Capítulo doce
Capítulo doce
Les lancé una mirada asesina a los guardias con el ojo que el comandante no me había puesto negro. El moretón tenía mucho peor aspecto de lo que me dolía en realidad, pero me producía satisfacción el ceño culpable de Jeru cada vez que me miraba.
El resto de los guardias me ignoraron. Wes, a quien me había encontrado por la mañana al despertar cerniéndose sobre mí con un paño frío (le había preguntado si es que me había tragado algún insecto, tras lo cual se había retirado), se metió una cucharada de gachas blancuzcas en la boca.
Vaun y Ren estaban hablando en voz baja al otro lado de la cocina.
Toqueteé las gachas. Volvieron a su sitio. Por el hacha hambrienta de guerra de Dania, había comido cosas desagradables cuando vivía con Hanim, pero ¿esto? Si esto era lo que comían normalmente los nizahlianos, no era de extrañar que estuvieran siempre enfadados. Tenían hambre.
—Deberías comer algo —comentó Jeru rompiendo su silencio.
—Pues dadme comida. —Aparté el cuenco. La cuchara cayó sobre la mesa con un repiqueteo y la manchó de gachas—. Esto es vómito de vaca.
La tensión se apoderó de los gruesos tendones del cuello de Vaun. No miró en mi dirección y me pregunté si era para evitar que le entraran ganas de despedazarme.
—Mejora con un poco de sal. —Jeru me pasó una pequeña bandeja.
—Preferiría comerme la sal.
Vaun se giró. Ren le puso una mano en el pecho.
—¿Hay algún problema? —Arin apareció de entre las sombras y se apoyó en la entrada arqueada de la cocina. Los guardias se levantaron de inmediato.
Llevaba el mismo abrigo negro que cuando lo conocí. Los cuervos violeta bordados en las mangas hicieron que me entraran náuseas. No había ni un cordón del chaleco fuera del sitio. La única imperfección en la refinada apariencia del heredero de Nizahl era el moretón que tenía en el pómulo.
Podría haber supuesto que las marcas de nuestra aventura por el Essam terminaban ahí, en un insignificante moretón, si no fuera porque se estaba apoyando contra la pared.
En cualquier otra persona, sería una pose casual que carecería de mayor importancia.
Pero no me imaginaba al rígido heredero de Nizahl encorvado, mucho menos apoyándose.
Había cargado mi peso muerto ribera abajo.
Seguro que las rocas le habían destrozado la espalda.
Me palpé el ojo negro y traté de no sentirme engreída.
El espectro de la noche anterior flotaba en la cocina y volvía el aire denso. Mi intento de huida no había servido para mejorar mi relación con los guardias.
—No podéis esperar que viva así —dije con el volumen demasiado alto—. Esta comida apenas es apta para las alimañas.
Ignorando la mirada fulminante de Vaun, me dispuse a enumerar mis quejas.
—Es evidente que el baño fue diseñado para funcionar con magia.
¿Lo habéis visto? Es abominable. Mi hedor actual podría usarse como arma.
No tengo ropa y la única compañía que se me permite consiste en un puñado de soldados cuyas habilidades conversacionales debieron de alcanzar su máximo esplendor en el útero.
Arin se desabrochó el abrigo.
—Buenos días a ti también.
Fruncí el ceño y señalé las paredes sin ventanas.
—Tampoco tengo pruebas de ello.
Jeru dejó escapar un sonido a mitad de camino entre una carcajada y un hipido y se cubrió la boca.
Arin se giró hacia Jeru y Wes.
—Hay unos paquetes junto a las escaleras. Llevadlos a su habitación.
¿Paquetes?
—¿Son para mí?
—Son para las alimañas. —Miró mi cuenco—. ¿Has terminado?
Me aparté de la mesa.
—Evidentemente.
Fuimos hasta el centro de entrenamiento. Me ajusté las mangas de la túnica que me habían prestado, que seguían apretándome los bíceps. Evité las paredes repletas de pájaros y mis familiares muertos.
—¿Cuánto tiempo hace que tienes la magia bloqueada?
Giré la cabeza hacia él. Arin lo había pronunciado como había dicho «Tienes magia» o «La elijo a ella». Completamente seguro. Con la convicción de quien no habla nunca en vano.
—¿Encuentras satisfacción en estas preguntas tan directas y contundentes? ¿Tomando por sorpresa al receptor para sacarle la verdad? ¿Esa es tu estrategia?
Ni siquiera parpadeó.
—Por lo general, sí.
—¿Puedo preguntarte cómo has llegado a esa conclusión?
—El poder que sentí cuando te toqué en la sala de las reliquias tendría que haberme despedazado —explicó con calma. Me quedé quieta. Todavía no habíamos hablado abiertamente de los detalles de lo sucedido en la sala de guerra—. Y en cambio, apenas logró impedir que te matara.
Niphran tenía razón, pensé maravillada.
—¿Es normal que te afecte tanto percibir magia?
—No hubo nada normal en mi comportamiento. —Sus ojos azules, inquietantemente pálidos, me estudiaron—. La tuya no es una magia sencilla.
Otro desvío. Supuse que los mentores del heredero de Nizahl debían de volverse locos con su destreza para evadir cualquier respuesta clara.
—La magia jasadí no puede ocultarse de mí —continuó—.
Tendría que haberla detectado en el río, cuando pusiste la mano sobre la mía.
Al menos, debería haber reaccionado anoche.
El dolor y el peligro son dos de las formas más seguras de despertar la magia.
La tuya responde a la mía de manera inusual.
Puedo percibirla, atraerla incluso, pero no abandona los límites de tu cuerpo.
—Frunció el ceño al ver una telaraña sobre el cofre de armas antes de redirigir la atención a mí—.
Así es como he llegado a esa conclusión.
—Tu toque hizo hervir mi magia. Casi me mata —dije secamente.
—Pero te salvó. Dos veces.
Ajá.
—¿Y cómo es posible que alguien que carece de magia haga tal cosa, alteza?
Un destello de aprobación atravesó su rostro. Lo había conducido con precisión a mi propia trampa.
—En circunstancias normales, no lo es. Soy capaz de percibir la magia porque soy inmune a ella y puedo drenar la magia de un jasadí con el mismo toque que parece encender la tuya.
No intenté ocultar el horror que se reflejó en mi semblante. ¿Podía drenar magia con el tacto?
Mis grilletes se apretaron ante la fuerza repentina de mi magia. ¿A cuántos jasadíes les había arrebatado la ventaja por la que los perseguían? ¿Cuántos habían sentido cómo les robaban la magia justo en el momento en el que más la necesitaban?
—No lo entiendo.
Me observó con frialdad.
—No hace falta que lo entiendas.
—Explícame a qué te refieres con lo del «drenar la magia» y responderé a tu pregunta.
La sorpresa se reflejó en los ojos del heredero, pero desapareció antes de que pudiera perseguirla.
Esperaba que le preguntara cómo había convertido su toque en su propia arma.
Y, en efecto, tendría que haberlo hecho.
La mecánica de su drenaje de magia no me afectaba, mis grilletes le impedían hacer algo más que atraer mi magia a la superficie.
Por las tumbas malditas. Esa estúpida pared en movimiento me había desequilibrado. Había perjudicado mi juicio.
—La magia jasadí no es un pozo sin fondo.
Cada jasadí tiene una reserva finita de la que extraer.
Imagina que alguien usa la magia con moderación para facilitar las tareas cotidianas.
Otro gasta su reserva en una exhibición impresionante.
Para el primer jasadí, reponer la magia no representa un problema, puesto que nunca ha llegado al fondo del pozo.
El que drena su magia ordenándole a un caballo que vuele o haciendo que llueva debe esperar, indefenso, hasta que el tiempo renueve sus suministros.
—Se llevó una mano enguantada a la sien y se la rozó con una caricia ligera como la de una pluma—.
Poseo la habilidad de drenar ese pozo temporalmente.
El tiempo acabaría reponiendo la magia, pero para entonces…
—Ya tendrás a esa persona atrapada o muerta.
Los grilletes me apretaron las muñecas con fuerza por la urgencia con la que me latía la magia en las venas. ¿Estaba reaccionando a Arin o a sus palabras?
—Sí.
Permaneció impasible ante mi expresión de repugnancia.
Si no hubiera percibido el odio en su voz la noche anterior, podría haberme creído su indiferencia.
Pero al menos ahora sabía por qué mi magia había reaccionado de un modo tan intenso a su tacto.
No podía drenar mis poderes, aunque sí hacer que fluyeran hacia los grilletes.
Se sacó un pañuelo del abrigo y lo usó para retirar la telaraña.
—Te toca.
Quería que se atragantara con sus propios intestinos mientras se los daba de comer a pedazos. No merecía mis secretos.
Pues no se los des, intervino Hanim. Parecía animada por que hubiera elegido hacer una pregunta sobre los jasadíes en lugar de sobre mí misma. Vuelve a escapar y únete a los jasadíes a los que persigue .
La idea fue como una jarra de agua fría sobre mi ira.
No, había tomado mi decisión. El mejor camino hacia la libertad era a través del heredero de Nizahl.
No había olvidado lo que Arin me había contado el día anterior.
Los Mufsidíes y los Orabi solo perseguían al mismo jasadí si este había desempeñado un papel importante en Jasad.
O bien sospechaban quién era… o bien ya lo sabían.
—No recuerdo un tiempo en el que mi magia fluyera con libertad.
Se sujetó las manos por detrás de la espalda.
—¿Se puede arreglar?
Negué con la cabeza. Si seguía presionándome, no sabía si podría inventar una mentira que resistiera a su escrutinio.
—Es una crueldad inusual. Tu magia parece muy fuerte.
Estuve a punto de echarme a reír. Si él supiera… Mis abuelos no habrían puesto grilletes a un poder común ni Hanim habría estado tan desesperada por desatarlo. La magia anormal había definido mi vida.
—Deberías saberlo. La crueldad inusual es tu especialidad.