La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo dieciséis
45%

Capítulo dieciséis

Capítulo dieciséis

A rin y Ren estuvieron lejos de los túneles los días siguientes.

Había oído a los guardias hablar sobre las nuevas rotaciones del comandante en el Essam para buscar pruebas que lo ayudaran a obtener información acerca de los movimientos de los grupos jasadíes.

Me alegré de tener un respiro. Otros no parecían tan aliviados con la ausencia del heredero.

Regresé del baño y encontré un montón de fruta aplastada en mi puerta.

El suelo se encontraba lleno de un jugo que amenazaba con atraer a ejércitos de hormigas. Cogí un trozo y lo acerqué a la luz.

Bayas blancas de Jasad.

Vaun no estaba tan dispuesto a esperar como Arin.

Se estaba convirtiendo en un hábito peligroso con el guardia.

Tenía maneras preocupantes de hacerme daño sin desobedecer directamente las órdenes de Arin.

El sentido del deber que unía a Vaun con el heredero era más profundo que el del resto de los guardias.

Jeru, Wes o Ren entregarían su vida con gusto a los pies de su heredero, pero no estaban sometidos a la vorágine de protección y rabia que asolaba a Vaun.

De camino a los túneles, Wes había mencionado que Vaun había estado junto a Arin desde su infancia.

En lugar de forjarse como persona, el guardia parecía haberse construido una identidad alrededor de Arin, como si fuera una extensión del heredero.

Vaun creía en el trono ni­zahliano y en la supremacía absoluta de su reino con el mismo fanatismo que alimentaba su odio visceral hacia los jasadíes.

La respuesta me golpeó con la fuerza de un vendaval.

Arin era para Vaun lo que Sefa para Marek.

Y eso significaba que nada podría impedir que Vaun hiciera lo necesario para garantizar la seguridad del heredero, incluso aunque eso fuera en contra de la voluntad de Arin.

Estuve dándole vueltas a ese pensamiento todo el día.

Arin todavía no había regresado. Cuando terminé mis ejercicios de entrenamiento, Jeru me acompañó al Hirun con dos cestas de ropa sucia.

Inspiré el aroma del río y sentí que se me aflojaba un nudo en el pecho.

Olía fatal, como siempre, pero me resultaba familiar.

Jeru maldijo al meterse en la orilla poco profunda del río para intentar extender la ropa sobre las rocas sin que se la llevara la corriente.

Consideré ofrecerle mi ayuda, pero estaba disfrutando de un escaso momento de sol y no me apetecía moverme.

Me recosté contra un árbol y crucé las piernas a la altura de los tobillos, deseando haber cogido algo de picar de la cocina.

Jeru por fin consiguió colocar la ropa sobre las rocas. Llenó las cestas vacías de agua y las vertió por encima de las prendas. No vi los abrigos de Arin por ninguna parte. Qué lástima. Me habría gustado dárselos de comer a los peces de una patada.

Acababa de cerrar los ojos para disfrutar del sol cuando un grito me sobresaltó.

Jeru chapoteaba en el Hirun luchando por mantenerse a flote. El agua fluía a su alrededor manteniéndolo inmóvil en el sitio.

Magia.

Me levanté de un salto. Había una mujer impecablemente vestida a orillas del Hirun. Las siete aberturas de la parte inferior de su abaya provocaban la ilusión de que la tela ondeaba en torno a sus piernas, protegidas por unos pantalones dorados.

—Te estábamos buscando. —Se giró y vi el dorado y plateado arremolinado en su mirada—. Maulati.

El terror me envolvió y me oprimió. El mundo empezó a darme vueltas y tuve que agarrarme a un árbol para mantener el equilibrio.

Lo sabía. Lo sabía. ¿Acaso no lo sospechaba ya?

Estaba tan desesperada por estar equivocada que apenas me había detenido a considerar qué haría cuando me topara cara a cara con uno de los jasadíes que me buscaban.

Maulati. No había oído que se refirieran como «maulati» a nadie que no fuera mi abuela. Nunca había pensado que ese título podría pertenecer a alguien diferente a ella.

Me obligué a enderezarme. La debilidad no me haría ningún favor.

—¿Por qué me llamas «maulati»? La familia real de Jasad está muerta.

Se rio.

—Eso pensábamos todos. No logramos comprender cómo has podido permanecer escondida tanto tiempo, pero ya no tienes nada que temer. Estamos aquí para ayudarte a reclamar el trono que te arrebataron.

La negación era una ruta condenada al fracaso. Ya me habría sentenciado sin concederme la oportunidad de conversar si no hubiera sabido quién era.

—¿Perteneces a los Muf­sidíes o a los Orabi?

Rodeó con delicadeza unos nidos de munban. Los colores de la magia seguían brillando en sus ojos mientras mantenía a Jeru inmovilizado en el río. La fuerza de sus poderes, su ropa, su comportamiento… Había crecido alrededor de poderes como el suyo. Tenía que provenir del primer o segundo vilayato.

Arrugó la nariz.

—No tengo ninguna relación con la brigada de cobardes que se hacen llamar Orabi.

Quería golpearme la cabeza contra el árbol. Así que pertenecía a los Muf­sidíes, el grupo jasadí que, según Arin, dejaba más cadáveres de jasadíes a su paso que sus soldados.

—¿Cómo me habéis localizado?

Dio un paso hacia mí. Me dispuse a meterme la mano en el bolsillo, pero me lo encontré cosido. La Mufsid agitó el dedo.

—Vengo en son de paz, maulati. Sugiero que tú también me recibas igual.

—Estás ahogando al guardia.

—No, en absoluto. Eso sería demasiado rápido. Prefiero esperar a que se ahogue solo con el tiempo. —Se secó la frente perlada. La magia le estaba pasando factura.

«La magia jasadí no es un pozo sin fondo. Cada jasadí tiene una reserva finita de la que extraer».

Tenía que mantenerla ocupada hasta que su pozo se secara. Cuando volviera a llenarse, ya estaría muy lejos.

—No tengo ningún deseo de unirme a los Muf­sidíes. Matáis jasadíes.

La Mufsid me miró como si acabara de confesar que comía uñas de rata.

—¿Y te alías con el heredero ni­zahliano? —Negó con la cabeza y levantó una mano en señal de disculpa—. Perdóname, maulati. Sabemos que estás bajo presión y que no planeas completar el Alcalah como su campeona. He venido a buscarte. Nuestros líderes ansían conocerte.

Consideré una docena de caminos y no encontré nada. No podía revelar precisamente mi intención de traicionarlos ante el heredero de Ni­zahl.

—Si queréis reclutarme, ¿por qué me atacasteis con el espectro de una mujer muerta? —El cadáver putrefacto de Hanim cerniéndose sobre mí seguía atormentándome en sueños.

Frunció las pobladas cejas.

—No hicimos tal cosa. Nunca haríamos algo así. Los Muf­sidíes no nos escondemos como los Orabi. Cuando elegimos un camino, no lo ocultamos.

Tragué saliva. Los forcejeos de Jeru habían disminuido hasta convertirse en un débil retorcimiento. Cabía la posibilidad de que no sobreviviera a la magia de la Mufsid.

La observé atentamente. En cierto sentido, sentía una especie de afinidad con esta jasadí. Compartíamos una pérdida. Una cicatriz en el alma con la forma de nuestro hogar calcinado.

—¿Por qué matáis jasadíes?

La luz del sol iluminaba los mechones más claros de su cabello castaño. El dorado y el plateado habían reducido el torbellino a medida que su magia se agotaba por el esfuerzo de sujetar a Jeru.

—Estamos intentando salvar jasadíes. Pero algunos de los nuestros creen que es mejor esconderse y vivir bajo el yugo de otro que levantarse y reclamar lo que nos arrebataron. No podemos permitir que esos jasadíes se conviertan en armas contra nuestro movimiento.

—¿Por qué os sentís con derecho a tomar la decisión por ellos? —Niego con la cabeza—. ¿Y qué pinto yo en todo esto?

El marrón casi había reemplazado por completo a los demás colores de sus ojos. Pronto, Jeru quedaría libre del influjo de su poder. Podría oír la conversación. Podría oírla llamándome «maulati».

O ella lo mataría. Era probable que acabara con él.

—¿Acaso no eres Essiya, la que una vez fue la heredera de Jasad? ¿La hija de Niphran y nieta del malik Niyar y la malika Palia? Naciste para liderarnos. Para dirigir nuestras filas.

Noté un sabor a óxido en la boca. Quería meterme en el río con Jeru.

Dile la verdad. Confiesa que eres una cobarde patética y que no crees que le debas la vida a tu reino, dijo Hanim.

—¿Cómo sabíais que estaba viva?

La irritación de la mujer aumentaba con cada pregunta. No tardaría demasiado en alcanzar el límite.

—Una nueva recluta decidió probar un hechizo de localización y descubrió el cuerpo de la qayida Hanim.

No habíamos podido rastrearla desde su exilio.

La protección que estuviera usando para evitar que la encontráramos se desvaneció en cuanto murió.

Insistieron en investigar. A pesar de nuestras dudas, accedimos y pasamos el año siguiente intentando rastrear tu magia, pero fue como tratar de atrapar un grano de arena en una tormenta.

Finalmente, el mes pasado descubrimos ese pequeño y horrible pueblo omaliano; por desgracia, a los Orabi les había llegado la información de que pensábamos que la heredera de Jasad estaba viva.

»La idea de reclutarte para la causa no les gustó a todos —prosiguió—.

Hubo fuertes disidencias en nuestras filas.

Algunos piensan, con razón, que incorporar a alguien criado dentro de los muros corruptos del Usr Jasad va en contra de nuestra misión.

Querían encontrarte y matarte. Pero creemos que tu nombre, y en especial tu magia, servirán para un propósito mayor del que ellos imaginan.

¿Los muros corruptos del Usr Jasad? ¿De qué estaba hablando?

No disponía del lujo del tiempo para procesar la información que me estaba echando a la cara. Tenía un plan que, con suerte, nos permitiría a los tres salir con vida del encuentro.

Las mentiras se entrelazaron con la verdad en mi lengua y se sellaron a la perfección.