Capítulo catorce #3
—¿Estoy muerta? —Se palpó la garganta.
—Eres jasadí —murmuró Marek.
Arin parecía haberse olvidado de los dos guardias.
Le dio una patada a Vaun en la espinilla, pero el soldado solo podía estremecerse.
Un brillo calculador iluminó los ojos del heredero.
Marek se puso de pie a trompicones, ayudado por Sefa.
Antes de que pudieran ir más lejos, Arin levantó la espada con aire casual.
—No os recomiendo huir —advirtió.
Marek lo miró con desdén y colocó a Sefa tras de sí.
—¡Vete! Solo es una daga.
Busqué a tientas en mi capa farfullando una retahíla de maldiciones. Solo necesitaba una daga. Sefa se cortaría todas las extremidades antes de permitir que Marek muriese, y era probable que Arin lo supiera.
Sefa había girado los bolsillos al lavar la capa, ¿lo habría dejado todo de nuevo en su sitio?
Mis dedos se cerraron alrededor de un objeto frío y sólido.
Me resultó excepcionalmente satisfactorio que mi magia sobre Vaun se rompiera en el instante en el que Arin sintió la punta de mi daga contra su costado.
—Vaun, si das un solo paso, tu heredero estará muerto antes de que el filo salga de su cuerpo —advertí.
—Usaré tus huesos para alimentar a los perros —escupió Vaun—. Jasadí asquerosa.
Presioné la daga contra la dura superficie del estómago de Arin y le atravesé el chaleco negro. Arin miró el filo y luego a mí. Frunció los labios con una expresión vagamente molesta.
Podría desarmarte de mil maneras diferentes, apuntó Hanim. Y la mitad de ellas implican que la daga acabe hundida en tu cuerpo.
Hablé con rapidez.
—Mi magia responde a su presencia como a pocas cosas. Ahora están al tanto de mis capacidades. Podrían hablar de mis poderes si los envías a Nizahl. Es fácil traicionar la confianza bajo la presión adecuada.
—Un sólido argumento para terminar con sus vidas —comentó Arin.
Sefa sostenía a Marek con los brazos alrededor de su cintura. Nos observaban con la misma cautela que las gallinas del matadero.
—O para mantenerlos en los túneles. —Arin parpadeó y aproveché mi ventaja—. Es la mejor opción. Son la única pista que tenemos sobre mi magia, y no podrán revelar el secreto si están con nosotros en los túneles.
El modo más rápido de persuadir a Arin yacía en la lógica y, a juzgar por cómo empezaba a fruncir el ceño, lo tenía en el bolsillo.
—¿Por qué perder esa baza innecesariamente? —insistí.
—¿Y si escapan?
—No lo harán.
Arin observó con atención a los nizahlianos temblorosos. Contuve el aliento con la palma sudorosa alrededor de la empuñadura de la daga. El Essam estaba antinaturalmente silencioso, esperando conmigo.
A pesar de que habló con voz suave, el viento transportó sus palabras como hielo cayendo en picado de un cielo rabioso.
—No desperdiciéis mi misericordia —dijo Arin—. No se os concederá dos veces.
Dejó caer el brazo y me atravesó una oleada de alivio. El argumento para salvar sus vidas había triunfado. Una victoria endeble. Si Sefa y Marek causaran demasiados problemas, la balanza de Arin se inclinaría a favor de la muerte.
—Vaun, acompáñalos a los túneles —ordenó—. Recuerda, por supuesto, que son nuestros invitados. No deben sufrir ningún daño.
Al parecer, el entrenamiento de Arin valía su peso en oro, porque Vaun logró hacer una reverencia a pesar de las ganas de protestar que revelaba su ceño fruncido. Asentí a Marek y Sefa. Tenía muchos defectos, pero Vaun no desobedecería una orden directa de su heredero.
—Alteza —dijo el guardia señalando la daga que todavía sostenía contra el abdomen de Arin.
—Ah —respondió el heredero, que había considerado mi amenaza tan insignificante que incluso la había olvidado. Arrugué el ceño y me guardé el arma de nuevo en el bolsillo de la capa. Marek y Sefa caminaban delante de Vaun, apoyados el uno en el otro.
Arin se giró. Por el modo en que elevó las cejas hasta la mitad de la frente, no me había mirado bien hasta ese momento.
—He perdido la falda en el río —dije con recato.
—Tienes una capa.
Me crucé de brazos.
—Estoy segura de que nunca lo has considerado, pero la lana es un material complicado de lavar. Sefa se ha pasado horas… —Me interrumpí con un bufido. Era inexplicable lo mucho que lograba sacarme de quicio—. Pienso mantenerla seca.
Se quitó el abrigo y me lo tendió. Lo miré sin comprender.
—Hace frío y estás temblando. —Un leve deje de actitud defensiva se coló en su voz—. Que te pusieras enferma me privaría de más tiempo del que tengo.
Puse los ojos en blanco. Su preciado tiempo.
Acepté el abrigo y metí los brazos en las largas mangas.
Como Arin era una cabeza más alto que yo, me llegaba hasta los pies en lugar de por las pantorrillas.
La mirada del heredero permaneció en mi nuca más rato de lo normal.
Cuando alargó los brazos hacia delante, me estremecí y sostuve la daga con fuerza.
Casi esperaba que fuera a estrangularme.
En vez de eso, lo que hizo fue mucho más desconcertante.
Me colocó el cuello de la camisa.
Porque es exasperantemente meticuloso, indicó Hanim. Podríamos usar eso a nuestro favor.
Por las tumbas malditas, jamás lograría entenderlo. Ese hombre apenas se inmutaba cuando lo amenazaban con una daga, pero no toleraba ver un solo cuello torcido.
—Trabajaremos en mejorar tu estrategia de asalto —dijo Arin. Con el ceño fruncido, señaló el corte irregular que le había hecho en el chaleco—. Lo necesitarás cuando Ren se libre del Hirun.
En el refugio, todo el mundo sabía que Marek y Sefa discutían.
Discutían sobre el mejor modo de encender una hoguera, sobre cuántos golpes se precisaban para sacudir bien una alfombra o sobre qué tipos de semillas sabían mejor tostadas.
Cualquier idea que las demás pupilas pudieran tener sobre la naturaleza de la relación de Marek y Sefa había quedado descartada con rapidez.
Las discusiones eran o bien una vía de escape para frustraciones amorosas reprimidas o la consecuencia de una exposición prolongada.
Lo primero se resolvía con el tiempo; lo segundo, en cambio, no.
Sus discusiones rara vez acababan convertidas en peleas.
Y, hasta hoy, nunca había visto a Marek y a Sefa gritarse mutuamente.
—Estábamos dispuestos a huir de Mahair con ella y ganarnos la ira del comandante, pero ¿quedarte en un refugio con comida, agua y camas te parece demasiado? —gritó Sefa.
Estaba sentada en la nueva cama de Sefa, observándolos con una peculiar combinación de curiosidad y pesar. Si Niyar y Palia no hubieran matado a Emre, supuse que ver discutir a mis padres me habría provocado una sensación similar.
—Cree que estamos relacionados con su magia. ¡Puede usarnos contra ella! —Marek se pasó una mano por el pelo—. ¡No podemos quedarnos aquí!
—¿En qué ayudaría que intentáramos escapar? —Sefa sacudió el polvo de la colcha a los pies de la cama. La dobló bruscamente formando un rectángulo—. ¡Se empeñaría en encontrarnos y tendríamos mucho menos margen del que tenemos ahora!
Marek se cubrió la cara y se dejó caer junto a la puerta.
Sefa lo observó con rebeldía durante un largo instante.
Intenté volverme más pequeña para no sentirme como una chismosa espiando sus momentos privados.
Con un suspiro, Sefa soltó la colcha y se arrodilló al lado de Marek, separándole las muñecas con suavidad.
—Es solo hasta después de las pruebas. ¿Qué más da una aventura más?
Me sentí obligada a hablar.
—No os hará daño como castigo por mi desobediencia.
—Ante la mirada fulminante de Marek, añadí—: No por compasión.
Lógicamente, heriros arruinaría mi buena voluntad y me impediría entrenar bien.
Incluso podría motivarnos a huir los tres juntos.
No puedo negar que infligiros daño es otra herramienta que tiene a su disposición, pero no recurrirá a ello teniendo más opciones disponibles.
Sin embargo, si huis, si le habláis a alguien de los túneles…
Cuando el comandante toma una decisión, no se le puede disuadir.
—Quieres decir que nos matará. —Sefa soltó una risita y ahogó el sonido con el codo—.
¿Qué peligro puede suponer un bárbaro? —comentó haciendo eco de la respuesta que le di la noche en que maté al soldado—.
No dejaba de preguntarme a qué te referías.
Era a esto, ¿verdad? El heredero nizahliano es educado, brillante y apuesto.
Es lo contrario a un bárbaro y mil veces más peligroso porque no sabes desde dónde te va a golpear.
—¿Te parece gracioso? —Marek miró a Sefa con preocupación y le colocó el dorso de la mano en la frente.
Sefa perdió el equilibrio y se dejó caer en la puerta junto a Marek. Apoyó la cabeza en su hombro.
—No.
Nos quedamos así sentados hasta que a Sefa se le cerraron los párpados y empezaron a resonar unos leves ronquidos desde su pecho.
Marek tensó los labios.
—Sabe quiénes somos.
Sonreí débilmente.
—Caleb es un nombre muy bonito.
Marek se sobresaltó tanto que estuvo a punto de despertar a Sefa. Se le ensombreció el semblante y una tristeza lejana se reflejó en su rostro.
—Lo era. —Endureció la mirada y me atravesó con ella—. No entraremos en Nizahl. Si no encuentras un modo de persuadirlo de que nos libere antes de la tercera prueba, probaremos suerte en el bosque.
—Entendido.
—Así que eres jasadí.
Su incomodidad era evidente. Existían muchísimas historias sobre Jasad, magistralmente extendidas por Nizahl a lo largo de los años, que habían contribuido a destruir cualquier rastro de compasión por el reino calcinado.
La mayoría de la gente se acordaba de Jasad antes del asalto, cuando comerciaban fuera de la fortaleza y enviaban invitaciones a sus walimas.
Pero incluso aquellos que tenían la edad suficiente para recordar Jasad en la cumbre de su poder habían sucumbido a la desconfianza y el temor sembrados los últimos diez años.
—¿Ahora te doy miedo? —Solo era medio broma.