Capítulo trece
Capítulo trece
L a primera semana puso a prueba mis límites.
¿A qué velocidad podía correr en tierra?
¿Con qué agilidad me manejaba en aguas turbulentas?
¿A qué distancia era capaz de lanzar algo?
Cada noche me acostaba convencida de que había alcanzado el límite del agotamiento hasta que la siguiente me demostraba que me había equivocado.
Si no hubiera sido por los dibujos que Jeru me dejó en la habitación, habría pensado que los ejercicios eran otra cruel peculiaridad del comandante.
—¿Esto qué es? —pregunté mientras esparcía las páginas sobre la cama. Jeru permaneció obedientemente detrás del umbral. Tenía la parte superior de los rizos cubierta de tiza blanca.
—Una recopilación de dibujos del torneo creados por artistas lukubíes que datan de hace siglos. Fueron un regalo para la sultana Vaida. Su alteza pensó que deberías estudiarlos.
—¿En mi abundante tiempo libre? —A pesar de todo, sentía curiosidad. Desenrollé la tira de piel de conejo que envolvía los pergaminos. Algunas páginas estaban amarillentas por el paso del tiempo—. ¿Cómo llegaron a manos del heredero?
—Se los pidió prestados.
Por supuesto. Porque la gobernante de Lukub, que se rumoreaba que era la sultana más cruel desde la Corona Aullante, era amiga de Arin. Le pidió prestados sus valiosos pergaminos y seguro que le dio consejos sobre las mejores técnicas de tortura mientras compartían una suculenta comida.
Jeru se marchó por el pasillo antes de que pudiera insistirle más.
Los bocetos estaban separados por pruebas y luego por años. Ojeé las imágenes de la primera prueba y mi curiosidad se convirtió en aprensión con cada nuevo grupo de campeones. De repente, se vieron reducidos de cinco a cuatro y supe que los bocetos de abajo eran posteriores a la Cumbre Sangrienta.
Recorrí con la mirada los dibujos sombreados del cañón boscoso de Orban.
El artista había usado un cuchillo para marcar las grietas de los árboles y los campeones posaban bajo las siniestras ramas con semblante adusto.
El Ayume era el bosque orbaniano en el que tendría lugar la primera prueba y estaba colmado de horrores provocados por la antigua magia de guerra de Dania.
Dania era una maestra cazadora, tan austera en la vida como brutal en la batalla.
Los orbanianos la conmemoraban con una prueba de resistencia física en el corazón del bosque, donde había librado su batalla más infame.
Cuando pasé la página, se desprendió una esquinita del pergamino.
Unas marcas de tiza negra recorrían la portada y las palabras Dar al Mansi le daban título.
La segunda prueba había cambiado en los últimos años.
En la nueva versión, los campeones entraban en un pueblo abandonado de Omal y luchaban contra las criaturas mágicas que los organizadores liberaban dentro de sus confines.
Los campeones no solo debían atravesar el pueblo y salir de una pieza, sino que tenían que conseguir tres trofeos de sus víctimas para poder continuar.
La segunda prueba servía como tributo a la awala Kapastra y sus vulgares mascotas, celebrada en su reino natal.
Tracé la línea de las alas de cristal llameante de Al Anqa’a con el pulgar.
Los bocetos representaban a la gigantesca ave llevando a los indefensos campeones con las garras, más afiladas que cualquier espada, cerradas a su alrededor.
Aquellos que escapaban de Al Anqa’a eran despedazados y devorados por el nisnás, una criatura macabra de aspecto humano con unas pesadas extremidades a un lado y púas de carne colgante en el otro.
El artista había esbozado a los demás monstruos que acechaban en la periferia, observando con envidia al nisnás que había alcanzado al campeón en primer lugar.
¿Qué esperaba que aprendiera de esto? Aparté los dibujos de la segunda prueba aguantando las náuseas y pasé a la tercera.
Esta se celebraría entre los dos últimos campeones restantes.
En honor al talento de la awala Baira para las ilusiones, a los campeones se les administrarían elixires para invocar visiones a su alrededor.
En un pozo de arenas movedizas, el campeón con la voluntad más fuerte sería capaz de discernir entre la realidad y las alucinaciones antes de que la arena lo engullera por completo o su contrincante lo abatiera.
Diez minutos después, irrumpí en el centro de entrenamiento y tiré los dibujos sobre el cofre de las armas. Jeru y Wes interrumpieron su ejercicio con espadas con la expresión de cansancio de unos padres primerizos llevando a su hijo llorón a la tienda.
—¿Dónde está? —pregunté.
Wes frunció los labios.
—Aquí no. ¿Por qué?
Señalé los bocetos.
—Si Lukub organiza el Banquete, la tercera prueba será en Nizahl.
Los guardias intercambiaron una mirada.
—Sí —respondió Wes lentamente—. La prueba de Baira tendrá lugar en Nizahl.
Jeru juntó las pobladas cejas.
—Eres la campeona de Nizahl, ¿creías que podrías evitar visitar el reino por el que compites?
Su pregunta me dio vueltas en la cabeza.
Con la espiral de acontecimientos, no me había detenido a considerar que volvería a encontrarme con el supremo Rawain.
El hombre que había masacrado a mi familia, que había exterminado Jasad, obtendría gloria por parte de la mismísima heredera a la que no había podido matar.
Salí sin decir nada más. Se me desdibujaba el entorno y se desenfocaba.
Si fracasaba en el Alcalah, el ego de Felix no descansaría hasta que mi cabeza colgara del asta de la bandera de Mahair.
Si ganaba, se me otorgaría la inmunidad del vencedor, pero estaría escupiendo sobre la tumba de cada jasadí que había sido abatido por una espada nizahliana.
Algo que habría podido soportar de no ser por el hecho de que, al parecer, había dos grupos de jasadíes que sospechaban que era la heredera.
Quizás eran lo bastante estúpidos para quererme a la cabeza de su inútil causa.
¿Qué otros motivos podrían tener para perseguirme?
Desde luego, no era el atractivo de mi magia.
En algún momento, me dejé caer con la espalda pegada a la pared del pasillo. Me abracé las rodillas y una parte de mí me señaló que podría haber esperado a derrumbarme diez pasos más adelante, en mi habitación. Me eché a reír.
Si Arin supiera cuál era la verdadera razón por la que los Mufsidíes y los Orabi competían por mí, si se le pasara por la cabeza un solo segundo que la heredera de Jasad estaba viva y durmiendo a dos pasillos de él…
Me reí con más fuerza. Tendrían que rascar lo que quedara de mí en las paredes.
No era un hombre que jugara con las probabilidades, y el riesgo de que los Mufsidíes o los Orabi pudieran capturarme y legitimar su causa era demasiado grande.
Quizás no tuvieran esperanzas de reclutarme. Era posible que tan solo quisieran matarme. Vengarse merecidamente de la heredera que los había abandonado.
—Cuidado, señor —advirtió la voz de Vaun, pero parecía salir de un angosto túnel—. Los de su calaña suelen reaccionar con violencia en momentos de ira.
Yo te entrené para liderar Jasad y él te está entrenando para traicionarlo.
¿Qué libertad podrás obtener después de eso?
¿A dónde irás sin que Essiya te persiga?
Las palabras de Hanim invadieron mis pensamientos hasta que fui incapaz de distinguir cuáles me pertenecían a mí y cuáles a ella.
Fui vagamente consciente de que una silueta se colocaba delante de mí en el pasillo.
Me estremecí y apreté las rodillas. Espero que perezcas en la primera prueba.
Sylvia no vale para nada y, si triunfas como campeona de Nizahl, Essiya también perecerá.
¿Cómo sabían dónde localizarme? ¿Por qué conjurar el espectro putrefacto de Hanim si pretendían reclutarme? No conseguía encontrarle el sentido a nada. Solo había una verdad en mitad de todo el caos.
No debería haberme quedado tanto tiempo en Mahair. No tendría que haberle cogido cariño a Fairel ni haberme preocupado por la opinión de Rory. Sefa y Marek habrían permanecido a salvo de los horrores de su pasado.
Arruinas todo lo que tocas, dijo Hanim.
Cuando la voz de la qayida se volvió más ronca y su risa entrecortada se fue apagando, me tranquilicé lentamente.
Mis pensamientos fragmentados se recompusieron con las costuras rojas por el veneno de Hanim, pero eran míos de nuevo.
Me incorporé y me froté los músculos dormidos. Temía cuánto tiempo podía haber pasado.
Las sombras se movieron y estuve a punto de gritar al ver la silueta oscura que ocupaba una silla en la pared opuesta. Mis ojos se adaptaron a la penumbra y me encontré con el rostro impasible de Arin.
—¿Ya has regresado? —preguntó.
Apoyé la cabeza en la pared. No veía a Vaun por ninguna parte y me pregunté cuánto tiempo llevaría Arin sentado ahí.
—No me he ido en ningún momento.
Se levantó y su abrigo ondeó alrededor de sus botas.
—Sí, sí que lo has hecho.
Aquella noche, estuve paseándome de un lado a otro.
Descalza sobre la piedra fría, con la trenza deshecha y con la misma ropa sucia que había usado para entrenar.
Recorrí los pasillos de arriba abajo perdiéndome en el complicado laberinto de túneles que serpenteaban por todo el complejo.
La luz azul que se filtraba por el interior de los muros me seguía, y me mordí el labio ante su enorme parecido con las vetas doradas de la fortaleza de Jasad.
De vez en cuando, divisaba a algún guardia por el rabillo del ojo.
Me vigilaban desde la distancia y agradecí que me dejaran espacio.