La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo catorce #4
42%

Capítulo catorce #4

Marek soltó una risita, cogió en brazos a Sefa y se levantó.

—No más de lo habitual. Nunca he creído en la locura mágica. —La dejó en la cama y le apartó los rizos de la frente—. Aunque Sefa está enfadada. Quería saber por qué le habías hecho lavar la ropa a mano todos estos años.

Una incómoda presión se aflojó en mi pecho. No me había dado cuenta de lo mucho que me preocupaban sus potenciales reacciones. Era la primera vez que ser jasadí no me costaba nada.

—Marek. ¿Qué sucedió con el padrastro de Sefa?

Se le tensaron los músculos de la espalda.

—No me corresponde a mí contarlo.

—No quiero preguntárselo a ella. —No después del horrible vacío que la había invadido en cuanto mencioné al hombre—. Por favor. ¿Por qué os da tanto miedo regresar a Ni­zahl?

Marek se quedó callado unos cuantos minutos. Estaba a punto de aceptar la derrota cuando explicó con la voz cargada de una ira antigua:

—El padre de Sefa murió cuando ella tenía once años.

Él era lukubí, pero su madre era ni­zahliana.

Ella decidió que debían trasladarse de Lukub a Ni­zahl y se casó con el alto consejero un año después de la muerte del padre de Sefa.

El alto consejero era un hombre poderoso y muy respetado en la Ciudadela.

No obstante, no era un buen padrastro. Se tomó ciertas…

libertades con Sefa. Libertades que un hombre no debe tomarse jamás con una niña.

Las náuseas me revolvieron el estómago. Observé fijamente el rostro dormido de Sefa y me imaginé despellejando a un hombre al que no había visto nunca.

No era de extrañar que Sefa se sobresaltara tanto cada vez que una de las chicas del refugio la despertaba.

A pesar de los años y los kilómetros de distancia, sus instintos se acordaban.

—Escapamos y nos ganamos la vida engañando a gente por los reinos, pero no fuimos lo bastante cautelosos.

Tras el ataque en el mercado, llevé a Sefa al refugio de Raya y le sostuve la mano mientras la aprendiza de curandera la recomponía.

Cuando recuperó la consciencia, le dije que o nos asentábamos en Mahair o que podía seguir sin mí.

No había complot alguno por el que valiera la pena arriesgar su vida.

Apenas lo escuché; estaba absorta repasando mentalmente todo lo que me había contado Sefa, buscando pistas, señales de los horrores que había sufrido en su vida anterior.

Era la chica más animada del refugio. Si alguien necesitaba una opinión, ella le proporcionaría mil.

A los granjeros no les caía bien porque soltaba a las gallinas si no veía adecuado el estado de los gallineros.

Se había hecho mi amiga a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, y esa no era una tarea fácil.

Marek, adivinando mis pensamientos, dio una palmadita junto a mi mano para llamar mi atención.

—Ya te lo contará en algún momento. No se lo tengas en cuenta.

—No lo haré. —La hipocresía no se encontraba entre mi lista de defectos. No le pediría a Sefa que revelara ningún secreto si no tenía intención de pagárselo con la misma moneda.

—Ve a bañarte —me dijo Marek—. Hueles a río.

—¡Tú me has tirado en él!

—Eso no es excusa. —Marek me echó de la habitación y sonrió con sorna al ver mi expresión fulminante antes de cerrar de un portazo.

Percibí mi propio olor y me estremecí. Marek no mentía.

Cuando el pasillo quedó a oscuras y en silencio, calenté unos pocos barriles de agua y los vertí en una tina grande de madera.

El vapor se elevaba en volutas blancas desde el suelo de piedra.

Permanecí en el baño hasta bien entrada la noche, intentando no pensar en el rostro de Sefa junto al río y en las mentiras del alto consejero.

Comprobé que el pasillo estuviera vacío y salí disparada.

Me estremecí con la ráfaga de aire frío.

Los jasadíes que habían habitado ese lugar antes que nosotros habían encantado las paredes para que brillaran por las noches; una ingeniosa alternativa a los faroles.

Sin embargo, la magia que quedaba era muy débil y no iluminaba demasiado bien mi camino.

Doblé la esquina y me topé con un cuerpo firme, que me puso una mano en la boca y me estampó contra la pared. Me sujeté la toalla. El tenue resplandor delineó la mueca de desprecio de Vaun.

—Si vuelves a revelarle tu magia a alguien, decoraré estos pasillos con tu sangre y tus lágrimas —gruñó—. El heredero no acabará incriminado por tu culpa.

Le lamí la palma de la mano y la retiró con un gemido de repugnancia.

—Si fuera necesario, el heredero puede decir que no sabía que yo era jasadí —espeté. Ya estaba pegada a la pared, pero Vaun se acercó aún más.

—Su alteza tampoco quedará de tonto. Una reputación como la suya no se verá empañada por atrocidades como tú. —Se inclinó hacia mí hasta el punto en que pude distinguir cada pelo erizado de su frente—. Y si alguna vez vuelves a apuntar al comandante con una daga…

—¿Qué? ¿Qué harás? —Le devolví una mirada igual de maníaca que la suya—. ¿Vendrás a regañarme en secreto de nuevo?

Vaun escupió ante mis pies. Con otro vistazo lleno de odio, se marchó por donde yo había venido. Me miré los grilletes. No había ni rastro de calor o presión.

—Tan útiles como siempre.

Si el resultado del Alcalah dependía de mi magia, estábamos condenados.