Capítulo trece #3
El sello se me escurrió de las manos. Lo dejé caer intentando disipar la neblina que se había apoderado de mis sentidos. Mantener una conversación con el heredero me agotaba incluso en un buen día, y ese día distaba mucho de serlo.
—¿Para qué lo utilizas? —Levanté el sello esperando que me lo arrebatara y me echara de la habitación.
—Para mis mapas. —Cumplió una parte de mi predicción y me tendió la mano para que se lo devolviera. Se lo dejé caer en la palma con cuidado de no tocar su piel desnuda.
—¿Puedo verlos?
Arin me miró durante un largo minuto. Alcé la barbilla anticipando algún comentario sobre mi alfabetización o inteligencia.
Se giró hacia la mesa de los mapas y parpadeé mirando su espalda.
—¿Y bien? —dijo—. Ven a verlos.
Tropecé con las prisas. Había montones y montones de mapas extendidos sobre la amplia superficie de la mesa.
En una esquina había una jarra llena de un líquido lavanda junto a los tinteros.
No podía creer que me estuviera dejando ver eso.
Los mapas del comandante eran casi tan infames como sus guantes.
Sin duda, algunos de esos bocetos los habrían recopilado los soldados de Nizahl esparcidos por los reinos, pero me extrañaba que les concediera un gran valor.
Su naturaleza no parecía admitir nada menos que la perfección absoluta.
Y, por supuesto, la perfección absoluta solo podía lograrla él.
—¿Qué quieres ver?
—Cualquier cosa. Todo.
—Decide.
El nombre salió de mi boca como unas alas temerarias.
—Jasad.
El heredero se detuvo. Creía que se negaría hasta que sacó un pergamino del fondo de la pila ordenada y lo extendió sobre la mesa.
El mapa cubría otros más pequeños que había debajo.
Era lo apropiado, puesto que Jasad había poseído todo el territorio que quedaba al este del Hirun y al norte del Sirauk.
Donde una vez se alzó el reino, ahora aparecía el nuevo nombre que Nizahl había aprobado para Jasad.
Tierras Calcinadas.
Los grilletes me estrecharon las muñecas. Al menos esto podía entenderlo: mi magia reaccionaba al dolor. Dolor por un reino al que apenas había conocido antes de perderlo. Antes de que lo usaran para definirme y condenarme.
—Puedo sentir la magia —dije con la misma indiferencia con la que comentaría el tiempo. Informar sobre las fluctuaciones de mi magia había sido uno de sus primeros requisitos tras mi intento de fuga.
Arin pasó el pulgar por la zona en la que el Hirun dividía los vilayatos del sur de Jasad. Podría haber pensado que no le interesaba de no ser por el sutil arco de su ceja izquierda.
—Primero Fairel, luego tus amigos y ahora un mapa de las Tierras Calcinadas. ¿No has notado la conexión?
Dolor. Rabia. Miedo. Pero normalmente sentía esas tres cosas sin que mi magia reaccionara.
—No.
Arin emitió un leve gemido. No me creía. Me habría molestado si no hubiera estado tan segura de que mis conjeturas no importaban. Eran como los bocetos de los espías: ojeados y descartados ante la propia habilidad de Arin.
—¿Por qué me has defendido? —Al ver la expresión de Arin, aclaré—: Con Vaun.
Se giró hacia mí y apoyó la cadera en la mesa. Centré la atención en el mapa de Jasad. No quería preguntarlo, pero sabía que la cuestión me carcomería después. Ya tenía misterios suficientes quitándome el sueño.
—No te he defendido a ti. He defendido mis leyes. —Tocó un pergamino escrito con caligrafía cursiva, sujeto al borde de la mesa. Primeros decretos de Arin de Nizahl, comandante al mando y heredero.
Era una lista de revisiones inmediatas del código de gobierno de los soldados de Nizahl.
Repasé el listado rápidamente arqueando más las cejas con cada línea.
Las disposiciones de ese pergamino impedían que los soldados nizahlianos actuaran como autoridad final a la hora de juzgar a un jasadí.
Si el enfrentamiento era inevitable, el soldado debía hacer todo lo posible para eludir daños o la muerte.
Solo se le permitía usar una fuerza letal si su vida corría peligro.
Recordé que el soldado responsable de la muerte de Adel había palidecido al ver al comandante. Ahora tenía sentido. Había un pueblo entero como testigo y su compañero había violado el decreto del heredero al apalizar al anciano hasta la muerte solo por haber empujado un poco al soldado.
La frase siguiente me hizo gracia.
—«Cualquier maltrato físico o emocional a un cautivo jasadí, incluyendo pero no limitándose a golpes, ataduras, cortes, escupitajos, ataques de animales, amenazas sexuales, violencia sexual…». —Resoplé—. Vaun preferiría tocar sexualmente a un pez muerto.
—Ha puesto las manos sobre una cautiva. Sus intenciones son irrelevantes.
Me mordí el labio inferior hasta hacerme sangrar.
—Deja de llamarme cautiva. Estoy aquí por decisión propia.
—Creía que eso te lo haría más fácil. Pensar en ti misma como cautiva podría reducir parte de la culpa que debes de sentir por traicionar a los tuyos. ¿O acaso estás por encima de la culpa?
Arin creía que podía poner a prueba mi lealtad, pero yo no tenía ningún tipo de lealtad.
Ya no. Donde pudo haber existido lealtad en algún momento, ahora solo había un eco de arrepentimiento.
El rostro ceniciento de Niyar cuando me ordenó huir, el grito de Palia detrás de mí.
Mi madre, asesinada sola en su torre. Los cuerpos que nunca había llegado a enterrar.
La lealtad no significaba nada cuando era hacia los muertos.
—Aunque, pensándolo bien, quizás que te importe tan poco puede ser una señal de astucia —prosiguió Arin—. Jasad siempre estuvo condenada. Un reino tan sumido en la traición es el arquitecto de su propia ruina. —Se inclinó sobre el mapa y apoyó el peso en los nudillos.
¿Sumergido en la traición? Ahí sí que estuve segura de que esperaba una reacción. Jasad era el único reino sin intrigas palaciegas y engaños traicioneros.
Me giré para mirarlo. Era lo más cerca que habíamos estado sin que ninguno de los dos sangrara profusamente. Y habría estado encantada de rectificarlo.
—Nadie obedece tus edictos. ¿Por qué iban a hacerlo? Tu padre controla los tribunales, y los soldados saben que cualquier jasadí al que capturen será ejecutado de inmediato. Los jasadíes son culpables únicamente por existir.
La cicatriz que tenía debajo de la mandíbula reflejó la luz de los faroles.
—¿Niegas tu naturaleza?
El disgusto impregnó mis palabras.
—¿Qué naturaleza? Si te refieres a mi tendencia a la violencia, no es peor que la tuya.
Para mi sorpresa, una sonrisa tiró de las comisuras de sus labios.
—Podría ser. Pero jamás llegará el día en que mi naturaleza supere a mi mente. No hay magia en mis venas cuyo veneno pueda llevarme a la locura.
Negué con la cabeza. ¿Qué estaba haciendo al malgastar aliento intentando razonar con el hijo del supremo Rawain?
Rawain no era ni mucho menos el primer supremo en ir contra Jasad…
, solo el que más éxito había tenido. La magia jasadí llevaba siglos siendo odiada y temida, y no era más que cuestión de tiempo que la consideraran un motivo de peso para invadirnos sin sentirse culpables.
La Cumbre Sangrienta había matado a una docena de miembros de la realeza, incluida la esposa del supremo Rawain, la madre de Arin.
Él nunca sospecharía aquello que yo sabía que era cierto. Arin jamás creería que su padre estaba detrás de las muertes de la Cumbre Sangrienta.
—Para alguien tan convencido de su propia brillantez, pareces pasar por alto un defecto bastante evidente.
Permaneció callado. Se negó a caer en la provocación. No me importó.
—Crees que tu mente es una pizarra en blanco en la que puedes crear tus propias redes de información desde cero a través de la lógica y la razón.
Ignoras que cada niño entra en un mundo completamente único, fundado en verdades diferentes.
Construimos nuestra realidad sobre los cimientos que nos proporciona el mundo.
Tú entraste en un mundo en el que la magia es corrosiva, y los jasadíes, malvados por naturaleza.
Yo llegué a uno en el que transformar un zapato en una paloma hacía reír a mi madre.
¿Has considerado en esa mente infinita que tienes que la gente verdaderamente brillante es aquella que entiende que las realidades que erigimos ya estaban construidas antes de nuestra llegada?
Se me tensaron los músculos por la expectación. Si hubiera hablado con tal impertinencia a cualquier otro heredero o miembro de la realeza, estaría de rodillas con una espada en la yugular. Incluso mi abuelo me habría golpeado las manos. O, como mínimo, me habría confinado en mis aposentos.
Arin, con expresión pensativa, vertió el líquido lavanda de la jarra en un cáliz y me lo tendió.
—Toma.
Acepté el cáliz, presa del desconcierto.
Mejor eso que una espada. Lo olí. El aroma me quemó la nariz, era mucho más fuerte que cualquier cerveza que se pudiera encontrar en las tabernas de Mahair.
Bajo la atenta mirada de Arin, incliné la copa hacia mi boca y tragué con una mueca.
Uf. Comer tierra después de la lluvia probablemente sabría mejor.
—No eres lo que esperaba —dijo Arin.
Apuró su cáliz y lo dejó a un lado con desgana. Vergonzosamente tarde, caí en la cuenta: no era su primera copa de la noche. Era probable que cada una de esas fuera tan fuerte como tres cervezas. Incluso en su estado de embriaguez, ese hombre tenía más dominio de sí mismo que todo el reino junto.
Lo odiaba por más motivos de los que podría nombrar. Pero su autocontrol… me sacaba de quicio. ¿Cómo se pueden predecir los patrones de un río que jamás se desborda, nunca mengua ni fluye?
Los años de disciplina de Hanim no habían logrado domar mi naturaleza impulsiva. ¿Qué tipo de entrenamiento habría soportado él para ser así?
Arin alargó el brazo hacia mí. Retrocedí, consciente de sus manos desnudas, pero solo cogió otro mapa y lo desenrolló sobre el primero. Contuve la respiración. Era…