La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo once
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Capítulo once

Capítulo once

E staba gritando con los ojos cerrados cuando el hedor a carne podrida se desvaneció de repente.

Me quedé inmóvil en el suelo. ¿Se había ido? Reuní por fin el coraje para abrir los ojos. Los insectos habían desaparecido, al igual que el espectro de Hanim.

Con el corazón en la garganta, me obligué a sentarme.

El corte del cuello de Hanim se había abierto por los bordes y se curvaba como un segundo par de labios bajo su barbilla.

No podía ser su cuerpo real, la magia de la muerte se había erradicado siglos atrás en un extraño momento de acuerdo entre los reinos.

Habían replicado el aspecto de Hanim con todo detalle.

Su extensa cabellera negra, siempre retirada en una trenza rígida, y la ceja que tenía ligeramente más larga y poblada que la otra.

Casi había olvidado que hubo un tiempo en el que Hanim era hermosa.

Alguien había evocado una imagen de ella. Alguien que sabía cómo había muerto… y quién la había matado.

Otra preocupación se me clavó como una flecha en el estómago. Las «legiones» que Arin afirmaba que los grupos habían masacrado. ¿Y si los rumores sobre desapariciones a lo largo de los reinos no eran en absoluto rumores?

¿Creías que los jasadíes no te harían daño?, preguntó Hanim; se me erizó todo el cuerpo hasta que me di cuenta de que su voz estaba en mi cabeza. Dices que no les debes nada. Si no eres su aliada, eres su enemiga. En la guerra no puedes disfrutar del lujo de la indiferencia.

Guerra. Me quité el barro de las palmas con fuerza, tal y como desearía deshacerme de los desvaríos de Hanim en mi cabeza.

Ni­zahl había derrotado a Jasad en sus propias tierras.

Los jasadíes estaban dispersos, perseguidos, atemorizados.

Cualquier relato sobre sus conspiraciones para librar una nueva guerra provenía de bocas de lunáticos.

Estaban en inferioridad numérica y de fuerzas.

La única guerra que podían librar era la de la supervivencia.

Se partió una rama. Me giré. El titiritero del cadáver hechizado debía de andar cerca todavía. ¿Por qué se había detenido antes de acabar conmigo?

A lo lejos, un sonido nuevo me erizó la piel de los brazos.

Cascos de caballo.

La realidad me golpeó el pecho. Solo había una persona cuya presencia podía amedrentar a un poderoso jasadí hasta el punto de suspender su ataque.

—Menuda noche para enterrar en las tumbas más profundas —siseé levantándome con dificultad. El mundo me daba vueltas.

No podía escapar de él. Yo conocía el Essam prácticamente mejor que nadie, pero él también. Mi mejor opción era encontrar el Hirun y esperar llegar a un barranco o zanja. Aunque, con la suerte en mi contra, seguro que me toparía de frente con el jasadí que había intentado matarme.

Eché a correr por el bosque sin prestar atención al crujir de las ramas ni a mi respiración entrecortada.

Seguro que sabría a dónde me había dirigido por muy bien que camuflara el rastro.

Las ramas delgadas me golpeaban la cara y los brazos desnudos y me dejaban líneas blancas en la piel.

El suelo estaba salpicado de charcos de lodo que se volvían cada vez más grandes conforme avanzaba hacia el este.

La luz de la luna titilaba entre los árboles e iluminaba fragmentos del Essam entre las zonas de sombras.

El olor a huevos podridos y resina me impregnó la nariz. ¡Sí, sí! El Hirun estaba cerca.

Pero también los cascos.

El viento transportó su voz sedosa a través de la oscuridad.

—Debes de tener hambre de fracaso.

Demasiado cerca. Estaba demasiado cerca. Moví los brazos. Se me soltó el moño y los rizos que cayeron me taparon la visión. Solo necesitaba llegar hasta el río. No podía estar lejos.

Mi bota se topó con un charco de lodo y me precipité hacia delante.

Fui a parar justo al borde de una ribera escarpada y oscura como la boca de un lobo.

Jadeé, me alejé del acantilado y me estrellé contra el suelo.

¡Idiota! Había olvidado los pequeños precipicios que rodeaban la ribera occidental del Hirun y se adentraban en el Essam con contornos irregulares y dentados.

Mis dedos rozaron la superficie áspera de un tronco. Me incorporé deprisa agarrándome al árbol. El murmullo del Hirun me acarició los oídos como la canción más hermosa.

Él no podría llegar con el caballo. El terreno estaba demasiado resbaladizo para arriesgarse a montar. Seguro que se acercaría a pie. Lamentablemente para él, no tenía intención de esperarlo.

Me puse la daga entre los dientes y me quité las botas. Cayeron al abismo y se estrellaron contra las rocas de abajo. Las vi desaparecer con el corazón en un puño. Lo último que me había traído de Mahair… perdido para siempre.

Ya tendrás tiempo para ponerte sentimental en la tumba. ¡Trepa!, espetó Hanim.

Una fina zapatilla de piel de becerro me cubría la planta del pie y se curvaba sobre mis dedos. Agradecí su protección cuando encontré un punto de apoyo. Con un ojo puesto en las piedras del fondo de la ribera, empecé a trepar.

La única habilidad que había desarrollado como heredera de Jasad provenía de mi afición por la escalada.

Me pasaba las tardes escabulléndome del Usr Jasad al patio exterior y trepando a las altísimas palmeras datileras e higueras.

Escalaba hasta la cima y saludaba a la torre Bakir imaginando que Niphran podría verme desde su estrecha ventana. Que Niphran querría verme.

Con un gemido, me impulsé hacia la primera rama lo bastante gruesa para sostener mi peso.

Pasé la pierna por encima y enterré la cara en el árbol sin prestar atención a las hendiduras y la savia endurecida que se me clavaba en las mejillas.

Dejé que la oscuridad me engullera y me ocultara.

Esperé que se le olvidara mirar hacia arriba.

Mejor aún, que resbalara en el lodo y cayera por la ribera.

Abajo, unos pasos apresurados atravesaron el lugar en el que el barro me había hecho perder el equilibrio. Contuve el aliento.

—Esta es tu última oportunidad para minimizar los daños que has causado esta noche —dijo Arin. Su voz se acercó y me esforcé por no mover la cabeza. ¿Me había visto aquí arriba?—. Muéstrate, Suraira.

Otra vez «Suraira». Tomé nota para investigar el significado de esa palabra ni­zahliana si llegaba a vivir lo suficiente para ver un nuevo día. Hablaba con fluidez el idioma original de todos los reinos, pero había ciertos términos dialectales que se me escapaban.

Una larga pausa. Una araña se deslizó por mi codo y se detuvo en mi muñeca. No me atrevía ni a respirar.

El suave relincho de su caballo me desconcertó. ¿Lo había traído hasta aquí? Esta tierra apenas podía soportar el peso de un humano.

—Me equivoqué con la primera evaluación que hice de ti.

Una jasadí capaz de ocultar su magia a toda una aldea es precavida.

Inteligente. Pero insistes en correr hacia la oscuridad, en perseguir a monstruos a los que no estás preparada para enfrentarte.

—Su tono se endureció y dejó atrás la falsa amabilidad.

Cada palabra resonaba como un hachazo—.

¿Quieres ser perseguida? —Una ramita se partió en algún lugar por debajo de mí—. Pues voy a concederte tu deseo.

Se me escapó un grito ahogado cuando un dolor punzante me atravesó la pantorrilla.

—Hijo de…

Me llevé la mano a la pierna y ahí, a pocos centímetros de mi tobillo, había un cuchillo. ¿Me había apuñalado?

El cuchillo palpitaba con la sangre que me manaba de la herida. Abandonando mi fallido intento por ocultarme, moví un brazo alrededor del árbol y me giré para buscar al heredero en el suelo. ¿Cómo había podido arrojar una daga con tanta fuerza y puntería para que se me clavara en la pierna?

Se me heló el estómago. Con las riendas en una mano y la otra agarrada a la rama más baja del árbol que tenía detrás, Arin estaba de pie sobre la silla de su caballo. El acantilado quedaba a escasos centímetros de los cascos del animal. Si se asustara, podría lanzar a su jinete al vacío.

La luz de la luna se entrelazaba con su cabello plateado, que había escapado de su meticuloso recogido. Sin el abrigo y sin su perpetua máscara de cortesía, Arin de Ni­zahl era un monstruo en toda regla.

Y me estaba mirando directamente.

La muerte siempre me había asustado más de lo que debería.

Había visto cómo me arrebataba a todos mis seres queridos.

Había segado sus vidas con una mano. Pero había algo que me aterrorizaba aún más de lo que podría hacerlo jamás la muerte: el cautiverio.

Perderme bajo la voluntad de otro, que aplastaran y remodelaran mi propósito para encajar en los planes de otra persona.

Hanim había roto en pedazos a la heredera de Jasad.

Necesitaba un arma, así que me convirtió en una.

La noche previa a mi huida, me había presionado mi propia vena palpitante del cuello con una daga.

Me decía que la muerte era una puerta. Una escapatoria. Un corte y sería libre.

Maté a Hanim esa misma noche.

Arin era demasiado fuerte para que pudiera matarlo. ¿De qué servía su oferta de libertad si era una mentira? ¿Una trampa para una osa ingenua?

No me atraparían de nuevo. Me había cortado y había sangrado luchando por mi libertad. Le arrancaría la cabeza de los hombros con los dientes si era necesario antes de aceptar sus cadenas.

Agarré la empuñadura de la daga y me la saqué de un tirón, ahogando un grito contra el hombro. Era una estupidez, sin duda. Dependiendo de la profundidad a la que se hubiera clavado el filo, extraerlo sin un torniquete podía poner en peligro toda la extremidad.

Otro cuchillo se estrelló a centímetros de mi mano. Arin se había acercado y había atado el extremo de una cuerda a la base del árbol.

—No es mera precaución lo que te hace contener la magia, ¿verdad?