Capítulo dieciséis #3
Me llevé las rodillas al pecho y me planteé, no por primera vez, si nuestras almas tenían forma.
Si eran como ovejas colgando del gancho de un carnicero y cada decisión que tomaba iba cortando la mía hasta dejar solo huesos inertes y ensangrentados.
No obstante, me negaba a creer que priorizar mi propia libertad fuera un fracaso, por mucho que la voz de Hanim insistiera en lo contrario.
Abrí la boca y se lo conté todo a Arin. Le hablé de que la jasadí había mencionado que se habían producido disidencias entre sus filas por el tema de mi reclutamiento, de la mentira que le había dicho sobre que dejaría una abertura para los Mufsidíes.
Moldeé la historia para acercarla a la verdad retirando los pedazos que hablaban de Essiya y maulati como si fuera moho en una hogaza de pan.
Mientras hablaba, Arin se había inclinado hacia delante y tenía los codos apoyados en las rodillas. Su inquietante máscara había desaparecido, dejando paso a algo que nunca creí que llegaría a ver en su rostro: desconcierto.
—Has elegido quedarte. Aquí, en esta prisión de piedra, entrenando para un torneo en el que tienes dos de tres probabilidades de morir —recapituló lentamente con incredulidad—. Los Mufsidíes llevan años evadiéndome. Son tu mejor baza para esconderte de Felix y de mí. ¿Por qué prefieres quedarte?
Apreté la mandíbula.
—Ya te lo dije. Estoy aquí por decisión propia. Elegí mi libertad y tú eres mi mejor oportunidad para conseguirla.
—¿A costa de tu propia gente?
—No son mi… —Contuve el aliento, horrorizada.
Por la tumba mancillada de Rovial, estuve a punto de decirlo.
Estuve a punto de revelar un secreto peor que el de Essiya, peor que el de Hanim.
Apreté los dientes y noté la presencia de lágrimas de frustración en los ojos—.
¿Por qué se supone que les debo la vida?
¿Por qué los demás pueden elegir por sí mismos mientras que si lo hago yo es egoísta? Yo no pedí esto. No lo quiero.
Me levanté de repente, horrorizada al darme cuenta de que había revelado una parte de mis dudas más profundas a una persona que lo más seguro era que lo usara en mi contra.
—Deberías marcharte.
—Sylvia. —El empleo de mi nombre, la primera vez que lo pronunciaba desde que habíamos estado en Mahair, atrajo mi mirada reticente hacia la suya. Arin me observó con seriedad y una sombra de comprensión—. Dime quién eres.
La sorpresa me dejó sin habla. Tenía una oportunidad.
Había demostrado honestidad al explicarle la conversación que había tenido con la Mufsid y había mostrado vulnerabilidad accidentalmente…
, lo cual, al parecer, era la combinación perfecta de ingredientes para apaciguar en cierta medida la desconfianza cautelosa de Arin.
Si tropezaba, si el heredero percibía un atisbo de deshonestidad, no volvería a bajar la guardia.
—No me creeríais. —Arin aguardó—. Mi padre era Waleed Rayan.
Añadí al nombre una pizca de añoranza, una dosis de tristeza y una buena cantidad de reproche.
Las emociones de una hija que primero fue amada y después traicionada.
Al menos, eso esperaba. Nunca había sido hija de nadie.
Mi padre abandonó este mundo con una flecha en la garganta y mis abuelos encerraron a Niphran en la torre Bakir cuando intentó seguirlo.
—Waleed Rayan. El juez de Ahr il Uboor. —Arin se dio golpecitos con el dedo en la rodilla—. ¿Quieres decir que eres Mervat Rayan, hija de la tercera familia más poderosa de Jasad?
Había elegido a Mervat Rayan por tres motivos.
En primer lugar, teníamos la misma edad.
Sus padres visitaban el Usr Jasad a menudo y me encomendaban la pesada tarea de entretener a la niña.
Waleed Rayan era lo bastante relevante para ser ampliamente odiado, así que Arin podría comprender que reclutar a su hija era un hito importante.
En segundo lugar, no me caía bien. No se subía a las palmeras datileras conmigo ni quería perseguir a mi caracal por los jardines.
En tercer lugar, sabía con certeza que Mervat Rayan y toda su familia habían muerto.
Habían venido a visitar a mis abuelos antes de que partiéramos hacia la Cumbre Sangrienta y yeddo Niyar los había invitado a quedarse en el Usr Jasad hasta que regresáramos.
En cuanto la fortaleza se derrumbó, los soldados del supremo masacraron a todas las almas que se encontraban en el Usr Jasad.
—Prefiero Sylvia —señalé.
Y, quizás, estaba en el lado equivocado del agotamiento. Quizás el encuentro con la Mufsid me había marcado más de lo que pensaba.
—Sé lo que piensas de mí.
La cicatriz se recortaba con gran nitidez sobre su piel.
Arin entornó los ojos y acerqué la mano a su mandíbula.
Era una estupidez, una estupidez tan grande que sabía que me pasaría el resto de la noche reprendiéndome por ella.
Recorrí el aire sobre su cicatriz, con los dedos a un pelo de su rostro.
No podía ocultar las cicatrices detrás de una túnica o un abrigo.
Las de mi espalda eran una marca de vergüenza. Las de Arin no. Fuera cual fuese el motivo, lucía sus cicatrices del mismo modo que los guantes, como una barrera que lo separaba del resto del mundo.
—Preferirías morir protegiendo a los tuyos que vivir una vida a medias escondido. Sé que te repugno, y no solo por ser jasadí, sino porque me consideras una cobarde.
Tomé una de sus manos enguantadas entre las mías y le giré la palma hacia arriba.
Un escalofrío de terror me recorrió la espalda al ver que no se retiraba.
Me pareció un triunfo prohibido hacer eso, alargar la mano y tocar a un heredero cuya reputación de inaccesible había alcanzado proporciones míticas.
El impulso de agitarlo, de provocar una reacción en el hombre más reservado de todos los reinos malditos por los awalín, era demasiado fuerte para resistirlo.
—Considera esto, mi señor: hay destinos peores que la muerte.
—Dibujé una flecha desde el extremo del guante hasta la yema del más largo de sus dedos—.
Cuando el tratado se convirtió en el resultado más importante de la batalla de Zinish, nadie se preguntó qué quedaba de los soldados orbanianos que habían sufrido las consecuencias de la magia de la sultana.
Los que habían recogido sus armas y doblado sus uniformes para regresar a casa con sus familias. ¿Lo hiciste tú?
—Se desmembraron a sí mismos.
Sonreí.
—Nada motiva a los humanos más rápido que el miedo.
Es una lección que tu padre llevó al extremo.
Yo he vivido con miedo. Ese temor no me ha impulsado a unirme a los Mufsidíes o los Orabi para marchar a una batalla que bien podrían ganar, pero a costa de mi desmembramiento.
—Pasé la mano por encima de su corazón y me aparté—.
No soy una cobarde, igual que tú no eres un salvador.
Arin permaneció inmóvil durante un largo minuto.
—Qué elocuente. Casi consigues que te crea.
Se levantó y contuve el aliento. Aunque algún día una espada lograra doblegar a este hombre, nada doblegaría su espíritu. Su poder no provenía de la magia o el estatus, sino de una seguridad irrefutable en sí mismo.
Quizás fuera lo único que odiaba aún más que su linaje.
Arin me alzó la barbilla y esperó a que dejara de fulminarle la frente con la mirada para hablar.
—Dices que me repugnas. Y así es, aunque no por las razones que piensas.
—Un mechón de cabello le cayó sobre la mejilla y su sedosidad me provocó un escalofrío—.
No creo que sea el miedo lo que te motiva en absoluto.
Si fuera eso, podría llegar a entenderte.
Una bestia acorralada ataca para protegerse. Pero tú…
Movió la mano hasta mi mandíbula en un movimiento imparable y me giró la cabeza hacia él. Podía distinguir cada tono de azul de sus pálidos ojos, contar las pestañas plateadas que los enmarcaban. Estaba atrapada en su agarre.
—Eres una criatura de puro rencor. No reaccionas al miedo, sino a la furia. Pienso a diario en encadenarte a una pared y ver a quién atacarías primero…, si a mí o a la pared.
Habló con voz grave entrelazada con un matiz de… ¿curiosidad? No, no podía ser eso. A pesar de mis esfuerzos por enmascarar mi identidad, Arin parecía considerarme tan digna de atención como un hacha desafilada.
Le agarré el brazo y clavé los dedos en su abrigo. Si hacía un movimiento más, le daría un golpe en la garganta desprotegida.
—A ti. Definitivamente, a ti.
—He estado a punto de creerte, Suraira. A puntísimo. Pero olvidas una cosa. —Me apartó un rizo de la mejilla. Ahí estaba otra vez: una chispa de curiosidad—. Me has confesado tu nombre sin pedir nada a cambio.