La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo trece #4
38%

Capítulo trece #4

«Jasad» , proclamaba el nuevo mapa con gruesas letras doradas.

Una línea serpenteaba alrededor de la frontera, donde una vez estuvo nuestra impenetrable fortaleza, protegiendo a Jasad del Essam y de cualquier otra amenaza externa.

La fortaleza estaba conectada a la magia de todos los ciudadanos jasadíes y nos permitía atravesarla libremente como si no fuera más que aire brillante.

Cualquier otro sí que encontraba una fuerte resistencia.

Tracé las líneas del Usr Jasad hasta llegar a las diminutas letras que indicaban la torre Bakir.

Mi casa y después la de mi madre. Continué hacia abajo a través de las fronteras de los doce vilayatos de Jasad.

Me invadió una emoción indescriptible. Jasad había existido.

Hubo un tiempo en el que fue real. Era más que las Tierras Calcinadas.

Se la conocía por algo más que por su fatídico des­tino.

—Lee los nombres de los vilayatos —dijo Arin.

Me estremecí y me aparté del mapa. El heredero de Ni­zahl no me mostraría algo así por pura amabilidad. Tenía un motivo oculto. Pero ¿cuál?

Pensé rápidamente. Los nombres de los vilayatos estaban en resar, la lengua muerta de Jasad. Él ya sabía que yo podía hablar enresar gracias a los ritos funerarios que había llevado a cabo con Adel. ¿Qué beneficio podría obtener al oírme leer los nombres de doce vilayatos dispares de Jasad?

«Tu acento es perfecto».

Por la belleza abundante de Baira, ¿cómo podía haberlo pasado por alto?

Mi acento… o la falta de él. Los vilayatos tenían ligeras diferencias dialectales en el habla y pequeñas variaciones en sus sistemas para otorgar nombres.

Si supiera a qué vilayato pertenecía, empezaría a descartar figuras importantes de la lista de mis posibles identidades.

Se me ocurrió una idea.

—Har Adiween —comencé. Moví el dedo por los vilayatos mientras leía—. Yanub Aya, Eyn el Haswa, Kafr al Der, Ahr il Uboor. —Continué así hasta el último vilayato, justo al lado del puente Sirauk.

—Qué curioso —comentó Arin cuando terminé. El pelo le caía como rollos de seda al apartárselo de la cara—. Parece que has desarrollado un nuevo acento desde la última vez que te oí hablar resar.

Abrí los ojos de par en par y ensanché las fosas nasales.

Indicadores de temor minúsculos y sutiles.

Había hilado una maraña de mentiras por Mahair con la misma habilidad con la que un pastelero teje hilos de azúcar, pero los aldeanos no eran Arin de Ni­zahl.

No tenían sentidos especiales capaces de detectar las men­tiras.

—No… No tengo ningún acento. Me habré expresado mal. Me pones nerviosa.

Arin ladeó la cabeza.

—Una gota de verdad en un río de mentiras. Pero ¿cuál es cuál?

—No miento. No era nadie en Jasad.

La firmeza de su convicción se oponía a la mía y me hacía tambalearme.

Quería arremeter contra él, grabarle a fuego el espectro del descubrimiento y una muerte segura en los huesos hasta que las sombras de la pared fueran indistinguibles de las de sus pesadillas.

Sin embargo, Arin no era Hanim ni ningún otro adversario al que hubiera mostrado los dientes y vencido.

Era mi descubrimiento. Mi muerte segura.

Los grilletes se apretaron casi hasta sobrepasar el punto de la tolerabilidad. Arin dio un paso hacia mí. Si me tocara en ese momento, mi magia lo abrumaría tal y como había sucedido en la sala de las reliquias. Palpitaba contra mi piel.

—Me pregunto qué eres capaz de hacer —murmuró.

—Ten paciencia, mi señor —dije—. Todavía no lo has descubierto.

Esta vez, cuando el comandante se movió hacia mí, fue como un relámpago. Me giró y me inmovilizó los brazos detrás de la espalda.

—¿Eso es una promesa? —Su voz era como el susurro practicado de una espada desenvainándose con un destello dulce y mortífero—. Dime, Sylvia de Mahair, ¿cómo es que alguien que no era nadie en Jasad aprendió a leer el idioma antiguo de Ni­zahl?

¿Qué?

Tiró de mis brazos y señaló el pergamino que había sujeto en la mesa. Primeros decretos de Arin de Ni­zahl, comandante al mando y heredero. Me invadió una enorme oleada de terror.

El decreto entero estaba escrito en una lengua que llevaba doscientos años sin hablarse en Ni­zahl.

Me había distraído tanto con los mapas que se me había olvidado fingir que no lo entendía.

—La Ciudadela redacta todos los nuevos decretos en el idioma original de Ni­zahl. Supongo que te enseñaron una lengua muerta en Yanub il Kul —me murmuró al oído. Su risa irónica me provocó escalofríos en la espalda.

Arin me soltó los brazos.

—Si pretendes llegar a algo en el arte del engaño, sugiero que urdas tus planes con mayor atención. Hay pocas cosas más decepcionantes que un delincuente descuidado.

El desdén era evidente. Ya había agotado mi cuota de negligencia y no gastaría ni una pizca más ignorándolo.

Salí corriendo de la habitación, pero me detuve en la puerta.

Miré una vez más al comandante. Me grabé su imagen en la memoria tal y como lo vi en ese instante, irguiéndose sobre el mapa del mundo como un imponente conquistador.

Si los huesos jasadíes pudieran hablar, advertirían a Arin de Ni­zahl de que nada permanece intocable para siempre.