Capítulo catorce
Capítulo catorce
M e hizo falta lanzarle un pesado cuenco a la enorme cabeza de Vaun durante la cena para que Arin accediera a que los guardias me llevaran a la superficie.
—Despéjate —me ordenó desde lo alto de su caballo. Iba a salir a otra excursión. Vaun y Ren también montaron a sus caballos—. No podemos permitirnos el lujo de aguantar todos tus berrinches.
Logré no tirarle piedras a la espalda mientras se alejaba, reconfortándome con el calor del sol sobre la piel.
Llevaba días sin pisar la superficie. Wes y Jeru me acompañaron durante el paseo, pateando una piedrecita de un lado a otro.
Me recordaron a Soraya y Dawoud durante nuestras salidas vespertinas por los jardines del palacio.
Hice una mueca y deseché el recuerdo como si fuera una mosca molesta.
En Mahair, rara vez me detenía a pensar en mi vida en el Usr Jasad.
Desde luego, allí no permitía que los recuerdos invadieran mi conciencia.
Ese muro viviente y las armas jasadíes debían de estar inquietándome más de lo que creía.
Mi silencio perpetuo irritó a los guardias.
—Se vuelve más fácil cuando mejoras —dijo Jeru—. El principio siempre es lo peor.
Hasta Wes quiso tranquilizarme.
—Los simulacros de caza nocturna de nuestro primer año… —empezó, lo cual le granjeó un codazo por parte de Jeru—. No sé cuántas veces me perdí en esos bosques, medio desnudo y confundido.
—Con una lanza en la mano —añadió Jeru—. Una vez, me desperté tarde y cogí una fregona por equivocación. Nuestro jefe de unidad me encontró agitándola contra un gorrión.
—Un momento, ¿habéis oído eso? —Jeru se detuvo.
Wes frunció el ceño, concentrado.
—Es el río.
Jeru se dio la vuelta.
—No, me ha parecido oír… Ahora vengo. —Se internó corriendo entre los árboles antes de que pudiéramos responder.
Wes y yo seguimos andando en un silencio mucho menos cómodo. Solíamos evitar pasar tiempo juntos sin la presencia estabilizadora de Jeru.
—¿Jeru proviene de una familia muy adinerada? —pregunté sin venir a cuento. La técnica del interrogatorio repentino parecía funcionarle al heredero.
Wes me miró.
—No.
—Es un buen hombre —observé—. Lo cual es un lastre en la Ciudadela.
Por un largo momento, pensé que Wes no me iba a responder. Me puse a contar las huellas que dejábamos en el barro. Contestó cuando iba por cuarenta y seis.
—Su familia proviene de una aldea empobrecida en las provincias del sur de Nizahl. Cumplía los requisitos para la exención del servicio militar obligatorio y…
Aunque luego me arrepentí de interrumpir y arriesgarme a que Wes se volviera a cerrar en banda, no pude contener el asombro.
—¿Hay exención del servicio militar en Nizahl?
—Su alteza el heredero la promulgó hace cinco años.
A menos que haya una guerra activa, los nizahlianos pueden solicitar la exención si sus circunstancias se ajustan a los criterios establecidos por su alteza.
Las provincias del sur padecen hambruna.
Jeru necesitaba evitar que su familia muriera de hambre.
—¿El supremo permitió esta ley? —pregunté con escepticismo.
No había nada que le gustara más al supremo Rawain que empapar la tierra de sangre jasadí y arrojar a adolescentes a las fauces del ejército.
Una ley que brindara alivio a los plebeyos, la población más fácil de reclutar, no encajaba con su agenda.
—Su majestad no tuvo elección —contestó Wes, y habría apostado todas las sillas de Nadia a que lo dijo con satisfacción—.
Las leyes de Nizahl limitan los poderes del supremo sobre el ejército.
Cuando el supremo nombra a un comandante, las responsabilidades se transfieren.
—Pataleó para sacar el zapato de las ramas de un arbusto—.
El comandante se topó con Jeru horas antes de su ejecución.
¿Ejecución? Por la falda sagrada de Dania, ¿qué demonios pudo haber hecho Jeru que mereciera que le cortaran esa cabeza rizada?
—¿Mató a alguien? ¿Quemó una aldea hasta los cimientos?
—Robó un saco de avena.
Abrí la boca y volví a cerrarla de golpe.
—Acusaron a Jeru, aunque el verdadero culpable era el hijo de doce años del cantero.
El padre del niño había perdido el brazo en un accidente y su hermana pequeña llevaba tres días sin comer.
El muchacho robó la avena, pero Jeru dijo a la patrulla que había sido él.
Por suerte, su alteza tenía una reunión con un dignatario del pueblo.
El niño reconoció el escudo real en el caballo y suplicó por Jeru.
El señor lo perdonó y le ofreció una plaza en la academia.
—¿Y qué hay de su familia?
—Su alteza estableció un sistema nimwa para su aldea, que asignaba a cada familia una cantidad semanal de cereales y leche. La familia de Jeru vive de su salario.
Nimwa. El dialecto de Nizahl sonaba más áspero en la boca de Wes. Eso me recordó otra palabra.
—¿Qué significa «Suraira»?
Sus pobladas cejas se juntaron en forma de U. Parecía sorprenderse cada vez que daba muestras de pensamiento inteligente, aunque no sabía si eso era consecuencia de mis constantes quejas o de sus propios prejuicios.
—Se dice que Suraira es un demonio del infortunio que protege el Sirauk —explica—. Algunos nizahlianos creen que Suraira mora bajo el puente y emerge durante el cruce para arrastrar a los humanos a la muerte.
Me froté los brazos y esquivé el cadáver medio devorado de un conejo.
—¿Arrastrar?
Wes suspiró, probablemente pensando que preferiría estar durmiendo en lugar de mantener esa conversación conmigo.
—Nadie sabe con certeza lo que sucede durante el cruce.
Suraira conjura en sus víctimas una imagen de belleza, decadencia y libertad a partir de sus penas y cargas.
Los atrae para que salten voluntariamente del puente hacia el abismo.
Todos los reinos tienen historias extravagantes sobre lo que sucede al atravesar el Sirauk, y Suraira solo es una de las de Nizahl. ¿Dónde has oído ese nombre?
Al parecer, cuando su heredero me comparó con un astuto demonio del infortunio.
La neblina me humedeció la cara cuando traspasamos la última línea de árboles. El murmullo del Hirun nunca me había parecido tan dulce. Corrí hacia delante y dejé atrás las zapatillas. El primer roce del agua fresca contra los tobillos me resultó celestial.
Me adentré en el agua. El río serpenteaba por todos los reinos y nadie lo había recorrido jamás de un extremo al otro. A pesar de todo lo que había sucedido, el Hirun siempre había permanecido intacto. El único eje verdadero en una tierra de arenas movedizas.
—¡Sylvia! —gritó Jeru.
Su voz me sonó muy distante. El agua me llegaba por la cintura. Los pies me habían llevado más lejos de lo que pretendía.
Una bola de tierra compacta golpeó el agua y me explotó en la cara. Se me metió un pedazo en la boca. Tosí golpeándome el pecho y perdí el equilibrio.
Los gritos de Wes y Jeru se desvanecieron mientras el río catapultaba mi cuerpo ingrávido. Luché intentando mantener la cabeza fuera del agua turbia. Un tronco flotaba delante de mí, justo en mi camino. Esperando alegremente para decapitarme.
Me agaché. El agua helada me cubrió. La falda me arrastró y tiró de mí hacia abajo. Me la quité de una patada y seguí pataleando con fuerza. Cuando el río se curvó, aproveché el impulso para lanzarme hacia la orilla.
Unas manos se extendieron hacia mí y me arrastraron a tierra firme. Las aparté de un manotazo en cuanto mis rodillas tocaron la tierra seca y tosí.
—¿Cómo habéis podido correr tan rápido? —pregunté con la voz ronca. Me retiré el pelo empapado de los hombros y me estremecí, asqueada, al ver cosas verdes enredadas entre los mechones—. Os he dejado en la orilla opuesta.
La pareja agachada frente a mí no eran Wes y Jeru.
—Por la vaquilla cornuda de Rovial —gruñí—. ¿Estáis decididos a morir?
Marek sonrió.
—Nosotros también te hemos echado de menos.
Negué con la cabeza reprimiendo la felicidad que me había embargado al ver a mis dos tontos favoritos.
—Un poco de sentido común, una gotita. Es lo único que os pido. Si los guardias os encuentran…
—No lo harán —me tranquilizó Sefa—. A menos que tengas pensado quedarte mucho tiempo más aquí.
Demasiado tarde, recordé que lo único que me cubría las piernas era el fino camisón que llevaba debajo de la falda. El pelo se me había soltado de la trenza y caía en húmedas ondas a mi alrededor.
—¿Lo teníais planeado?
Ni Marek ni Sefa intentaron tocarme de nuevo, un gesto que aprecié más que nunca.
—Hemos estado buscándote desde la walima —dijo Marek.
Se me formó un nudo de temor en la boca del estómago ante la mención de esa maldita celebración. Se me vino un nombre a la cabeza y resonó educadamente pidiendo que lo dejara salir.
—Fairel… ¿Está…? ¿Cómo está? —No me di cuenta de que me había llevado la mano al corazón. Conté los latidos mentalmente con el cuerpo tenso, como si estuviera anticipando un golpe.
—Sigue recuperándose —respondió Sefa, y estuve a punto de caer de rodillas del alivio que sentí antes de que terminara la frase. «Sigue». Fairel seguía existiendo, seguía viviendo. Lo demás eran solo detalles.
—Rory y ella van a llevar bastones a juego —dijo Marek—. Te echa de menos, pero está muy emocionada por conocer a una campeona.
Negué con la cabeza con una sonrisa cariñosa en los labios. Quizás dejaría de venerar por fin a los campeones cuando recordara que había visto a una meterse un pan quemado en el vestido para ocultárselo a Raya.
Un líquido turbio me goteaba por la nuca. Me escurrí el barro del pelo y me detuve.
—Un momento, ¿habéis lanzado vosotros esas malditas bolas de tierra?
—Era necesario para llamar tu atención, ya que esos dos guardias no se separaban de ti. No esperaba que mi puntería fuera tan certera. —Sefa me dio toquecitos con el extremo de su bastón—. Camina y quéjate, vamos.
Aparté el bastón.
—No puedo marcharme.