Capítulo quince
Capítulo quince
L a historia tiene un sentido del humor muy retorcido.
El día en el que se alzó la fortaleza de Jasad era recordado por los motivos erróneos.
La recién nombrada qayida Hend había trabajado codo con codo con la malika Safa y el malik Mustafa.
Tras ellos, un mar de jasadíes se congregó en la colina que acabaría convirtiéndose en el patio de Usr Jasad.
Como si fueran un solo ente, levantaron las manos y vertieron su magia.
Por aquel entonces, la magia seguía siendo tan poderosa en sus venas como rica en la tierra.
Un director se colocó en el centro de la multitud y dirigió el flujo de magia a la qayida.
Dicen que el día en que se alzó la fortaleza, el cuerpo de la qayida ardió entre oro y plata mientras leía el encantamiento que el malik y la malika habían tardado años en crear.
La fortaleza había sido un sueño para Jasad desde poco después de la era de los awalín.
Protección. Paz. Los monstruos del Essam acechaban sus fronteras.
Los visitantes se acercaban a las afueras del Sirauk para contemplar el brumoso puente y dejar extrañas ofrendas esparcidas por Yanub Aya.
El comercio se había vuelto inestable y las escaramuzas con Omal estaban intensificándose.
Una fortaleza en sintonía con el marcador mágico de cada ciudadano jasadí nos permitiría movernos con libertad y, al mismo tiempo, mantener el reino a salvo de cualquiera o de cualquier cosa.
La tierra se estremeció y derribó a todos menos a la qayida.
Ella contenía la magia de miles en su interior y, si paraba, si dejaba que se asentara, la incineraría.
Con un rugido que se escuchó hasta en los rincones más remotos de Lukub y Orban, la tierra se partió.
Un muro del color de la resina espesa surgió de la tierra y se curvó alrededor de las fronteras de Jasad.
Se dice que el grito de la qayida llenó de sangre las orejas del malik y la malika.
Orbes dorados y plateados brotaron de su pecho y se deslizaron al interior del muro.
Los colores que se movían en el interior de la fortaleza serían conocidos como Zeenat Hend en honor a la qayida que ardió desde dentro hacia afuera para erigir la inexpugnable fortaleza de Jasad.
Llevaba años sin pensar en la qayida Hend. Su valor garantizó que todas las qayidas posteriores tuvieran la responsabilidad de renovar anualmente el encantamiento que mantenía la fortaleza intacta.
Me lavé la cara en la jofaina que había junto a la puerta.
El agua ondulaba mi reflejo. Intenté no demorarme, pero la imagen de mi rostro todavía me dolía.
Los surcos que tenía debajo de los ojos eran más oscuros que huesos de dátiles.
El pelo me caía en una trenza sin brillo por la espalda.
Era el semblante de alguien que no había cumplido con un legado de sacrificio.
Aparté la jofaina. La qayida Hend había ardido por su valor. Una de las heroínas más importantes de Jasad. Pero, en mi opinión, la muerte de la qayida Hend había sido más bien una broma del destino. Ardió para despertar la magia y, siglos después, Jasad ardería para destruirla.
Nosotros lloramos lo que la historia ridiculiza.
En el centro de entrenamiento, el heredero de Nizahl ni siquiera se molestó en saludar.
Me señaló las piernas y dio media vuelta para dirigir la atención al cofre de armas.
Tendría que haberme sentido agradecida por su silencio.
La lengua de una serpiente solo se movía si tenía veneno que esparcir.
—¿No se supone que los herederos viajan con sus cocineros personales? —pregunté mientras pasaba deprisa junto a la pared que mostraba a mis abuelos. Como de costumbre, desvié la mirada. La culpa me oprimía la garganta cada vez que me fijaba en ellos, así que me esforzaba por no hacerlo.
Arin colocó diligentemente las herramientas del día sobre el cofre.
Todo lo que había oído acerca del misterioso heredero antes de aquel fatídico día en el Essam tenía que ver con su aspecto y su destreza en el combate.
Supongo que es mucho más placentero alabar poéticamente la belleza arrebatadora del heredero o su elegancia letal que demorarse en su excesivo perfeccionismo.
Una jabalina se tambaleó sobre el cofre. Arin frunció el ceño y la movió a la segunda fila. Tras un momento de reflexión, lo desplazó todo un centímetro a la derecha.
«Perfeccionismo» quizá no sea suficiente para describirlo.
—Sí, normalmente sí. ¿Por qué?
Terminé mis ejercicios y me apoyé en las rodillas.
—Los guardias no saben cocinar —jadeé—. Quiero un cocinero real.
—Tienes uno. —Levantó el extremo redondeado de la lanza—. Como lo mismo que tú.
—Soy consciente —gruñí. Si Arin no hubiera sido tan irritantemente nizahliano, habría creído que era orbaniano, teniendo en cuenta lo poco que le interesaban los lujos y las comodidades.
Se me erizó el vello de la nuca cuando se acercó.
—Separa los pies.
Me dio una suave patada en los tobillos con un rápido movimiento que me pilló momentáneamente desprevenida.
Salté hacia delante y me impulsé con la pierna trasera para arrojar con fuerza la lanza. Salió volando con precisión y rompió la madera del centro.
—¿Has visto eso? —exclamé. Si había algo capaz de impresionar al impasible heredero, tenía que ser la capacidad de usar una lanza con fuerza suficiente para partirle el pecho en dos a un hombre—. La mitad del ejército orbaniano es incapaz de lanzar así.
Me hizo repetirlo veintisiete veces más hasta que quedó satisfecho. La siguiente tarea del día requería una salida a la superficie. Arin se negó a revelarme con más detalle en qué consistía ese entrenamiento o por qué teníamos que llevarlo a cabo fuera de los túneles.
Wes le pasó a Arin una tira de tela.
—¿Qué sabes de la primera prueba? —me preguntó.
Cambié el peso al otro pie y dirigí una mirada nerviosa a los tres guardias.
—La primera prueba tiene lugar en un bosque maldito en Orban. Nadie tiene permitido entrar en él fuera del Alcalah.
—¿Por qué no pueden entrar? —intervino Jeru. Se le ruborizaron las mejillas bronceadas cuando Arin lo miró.
—En ese bosque se produjo una masacre en la era de los awalín.
Durante la batalla del Ayume, la awala Dania devolvió la vida a los árboles, el lago e incluso a las hojas…
Dania hechizó el bosque entero para matar a los soldados de Kapastra que marchaban a través de él.
A pesar de que los siglos han debilitado la maldición del bosque Ayume, el veneno de la magia de Dania permanece.
Jeru se mostró débilmente impresionado.
—Correcto —dijo Arin arrancando fibras deshilachadas de la tela.
Observé extrañamente absorta los hábiles movimientos de sus dedos hasta que el heredero decidió continuar—.
La prueba tendrá lugar a mediodía. La historia ha demostrado que los campeones que no llegan al otro lado del bosque antes del anochecer no llegan en ningún momento.
Nuestro objetivo de hoy es que te muevas con la magia como único sentido.
Me seguirás a través del bosque y los guardias actuarán de señuelo.
Por el ceño fruncido de Kapastra, era casi una réplica del antiguo entrenamiento de Hanim. Pero él no resucitaría a criaturas de tres cabezas para que las persiguiera.
—Mi magia no me ayudará. Me guiaré solo por el instinto.
—Eso ya lo veremos. —Arin levantó la tela, preparándome así para el inminente contacto. Una vez más, me desconcertó la extrañeza de su código ético personal—. Cierra los ojos.
Noté un cuero suave en los pómulos y me ajustó el tejido sobre los párpados. La maleza susurró a nuestro alrededor mientras los guardias se dispersaban y establecían puestos para desorientarme.
—¿A qué distancia estarán Sefa y Marek? —Dirigirme a Arin en la oscuridad me provocó un escalofrío de inquietud.
—Se irán moviendo por el bosque a lo largo de la sesión. Tenemos que determinar si su distancia física influye a la hora de activar tu magia.
Arin se apartó.
—Intenta seguirme.
El bosque se sumió en el silencio cuando Arin se esfumó.
La oscuridad no me desconcertó tanto como pensaba y pude caminar con relativa facilidad.
Pasé las manos de un lado a otro esforzándome por oír pisadas.
La magia permaneció ajena a la aventura y los grilletes se mantuvieron dóciles y sin brillo en mis muñecas.
El crujido de unas hojas me advirtió unos segundos antes de que un hombro se estrellara contra el mío. Me tambaleé y logré evitar por los pelos una vergonzosa caída.
Unas ramas se partieron a mi izquierda y me agaché. Llovieron agujas sobre mi cabeza. ¿Cómo esperaba Arin que lo encontrara mientras sus guardias me atacaban desde todas direcciones? A mi magia no le importaba que Marek y Sefa estuvieran cerca.
El sonido de mi cuerpo se iba volviendo ensordecedor a medida que avanzaba a trompicones.
Mi respiración era demasiado áspera para mis propios oídos, y mis pasos, torpes y ruidosos.
El martilleo de mi corazón competía con el latido de mi cabeza.
No me estaban persiguiendo: estaban jugando con el premio que habían conquistado.
Descarté ese pensamiento. Ya no era una niña de once años vagando por el bosque Essam en mitad de la noche, perseguida por monstruos conjurados por algún hechizo de Hanim. El terror no había despertado mi magia por aquel entonces y tampoco lo haría ahora.
Algo húmedo y pegajoso me golpeó la frente. Jadeé y me limpié frenéticamente.
—Inmundicia para la inmundicia —me susurró Vaun al oído.
Me abalancé hacia él, pero me topé con el vacío. Esa vez no logré mantener el equilibrio y acabé cayendo de rodillas.
Un zumbido crepitante precedió al correteo de unas patitas sobre mi mano. Un munban. Me revolví, me levanté demasiado rápido y me golpeé el hombro con un árbol. Estaba rodeada de amenazas que no podía ver y me estaban venciendo.