Capítulo trece #2
Durante mi primer año en Mahair, merodeaba por el pueblo todas las noches hasta el amanecer.
Memorizaba rutas de escape y buscaba rincones en los que esconderme cuando pasaran los soldados de Nizahl.
Los perímetros del pueblo me habían parecido enormes.
Me había pasado diez años muy cómoda en la opulencia y majestuosidad del Usr Jasad y media década viviendo en un tronco hueco hechizado con la magia de Hanim en el que cabían exactamente dos catres y unas cuantas pilas de pergaminos.
—Vuelve a tu habitación. Ya. —La voz de Vaun lo delató antes de que girara la esquina.
Estaba demasiado cansada para lidiar con él. Los demás guardias me dejaban en paz. ¿Por qué él no?
—Tú primero.
Frunció los labios hacia atrás y se puso frente a mí. Ignoré el impulso de provocarlo aún más y mascullé:
—No puedo dormir. Pasear me relaja.
—No he pedido tu estúpida opinión. Vuelve a tu habitación. Si vuelves a salir, yo mismo te llevaré ante su alteza.
El desprecio venció al letargo. Odiaba a todos los soldados nizahlianos, pero Vaun…
Vaun representaba a un tipo de soldado al que detestaba por encima de todos los demás.
Era el tipo de esos que se deleitaban con el poder que le conferían los colores del uniforme.
Era de los que, si descubrían a algún mercader que vendía huesos de jasadí, le guiñaban el ojo.
Me miré los grilletes. La plata se removió y se estrechó alrededor de mis muñecas. Mi magia estaba enfadada. ¿Por qué? ¿Por qué ahora y no durante el desayuno, cuando Vaun me había llamado prácticamente perra ramera?
—No he recibido ninguna orden de tu comandante que dijera que debo permanecer todo el tiempo en mi habitación —repuse. No me estremecí ante su pútrido aliento ni me acobardé con sus patéticos intentos por erguirse por encima de mí—. Y, por supuesto, no acepto órdenes tuyas.
Wes apareció por detrás de Vaun. El guardia más mayor se frotó los ojos y bostezó.
—Vaun, basta. Jeru y Ren están haciendo la guardia. No tenemos órdenes de confinarla.
Vaun no se movió. Ah… En ese momento lo entendí. Me giré y me topé con la mirada exasperada de Wes.
—Me está provocando. Quiere que lo ataque para tener una excusa para arrastrarme ante el heredero.
La arruga del ceño de Wes se profundizó. Fue a tocarle el brazo a Vaun, pero, antes de que entraran en contacto, Vaun me puso una mano en la cintura. Me tensé más que si me hubiera escupido en la cara. Le aparté la mano.
—No me toques —siseé.
Mantén la calma, Essiya, me advirtió Hanim. Te está provocando.
La siguiente mano me la puso en el brazo. Intenté apartársela, pero me agarró del codo. Su otra mano fue a parar a mi estómago, justo por encima del ombligo. Cualquier atisbo de compostura se desvaneció.
Hanim me lanzó un trapo.
—Presiónalo sobre la herida y deja de llorar. No tendrías que haber permitido que te cogiera.
Me giré y el pelo me cayó en la cara. Ella detestaba ver mis lágrimas. No lloraba casi nunca, pero el dolor…, ese dolor eclipsaba cualquier otro que hubiera experimentado antes. La sangre se escurrió entre mis dedos y empapó el trapo en pocos segundos.
Hanim se agachó a mi lado y me apartó las manos de la barriga. Dejó escapar un agudo silbido entre los dientes.
—Por el hacha oxidada de Dania, Essiya, ¿qué has hecho?
—Que-quería dejar que se a-acercara —gemí—. Unas lágrimas ardientes se me deslizaban por las sienes hasta el pelo—. Le he cortado la cabeza. Como me dijiste.
Perdía y recuperaba la conciencia constantemente mientras Hanim se cernía sobre mí envolviéndome el torso en tiras de lino y piel de conejo. Una burbuja de felicidad se elevó por encima de mi agonía. Le importaba. No quería que me hicieran daño.
Una punzada en la mejilla me hizo abrir los ojos. Hanim me dio otra bofetada.
—No vas a morir —espetó. Sus ojos carecían de toda compasión—. Aquellos que tienen deudas que saldar no tienen derecho a morir.
—¡Sylvia! ¡Sylvia, para!
Sentí que unos brazos me rodeaban el pecho y me sujetaban. Vaun estaba en el suelo aferrándose la nariz sangrante. Aparté a Wes de un empujón. Me di con la espalda contra la pared.
—Le dije que no me tocara. —Me soné delirante incluso a mí misma—. Se lo dije.
Vaun se levantó de un salto y me agarró el pelo en el puño. Tiró con fuerza y me arrojó al suelo.
—La llevaré ante su alteza.
Wes observó con incredulidad a Vaun arrastrándome por el pasillo mientras yo no dejaba de patalear. No nos siguió.
Vaun me arrastró del cabello con ambas manos.
La piedra me raspaba y me desgarraba, y él avanzaba demasiado rápido para tratar de ponerme de pie.
Mantuve las manos en mi pelo, esforzándome por minimizar la presión que sentía en el cuero cabelludo.
Cada vez que intentaba oponer resistencia, el guardia tiraba con más energía y se me llenaban los ojos de lágrimas.
Soltó una mano para abrir una puerta y me arrojó sobre una gruesa alfombra azul.
—Mi señor, mis disculpas por interrumpiros a estas horas intempestivas. He descubierto a la jasadí explorando los túneles y comportándose de manera evasiva. Cuando he intentado interrogarla, se ha puesto violenta. Es evidente que busca causaros daño.
Usé la pared para levantarme. Sentado en un sillón junto a la ventana, con aspecto de alguien que pretendía retirarse a descansar por ese día, se encontraba el heredero de Nizahl. Sin alzar la mirada, cerró el libro que tenía en el regazo y lo dejó a un lado.
—Miente —dije, pero me salió una voz cansada y sin fuego alguno. ¿Qué más daba? No aceptaría la palabra de una jasadí por encima de la de sus propios guardias.
Arin me ignoró.
—¿Te ha confesado ella tales intenciones?
Vaun se removió.
—No, por supuesto que no, pero…
—¿Estaba empuñando un arma cuando la has asaltado?
Tanto Vaun como yo estábamos igual de desconcertados.
—¡Os desea el mal, señor!
—Estoy seguro de que sí. —Tamborileó sobre el brazo del sillón. Me sorprendió verle la mano desnuda—. Muchos lo hacen. Aun así, arrestarlos a todos sería una represalia desmedida.
—Pero…
—No se deja provocar con facilidad —continuó Arin—. Aparte de sus arrebatos y cambios de humor, la jasadí no es propensa a reaccionar de manera iracunda.
Fruncí el ceño. ¿Cambios de humor?
—Me ha puesto la mano en la cintura. —Miré fijamente a Vaun sin molestarme en ocultar mi satisfacción vengativa.
Me había arrastrado ante el heredero y este había acabado cuestionando su propia legitimidad—.
Cuando le he dicho que no me tocara, me la ha puesto en el vientre.
—Pronuncié esta última parte entre dientes, resistiendo el impulso de envolverme el tronco con los brazos—.
Soy un arma para el heredero y, si no vas a tratarme con la dignidad que reservas a las personas, trátame como a una espada. Y no tienes derecho a empuñarme.
La mirada de Arin se deslizó hasta Vaun y se endureció. A pesar de que su voz no cambió, un frío glacial se apoderó de la estancia.
—Le has puesto las manos encima.
Vaun dejó caer la barbilla, lo cual supuse que era la versión nizahliana de retorcerse las manos.
—No tenía opción, señor. No quería regresar a su habitación.
Ansiaba abalanzarme sobre él, arrancarle los nervios con los dientes y aplastarle el pecho hasta convertirlo en comida para perros.
—Estoy aquí porque yo misma lo elegí, no porque tú me hayas atrapado, maldito cerdo inmundo…
Callé cuando Arin se acercó. Llevaba una fina camisa negra y pantalones, una indumentaria ligera en comparación con sus habituales conjuntos negros y violeta.
El pelo plateado le caía alrededor de la mandíbula y resaltaba el moretón que empezaba a desvanecerse en su pómulo.
Su capacidad para intimidar no se veía menguada por su atuendo relajado. Vaun se arrodilló y bajó la cabeza.
—Perdonadme, mi señor. He actuado sin consultaros.
—Sí, eso es evidente —contestó Arin—. Márchate. Ya hablaremos de esto en un momento más oportuno.
Vaun levantó la mirada.
—¿Qué debería hacer con la chica?
—Deberías hacer lo que te pido y limitarte a eso. —Una vez más, Arin se mostró totalmente amable, pero Vaun palideció como si el heredero acabara de ordenar su decapitación—. Vete.
Me masajeé las raíces del pelo con una mueca. Primero el soldado nizahliano del bosque y ahora Vaun. Mi cuero cabelludo había sufrido bastante las últimas dos semanas.
Me mantuve próxima a la puerta evitando mirar a Arin.
No quería arriesgarme a salir al pasillo con Vaun todavía cerca, así que me tomé mi tiempo para observar la habitación del heredero.
No había mucho que ver. Un armario alto, una cama que solo era ligeramente más grande que la mía, una mesa cuadrada diminuta en la que apenas cabía un libro y otra bastante más amplia cubierta de tinteros y mapas desenrollados en parte.
Me pregunté qué pensaría de la mesa pequeña.
Antes, eran un elemento básico en todas las casas jasadíes, plegadas y ocultas tras los muebles hasta que llegara un invitado.
El anfitrión colocaba un platito y una taza de ahwa aromática del tamaño de una mano y quizás un plato de galletas o kunefe al lado.
Adoraba el olor del ahwa, aunque la única vez que lo había probado había acabado escupiéndolo.
Pero Soraya seguía trayéndome tazas a escondidas de la cocina para que pudiera oler los restos de líquido oscuro como si fuera una vela.
Últimamente, parecía que no podía sacarme Jasad de la cabeza. Rodeada de nizahlianos, no era el lugar más adecuado para pensar en mi antiguo hogar.
Había una cajita en la esquina de la mesita con el sello real de Nizahl y un bote de cera.
Lo cogí. El sello era de hierro puro y lo sopesé con la mano.
En la base había dos espadas cruzadas. Un cuervo emergía del lugar en el que se encontraban las espadas y desplegaba las alas a ambos lados. Recorrí su contorno, embelesada.
—Ten cuidado —advirtió Arin—. La cera quema.