuñalar. Lo más cerca que había estado de cualquiera que no estuviera tratando de matarme, en realidad. Qué deprimente.
Esperé a que me invadiera una oleada de pavor con su roce.
La última vez que me había tocado, había atribuido la ausencia de temor a la casualidad.
Estaba demasiado distraída preguntándome si me partiría el cuello como para considerar entrar en pánico.
Pero ahora me estaba tocando y… nada. No había ni rastro de terror.
Aunque sí mucha incomodidad. En cuanto estuvimos lo bastante cerca, me liberé y me tambaleé hasta mi cama.
Arin no se anduvo con rodeos.
—Wes y Jeru te acompañarán a Mahair. Estarán todo el día cerca, pero les ordenaré que te dejen tener tu privacidad.
—¿Mahair? Llevo semanas pidiéndoos que me dejéis ir de visita y ¿te decides ahora? No tenemos tiempo.
—Está a menos de medio día de viaje. Les he dicho que preparen los caballos.
Me quedé boquiabierta. ¿Había estado a medio día de Mahair todo ese tiempo?
Miré a Arin hasta que lo comprendí.
—Te sientes culpable. —Estallé en carcajadas que se convirtieron rápidamente en una tos seca—. El célebre comandante se siente culpable por haber estado a punto de matar a una aldeana. No te preocupes, no creo que Sefa esté enfadada contigo.
—¿Has terminado?
—¿Y tú? —repliqué—. Mi magia es débil e incierta. Por fin tenemos avances y el Banquete de los Campeones es dentro de dos semanas. Deberíamos centrarnos en eso. —Moví las muñecas en círculo mientras me masajeaba los grilletes.
A Arin se le marcó una vena en la frente.