Capítulo once #2
Ahogué un gemido. Por la belleza bendita de Baira, ¿acaso pretendía evocar mi magia acribillándome a cuchillazos? No entendía cómo me había curado la última vez y dudaba que mis poderes se molestaran en salvarme dos veces.
Noté un calambre en la pierna cuando trepé a la rama siguiente.
Goteaba sangre por la corteza como una savia grotesca.
La herida manaba profusamente y me empapó el talón.
Lo único que quería era apoyar la frente contra el árbol para recuperar el aliento, pero no tenía tiempo.
Me sujeté con un brazo a un grueso nudo de ramas.
Con el otro, le lancé el cuchillo ensangrentado al heredero.
Acerté… en cierto sentido. El cuchillo pasó junto a Arin y se clavó en el flanco de su caballo. El animal chilló y se encabritó. Si Arin hubiera estado sentado, lo habría arrojado directamente por el acantilado y su cuerpo se habría estrellado contra las rocas de abajo.
Emití un sonido ininteligible de frustración cuando tensó la cuerda que tenía en la mano. Se movió con una elegancia desconcertante y so colocó en la base del árbol. El caballo se adentró galopando en el bosque.
—No puede usar la magia. Algo o alguien la tiene bloqueada. —La risa de Arin, desprovista de humor y calidez, hizo que me estremeciera entera. Se apartó del árbol y, para mi horror, empezó a trepar por el que había al lado—. Menuda desgracia.
¿Por qué estaba escalando el árbol que había junto al mío? Me quedé paralizada sin saber si seguir subiendo o dejarme caer al suelo y huir corriendo. Se balanceó en una rama paralela a la mía y comprendí sus intenciones un segundo demasiado tarde.
Una nueva daga se me clavó en el brazo y me inmovilizó contra el árbol. Grité y la agonía repentina me nubló la visión.
No vas a hacer esto, Essiya, ordenó Hanim. No vas a permitir que el heredero del supremo termine lo que empezó su padre.
Los grilletes se estrecharon. Me tragué un sollozo. Me dolía todo. Me obligué a mirar el cuchillo; lo bueno era que no me había dado en el hueso.
Pero el siguiente podría hacerlo. Seguiría cortándome hasta que bajara, derrotada. Mi magia bloqueada era un experimento para él, otro hilo del que tirar y retorcer. Creía que me curaría. No sabía cómo explicar que a mi magia mi sufrimiento le importaba aún menos que a él.
—No me atraparán de nuevo —susurré.
El camino a la salida se abrió ante mí. Una manera de terminar con eso, de un modo u otro.
Me metí la manga arrancada en la boca y agarré la empuñadura del cuchillo. Una respiración. Dos. Me la extraje del brazo y el chillido amortiguado me retumbó en las costillas. Me convulsionó la mano. Dolía. Dolía mucho. Con los ojos llorosos, vi cómo caía al suelo.
—Puedes bajar y poner fin a esto cuando quieras —me dijo Arin.
Escupí la manga. La ira despejó la neblina de la agonía. Parecía muy confiado, seguro de que iba a ganar. ¿Por qué no iba a estarlo? Derramar sangre jasadí era un derecho que le pertenecía por nacimiento.
Por una vez, el rencor me motivó más que el miedo. Me separé del tronco. Con el brazo bueno, me aparté de la base de la rama. Retrocedí rápidamente hasta el borde, justo encima de la orilla del río. Una ráfaga de viento y me precipitaría. Mis entrañas quedarían esparcidas por las rocas de abajo.
—¿Qué estás haciendo? —El asombro se apoderó de su voz áspera. Se deslizó hasta la base del árbol y dio un paso hacia mí.
—¡Para! —grité—. Un paso más y me tiro. Puede que pienses que mi magia es capaz de curar unas pocas puñaladas, pero ¿la crees capaz de recomponer un cuerpo destrozado?
En un abrir y cerrar de ojos, su expresión se volvió tranquila y serena. Me entraron ganas de darle una bofetada. ¿Se había deshecho de su frustración como si fuera una pestaña caída o solo la había reprimido?
—Has perdido una gran cantidad de sangre. Creo que te quedan minutos para desmayarte. No seré lo bastante rápido para cogerte —dijo.
—Bien.
Dio un paso al frente. ¿Acaso se pensaba que pronunciaba amenazas vacías? Cerré la mano libre alrededor de la rama y me lancé hacia un lado. Me quedé suspendida en el aire.
La rama crujió fatídicamente y se doblegó bajo el peso de mi cuerpo. Tenía las venas de la mano hinchadas por el esfuerzo que estaba haciendo al sujetarme. Colgada de la rama, sentí el inexplicable impulso de reír. Si esta era la locura mágica, entendía por qué Rovial había querido quemar el mundo.
Arin se había aproximado, pero no lo suficiente. Si daba otro paso y me soltaba, me estrellaría contra las rocas antes de que pudiera cogerme. Empezaba a ver borroso por la periferia.
Siguió con su actitud impasible. Como si estuviéramos sentados compartiendo una agradable comida.
—¿Qué quieres?
Lo que quería responder: «Tu cabeza cortada dando vueltas en un asador».
Lo que salió fue mucho peor.
—Libertad. Libertad real. —La rama gimió y me deslicé aún más. Apreté los dedos resbaladizos por el sudor en el último instante.
—Ya te ofrecí la libertad y has huido.
Resoplé. El latido de mi corazón se iba ralentizado, volviéndose tan pesado como el resto de mi cuerpo.
—No necesito tus promesas vacías, comandante. No forjes castillos en el aire. Prefiero mantener los pies en tierra firme.
—¿Cómo puedo convencerte de mi palabra?
Lo miré totalmente desconcertada. Me había preparado para morir en el río sabiendo que la oferta de libertad del heredero no significaba nada. ¿Era esto otro juego?
Empezó a hablar antes de que pudiera elaborar una respuesta coherente.
—A lo largo de los últimos siete años han desaparecido cientos de personas secuestradas por dos grupos. Se ha encontrado a cuarenta y siete de ellas muertas. Probablemente, a manos de los mismos individuos que se las llevaron: rebeldes jasadíes que se hacen llamar Mufsidíes.
Se había acercado en algún momento. El bosque se había estrechado sobre Arin, envolviéndolo en sombras, y no era capaz de distinguir hasta qué punto era fruto de mi lucidez cada vez menor. Mufsidíes. Nunca había oído ese nombre.
—Has dicho… que había dos. —Mi boca se resistía a la complicada tarea de formar una frase. Parpadeé y, cuando volví a abrir los ojos, me había deslizado hasta el último centímetro de la rama.
—Los otros son los Orabi. Un segundo grupo jasadí, menos violento que los Mufsidíes.
Los Mufsidíes y los Orabi persiguen a jasadíes por los cuatro reinos y rivalizan por reclutarlos para su causa.
Los Mufsidíes asesinan a quienes no se unen a ellos.
Los Orabi secuestran a sus objetivos sin dejar rastro, quieran ir voluntariamente o no.
Ambos grupos compiten por la misma persona si tenía un puesto importante en Jasad.
Nobles, mandos del ejército o miembros del consejo.
—¿Puestos importantes?
Una alarma distante sonó tras el muro de mi fatiga.
—¿Y crees… que me quieren a mí?
Me estaba costando mucho no cerrar los ojos. Si lo hacía, no volvería a abrirlos, y empezaba a preocuparme haber cometido un grave error. ¿Y si todo lo que había dicho el heredero en la cabaña era cierto?
—Estoy seguro de que es así. Cuando consiga llevar a cabo mi plan hasta el final, la libertad será tuya. Si no crees en mi sinceridad, cree en mi pérdida. Si se descubre que he permitido que una jasadí compita como campeona de Nizahl en el Alcalah, llevará a la ruina mi trono y mi reputación.
El escepticismo se reflejaba en cada línea de mi rostro. El mejor modo de asegurarse de que nadie se enterara nunca de su traición era tan simple como deshacerse de mí después de capturar a los Mufsidíes y los Orabi.
Arrancó la siguiente espina de incertidumbre antes de que pudiera hablar.
—Si ganas el Alcalah, estarás constantemente rodeada de guardias. Guardias independientes de cada reino que no obedecerán ninguna orden que no provenga de ti. Ni siquiera de mí.
No me importaba. Ambos sabíamos que, si quisiera matarme, lo haría.
Sin embargo, me costaba creer que fuera a arriesgarse a sumir su reino en el caos asesinando a su campeona.
Y, si acusaba a otro reino de asesinarme, sería un motivo de guerra.
Ni siquiera Felix, cuya inteligencia admiraba menos que la de un cerdo en celo, se había atrevido a ponerme una mano encima después de la declaración de Arin.
El mundo se tambaleó. Me temblaron los dedos alrededor de la rama. No podía seguir manteniendo a raya la oscuridad.
—Te creo —balbuceé.
Mi último recuerdo antes de que se me soltara la mano y me precipitara al abismo fue el del heredero de Nizahl corriendo, deslizándose sobre el camino de barro, y la colisión de nuestros cuerpos al borde del acantilado.