La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo quince #2
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Capítulo quince #2

El siguiente amago llegó desde la derecha. Me lancé entonces la izquierda y choqué con un cuerpo claramente humano. Ese era mi bosque. Había alimentado esa tierra con mi sangre y mis lágrimas, había afilado sus colmillos con la piel fina de los monstruos. En el Essam, era la reina suprema.

Unos sonidos entrecortados escaparon de mi boca abierta mientras cerraba el puño y lo estrellaba contra lo que esperaba que fuera una cabeza.

¿Acaso se pensaba Vaun que no sería capaz de matarlo?

Yo no me regía por el mismo código ético que su adorado heredero.

Le arrancaría la cabeza de los hombros y escupiría en su cráneo.

Aplastaría lo que quedara de él contra la tierra porque sus restos ni siquiera eran dignos de alimentar a los animales.

—¡Sylvia!

La sed de sangre que me recorría se apagó. Por un horrible momento, no fui capaz de localizar mi boca bajo el torbellino de salvajismo.

—¿Marek? —Toqué el pecho que tenía delante en busca del chaleco del uniforme de los guardias. No lo encontré—. ¡Marek, lo lamento mucho!

Me aparté de él, pero el impulso de destrozar a un ser vivo y desatar mi furia sobre su corazón tembloroso permaneció.

Unos pasos que se acercaban me obligaron a ponerme en cuclillas. Me agaché, lista para saltar.

—Quítate la venda —me ordenó Arin.

Lo procesé demasiado tarde, cuando ya me había abalanzado. Un agarre aplastante me sujetó los brazos antes de que pudiera estrellarme contra el heredero.

—Tú —dijo Arin—. Quítale la venda.

La tela cayó al suelo y parpadeé bajo la luz cegadora. Arin me soltó. Su mirada inquisitiva me recordó a la que tenía cuando me colgué sobre el Hirun. Como si hubiera fallado una prueba complicada, pero no del modo en que él esperaba.

—¿Por qué has esperado? —preguntó—. ¿Por qué no te has quitado la venda tú misma?

Los ojos se me adaptaron a la luz. La salvaje melodía del tambor se calmó y se llevó consigo a Hanim y sus demonios. Las palabras confusas que salieron de mi boca pertenecían a una chica diferente y estaban dirigidas a una mujer muerta.

—No dijiste que pudiera hacerlo. Tengo que seguir las instrucciones.

Buena chica, susurró Hanim.

Tanto Marek como Arin fruncieron el ceño en una sincronía casi graciosa. El de Arin se suavizó de nuevo, pero supe que acababa de despertar su peligrosa curiosidad.

—En el futuro, intenta evitar tocar los árboles al correr —comentó el heredero con ligereza—. En el Ayume, hasta la savia podría matarte.

A la mañana siguiente, me dirigí a la cocina y me envolvió el aroma de Mahair. Había fruta dispuesta en coloridos arreglos, chuletas de cordero frescas y especias molidas en cuencos de madera. Revisé la comida con asombro; mucha de ella ni siquiera era de temporada.

—Esto ha sido cosa tuya, ¿verdad? —preguntó Wes. Me dejé caer en la silla y me acerqué un cuenco de avena con lavanda y miel.

—Su alteza ordenó a una patrulla que siguiera a una de las pupilas de Raya por el mercado y trajeran artículos que se encuentran normalmente en una mesa omaliana —añadió Jeru—.

Nunca ha mostrado especial interés por la comida.

Quizás yo también debería empezar a quejarme con insistencia cuando soy infeliz —reflexionó.

Crucé las piernas y me coloqué un plato en la de arriba. Sefa olfateó un cuenco de balila, unas gachas de trigo con pasas y azúcar.

—Tú no eres tan atractivo —dijo Marek. Acto seguido, le dio una palmadita en la espalda a Sefa cuando se atragantó con su tercera ración.

Yo me entretuve con la comida para ocultar mi desconcierto.

¿Por qué Arin se tomaría la molestia de traer platos omalianos a los túneles si a él le daba igual qué comer?

No expresé mis dudas en voz alta. Jeru y Wes empezaban a mostrarse más cómodos con mi presencia con el paso de las semanas. La llegada de Sefa y Marek también había contribuido a ello. Aunque Ren seguía fingiendo que no existía y Vaun… ojalá ignorara mi existencia como Ren.

—Marek tiene razón —añadió Wes.

Jeru se agarró el pecho y se dejó caer en el suelo.

—¡Wes, cógeme! ¡Estoy herido!

Terminé de masticar un bocado de yebna qarish para poder balbucear:

—Intenta lanzarle un cuchillo, Jeru. Eso parece que le gusta.

Los tres guardias se giraron para mirarme. Wes apoyó la cabeza sobre la mesa.

Partí un huevo hervido contra la frente de Marek. Wes y Jeru se apartaron. Romper huevos en la frente de la víctima más cercana era una tradición ancestral en el refugio. Recogí los pedazos de cáscara y pregunté:

—¿Por casualidad la patrulla encontró caramelos de sésamo?

Ambos guardias fruncieron el ceño al unísono. Ah, había olvidado que su último encuentro con esos caramelos había consistido en recuperar uno del cuerpo del soldado ni­zahliano al que había matado.

Marek inspeccionó las bayas de colores con la frente arrugada. Arrancó una del tallo y la hizo rodar entre los dedos.

—Esta baya no crece en Mahair —señaló—. Ni siquiera sé cómo se llama.

—Déjame ver —dijo Sefa, y Marek la dejó caer en su palma. Ella observó el fruto blanco y negó con la cabeza—. Yo tampoco. Sylvia, ¿tú la conoces?

Cogí la baya cuando me la tendió. La partí por la mitad y me metí un trozo en la boca.

El sabor seco y agrio que me estalló en la lengua revivió una antigua interacción, demasiado vaga para ser considerada un recuerdo.

¿Acaso Niyar no había intentado darme un cuenco lleno de estas bayas blancas?

Debió de ser antes de que Soraya se convirtiera en mi asistenta y se encargara de mis comidas.

Recordé a Niyar divagando sobre lo especiales que eran, asegurando que solo crecían en el este de Jasad y que la nobleza las trataba como un manjar.

Yo dije que eran «bayas de vómito de luna» y apreté los dientes cuando Niyar acercó una a mis labios.

Como no desistía, grité y mi magia desenfrenada arrojó la mesa y las sillas contra la pared.

Alguien se quedó conmigo cuando mi abuelo se marchó hecho una furia…

¿Era Dawoud? Me secó las lágrimas y me tomó en brazos.

—Hasta las reinas deben comer algún fruto amargo de vez en cuando, Essiya. Ahora ayuda a los sirvientes a arreglar este desastre.

Lancé la baya hacia la mesa con el pulso retumbando en los oídos. ¿Cómo podía estar aquí? Ni­zahl no había dejado ni una parte de Jasad intacta, y la existencia de estas bayas se limitaba a los vilayatos del este.

—No la reconozco —susurré.

—Qué curioso.

Me sobresalté en la silla. Arin y Vaun estaban en la entrada de la cocina. El heredero de Ni­zahl miró la baya que había tirado y me invadió una fría certeza.

No había dejado de perseguirme. Arin no se detendría hasta desvelar mi identidad, descartando a posibles nobles con su estilo sistemático y eficiente.

Mi corazón se calmó con una nueva determinación.

No bastaba con la esperanza de haber ocultado bien mi rastro, él seguiría por el mismo camino, y mi única opción era dirigir el destino al que conducía.

Si quería pistas, tendría que proporcionarle algunas que lo alejaran de Essiya, la heredera de Jasad.

Había empezado con buen pie. Se mostró desconcertado por mi violento arrebato cuando los guardias me persiguieron por el bosque. Las nobles no perdían el control de un modo tan salvaje en esas circunstancias, sino que lloraban hechas un ovillo.

Vaun hizo una mueca al ver las bayas, como si hubieran insultado a su madre. Arin continuó sin inmutarse, con el momento retenido en su telaraña.

—Ponte ropa más ajustada —me indicó—. Hoy irás al Hirun.