La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

—El heredero de Ni­zahl cree que mi poder lo ayudará a ganar el Alcalah para su reino.

El heredero es como su padre: hambriento de poder y obsesionado con la gloria.

No sabe quién soy ni que me estáis persiguiendo.

Si desaparezco ahora, los cuatro reinos dedicarán todos sus ejércitos y sus esfuerzos a localizaros.

El Alcalah está bien protegido, aunque puedo crear oportunidades para que me encontréis.

Si desaparezco durante una de las pruebas, asumirán simplemente que he muerto.

Descubrid un punto vulnerable en su seguridad y llevadme entonces.

Frunció el ceño, pero pude ver cómo la idea daba vueltas en su cabeza.

—Me han dicho que debo llevarte ahora mismo.

Intenté hablar con voz de acero.

—Si queréis que os lidere, debéis escucharme.

Lo que quedaba de dorado y plateado en sus ojos se evaporó. La corriente finalmente arrastró a Jeru y se lo llevó río abajo. No me preocupaba. Se agarraría a algo en un meandro y lograría salir.

La jasadí inclinó la cabeza.

—Como ordenes, maulati. Espero que recuerdes esto cuando llegue el momento de elegir entre nosotros y nuestros cobardes homólogos.

Cobardes. Solo porque los Orabi consideraban que los hombres como Adel no merecían morir por preferir dedicarse a trabajar en una panadería omaliana antes que unirse a una rebelión condenada al fracaso.

Aunque los Orabi tampoco lo habrían dejado en paz.

Los jasadíes se pasaban la vida vigilando Ni­zahl.

Debía de ser devastador que los ataques provinieran de dentro en lugar de cruzar las líneas enemigas.

Se detuvo junto a mi hombro antes de marcharse.

—Hasta la próxima.

Apreté los dientes ante la amenaza subyacente. Me hablaba como si tuviera una antigua deuda con ella. Essiya siempre sería como un ancla alrededor de mi cuello que me encadenaba a un destino que nunca había pedido.

Le devolví una mirada pétrea.

—Solo si me atrapáis antes que ellos.

Alguien llamó a mi puerta en mitad de la noche.

Me incorporé, las mantas se me deslizaron hasta la cintura y observé la habitación con los ojos entornados. ¿Y ahora qué? Una visita a esas horas no podía presagiar nada bueno.

Arin estaba al otro lado de la puerta. Tenía las botas manchadas de barro y el cabello alborotado por el viento le caía en una masa plateada por la frente.

Habría venido directo tras regresar por los túneles.

Me resultó satisfactorio ver al fastidioso heredero tan desaliñado.

A pesar de sus muchos esfuerzos, seguía siendo humano.

—¿Va todo bien?

—Hay un asunto de cierta urgencia que me gustaría discutir contigo —dice—. ¿Puedo pasar?

Le hice un gesto para que entrara y me acomodé sobre la cama con las piernas cruzadas.

De todos modos, no había podido pegar ojo.

Las palabras «muros corruptos del Usr Jasad» resonaban como tambores en mi mente cada vez que cerraba los ojos.

No tenía ningún sentido. Si el resto de los Muf­sidíes eran como la mujer a la que había conocido, la mayoría debieron de pertenecer a los vilayatos más adinerados y poderosos de Jasad.

¿Qué problema podrían tener con que la corona los mantuviera en sus riquezas?

Tras deliberar brevemente, Arin se sentó en la silla del rincón.

—Has hablado con Jeru —afirmé.

—Así es. —El heredero se dio un golpecito en la rodilla—. ¿Qué te dijo esa mujer?

No dudé. Llevaba practicando mentalmente esa conversación desde que la Mufsid se había alejado del río.

—¿Cómo puedes percibir la magia?

Arin se quedó quieto y un brillo de diversión se reflejó en su rostro.

Me desconcertaba lo mucho que disfrutaba cada vez que lo acorralaba o lo superaba.

Todas las interacciones con el heredero de Ni­zahl eran un juego.

Una batalla de voluntades en un campo ensangrentado con él como el último hombre en pie.

—¿Quieres negociar?

—Sí. —Esbocé una sonrisa de inocencia—. Me dijiste que cada verdad tiene su tiempo. Pues este debe ser el tuyo.

—Podría sonsacártelo a la fuerza. Con dolor.

Golpe frontal. Obvio y fácil de bloquear. Demasiado fácil.

—Solo tenemos tres semanas antes de salir hacia Lukub. Mi magia sigue sin funcionar. No puedes permitirte perder tiempo de entrenamiento mientras me recupero de tu tortura.

—Pero puedo usar el tiempo de tus amigos. —Ladeó la cabeza—. ¿Con quién debería empezar? ¿Con Sefa o con el chico?

—No contaréis con mi cooperación si los torturáis. Podríais incluso correr el riesgo de motivarlos a escapar, lo cual sería un desperdicio de recursos y una pérdida de herramientas de entrenamiento.

Me lo estaba pasando muy bien. Tenía pocas oportunidades de aprovechar mi astucia en Mahair. Era como ejercitar un músculo que había olvidado que existía.

Nunca había conocido a nadie que se quedara tan quieto como Arin de Ni­zahl. Ese hombre bien podría estar tallado en piedra.

—Tengo una teoría.

Arqueé una ceja.

—Enhorabuena.

Me ignoró.

—Te propongo un trato diferente. Háblame de la jasadí que te has encontrado en el río y yo te contaré mi teoría sobre el ataque que sufriste en el Essam.

Ay, un golpe fatal. Tiré de los extremos deshilachados de mi túnica mientras consideraba las opciones.

Era importante descubrir por qué poseía esa extraña sensibilidad hacia la magia, pero no era urgente.

No me serviría a menos que mencionara también cómo podría desarrollar inmunidad a su tacto.

Sin embargo, la persona que me había atacado en el Essam me conocía, conocía mi historia con Hanim y quería matarme por ello.

Se me escapó un suspiro.

—Acepto el trato. —Así que él volvía a quedarse solo en el campo de batalla, con la sombra de mi resistencia perseguida hasta el olvido.

Entrelazó las manos sobre el estómago y se recostó.

—Puede que la próxima vez tengas algo más con lo que negociar.

—No necesito tu consuelo.

—¿Preferirías que me burlara?

—Solo quiero tu teoría. O tu mentira bien urdida. Probablemente sea lo mismo.

Un relámpago brillante y violento cruzó su expresión. ¿Había logrado atravesar sus capas de granito?

—Yo no miento. ¿Quién te crees que eres para conseguir que traicione mi integridad al engañarte?

—Soy tu campeona. Tu alumna. Te esfuerzas para provocar mi magia. —Esa vez, fui yo la que permaneció tranquila—. Tengo malas noticias sobre tu integridad, comandante.

La oleada de ira se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido.

Su expresión se transformó en la máscara a la que había aprendido a acercarme con un cuidado extremo y la vieja advertencia de tita Palia resonó en mis oídos.

«Un árbol sin raíces es como un río sin corriente, Essiya.

Una señal de naturaleza perturbada. De caos.

Si algo no está hecho para doblegarse, lo único que conseguirá será quebrarse».

No creía que Arin de Ni­zahl pudiera quebrarse. Pero sí que creía que se le podía presionar lo suficiente como para romper a todos los demás.

Cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono apagado en un recital de hechos.

—Mi teoría gira en torno al número de jasadíes que te persiguen.

Los Orabi y los Muf­sidíes siguen un patrón general.

Los Orabi reclutan o secuestran a jasadíes útiles.

Los Muf­sidíes se llevan a los jasadíes que quieren irse con ellos de manera voluntaria y masacran a los demás.

En las pocas ocasiones en las que han perseguido a un mismo jasadí, la identidad del objetivo continúa siendo un misterio.

Tú eres la excepción porque te encontré antes que ellos.

—¿Tu teoría explica por qué me persiguen?

Arin tuerce los labios con ironía.

—Una teoría es una respuesta posible a una pregunta que se plantea. Tengo una respuesta al motivo por el que te persiguen.

—¿Que pertenezco a la nobleza o soy una personalidad importante para los jasadíes? ¿De verdad crees que una noble podría sobrevivir durante años viviendo como una pobre campesina en una aldea? —Negué con la cabeza y cambié de tema rápidamente—. ¿Cuál es tu teoría?

—Que alguien de los Muf­sidíes o los Orabi se ha rebelado —declaró Arin.

Tiré de los mechones sueltos del extremo de mi trenza y me los enrosqué alrededor del dedo.

—¿Rebelado en qué sentido?

—El espectro del bosque podría haberte matado si yo no hubiera estado cerca.

Si tanto los Muf­sidíes como los Orabi intentan reclutarte y no los has rechazado todavía, ¿por qué matarte?

Debe de haber algún detractor, probablemente alguien de los Muf­sidíes.

Seguro que tiene buenos motivos para quererte muerta si está dispuesto a ir en contra de su propio grupo.

La insinuación era evidente. Miré al heredero de Ni­zahl directamente a los ojos.

—No pertenezco a la nobleza.

—Eso dices tú.

Decidí enfocar la conversación hacia él.

—¿Por qué no me dejáis tirada en Mahair y vigiláis hasta que alguien me ataque? En el Alcalah habrá demasiada gente.

—El Alcalah estará muy vigilado, y hay puntos débiles entre las pruebas en los que ambos grupos intentarán atacar.

Mahair dejaría un margen de error demasiado grande.

Los Orabi envían a sus jasadíes más poderosos a reclutar y solo necesitan un instante para someter a su objetivo y echar a todos los demás.

Si sales victoriosa, estarás rodeada constantemente de guardias y protegida en la parte alta de la ciudad.

El Alcalah es su mejor oportunidad para capturarte.

—¿Y qué hay del Banquete de los Campeones? ¿No sería mejor para ellos atacarme en el Palacio de Marfil que durante el Alcalah?

—Basta de preguntas. Háblame de la jasadí.