ARIN
ARIN
E staba vivo. Sangraba abundantemente, pero vivía.
Bien. Sus cálculos no le habían fallado.
Arin exhaló y rotó los hombros con una mueca. El río le lamía las piernas. La jasadí yacía inmóvil contra él. La había atrapado en un ángulo preciso y había aprovechado la curva de la ribera para deslizarse hacia las rocas en lugar de caer directamente.
La luna apenas le proporcionaba luz para verla.
Arin se giró hacia un lado y la depositó en un charco profundo.
Seguía sin haber movimiento. El agua azotaba las rocas y le agitaba el pelo en una nube de rizos negros alrededor del rostro.
Entre eso y la palidez mortecina de su piel, una chispa de inquietud atravesó al heredero de Nizahl.
La sangre que le manaba de las heridas del brazo y la pierna corrió por el río. No se estaba curando.
No podía haber nada fácil con ella. Se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que su magia no la sanara por sí sola, pero esperaba equivocarse. Se quitó los guantes y vaciló. La pérdida total de control no era un recuerdo que fuera a olvidar fácilmente.
El pecho de la joven apenas se movía. Si moría, perdería la mejor oportunidad que tenía de atraer a los Mufsidíes y los Orabi al Alcalah.
Unas piedras afiladas se le clavaron en las rodillas mientras se cernía sobre la chica.
No con poco disgusto, agarró las manos de la jasadí.
Si estuviera despierta, estaba seguro de que lo arañaría hasta dejarle las palmas en carne viva.
Tenía el temperamento de un ganso enloquecido.
Cada interacción que habían tenido lo había ido convenciendo de que no trataba con una mujer estable.
El hambre se apoderó de él en cuanto sus manos entraron en contacto, aulló a través de él y lo atravesó como mil cuchillas afiladas. Se mordió el labio inferior hasta partírselo.
Su magia… era fuerte. Demasiado fuerte. Tendría que haberse dado cuenta de que algo en su magia no andaba bien en cuanto la tocó en la sala de las reliquias.
Nadie podría haber escondido un poder de ese calibre en una aldea de omalianos entrometidos.
No a menos que una fuerza externa impidiera que su magia se manifestara.
Eso lo desconcertaba, y odiaba sentirse desconcertado.
Los bordes desgarrados de la piel de la joven se buscaron.
Ver cómo se le cerraban las heridas lo asombró tanto como la primera vez.
La magia se agitaba bajo su tacto. En cuanto el color volvió a su piel, Arin dejó caer las manos de la chica y exhaló pesadamente.
Una violencia contenida lo sacudió y le colmó la boca de un sabor metálico.
Era la influencia de la magia de la jasadí.
Arin no encontraba satisfacción en la crueldad en sí ni se dejaba dominar por impulsos primarios.
Esa sed de sangre era el producto de la magia de la joven.
No sabía cómo lo hacía, pero tenía intención de averiguarlo.
—¿Señor? ¿Estáis ahí? —La voz de Jeru se elevó sobre el murmullo del río.
El agua tiraba de la jasadí, ansiosa por llevársela.
Arin la sujetó por el brazo y se apartó de inmediato.
¿Había arrancado las mangas de la túnica?
Huir al bosque Essam bajo el asedio del invierno con los brazos al descubierto sería un modo muy eficiente de poner fin a su estancia en el mundo de los vivos.
La agarró por la tela del cuello y la arrastró a las rocas a su lado.
—¿Acaso eres el bastardo de un burro? Si los jasadíes están cerca y te oyen llamando a tu comandante, lograrás que su prioridad sea encontrarlo. —La voz furiosa de Vaun era mucho más distinguible.
—¿No creéis que ya los habrá alertado el caballo sin jinete?
—Mira. Hay sangre en este árbol —comentó Ren.
No tardaron en divisar a Arin y la jasadí junto al río.
Tuvo que concederles el mérito de ocultar su reacción ante la extraña imagen de su señor arrastrando por el cuello a una jasadí inconsciente.
Jeru se deslizó por la pendiente con una cuerda atada a la cintura.
La sorpresa se apoderó al fin de su rostro al contemplar la escena que lo esperaba allí abajo.
—Mi señor, estáis herido.
—No tengo nada roto ni cercenado. Llévate a la chica y envíala de vuelta a los túneles con Ren de inmediato.
Jeru obedeció y se agachó para tomarla en brazos. En cuanto la levantó, ella empezó a retorcerse.
—¡No, no! —gritó. Sus ojos se movían rápidamente tras los párpados cerrados, cazando amenazas invisibles—. No me toques. ¡No!
Jeru forcejeó para sujetarla, pero se le escapó de los brazos y apenas logró evitar que se golpeara la cabeza con las rocas.
—¿Deberíamos atarla con una cuerda? —preguntó el guardia, desesperado. El agua lo había salpicado hasta las rodillas.
Arin frunció el ceño. ¿Cómo podía ser tan irritante incluso cuando dormía?
La jasadí seguía retorciéndose con los ojos cerrados.
—Por favor, por favor… —gimió con tanto miedo que Arin y su guardia se detuvieron.
Secretos. Muchos secretos. Estaba envuelta en ellos.
—Sujétale los hombros —gruñó Arin. Sus propias heridas empezaban a exigir atención.
Jeru hizo lo que le había pedido, a pesar de los renovados forcejeos de la muchacha. No podrían sacarla del lecho del río si no se quedaba quieta.
La voz pastosa de la chica resonó en la cabeza del heredero.
«Te creo». Como si a Arin le importara ganarse su confianza.
Era borde y contradictoria. Cada vez que abría la boca, le hacía perder la paciencia.
Esa jasadí era el equivalente humano a la tinta derramada sobre las meticulosas líneas de su mapa.
No tenía claro si podría aguantar todo el Alcalah sin romperle el cuello.
—Dile a Wes que le ponga un paño frío en la frente para reducir la hinchazón —dijo Arin. Notó un pinchazo en el brazo al doblarlo.
—¿Qué hinchazón? —La sujetó por los hombros, que no dejaba de retorcer.
Arin golpeó a la jasadí y ella dejó caer la cabeza a un lado.
Por fin se había quedado quieta.