Capítulo doce #2
Arin siguió adelante sin decir nada, aunque estaba segura de que en algún momento volvería a sacar el tema de qué bloqueaba mi magia. Daba la impresión de que iba acumulando información nueva en la aterradora red de su mente hasta que hubiera recopilado todos los hilos.
—El Banquete de los Campeones tendrá lugar en Lukub dentro de seis semanas. Partiremos desde allí a la primera prueba en Orban. Tenemos hasta entonces para prepararte.
Caminó hacia una esquina de la habitación y se agachó ante el cofre de armas del que había robado el día anterior.
Las nubes se movían con calma por el cielo artificial que nos cubría.
—Todavía no entiendo por qué debo competir como campeona para atraer a los grupos que buscas. Si son los mismos que me atacaron en el bosque, ya sabrán dónde estoy.
Me crucé de brazos resistiendo el impulso de estremecerme. El cadáver putrefacto con la voz de Hanim me atormentaría eternamente.
Arin se quedó paralizado. Se enderezó, se giró hacia mí y no retrocedí porque me lo impidió la perplejidad.
—¿Cómo que te atacaron?
La severidad de su tono de voz me sorprendió. Le relaté la confrontación con el espejismo del cadáver de Hanim. Arin se paseó de un lado a otro y casi pude ver cómo añadía esta última revelación a su red.
—¿No reconociste el cadáver ni viste quién lo había invocado?
—Eso es. —Media mentira—. Desapareció cuando se oyó tu caballo. ¿Crees que el atacante pertenecía a los Mufsidíes?
Arin negó con la cabeza.
—No te matarían a menos que ya hubieras rechazado unirte a ellos. ¿Has hablado con alguien desconocido?
—Solo con el heredero de Nizahl y sus cuatro guardias más hostiles.
Arin echó la cabeza hacia atrás y miró al techo. ¿Se estaría recordando a sí mismo los motivos que tenía para mantenerme con vida?
Giró sobre sus talones y se dirigió de nuevo al cofre de armas.
Lo seguí y fingí que era la primera vez que veía esas armas.
Levanté un escudo que claramente estaba hecho para alguien nacido de gigantes y me tambaleé bajo su peso.
Las alas del kitmer pintadas en el frente se extendían hacia las alturas mientras se elevaba en mitad de una poderosa llamarada.
Tenía el pico abierto en un bramido. El orgullo de Jasad. El primer compañero de Rovial.
Arin escogió una daga curva del cofre y la sopesó en la mano. Bajé el escudo y me lo apoyé en la pierna. Arin y los cuchillos no eran…
Con una velocidad casi sobrenatural, el heredero levantó el brazo y la lanzó. Tuve el tiempo justo para ver la silueta borrosa del filo atravesando el aire directamente hacia mi pecho.
No pensé. En un estallido de movimiento, junté las palmas y atrapé la empuñadura antes de que la daga se me clavara en el corazón.
La alcé ante mi mirada para asegurarme de que no fuera una alucinación, sino que el heredero de Nizahl me había usado una vez más como objetivo de prácticas. Gruñí.
—¿No me apuñalaste lo suficiente ayer?
—Fascinante —dijo—. Eso es instinto aprendido. ¿Quién le enseña a una huérfana a atrapar cuchillos?
—¡Has apuntado directo a mi corazón! ¿Y si hubiera dado en el blanco? —pregunté—. ¿Estabas dispuesto a matarme por una simple suposición?
—¿Puedes sentir tu magia?
¡Increíble! Le di la vuelta a la daga y se la lancé. La agarró con una sola mano. Sonreí.
—Ahora ya sabes que una huérfana también puede lanzar cuchillos. ¿Eso no es «fascinante»?
Arin arrojó la daga al cofre de armas. A su favor, había que decir que no parecía molesto porque le hubiera lanzado un cuchillo. Levantó la barbilla y me observó con una concentración inusual.
—¿Cuál es tu verdadero nombre?
Contuve el aliento, clavada en el sitio por mil punzadas de mal augurio.
Acallé el instinto que me gritaba que le estampara el escudo contra la cabeza y echara a correr.
Media década de clandestinidad desperdiciada por las intrigas de unos desconocidos.
Estos grupos no solo me habían señalado como jasadí, sino que le habían asegurado al heredero que era más de lo que parecía a simple vista.
—No soy rica en nombres, alteza. Solo tengo uno.
Arin arqueó una ceja. Guardé silencio y adopté una expresión apropiada para la ocasión: medio desconcertada, medio ansiosa.
Creía que había perfeccionado el arte del engaño.
Me resultaba fácil moldearme para aparentar lo que otros querían ver, pero Arin había expuesto los fallos de mi habilidad.
Por lo visto, lo único realmente honesto que me quedaba era mi furia cuando se desataba.
El heredero de Nizahl esbozó una sonrisa. Le había visto más expresiones en los últimos diez minutos que en los tres días anteriores.
—Como quieras, Suraira. Cada verdad a su tiempo.
Un mal presagio me atravesó la nuca. Si pretendía desconcertarme, lo había conseguido.
Golpeó el cofre abierto y continuó:
—Estas herramientas serán tus compañeras más fieles en los meses venideros.
—¿De verdad crees que seis semanas y unas pocas armas me ayudarán a salir victoriosa? Los demás campeones llevan entrenando desde el último Alcalah. Me sacan una ventaja de tres años.
—Tú tienes una ventaja de la que carecen los demás campeones.
—Debes de referirte a mi encanto irresistible, puesto que ya hemos dejado claro que mi magia no funciona.
—Sin embargo, tu magia apuñaló un par de veces a Felix y te salvó la vida.
Cogió un alfanje oxidado y extendió la empuñadura en mi dirección.
Acepté la espada curva y la deslicé en el aire a modo de prueba.
Tenía montones de preguntas, pero quedaron momentáneamente reemplazadas por la alegría infantil de blandir una espada.
Deslicé el dedo por el kitmer tallado en un costado con la cabeza de halcón en alto.
—¿Me permitirías usar armas jasadíes incluso en privado?
¿Era su forma de restregarme mi cobardía en la cara?
Si era así, se trataba de un esfuerzo inútil.
Mirando al kitmer, imaginando a los jasadíes que habían empuñado estas armas antes de mí, sentí…
nada. Sabía lo que debía sentir. Hanim no se había cortado a la hora de recordarme cómo le había fallado a Jasad, cómo los jasadíes habían sufrido ante mi incompetencia.
La vergüenza es un sentimiento peligroso que manipular.
Si tiras del hilo demasiadas veces, se acaba convirtiendo en apatía.
Arin deslizó su pañuelo sobre la empuñadura polvorienta de otro alfanje.
—Preferiría no malgastar mi tiempo en la red de tu animosidad hacia Nizahl —declaró—. Ambos estaremos mejor sin la intromisión de una lealtad dividida.
La espada me pesaba en las piernas.
—Nizahl jamás tendrá mi lealtad.
Una vez más, Arin no reaccionó al insulto. A veces me asombraba su fingida paciencia, la retorcida quietud que emanaba.
—No me refería a Nizahl —contestó—. Coge el alfanje.