La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo catorce #2
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Capítulo catorce #2

—No te encontrarán, Sylvia —me aseguró Marek, y la ferocidad de su convicción me sorprendió—. Vamos a protegerte.

Observé la postura combativa de Marek y la cautelosa vigilancia de Sefa hacia la otra orilla. Dios mío. Se había producido un gran malentendido entre la walima y el momento presente. ¿En serio se habían pasado las últimas semanas buscándome?

—El comandante no me secuestró. —Ante sus miradas de desconcierto, añadí—: Me está entrenando para que sea su campeona.

Sefa se quedó boquiabierta.

—Dime de verdad que no tienes intención de competir en el Alcalah. Creíamos… creíamos que solo estabas ganando tiempo. Esperando a que se presentara la oportunidad de escapar.

Caminé a grandes zancadas hacia el norte, hacia el lugar del río en el que había caído. Dejé que se interpusiera una hilera de árboles entre nosotros y el Hirun por si pasaban los guardias. No serviría de nada que acusaran a esos bufones de atacar a la campeona de Ni­zahl.

—¿Te está amenazando? —preguntó Marek—. No puede herirte si te niegas a hacerlo. Rechazar un honor no es un delito punible.

Eché la cabeza atrás y reí.

—Si el heredero quisiera hacerme daño, no le faltarían crímenes entre los que elegir. —Estaba convencida de que llevaba la cuenta. Mi expresión debió de alarmar a Sefa porque me puso algo en los brazos antes de que pudiera continuar.

—La he lavado. —Era mi capa, limpia y remendada. Se me cerró la garganta. Sefa balbuceó—: Tuve que fregar tres veces tu maldita capa para conseguir sacar la mugre y el barro. No ha hecho mucho sol, así que la desgraciada ha tardado un montón de días en secarse. ¿Huele bien?

No confié en mi capacidad para hablar durante un largo rato. La imagen de Sefa de rodillas ante un balde de agua restregando con las manos hasta dejárselas en carne viva por limpiar mi capa…

—Está perfecta.

—Puedes volver a escabullirte y rondar por las esquinas con intenciones dudosas —agregó Marek con una sonrisa tan fraternal que apenas pude soportarlo.

Un peligroso torrente cobró fuerza en mi interior. Los grilletes me apretaban las muñecas como si fueran tornillos ardientes alrededor de ellas. Tomé nota mentalmente.

—Vuestra amabilidad estaría mejor empleada en otra persona.

—Imposible —repuso Marek—. Nunca he conocido a nadie que la necesitara más.

Eso era mucho peor de lo que me había imaginado. No me lo merecía. La lealtad se podía romper. Estos idiotas destructivos me querían.

Amor, se burló Hanim. Un nuevo nombre para designar lo que antes se consideraba locura.

Cuando Arin había amenazado con exponer a Sefa y Marek, era una táctica que formaba parte de un esquema mucho más grande.

Sin la oferta de mi libertad, sin la amenaza de los ejércitos de Felix, habría huido.

Quizás habría buscado modos de asegurar el bienestar de Sefa y Marek negociando y chantajeando para que se libraran de los tribunales de Ni­zahl.

Pero no me habría sacrificado.

Salí del refugio de árboles y me acerqué al Hirun con un gemido ahogado. Había caído la noche y la silueta del río espumeaba en la oscuridad.

—Podemos esconderte —insistió Sefa apartándose de Marek. Habló rápidamente, como si anticipara mi objeción—. Marek y yo sabemos cómo movernos sin que nos detecten. Hemos dominado el arte de la desaparición.

—¡Sefa! —exclamó Marek—. ¡No!

Sefa se zambulló en el río, fuera del alcance de Marek.

—Somos ni­zahlianos, Sylvia. Estoy segura de que ya lo habías averiguado. Lo que no sabes es que, después de huir de Ni­zahl, nos pasamos dos años vagando entre aldeas de Orban y Lukub sobreviviendo a base de lo que podíamos conseguir engañando o robando.

Marek se dejó caer en el suelo a mi derecha y se cubrió la cabeza con las manos. Le saltó una rana al hombro e hinchó el pecho al croar. Se me escapó una risita incrédula.

—¿Quieres decir que Marek y tú erais vagabundos?

Sefa asintió vigorosamente.

—Peor. Tu trayectoria no es nada comparada con nuestros engaños. Robábamos de todo: joyas, ropa, herramientas agrícolas… Luego lo vendíamos en el pueblo siguiente. Mentíamos para colarnos en casas, encandilábamos a mercaderes y curanderos. Y así una y otra vez. Durante años.

Me cambié la capa de brazo y cogí la rana de encima de Marek.

—¿Qué cambió?

Marek por fin reaccionó y se levantó de un salto. Señaló a Sefa.

—Adelante, cuéntaselo. Dile qué cambió.

La rana se retorció en mi agarre, inquieta por la tensión que se palpaba entre ellos. La solté en una roca y observé con envidia cómo se escabullía. Al llegar a la orilla del río, Sefa se mordió el labio inferior.

—Hubo un… incidente… en un pueblo de Orban.

Marek se giró hacia mí.

—Con «incidente» se refiere a que nos tendieron una trampa. Mientras yo visitaba un mercado, a Sefa le dieron una paliza que estuvo a punto de acabar con su vida. Robé un carro y conseguimos escapar de la patrulla a duras penas. Ella estaba agonizando cuando llegamos a Mahair.

—Desde entonces, hemos vivido de forma bastante decente —intervino Sefa ignorando la ira de Marek. No podía culparlo por su frustración, Sefa atraía el peligro con una frecuencia alarmante—. Podemos ocultarte de los soldados ni­zahlianos.

Seguía sin entenderlo.

—¿Por qué os marchasteis de Ni­zahl en primer lugar? Sefa, tu padrastro es el alto consejero.

El efecto en ella fue instantáneo. Adoptó una mirada vacía y sin brillo. El color se desvaneció de su rostro. Su expresión fue tan adusta que quise retirar mis palabras.

Marek se movió y se colocó delante de Sefa. Emanaba hostilidad.

—¿Cómo sabes lo del alto consejero?

Mantener esa conversación a la orilla del río, donde cualquiera podía acercarse sigilosamente por detrás, me ponía de los nervios.

—El heredero de Ni­zahl me reveló que os buscaban por asaltar y robar al alto consejero. —Oculté el motivo por el que me había dado esa información para que no creyeran que había cedido a la oferta del heredero solo por salvarlos.

Marek se frotó la cara con las manos.

—¿No te dijo nada más? —No se me pasó por alto la sospecha entrelazada en sus palabras.

—¿Qué más tendría que haberme dicho?

El fugitivo rubio bajó las manos. Torció la boca con amargura y me preparé para lo peor. Marek podía llegar a ser increíblemente cruel cuando se lo proponía.

—Menos de dos semanas y ya hablas como él.

Se me pusieron los hombros rígidos.

—¿Qué estás insinuando, Marek?

—Sylvia. —Sefa interrumpió el insulto que estaba pensando lanzarle a Marek. Aparte de la tensión de su rostro, parecía haberse recuperado de la mención al alto consejero—. Después te lo explico. Pero, por favor, ven con nosotros. Deja que te ayudemos.

Me masajeé las sienes.

—¿Creéis que me he resignado a mi propio destino? Si Felix no me encuentra, lo hará el heredero de Ni­zahl. —Pensé en los Muf­sidíes y los Orabi. Su determinación para capturarlos sobrepasaba el compromiso con la ley de su propio padre—. Es un cazador muy entregado.

Estás decidida a existir únicamente como presa, murmuró Hanim. Eres la personificación de la complacencia…, Sylvia.

Sefa se negaba a aceptar la derrota.

—Durante nuestros viajes, oímos hablar de ciertos lugares. Tierras perdidas en las montañas y el Essam, fuera del alcance de cualquier cazador. Son solo rumores, aunque…

—Sefa… —suspiré.

—¡Escúchame!

Se me erizó el vello de la nuca. Me giré, pero fue demasiado tarde. Vaun derribó a Marek contra el suelo. Ren atrapó a Sefa y la atrajo hacia su cuerpo poniéndole una daga en el cuello.

Arin apareció entre los árboles con las manos en la espalda.

—Si ella no escucha, yo sí que lo haré.

Marek le lanzó un insulto obsceno al heredero que quedó amortiguado cuando Vaun le estampó la cara contra el suelo.

—¡Suéltalos! —grité. Corrí hacia delante, pero el alarido de Sefa cuando la daga de Ren se le clavó en la mandíbula me hizo detenerme en seco. Me giré hacia Arin—. ¡Ellos no tienen nada que ver con esto!

—Teniendo en cuenta que llevan merodeando y buscándote por el bosque desde la walima, tengo que discrepar.

—No puedes hacerles daño. ¡Tenemos un acuerdo!

Por el rabillo del ojo, vi que Marek dejaba de forcejear para mirarme fijamente.

—Así es. —La atención de Arin se desvió de mí para evaluar el entorno—. Quedarán retenidos en una instalación segura hasta que termine el Alcalah. Allí podrán irritar a mis soldados hasta hartarse.

—No —susurró Sefa. Ren la agarró por la cintura cuando le cedieron las rodillas. Su rostro era el puro reflejo del terror—. Por favor, por favor, no. Me encontrará. Puede ir a donde le plazca, entrar a cualquier edificio. ¡Matará a Marek!

—Bastardo —espetó Marek. Vaun se puso morado y el crujido del puñetazo que le dio en la mandíbula resonó por todo el oscuro bosque. Levantó el puño de nuevo y Sefa gritó cuando la cabeza de Marek se estrelló contra el suelo por segunda vez.

Unos zarcillos de angustia empezaron a serpentear desde mis grilletes.

—¡Parad! —bramé.

Morirían. Los meterían en una carreta de camino a Ni­zahl que nunca llegaría a su destino. Y yo no tendría modo de saberlo.

Encogí los dedos contra la presión creciente de mis venas.

Marek escupió sangre directamente al rostro de Vaun. Ese idiota exaltado iba a hacer que lo mataran y la única persona que podría detener a Vaun no parecía muy propensa a intervenir.

—¡Sylvia! —chilló Sefa.

El suelo tembló. Sobre nuestras cabezas, una bandada de pájaros abandonó sus nidos. La presión de mis grilletes se aflojó. Esta vez, la oleada de magia fue más limpia. Se arremolinó buscando una salida de manera menos agonizante.

Esta vez, una parte tuvo éxito.

Ren gritó al ser catapultado hacia atrás y cayó en el Hirun con un chapoteo. La corriente lo arrastró con avidez. Vaun tensó todos los músculos, pero siguió mirando a su alrededor con confusión. Marek lo empujó y el guardia se desplomó fácilmente. Se me encogió el estómago vacío.

Marek abrió de par en par el ojo que no tenía hinchado. Sefa empezó a respirar de manera demasiado rápida y le temblaba todo el cuerpo.